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El fantasma en el fin de análisis

02/06/2004- Por Alex Droppelmann -

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Habría que decir que fin de la cura y fin de análisis no suelen ser un misma cosa ya que son muchos los pacientes que logrando avanzar en la cura no logran finalizar un análisis. Más bien avanzan hasta donde les es posible, ya sea por estructura, por el deseo que ponen en ello o por contingencias de la vida real que las más de las veces dejan truncos o inacabados análisis que era susceptible pensar avanzarían hasta un cierto final.

EL FANTASMA EN EL FIN DE ANALISIS

 

  Voy a ofrecerles un escrito acerca del análisis de un caso que refiere al fantasma obsesivo de una paciente de 78 años.

Intentaré demostrar que el fantasma obsesivo genera, que la paciente a quién llamaré Pura quede situada en una posición de masoquismo moral, aquella que Freud refería como los que fracasan cuando triunfan. Es un caso no de cura ni de fin de análisis, pero que desde su oposición o desde el fracaso en esto de atravesar el fantasma nos remite a las reflexiones acerca de dichas dificultades.

  Habría que decir que fin de la cura y fin de análisis no suelen ser un misma cosa ya que son muchos los pacientes que logrando avanzar en la cura no logran finalizar un análisis. Más bien avanzan hasta donde les es posible, ya sea por estructura, por el deseo que ponen en ello o por contingencias de la vida real que las más de las veces dejan truncos o inacabados análisis que era susceptible pensar avanzarían hasta un cierto final.

Es más, aún en aquellos casos en que se produce un fin de análisis y el atravesamiento del fantasma se verifica, el sujeto tampoco permanece todo el tiempo en dicha posición; mas bien logra sostenerse por un instante en ese lugar de soledad y desamparo que Freud llamaba Hilflosigheit, para con posterioridad armarse un cierto fantasma que le permita sostener allí el espejo del narcisismo, el del lazo con el otro y la ficción que el Otro si bien no existe: lo hay. De seguro la tela de dicho fantasma será más tenue, casi un velo que permita atisbar que detrás de la tela no hay nada, o que lo que hay, mas bien se lo imagina pero no es tal. Que permita el atisbo de un fantasma tan tenue que devuelva la mirada asimismo verificando que el Otro no existe en relación a su propio deseo.

  Habrá de este modo vacilaciones del fantasma en la cura, mas o menos permanentes, se verificará en la clínica imposibilidades de sostener dichas vacilaciones, claros fracasos respecto de dichas vacilaciones, atisbos del fin de análisis, atravesamientos más o menos vacilantes del fantasma en el fin de análisis, nuevas construcciones fantasmáticas mas o menos consistentes. Será caso a caso como el psicoanálisis nos enseña.

  Fin de análisis, que como corte se verifica en el Otro goce de la pulsión (el de la pulsión de muerte), en la ausencia de Otro que nos determine en relación a nuestro deseo, en cierto modo Otro que se omite en el Chez vouz (que me quieres), o en el atravesamiento del fantasma donde el objeto queda irremediablemente perdido. O sea, tan transparente, una construcción que desconsiste tanto que no viene a recubrir la falta. Ello deja al sujeto en un punto de soledad, sólo con su angustia la que de agujero la transforma en vacío, en el desamparo, al fin y al cabo sólo frente a si mismo. Lo deja como pordiosero de si mismo.

 

  El Caso da cuenta de una mujer de 78 años que he de llamar Pura, para generar una aproximación significante a su verdadero nombre que remite a lo inmaterial, a lo leve, a lo casto, a lo santo, a lo sacro, a todo aquello que se aleja de la consistencia de la carne.

Nunca le dijeron o la nombraron Gorda o flaca, siempre le dijeron Pura.

Determinante de su nominación que tras la muerte prematura de un padre, a quién ella pese a todo (ya diremos que mal que nos pese se refiere a la culpa por un deseo quizás demasiado incestuoso), amó profundamente.

  “Después de su partida yo nunca quise tener a alguien. Me dediqué a mantener a mi familia, a cuidar de cada uno de ellos y a trabajar intensamente para de ese modo lograr esta tarea que me imponía. No levantaba la cabeza, trabajaba sin levantar la cabeza.” Al parecer esto la privaba de mirar a otro, es más la privaba de mirar a nadie.

Esta marca de privación no le impide tener en algún momento de su vida un amor imposible. Un amante con el cuál sabía que no iba a llegar a nada. Un amor que desde su inicio tenía fin. Era un amor sin destino al decir de ella. Al poco tiempo el amante se le murió del mismo modo como se le murió el padre.

Al parecer Pura genera unos amores tan puros que más allá de lo real del encuentro de los cuerpos, siempre al nacer muertos será un encuentro demasiado tenue, un encuentro por decirlo de algún modo angelical. De cualquier modo demasiado leve.

