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El problema del éxito en psicoanálisis04/11/2004- Por Martín H. Smud - Realizar Consulta
Freud da nacimiento al psicoanálisis hablándonos de sus temores a los reproches, al fracaso del levantamiento de síntomas, pero los exonera comunicándolos. La acechanza del éxito, la pregunta por el éxito que los pacientes destinan al analista, lo remite a soñar y a descubrir el enigma que abre los sueños. El temor al fracaso era un gran temor para quienes debían cuidar su reputación o para quienes tenían proyectos importantes para su vida. Éste era su caso.
Desde aquella primera paciente llamada Mary que atendí en el hospital público hasta el día de hoy ha pasado más de una década de trabajo clínico continúo y sin miramientos de edad, clase social, problemática de atención preferida. Diez años sin especialización. He atendido lo que ha llegado a mí y me he sentido en condiciones de participar en una esperanza de tratamiento y mejoría.
Desde aquella paciente hasta el día de hoy no hubo paciente que, de una manera u otra, no preguntara en qué consistía el éxito del tratamiento. Y siempre lo mismo, no tengo muy planificada la respuesta. En un primer momento no sé mucho qué decir, siempre me las ingenio para contestar algo que tenga que ver con la historia de cada paciente. Al no tener bien contorneada la respuesta de tema tan importante, me decido a escribir para ver si –con la investigación, el estudio y la escritura misma– puedo pensar algo nuevo para decir cuando los pacientes pregunten acerca de cuestión tan delicada.
1) Freud analiza la cuestión del éxito. Si se busca por este lado, el psicoanálisis nace del apremio del éxito y el temor a no cumplir con él. Cuando Freud analiza el sueño autobiográfico de “La inyección de Irma” cercano al 1900, una de las principales motivaciones inconscientes del sueño es vengarse contra un colega que le dice que su paciente estaba mejor pero no tanto, que no la había curado totalmente de las dolencias por las cuales había ido a tratamiento.
En esa época, el psicoanálisis era un proyecto inmediato, sin embargo Freud sospechaba que el éxito parcial –o el fracaso parcial, dicho de otra manera– de los tratamientos clínicos podría tirar todo abajo, podría desmerecer los nuevos descubrimientos que estaba realizando: el tratamiento científico de los sueños, el inconsciente como instancia del aparato anímico, el tratamiento de la sintomatología histérica.
Freud estaba preocupado por estas cuestiones: —¿Qué pasa si fracaso? ¿Quién tiene la responsabilidad?
Así transcurría Freud su primer época, absolutamente preocupado por el éxito. Lo siente como algo persecutorio que está allí para cuestionar no solamente su probidad médica sino también su ética científica.
El temor al fracaso era un gran temor para quienes debían cuidar su reputación o para quienes tenían proyectos importantes para su vida. Éste era su caso, Freud temía que los reproches lo inundaran y lo dejaran sin la gloria que había vislumbrado para su destino, teme que nadie ponga esa placa en la casa donde él ha soñado el sueño del psicoanálisis, esa placa que ya sabe lo que querría ver escrito: En esta casa, el 24 de julio de 1895, le fue revelado al doctor Sigmund Freud el secreto de los sueños[1].
Quien camine por las calles vienesas descubre con asombro cantidad de esas placas, donde anuncian que grandes artistas y personajes eméritos han vivido allí, esa inscripción en la puerta de las casas deja claro el éxito de lo que han realizado y por lo cual la historia les da un lugar destacado.
Freud quiere ser recordado como quién ha descubierto el secreto de los sueños. Un secreto que muchos han buscado y que hasta ese momento, estaba clausurado. Y lo abre con las histéricas y lo abre con el análisis de sus propios sueños.
Lo insólito de Freud es que se anima a contar su temor ante el éxito y el fracaso, se anima a contar lo que viene a su cabeza, habla de cuestiones que si hoy hablásemos de ello en un congreso científico seguramente nos tacharían de obscenos. Freud ya tiene la regla fundamental y no solamente exige a sus pacientes su cumplimiento sino que se lo exige a sí mismo.
