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Culpa y responsabilidad05/12/2002- Por Juan Jorge Michel Fariña - Realizar Consulta
"...Como se sabe, responsable significa aquél del que se espera una respuesta. La clínica enseña que la culpa aparece como reverso de la responsabilidad. Allí donde existe un punto ciego en la responsabilidad de un sujeto, el sentimiento de culpa aparece en su lugar. A la vez que nos pone sobre la pista de la responsabilidad pendiente, la oculta a la conciencia, porque adhiere su carga energética a un objeto sustituto...El film Potestad nos ofrece un camino para la hipótesis clínica respecto de la responsabilidad subjetiva..."
A propósito del inminente estreno del film “Potestad”,
de Pavlovsky / D’Angiolillo
Entre
las más pavorosas catástrofes contemporáneas se encuentra sin duda la
colaboración de los médicos con las dictaduras militares. ¿Cómo llega un
profesional formado en el arte de curar a transgredir su juramento hipocrático
y devenir victimario de quienes más necesitan de sus cuidados?
El tema cuenta con excelentes trabajos de investigación –como
los de Robert Lifton y Horacio Riquelme– pero ha sido la estética la que nos ha
ofrecido la aproximación más lúcida al problema. La literatura, con “Villa”, de
Luis Gusmán, y particularmente el teatro con dos prodigios: “La muerte y la
doncella”, de Ariel Dorfman, y “Potestad”, de Eduardo Pavlovsky.
Ambas piezas comparten un curioso privilegio: largamente
premiadas en el extranjero debieron dar un rodeo por el mundo antes de ser
apreciadas en toda su dimensión por su público natural en Santiago y Buenos
Aires. Destino de los más sutiles espejos, fue necesario que transcurriera cierto tiempo para que los espectadores
pudieran soportar su trama. Esto es especialmente claro en el caso de “Potestad”,
cuya fuerza y profundidad la colocan entre las más notables anticipaciones estéticas
de la dramaturgia argentina. Y así como “La muerte y la Doncella” fue llevada
al cine por Roman Polanski, Luis César D’Angiolillo dirigió en Argentina la
versión cinematográfica de “Potestad”, que acaba de obtener el premio especial
del jurado en el Festival de Trieste.
La versión, una multiplicación dramática de la pieza
teatral, amplifica y potencia algunos de sus hallazgos. Tomaremos aquí el de la
dialéctica entre la culpa y la responsabilidad.
Desde el
acierto inicial, son los túneles del subterráneo de Buenos Aires el escenario
para el vía crucis del doctor Eduardo Martínez, un médico elemental que espanta
por su banalidad. Las líneas y combinaciones se transforman en una maraña
mental, metáfora genial de las construcciones seudodelirantes del protagonista.
El director, que descubre el film que anida tras la obra teatral, explota cada
uno de sus detalles y nos pasea por una galería de la culpa. Las proyecciones
paranoides, los autorreproches, los sentimientos atormentadores, las fantasmas
persecutorios, se suceden frente al espectador creando un clima inquietante que
anticipa lo peor.
Como se sabe, “responsable” significa “aquél del que se
espera una respuesta”. La clínica enseña que la culpa aparece como reverso de
la responsabilidad. Allí donde existe un punto ciego en la responsabilidad de
un sujeto, el sentimiento de culpa aparece en su lugar. A la vez que nos pone
sobre la pista de la responsabilidad pendiente, la oculta a la conciencia,
porque adhiere su carga energética a un objeto sustituto.
Es aquí
cuando el film viene en nuestra ayuda. El detalle del pomo de una ducha, que
liga el baño supuestamente reparador a la escena del crimen. Y la escena del
crimen, al encuentro amoroso en el gimnasio, sugiriendo una línea de análisis
que va más allá de las evidencias.
¿Puede un hombre cumplir
la función paterna respecto de una niña habiéndola robado luego de participar en
el asesinato de sus verdaderos padres? Decididamente, no. Si bien la cuestión
está saldada teóricamente, ello no impidió que el sentido común, los intereses
creados e incluso cierta psicología, aparecieran avalando semejante aberración.
Es en este punto donde el
film aporta una cuota extra de lucidez que es necesario señalar. La pareja que
intenta resolver sus frustraciones respecto de la paternidad robando un niño,
se condena a una doble imposibilidad. Por un lado, cancela cualquier posible
función parental respecto del menor; por otro, impugna definitivamente el vínculo
que los une.
Cuando se recrea en off la escena en que se la llevan a
Adriana, el doctor Martínez se muestra sorprendido por la situación, pero su
desconcierto se expresa especialmente respecto de un gesto sutil. Este dato no
emana de los elementos externos que irrumpen en el living de su casa, sino que
aparece referido a su mujer. No había nada que hablar, y yo descubro: ésta es mi
mujer... ésta es mi mujer…
¿De qué “descubrimiento” se
trata? Independientemente del propósito cinematográfico, digamos que si hay un
desconcierto, éste es respecto de la posición de su mujer, que trasunta cierta
prescindencia frente a lo que allí acontece. No es entonces azaroso que el
personaje central sea masculino. Mientras que el hombre puede sostener la farsa
incluso más allá de las evidencias elementales, la mujer sabe de su déficit respecto de esa hija y cuando se desbarata la
patraña ya no puede seguir adelante con la mentira.
Se trata de una confirmación, por la negativa, de
las diferentes posiciones que adoptan padre y madre frente a un daño al hijo.
Pero este lugar de resignación estaba en rigor anticipado en el instante en que
Ana María pretendió devenir madre aceptando el “regalo” de su marido. Esta
posición objeto respecto del hombre supone toda una elección.
El film nos ofrece también un camino para la
hipótesis clínica respecto de la responsabilidad subjetiva del doctor Martínez.
La angustia va in crescendo al ritmo del traqueteo del subte,
que martilla sin rumbo siempre al mismo e idéntico punto de partida. Hasta que
la historia desencadena en la escena
de la confesión. Pero una vez más, ¿de qué confesión se trata? ¿De la que el
espectador presiente desde un comienzo, o de esa otra que Pavlovsky dibuja en
filigrana?
El director, en empatía
con el autor, amplifica este costado de la trama inicial. Se trata de su posición
ante los hombres. Primero, ante sus camaradas de armas, luego ante los extraños
que irrumpen en el living para llevarse a Adriana. Contra todo pronóstico, no
importa el signo ideológico ni la clase social de unos y otros. Los primeros le
entregan a la criatura, los segundos se la quitan. Pero el hombre se sostiene
en su admiración por todos ellos.
Se trata de una posición
de objeto, de instrumento de otros. Los “tíos”, que asedian con sus regalos, al
tiempo que sostienen al protagonista, lo humillan. Pero él no puede vivir sin
ellos. Se transforman así en el reverso lógico de la imposible paternidad del
doctor Martínez. Pero contra toda evidencia, no se trata de la perversión, sino
de una peculiar posición neurótica.
La pista la encontramos
en un nuevo acierto del film: la entrada en escena del padre del doctor Martínez.
Sugerida en la obra, la posición de sometimiento que tiene el protagonista a
ese médico ejemplar e inalcanzable, resulta brutal en la versión cinematográfica.
No hay por lo tanto psicopatología del médico criminal, como
tampoco la hay del torturador. Hay sí, elección. Y habrá, o no, responsabilidad
respecto de ella.
Por eso cuando salimos
del cine, cuando el film nos abandona, sabemos que estamos irremediablemente
solos. El médico colaboracionista sigue allí, al acecho. Culpable en este mundo
real, es decir, gozando de la más vergonzante impunidad.
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