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Discursos, mujeres, feminismo y escritura

12/12/2015- Por Isela Segovia - Realizar Consulta

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El discurso feminista ha sido una vía de expresión para el planteamiento de demandas y para la discusión de diversos temas. Se trata de un discurso de reivindicación de derechos de una mitad del mundo que se ha sentido excluida y oprimida, en una estructura social, económica y política comandada por hombres. Ha dado voz, de alguna manera, al “malestar de las mujeres”. El discurso psicoanalítico ha sido objeto de críticas por parte de algunas autoras feministas. Planteos freudianos sobre la sexualidad femenina han sido cuestionados, al considerar que Freud no tomaba en cuenta el aspecto social que determina la posición subordinada de la mujer dentro de esa estructura y que su visión era machista, falocentrista y patriarcal.

 

 

 

 “… ¿quién medirá el calor y la violencia de un corazón de poeta,

arraigado y envuelto en el cuerpo de una mujer?”.

                                                 Virginia Woolf.[1]

 

 

 

                       

 

 

En 1928, Virginia Woolf afirmaba que para que una mujer pudiera dedicarse a escribir sólo necesitaba una renta anual de 500 libras esterlinas y un cuarto propio. Lo primero para no tener que invertir su tiempo y energía buscando los medios para sobrevivir; lo segundo, para no tener interrupciones de ningún tipo: “… Escribir lo que uno quiere escribir, es lo único que importa, y que eso importe por siglos o por horas, es lo de menos…”[2] dice en Un cuarto propio. Asimismo, aseguraba que “… La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido siempre pobres, no sólo por doscientos años, sino desde el principio del tiempo…”[3] Para Woolf, la escritura tenía que ver, por tanto, con la independencia y la libertad.

La novelista inglesa decía que para el que escribe, es “fatal” pensar en su sexo. La escritura no debe servir para la queja, por más razonable que sea la demanda, sobre todo en el caso de las mujeres. Además, ni hombres ni mujeres pueden ser simplemente eso; deben utilizar unos su parte femenina; las otras, su parte masculina. Tendrían que ser “viril-mujeril” o “mujer-viril”. La idea del ser andrógino está plasmada en su excelente novela Orlando, publicada en 1928, en la cual su protagonista vive a lo largo de cinco siglos de la historia de Inglaterra, primero como hombre y después como mujer. Esta novela, de corte biográfico, está basada en la vida de la escritora Vita Sackville-West, con quien Woolf tuvo una relación amorosa a finales de los años veinte; está también dedicada a ella.

Trece años más tarde, una mañana de marzo de 1941, perseguida por sus propios fantasmas, Virginia Woolf decide suicidarse (aunque no será su primer intento), ahogándose en el río Ouse: “la muerte”, dijo a Vita Sackville-West, es “la única experiencia que nunca podré narrar.”[4] No tuvo hijos; en cambio, dejó una vasta obra escrita.

Virginia Woolf contaba con dinero y con un lugar para escribir. Indudablemente con mucho más. No todas las mujeres tienen ese privilegio. Sin embargo, muchas de ellas han llenado muchas páginas tratando de reconstruir sus historias, intentando recrear sus vidas a través de la escritura, buscando encontrar un lugar en el mundo a partir de la inscripción de su palabra. Aunque esto, por supuesto, no es exclusivo de las mujeres.

Durante mucho tiempo, escribir fue una actividad vedada para las mujeres, como otras tantas, si no formaban parte del ámbito de lo privado. Las primeras escritoras pertenecían a una clase acomodada, mismas que tenían acceso a la educación. La poesía fue el primer género en el que incursionaron. Sor Juana encontró el recurso del convento para poder leer y escribir en el siglo XVII. En el XVIII, “Aphra Behn demostró que se puede ganar dinero escribiendo, mediante el sacrifico, tal vez, de ciertas cualidades agradables; y así gradualmente el hecho de escribir adquirió una importancia práctica, dejó de ser un mero síntoma de idiotez o de una mente trastornada”[5], señala Woolf. En el siglo XIX, Mary Ann Evans asumió el seudónimo de George Elliot para poder publicar sus novelas.

