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Delantal blanco, Hospital e imaginario24/01/2007- Por Martín H. Smud - Realizar Consulta
Muchas connotaciones posee el uso del delantal blanco en el ámbito hospitalario. Ponerse este guardapolvo blanco luego de terminada la carrera de grado nos anoticia acerca de que algo ha pasado en nuestra vida. Estamos en un hospital y somos parte del staff hospitalario. Ese guardapolvo, ¿nos uniformiza y nos agrupa en un conjunto al cual no habíamos pensado pertenecer? Por un lado, uniformiza; por el otro, segrega. Tal vestimenta produce mucho más que un cambio estético o profesional: ese guardapolvo -que es la conversión al grupo de los "funcionarios"- genera un gran despliegue imaginario que es complicado y necesario transitar para no perder el rumbo que la ética y el alcance clínico de nuestra profesión requieren.
Muchas son las connotaciones que posee el uso del delantal blanco en el ámbito hospitalario. El nombre del profesional antecedido por el licenciado se encuentra un tanto desvaído en el bolsillo. Un guardapolvo impresiona al ponérselo y convoca recuerdos.
Parece el mismo guardapolvo blanco que tantas gratificaciones les diera a nuestras madres, que alborotadas sacaban fotos para volverlas a mirar hasta la eternidad. Ponerse este guardapolvo blanco luego de terminada la carrera de grado nos anoticia acerca de que algo ha pasado en nuestra vida. Estamos en un hospital y somos parte del staff hospitalario. El momento en que, con timidez, nos lo ponemos para entrar al hospital no es menos simbólico que aquel en que nos pusimos el delantal blanco o gris, o rojo, o fucsia en el primer grado de la escuela primaria.
Aún recuerdo la impresión que tuve cuando, algunos meses después de haberme recibido, me lo puse: de repente, sentí una rara comunión, un sentimiento oceánico que tanto costó a Freud comprender. Con el guardapolvo puesto, comulgaba en una mística unificación con los otros integrantes del hospital. El guardapolvo no sólo era la reunificación de todos en uno repentinamente iguales, se olvidaban las diferencias de disciplinas científicas, de años de antigüedad en el ramo, de lugar ocupado en el organigrama hospitalario.
Pero luego (o quizás antes, pero en ese momento no me di cuenta), apareció el miedo. ¡Quién me mirara no podría darse cuenta de que yo era un recientemente recibido!
Recuerdo dos anécdotas.
La primera ocurrió en la guardia externa, la otra a la entrada del hospital. La de la guardia: me llaman para atender a una paciente, había tratado de matarse, me habían dicho que era pertinente preguntarle si lo volvería a intentar y que, a partir de esa respuesta, había que actuar. Si contestaba que sí, era menester derivarla a otro hospital del Gran Buenos Aires (tarea dificilísima), con camas para internación; si decía que no, se le podía sugerir que lo conveniente era que comenzara un tratamiento con un profesional del servicio y que en este momento ya le acercaba su nombre. No le quería preguntar si lo volvería a hacer porque temía la respuesta; yo quería, simplemente, darle la mano y confesarle que, detrás de ese guardapolvo, estaba un recientemente recibido y que no tenía ni la más puta idea de qué hacer con lo que me contaba, y que no quería saber la respuesta a las preguntas que me habían dicho que le tenía que realizar.
La segunda anécdota fue a la entrada del hospital. Llego a la mañana con el guardapolvo puesto para comenzar el día laboral. En la puerta misma del hospital, en las filas de madrugadores usuarios hospitalarios, una mujer se desmaya. El primer gesto popular fue pedir un médico, y allí… era fácil, pues estaban en el hospital, en el antro de los médicos. Seguramente, vendría uno rápidamente… pero lo inesperado fue que yo estaba cruzando la puerta en ese preciso momento con mi guardapolvo blanco... Justamente ahí está pasando uno, pensó, me di cuenta por sus caras, más de un integrante de la cola de turnos.
Esta mujer desmayándose me hizo ver el error de llegar al hospital con el uniforme de trabajo. Esa vestimenta me delataba como el médico que todos pedían como salvador.
Entrada al hospital, mujer desmayándose, un coro de gente sosteniéndola, otro coro esperando la llegada de un médico. Ése era yo y… ¿qué hice? Me hice el sota. Era totalmente común que esa mujer se desmayara ahí y no era mi trabajo en ese momento auxiliarla. Que viniera un enfermero que prontamente abrió la puerta para ayudarla. Me hice el sota: no soy el médico que todos llaman y no puedo detenerme a explicar con un altoparlante de ocasión que, si bien llevo guardapolvo, soy inservible para lo que ellos esperan de mí. No he estudiado para médico y socorrer gente cayéndose en la calle ni siquiera ha sido mi especialidad ciudadana, y menos a esa hora de la mañana. Todavía me acuerdo lo mal que me sentí cuando llegué al Servicio de Salud Mental y me arrojé sobre una silla para pensar lo que había hecho, cómo había actuado, me detuve a pensar con solemnidad de velorio qué había sido de mí. Había comprendido con brusquedad y sorpresa que el guardapolvo nos certificaba como trabajadores de la salud, y la salud no solamente tenía que ver con la locura y la neurosis, sino que tenía que ver, sobre todo, con la enfermedad y con la muerte. Comprendí que estábamos en el campo de la medicina. Un campo formidable y extenso, un campo tan importante para los hombres como la cárcel y los supermercados.