  Amores celestiales, amores de muerte, de ausencias, de evanescencias que posibilitan mantenerla alejada de su deseo. Amar a los muertos en cierto modo le permite librarse de la culpa que le genera la efectuación de su deseo. Con los muertos además, siempre se generará una deuda muy difícil de pagar. Deuda que deja al obsesivo pagando respecto de la efectuación de su deseo. En el caso del fantasma fundamental de Pura, la precave de la efectuación de su deseo infantil inconsciente que en casi todos los casos remite al fantasma del incesto.

  Pura llega a la consulta después de largas dudas que la hacen decidirse por un psicoanalista. En un principio ella quiso ir donde un neurólogo, tal vez un médico general, un neuropsiquiatra, en fin. Como su problema era que no podía conciliar el sueño decidió finalmente visitar a un psicoanalista. “Mi problema son los sueños”, me manifiesta, ante lo cual yo pienso vino al lugar adecuado. Sorprendido por este significante me doy cuenta que el problema es el soñar y no el dormir. Los insomnios que ella padece, al parecer no son el asunto. Ella me refiere que tiene miedo de soñar. Al parecer esta vía regia para el inconsciente, la de los sueños, le devuelve algo de la realización de un deseo reprimido respecto del cual ella nada quiere saber.

Me dice que sueña demasiado, que teme soñar tanto. Interrogada respecto del contenido de los sueños refiere con vergüenza, (primer dique de la represión), que los contenidos de estos son eróticos. Que sueña con hombres y con sexualidad. Que ella eso no se lo puede permitir, menos a su edad. Vienen las primeras sesiones donde Pura va desplegando las fantasías de dichos deseos los cuales no son muy diferentes de los de cualquier mujer: algo así como tener un hombre con el cual poder tener una relación sexual. Yo le pregunto, ¿era eso puramente?, Pura se ríe. Por primera vez acepta poder tener fantasías sin culparse demasiado. En general, aún en esto de la sexualidad, sus fantasías son muy puras ya que siempre las arma, en sus sueños, con sujetos que condensan un hombre imposible. Algunos de dichos sueños se sostienen en los restos diurnos de ciertos encuentros eróticos.

Me refiere que a su casa va un joven a hacerle el jardín. Que le va a dar vuelta la tierra. Yo pienso que desentierra este joven. Algo que deduzco por sus sueños, no demasiado tapado. Tampoco completamente enterrado. Algo del preconsciente quizás que sostiene la armadura de los deseos del sueño. Este joven después de trabajar se desnudaba el torso y se mojaba con la manguera. Le pedía a ella que le sujetara la manguera. Cosa que ella hacía no sin cierto placer. Con el tiempo este joven la requiere, le dice que le gusta, que quiere venir a verla más seguido. Esto le produce a ella algo más que pura vergüenza.

  Rapidamente lo desecha, le dice que ella puede ser su madre, que esto es algo imposible. Yo le hago notar que quizás algo demasiado incestuoso. Me dice que eso nunca pudo ser. Lo despide y se olvida de todo eso. Me dice que es así como decide hacerlo, como si eso se hubiera muerto. La manguera se quedó y los sueños siguieron. La perturban a tal punto que ya no quiere dormir, para de ese modo no soñar. Peculiar modo de instalar un síntoma de insomnio que nunca ha sido.

Con posterioridad me cuenta lo que ella refiere como su gran secreto. Desde hace muchos años conoce a un sacerdote de su iglesia. Al parecer la fantasía universal que detrás de todo pastor habita un lobo la hace fantasear encuentros con él. Dice que desde hace años lo conoce, que siempre estuvieron (hace un fallido) demasiado cerca. Que en un momento ella ya no puede más con ello y le escribe una carta donde le dice más de lo que siempre le dice. Le dice algo acerca de sus deseos. El cura no le contesta, pero después de un tiempo empieza a juntarse todos los fines de semana en la casa de ella. Allí cocinan y comen. Esta claro que al menos esos fines de semana no ayunan. La comida es profusa y en general al cura le gusta con bastante aliño que ella no vacila en poner. Conversan de todo y muchas veces rozan sus manos sin darse cuenta. El le dice que tiene una mirada muy pura. Ella lo mira no tan puramente.

  Al parecer yo le digo que este sacerdote le ha traído algo así como una bendición: la de poder a los 78 años poder sentir su deseo por un hombre sin demasiado culpa.

Ella ríe. Al parecer pienso yo, el deseo cuando lograr desprenderse de la culpa parece ser bastante alegre. Es algo así como reírse en la fila. Andar muerto de la risa. Es aquí donde Pura se detiene para decirme que este hombre es de Dios y no puede ser de ella. “Es como si para mí estuviera muerto”. Y no lo está, porque el sueño le retorna noche tras noche su verdadero deseo. Ella se avergüenza pero no deja de soñar, el deseo insiste y se repite. Alentada por las asociaciones a las que su análisis le convoca ella dice que le va a hablar. Que se va a atrever a decirle lo que a ella le pasa. Que le va a contar. Que le va a confesar sus deseos.