El discurso feminista ha sido una vía de expresión para el planteamiento de demandas y para la discusión de diversos temas, a los cuales ha intentado dar respuesta. Se trata de un discurso de reivindicación de derechos de una mitad del mundo que se ha sentido excluida y oprimida, en una estructura social, económica y política comandada por hombres. Se trata también de un discurso que aspira a la toma del poder desde un lugar de “no poder”. Ha dado voz, de alguna manera, al “malestar de las mujeres”.

Si bien se ha transformado a lo largo de su historia y ha diversificado sus expresiones y requerimientos, me parece que en el discurso feminista puede encontrarse un tema común que enlazaría sus diferencias: preguntarse respecto al lugar de las mujeres en el mundo. Algunas feministas han tratado de reflejar, explicar, definir, lo que consideran no ha podido ser dicho adecuadamente por los hombres acerca de ellas mismas. Se han arrogado, en algunos casos, como la voz de las mujeres en tanto portadoras de sus deseos…

Quienes se identifican con el discurso feminista posiblemente hayan encontrado ahí una bandera con la cual tener un sentido de identidad como sujetos.

Así como la “bandera feminista” otorga a quien la porta un sentido de pertenencia, que funciona como un emblema de identidad hacia “adentro”, hacia “afuera” opera como una marca de diferenciación con quienes no están de acuerdo con sus posturas. Situación, por lo demás, común a la conformación de todo grupo.

El discurso psicoanalítico ha sido objeto de críticas por parte de algunas autoras feministas. Planteamientos freudianos sobre la sexualidad femenina han sido cuestionados, al considerar que Freud no tomaba en cuenta el aspecto social, el cual, según la visión feminista, determina la posición subordinada de la mujer dentro de esa estructura y que su visión era machista, falocentrista y patriarcal. Incluso, contrarrevolucionaria

He elegido a dos importantes autoras feministas que debaten a partir de la lectura que hacen de textos clásicos de Freud. Me refiero a Simone de Beauvoir y a Kate Millet. Presento una selección somera de algunos fragmentos de escritos suyos.

 

 

                     

 

 

Simone de Beauvoir es una de las figuras más destacadas dentro del feminismo. En particular, una de sus obras es considerada fundamental para comprender el “ser de la mujer”. Me refiero, por supuesto, a El segundo sexo. De entrada, la autora plantea que la polémica feminista ha dejado “correr mucha tinta” pero que en el momento en que ella publica este texto, es decir, en 1949, “… está más o menos terminada.”[6] No obstante, el propósito fundamental de su trabajo es intentar mostrar “… cómo se ha constituido la “realidad femenina”, por qué la mujer ha sido definida como el Otro, y cuáles han sido las consecuencias del punto de vista de los hombres.”[7]

La discusión gira en torno a la diferencia sexual. Para ella, la humanidad está dividida en dos categorías de individuos de manera evidente y manifiesta. Ni las funciones ni las nominaciones son suficientes para definir a la mujer, de acuerdo con De Beauvoir: “Si su función de hembra no basta para definir a la mujer, si nos negamos también a explicarla por el “eterno femenino”, y si admitimos, sin embargo, aunque sea a título provisorio, que hay mujeres sobre la tierra, tenemos que formularnos esta pregunta: ¿Qué es una mujer?”[8] Y esta pregunta sería pertinente sólo para ellas, pues los hombres, en su opinión, no se cuestionan acerca de la situación singular que ocupan con relación a la humanidad.

De Beauvoir asegura que, de acuerdo con la visión masculina, mientras que el hombre puede pensarse a sí mismo sin la mujer, lo contrario no es posible: “Y ella no es nada fuera de lo que el hombre decide; así, la llama “el sexo”, con lo que quiere dar a entender que se le parece al macho esencialmente como un ser sexuado; ella es sexo para él, así que lo es en absoluto. La mujer se determina y diferencia con relación al hombre, y no éste con relación a ella; ésta es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo Absoluto: ella es el Otro.”[9]

La mujer es, entonces, el segundo sexo.