De esta manera cambia la forma de evaluar el éxito y sobre todo cambia la forma de evaluar su propio éxito. Esto es parte de la subversión freudiana que marca el comienzo de una nueva etapa, ubica al éxito en relación a una ética, ligada al pensamiento, la palabra y lo que llamaré siguiendo a Kesamburo Oé, “la cuestión personal”. Una nueva manera de pensar relacionada al cumplimiento de la regla fundamental. Esta inclusión del mismo Freud en la regla produce una “superación dialéctica” en cuanto a la exigencia del éxito que produce para él –y para todos– el pasaje de la inhibición al plano del deseo y la concreción del acto.
Resulta fundamental ese pasaje: de la inhibición al deseo y el acto, se cambia la perspectiva para la evaluación del éxito, ya no vienen “las calificaciones” acusatorias de afuera aliadas con los de “adentro” (hablamos del habilísimo superyó) sino que se comunican a otro que tiene cuerpo y alma.
Freud sostiene que “el éxito del psicoanálisis depende de que tome nota de todo cuanto le pase por la cabeza y lo comunique”[2]. Este cambio permite pasar de la acusación personal al “cuerpo escrito” de una teoría. Ya no se trata de su éxito sino del éxito del mismo psicoanálisis como doctrina de acercamiento a la verdad y lo real.
El éxito ahora depende de que diga todo lo que le viene a la cabeza y lo comunique a alguien especial que intervenga. Primero convertirse en un observador que evite tomar material segado por las críticas, los prejuicios y/o las distintas formas aggiornadas de discriminación. La segunda regla es parecida a la Cartesiana: describir el encadenamiento fluctuante de los pensamientos y las sensaciones. La tercera –por cierto original– plantea que no se trata solamente del encadenamiento sino que resulta necesario comentarlas a alguien dispuesto a escucharlas e intervenir de una manera no intervencionista.
La necesariedad del analista no es un dato primario sino una consecuencia de la puesta en marcha de la ética sostenida en la preocupación freudiana por el éxito.
El psicoanálisis tiene una posición para sostener frente a las demás praxis acerca de la cuestión del éxito. Se trata de renunciar a la crítica, observar los propios pensamientos sin descartar los obscenos, los insignificantes, los que no vienen al caso y comunicarlos.
No se trataría de “no criticar” sino de renunciar a la crítica. Difícil cuestión que abre las fronteras del psicoanálisis para todos los que quieran entrar pero al mismo tiempo las cierra, en el mismo acto, a quienes no quieran animarse a esa renuncia: observar lo que pasa por sus ojos sin axiología preexistente y comunicarlo a alguien encarnado en la escucha y la transferencia.
Renunciar a la crítica no suele ser una tarea sencilla. La clínica del superyó es condición para un análisis. Sabemos que el aparato anímico se constituye en la discriminación del adentro-afuera, de lo conocido-extraño; de lo atemorizante-tranquilizante; y podemos seguir: del blanco oponiéndose al negro, el amor al odio, el placer al sufrimiento, etc., siempre esa discriminación constitutiva que está en la base de la crítica. Renunciar a la crítica no resulta tarea sencilla aunque Freud para no ahuyentar antes de tiempo dice: “La mayoría de mis pacientes lo consuman después de las primeras indicaciones” [3]. Se trata de dejarse llevar por las vías de los pensamientos, de tratarlos con una pie de igualdad sin criticarlos por obscenos, insignificantes y/o que no vengan al caso .
Freud nos da un estímulo para acometer semejante tarea: la energía ahorrada que gasta la crítica es la compensación; la renuncia a esa crítica genera energía para perseguir otros fines que hasta ese momento estaban imposibilitados de realizar: pasaje de la inhibición al acto.
2) La regla lo incluye a Freud: renunciar a la crítica, contar lo que le viene a la cabeza, y comunicarlo; esto lo lleva a abrir el cofre de sus propios pensamientos inconscientes y descubrir el famoso sueño de “La inyección de Irma”.