  Este padre que empieza a situarse como un muerto vivo, que puede sostener otro tipo de confesiones que las habituales, un día en su casa cuando las manos se habían rozado lo suficiente, se abre la camisa y se saca el cuello. Se libera del cuello para quizás hablar. Para desahogarse de cualquier modo, hablando, multiplicando los roces de las manos (a pesar que juegos de manos son de villanos) o entregándolo simplemente a Pura. En un cuello se pueden poner muchas cosas: se puede gozar de él con el más voraz de los vampirismos y chuparlo (la sangre), se le puede besar más puramente, se le puede pedir que diga lo que tiene que decir a voz en cuello, pero también si la culpa es demasiado in tensa, se le puede poner la horca para de ese modo matarlo.

Se le puede ahorcar conjurando en dicho acto el deseo y la culpa.

  Del mismo modo que en el sueño del Maykoffer de Freud, (sueño del escarabajo de Mayo), quiere matar al padre para de ese modo no poseerlo, pero al mismo tiempo quiere recobrar en dicho acto, la producción de una erección imposible. La erección de los ahorcados. Un muerto erecto que sostiene la fantasía de un deseo imposible de cumplir.

Pura quién ya había soñado lo suficiente, tenía que hacer vacilar su fantasma e ir un poco más allá en la efectuación de su deseo. Tenía que ver, otorgarle peso a un deseo que se le hacía demasiado impuro.

  Incapaz de avanzar en hacer vacilar y desmontar un fantasma demasiado consistente, Pura queda atrapada en la culpa que esto le genera. No puede ir más allá de su fantasma que la remite a ese lugar demasiado impuro, donde el deseo tiene la marca de la prohibición del incesto. Fantasma de una cópula imposible con hombres muertos, como el Maykoffer. Al fin y al cabo los escarabajos son en más de algo, demasiado sucios, incluso repugnantes.

Pura no puede soportar de este modo el agravio de la falta, de la impureza de la mancha.

Ya no puede callar, tampoco puede dejar de soñar ni de tener fantaseos diurnos.

Dice, sueña y fantasea su deseo.

Estar o no estar con el padre. Hablar o callar es la cuestión. En cierto modo ser o no ser en relación a su deseo.

  Quiere dejar el análisis y se ausenta, “porque en este lugar me da por decir demasiadas cosas, hablo de cosas que no quiero hablar y me da por pensar en lo que no quiero pensar”. Yo le digo que ahora no tiene insomnio que en cierto modo sueña con menos temores, que se quiere permitir decir lo no dicho a un padre que no es su padre.

Me refiere que se va ausentar un tiempo, que tiene que parar, que si sigue va a decirle todo al padre y que no sabe que pueda ocurrir. Que el debiera estar muerto para ella.

 

  Después de dos meses de ausencia me entero que Pura ha hecho un infarto cerebral masivo. Que no ha muerto, que sigue viva, que ha perdido el habla. Ahora eximida de decir, quizás le queden los sueños, de seguro habrá un sacerdote que se permita tomarla de su mano en el lecho de enferma y llevarle de ese modo consuelo. Que lo haga con un amor tan demasiado puro que no le perturbe el sueño, para así soñar con lo que nunca pudo.

Con un deseo impuro que la hubiese hecho ir más allá de su nombre. Impura es en cierto modo mi Pura, como el padre de niña le solía decir.

  Le deseo a Pura que se restablezca pronto, que ojalá recupere el habla aún para callar si no pude ir más lejos, pero sobre todo le deseo que siga soñando con deseos puros e impuros para que de ese modo sus muertos vivan.

 

  Podemos observar en este caso como Pura no pudo con su fantasma, como este por momentos vacila y ella hace un pasaje al acto que la deja muda. Es decir, en el punto de la efectuación o de la posibilidad de la verificación de su deseo, allí cuando sólo faltaba una palabra, cuando el padre se despoja de su investidura y le ofrece el cuello, Pura no puede. Es una muestra de masoquismo moral, de los que fracasan por culpa al decir de Freud. Una manera de referir a los que fracasan cuando triunfan. Había que perder a este padre que se animó a poner el cuello. Sin poder matarlo a él, sin poder extinguir los sueños no le quedó sino matar la palabra en ella. El ábrete sésamo no enunciado deja de ese modo enterrado lo que el jardinero revolvió sin lograrlo, lo que el amante muerto nunca dio y lo que el padre o el cura sin desnudarse demasiado, le prometía probablemente dar.

Pura, demasiado Pura, eligió quedarse sin voz ni pedazo.

 

  Un caso donde a pesar del análisis el fantasma se quedó donde siempre estuvo. Si bien Pura pudo saber algo más de su deseo, se permitió soñar, soñó con atreverse, al final se trató de una vacilación del fantasma que no pudo sino regresar a la rigidez de su orígen.

Podemos decirlo así, que este fantasma estaba demasiado vivo donde el deseo de Pura era tan demasiado puro, que quedó allí en el lugar de los muertos.

El fantasma de Pura es un fantasma que retorna así para sepultar su deseo.

 

 

Desde Chile, Alex Droppelmann

 

Nota: texto leído en las Jornadas Grupo Valp(a)raíso (Mayo 2004)

 

 


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