La tarea de Simone de Beauvoir será, partiendo del punto de vista de las mujeres, “…describir el mundo tal cual les es propuesto, para comprender las dificultades con las que tropiezan cuando tratan de evadirse de la esfera que les ha sido asignada...”[10] Si para ella la situación de la mujer no es cosa del destino, uno de los enfoques que le servirán para emprender su propósito es el psicoanálisis.

De acuerdo con la interpretación de De Beauvoir, Freud se equivoca al considerar el desarrollo de la sexualidad femenina a partir del modelo masculino, pues “Se niega a plantear en su originalidad la libido femenina; por lo tanto, ésta se le presentará necesariamente como una desviación compleja de la libido humana en general. Ésta se desarrolla primero, piensa él, de manera idéntica en los dos sexos…”[11]

De Beauvoir cuestiona los conceptos de envidia del pene, complejo de castración en la niña y lo que ella llama complejo de Electra (que no fue denominado así por Freud, sino por Jung), señalando que Freud: “Supone que la mujer se siente un hombre mutilado, pero la idea de mutilación implica una comparación y una valorización; muchos psicoanalistas admiten hoy día que la niña echa de menos el pene, pero sin suponer que la han despojado de él; ese mismo pesar no es tan común y no podría nacer de una simple confrontación anatómica; una gran cantidad de niñas sólo descubre tardíamente la constitución femenina, y, si la descubre, es sólo por la vista…”[12]

Para De Beauvoir, el valor asignado al pene tiene que ver con la enajenación; éste desempeña un papel de “doble” para el niño, pues es un objeto ajeno y parte de su cuerpo al mismo tiempo; es como si fuera su “alter ego”. El falo representa carnalmente la trascendencia. Sin embargo, es una constante “…que el niño se sienta trascendido, es decir, frustrado en su trascendencia, por el padre, se encontrará, por lo tanto, la idea freudiana de “complejo de castración.”[13] Algo distinto ocurre en el caso de la niña: “Privada de ese alter ego, la niña no se enajena en una cosa que se pueda tomar, que no se recupera, por donde es conducida a hacerse del todo objeto, a plantearse como el Otro […] lo importante es que, aun ignorado por ella, la ausencia del pene le impide volverse presente a sí misma en tanto que sexo, de donde resultarían muchas consecuencias...”[14] Si el falo alcanza tanto valor, asegura De Beauvoir, es “…porque simboliza una soberanía que se realiza en otros dominios. Si la mujer lograse afirmarse como sujeto inventaría equivalentes del falo: la muñeca en la cual se encarna la promesa del hijo puede convertirse en una posesión más preciosa que el pene…”[15]

 

    

           

 

 

Desde la perspectiva de la “política sexual”, Kate Millet asegura que la obra de Freud representa la mayor fuerza contrarrevolucionaria respecto a la liberación de las mujeres, ya que responde a las necesidades de la sociedad conservadora de su época. Pese a que se le ha considerado como el representante de la liberación sexual, “…tanto su obra como la de sus seguidores y, más aún, la de sus divulgadores, racionalizaron la denigrante relación que existía entre los sexos, ratificaron los papeles tradicionales y validaron las diferencias temperamentales.”[16]

Para Millet, Freud se desautoriza a sí mismo para construir una “psicología femenina” cuando confiesa a Marie Bonaparte esa famosa interrogante que su larga experiencia clínica con pacientes mujeres, no le permitió desentrañar: “¿Qué desea la mujer?”