Ese guardapolvo, ¿nos uniformiza y nos agrupa en un conjunto al cual no habíamos pensado pertenecer? Por un lado, uniformiza; por el otro, segrega. Estás dentro para ser segregado y, justamente, a los psicólogos nos mandan al margen, al lugar donde la tarea no puede esconderse tras un consultorio bien armado, se trata de estar ahí entre las madres que esperan que atiendan a sus hijos.
El guardapolvo es, en primer término, una identificación pero también es una “lucha a muerte”, como diría Hegel, por el reconocimiento. Nos uniformiza para separarnos de los que no trabajan en el hospital pero en esa identificación, cada uno intenta volverse único; la especialidad absolutamente fundamental del hospital moderno: obstetricia, clínica médica, cirugía, salud mental, odontología se pelean por la parte que les corresponde de ese reconocimiento. Cada uno tiene una idea distinta de cómo debería organizarse el hospital y, como siempre, cuando hay una lucha, unos son los que ganan y distribuyen las salas y los lugares según su representación dominante y otros se quejan del lugar asignado.
Este tema lo ha desarrollado genialmente Foucault, personaje que surgió en mi vida frente a estas preguntas. Este autor ha investigado, con una profundidad y claridad impresionantes, cómo el discurso social, el discurso médico, el discurso del poder y el discurso del cuerpo se relacionan en un momento histórico determinado. Foucault le da consistencia a la historia.
Conceptos como visibilidad, operatoria del poder sobre lo más íntimo del sujeto, grandes instituciones del hombre: el hospital, el hospicio, la cárcel, resultan formas de pensar la realidad en una historia determinada en un tiempo determinado. Foucault ayuda a salir de una manera maniqueísta de ese ver la realidad donde se enfrentan unos y otros en una lucha sin matices.
Hay una lucha que tienen que hacer los psicólogos en los hospitales públicos para decir quiénes son y qué hacen. Por eso, digo que el psicólogo tiene que saber qué hace en un hospital, qué es un médico, para qué trabaja, cuál es su función y su límite; hay que tomarse el trabajo de investigar todo esto. Porque los médicos, cuando trabajan con psicólogos, les preguntan: ¿qué haces acá?, ¿qué estas haciendo?, ¿en qué consiste tu trabajo? No es poca cosa lo que te preguntan. Y, muchas veces, nosotros no tenemos tanta franqueza y no les repreguntamos qué hacen ellos en un hospital. Parece más “naturalizado” saber lo que hace un médico allí que lo que hace un psicólogo.
Hay una lucha de poder en el hospital que es bastante clara, y eso produce que la uniformidad no exista, pero “Estar Detrás de los Médicos” es parte de nuestra tarea. Si ellos están más expuestos a la muerte, debemos poder charlar con aquellos que padecen las implicancias subjetivas e históricas de la muerte. Por ejemplo, con los residentes de pediatría, cuando se les mueren los primeros pacientes es de buena práctica acercarse y charlar, es una forma de entrar en confianza, estar detrás del médico no es denigrante si lo ponemos en función del respeto profesional y del campo laboral.
La pregunta frente a la cuestión del poder que deviene ante una jefatura por ejemplo, varía según la época y la subjetividad de quien la porta.
El que está “arriba de uno” dice y manda cosas con las que, en ocasiones, no estamos de acuerdo, se construye una lucha complicada en donde la paranoia muchas veces es la que maneja la inteligencia en las armas que se eligen para el combate. En un grupo de trabajo, ya sea con los médicos en general, ya sea con los psiquiatras, ya sea con otros psicólogos, hay tensiones enormes. Eso quiere decir que hay una lucha, hay luchas muy virulentas en un hospital, porque los hospitales son lugares donde se pone en escena gran parte de la realidad social, política e histórica de un país.
Somos funcionarios de esa realidad. Nadie piense que somos el “Señor K” de El Proceso de Kafka al que llevan al patíbulo, y que son los funcionarios quienes lo conducen muy amablemente a su desgraciada suerte. Seamos residentes, concurrentes o visitantes, cobremos o no, somos funcionarios de un sistema. Y en ese sistema hay tensiones. Altas y bajas tensiones, pero en época de ebullición social son altas.
La política de estos tiempos, en todas partes está contextualizada por la situación explosiva, es parte del mundo que estamos viviendo, donde las telecomunicaciones han cambiado las distancias, y entonces el mundo se ha uniformizado, y es lo que decíamos antes: si se ha uniformizado, por otro lado segrega a una gran cantidad de población. El tema es quiénes quedan al margen del sistema, por fuera del sistema. En estos tiempos, todos, en alguna u otra medida, quedamos fuera del sistema. Lo que más se repite, por su enorme conflictividad social, es la pertenencia del más del 50% de los hombres al grupo de los pobres. Quienes luchan diariamente porque no les falte un plato de comida, agua para tomar, atención médica, educación. Pero hay otros que también están fuera de sistema: hay sistemas religiosos, sistemas profesionales, sistemas de matrimonio, sistemas de alumnos, sistemas de peatones cruzando una calle que, alternativamente, quedan al margen del sistema.
A cada momento, la realidad se va ordenando. Si Kant decía que el hombre no puede aprehender lo real sino a través de sus categorías, los instrumentos con lo que va hacia ella determinan la comprensión de la “realidad”, que no es otra que una realidad deformada por su mirada prismática que acentúa una figura, un fondo y un fuera de foco.
Estos temas filosóficos tienen su correlato en el guardapolvo hospitalario. Tal vestimenta produce mucho más que un cambio estético o profesional: ese guardapolvo -que es la conversión al grupo de los funcionarios- genera un gran despliegue imaginario que es complicado y necesario transitar para no perder el rumbo que la ética y el alcance clínico de nuestra profesión requieren.
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