Igualmente, opina que “Es posible que el aspecto más trágico de la psicología freudiana radique en que sus engañosas interpretaciones del carácter femenino se apoyaran en observaciones clínicas de gran validez. Las mujeres que recurrían al psicoanálisis eran (y siguen siéndolo en muchos casos) las “mujeres inadaptadas” de su época, que sufrían […] de un descontento difuso y general respecto de su papel sexual.”[17]

Millet descarta que los síntomas histéricos que presentaban las pacientes de Freud tuvieran su origen en una inhibición sexual. Esta última, a lado de una marcada inadaptación a las condiciones sociales, eran los dos males que con mayor frecuencia las llevaba a consultarlo. Según Millet, Freud creía que lo segundo dependía de lo primero, por lo cual recomendaba una realización sexual de la mujer, cuando “…en realidad, no eran sino síntomas de la inquietud social suscitada por una cultura opresiva.”[18]

Finalmente, Millet asegura que “… Freud asienta casi todo el desarrollo femenino –tanto el de la mujer adaptada como el de la inadaptada– en el cataclismo que supone la toma de conciencia instantánea de la castración.”[19] El golpe al narcisismo que sufre la niña pequeña al descubrir su propia castración y que la lleva a entrar en el complejo de Edipo, no es suficientemente aclarado, pues “El lenguaje de Freud no establece distinción alguna entre la realidad y la fantasía femenina. No basta que la niña rechace su propio sexo: para madurar, tiene que dirigirse positivamente hacia un objeto masculino.”[20] Y más adelante, indica que “Resulta curioso, que Freud creyera que los temores infantiles de la mujer giran en torno a la castración, y no en torno a la violación, fenómeno que asusta con razón a las niñas, puesto que constituye una amenaza real, y no imaginaria, como la castración.”[21]

Para el psicoanálisis, la diferencia de los sexos, es la condición previa indispensable para ubicar en una dimensión adecuada el tema de la sexualidad, tanto masculina como femenina. En "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos", Freud asienta que la diferencia anatómica, entendida como presencia o ausencia de pene, si bien es percibida por el niño tempranamente, no se hace significativa para él hasta después de la incidencia de la amenaza de castración.

 

 

                      

 

 

Frida Saal, aludiendo al texto freudiano, señala que la “Amenaza de castración proveniente del orden simbólico que, resignificando la anatomía, da relevancia y organiza retroactivamente (après-coup) la percepción. Así, la percepción no es un dato primero, derivado directamente de la anatomía, sino que es una consecuencia de la organización significante de la que la sexualidad depende: el complejo de castración.”[22]

La cuestión de la diferencia de los sexos tiene un lugar importante dentro de lo que Freud denomina “el malestar en la cultura”. El descontento que produce esta diferencia, tiene que ver con la creación de la cultura, en vista de que organiza el deseo y abre así un camino para su construcción.

De acuerdo con Saal, la clave de la polémica despertada a partir de que Freud habló de la existencia de una fase fálica en el desarrollo psicosexual, se encuentra en la elaboración del registro de lo imaginario por parte de Lacan. Es a partir de lo imaginario “… en que cada quien se alinea de uno u otro lado de la diferencia, esto es, como hombres o como mujeres.”[23]

Por lo tanto, para hablar del tema, es necesario concentrar la discusión alrededor de lo que Lacan planteó con los registros de lo real, lo imaginario y lo simbólico. “Nada se entiende”, dice Saal, “de lo que es el cuerpo o de lo que es el sexo si no se distingue entre cuerpo real, simbólico e imaginario, y sexo real, simbólico e imaginario”, pues “La sexualidad obliga a replantear el estatuto del cuerpo que no puede ser simple y sencillamente asimilado a un hecho de la biología.”[24]

El psicoanálisis subvierte un orden natural aparente. “El estatuto de cuerpo imaginario sólo será alcanzado merced al soporte deseante de algún otro, de alguien que convalide esa representación a quien llamamos madre. La carne real que no encuentra este imprescindible soporte deseante y simbólico adviene mito y no cuerpo…”[25], señala Saal.

Al menos en los fragmentos citados de estas dos escritoras feministas, De Beauvoir y Millet, se encuentra, me parece, una lectura de los planteamientos freudianos que se aparta de lo que éste quiso transmitir. Si bien Freud no pudo dar respuesta a todas las preguntas que le planteaba la sexualidad femenina, es cierto también que el psicoanálisis dio lugar a la palabra de las mujeres; logró ubicar a la histeria no como una enfermedad exclusiva de ellas y producto de una simulación, sino más bien como una formación psíquica cuyo origen se encuentra en la sexualidad. Con Freud por vez primera la sexualidad tuvo un estatuto de causa, de organizadora de la vida psíquica, de la diferencia sexual y de sus consecuencias psíquicas, a partir de su concepto de falo, que tiene un valor simbólico y no real. Hacia el final de su obra, el inventor del psicoanálisis da un giro respecto a su perspectiva de la sexualidad femenina, ya no como un desarrollo en todo paralelo al masculino, y reconoce que la posición femenina y masculina se sitúan distintamente frente a la castración: tener o ser, he ahí la cuestión.

El concepto lacaniano de goce apunta a hacer una diferenciación entre la posición masculina y femenina frente a la sexualidad y señala una imposibilidad de vinculación entre ambos sexos, al asegurar que “no existe relación sexual”. Se trata de posiciones, no de géneros, de goces distintos en su imposibilidad de ser compartidos con y por el partenaire. El discurso lacaniano permite, asimismo, colocar al goce femenino como no circunscrito al goce fálico, pues éste no puede dar cuenta del mismo: “… si la naturaleza de las cosas la excluye, por eso justamente que la hace no toda, la mujer tiene un goce adicional, suplementario respecto a lo que designa como goce la función fálica.”[26] LA mujer no existe pues no hay un universal para definirla. Es la singularidad lo esencial.

Tal vez el discurso feminista no logre abarcar completamente “lo que desean las mujeres” (ningún otro discurso podría hacerlo tampoco), cuando sus planteamientos caen en ciertas generalizaciones. Es en la particularidad en la que cada quien hallará su propia definición y se ubicará ante lo social como sujeto. La discusión no ha concluido. Escribir al respecto implica asumir posturas frente a los temas que suscita hablar de mujeres, sexualidad, discursos y escritura. Y el psicoanálisis ha tomado un lugar en este debate en tanto discurso y en tanto escritura.

 

 



[1] Woolf, Virginia. Un cuarto propio. México, Colofón, 1984, pág. 44.

[2] Ibíd., pág. 94.

[3] Ibíd., pág. 95.

[4] Bell, Quentin. Virginia Woolf. Volumen II. Mrs. Woolf. 1912 a 1941. Barcelona, Lumen, 1980, pág. 354.

[5] Woolf, Virginia, Op. cit., pág. 59.

[6] De Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Los hechos y los mitos. Bs. As., Siglo Veinte, 1981, pág. 9.

[7] Ibíd., pág. 25.

[8] Ibíd., pág. 11.

[9] Ibíd., pág. 12.

[10] Ibíd., pág. 25.

[11] Ibíd., pág. 65.

[12] Ibíd., pág. 64.

[13] Ibíd., pág. 70.

[14] Ibíd., p. p. 70-71.

[15] Ibíd., pág. 71.

[16] Millet, Kate. Política sexual. México, Aguilar, 1975, pág. 237.

[17] Ibíd., pág. 238.

[18] Ibíd., pág. 238.

[19] Ibíd., pág. 244.

[20] Ibíd., pág. 244.

[21] Ibíd., pág. 245.

[22] Anaya, Josefina (comp.). Frida Saal. Talila. Palabra de analista. Mexico, Siglo XXI, 1998, pág. 15.

[23] Ibíd., pág. 17.

[24] Ibíd., pág. 22.

[25] Ibíd., pág. 23.

[26] Lacan, Jacques. El Seminario 20. Aún. Bs. As., Paidós, 1991, pág. 89.


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