Irma es una joven viuda amiga de la familia freudiana. Freud desea fervientemente ayudarla, remarca lo atractiva que es pero no tanto como su amiga, otra joven viuda, de quién imagina la posibilidad que le demande tratamiento por padecimientos histéricos. En aquella época, la diferencia de edad en el momento de casarse producía esos personajes de la época victoriana que eran las jóvenes viudas. Ellas, después que morían sus esposos, tenían clausurado contactos sexuales a una edad muy inconveniente. Entre bambalinas se escuchaban voces que sostenían, con un poco de burla, que muchos de aquellos floridos síntomas que presentaban se debían a las imposibilidades de descarga sexual y que se podían curar de una manera especial: con el “dejame a mí” masculino.
Freud sabe que lucha contra esa burla, sabe que si su tratamiento fracasara, también se lo podría burlar poniéndolo en comparación con lo que podría conseguir un exitoso “tratamiento carnal”. Si no tuviera éxito se podría dar vía libre a algunos amigos de las viudas que gustosos darían satisfacción a sus imposibilidades sexuales.
Freud escribe sus miedos dejando ir su cabeza: “Si me empeño en descargarme de culpas por mi fracaso terapéutico, lo mejor que ha de ofrecérseme será invocar se hecho (la cuestión sexual), que sus amigos remediarían gustosos”[4].
Si no tuviera éxito Freud se abriría la posibilidad de llamar a los amiguitos siempre dispuestos a ayudar a las viudas. Freud sabe con qué se enfrenta, se esmera haciendo enormes galanterías a estas jóvenes e insatisfechas viudas. Escribe su famoso sueño de Irma y ni siquiera en él pierde la oportunidad de piropearla con frases escritas que se inmortalizarían
Freud juega su éxito profesional en este sueño que los biógrafos ubican como puntapié inicial del psicoanálisis. Freud estaba al comienzo de sus teorizaciones y pensaba que la solución del enigma de los síntomas patológicos necesitaban inexorablemente el acuerdo del paciente de comprender y elaborar las comunicaciones freudianas. Freud años después acepta su equivocación. Dice: “Por entonces tenía la opinión (que después reconocí incorrecta) de que mi tarea quedaba concluida al comunicar al enfermo el sentido oculto de sus síntomas; si él aceptaba o no esa solución de la que dependía el éxito, ya no era responsabilidad mía”.[5]
A Freud, la inclusión dentro de la enunciación de la regla fundamental en una primera etapa lo lleva a animarse. Era la época en que comenzaba una nueva forma terapéutica, estaba muy presionado por el éxito pues debía mostrar al mundo el avance de su manejo clínico y las comprobaciones de sus fracasos podían herir de muerte a su nueva forma de inteligir los síntomas neuropáticos.
Nombrar su responsabilidad y su sentirse presionado por el éxito “En el sueño de la inyección de Irma” produjo en Freud un cambio, el éxito no dependía ni del profesional ni del paciente: Se trataba de decir lo que se pasaba por la cabeza y comunicarlo. Freud en su autoanálisis muestra el fundamento del psicoanálisis. El deseo del analista está puesto en lugar de fundamento.
Pero también muestra cómo la problemática sexual lo obstaculiza, resiste. Freud en el sueño habla de sus deseos inconscientes, detiene las asociaciones cuando la llave lo conduce a la puerta que va hacia dentro del vestido de Irma. Todos sabemos a qué se refiere, hay cuestiones que “por autoconservación”[6] resultan necesarias no decirlas en voz alta.
Siguiendo los caminos de su amistad con Fliess que muchos han marcado que funcionó en una posición analítica vía epistolar, sueña con el descubrimiento de la fórmula del sexo que daría fin a sus tratamientos defectuosos dándoles a sus jóvenes y insatisfechas pacientes una inyección sustitutiva del quimismo producto de lo sexual. Les daría una inyección intramuscular de “trimetilamina”[7].
Y ahora sí ya no habría más problemas con la cuestión sexual, ahora sí ya no sería necesario ese llamamiento a “los amiguitos” siempre dispuestos a ayudar en cuanto a lo sexual.
Ahora sería el médico quién solucionaría esa falta con una jeringa en mano.
3) Me parece valiente que el psicoanálisis nazca de esa pluma y de esa jeringa. ¡Cómo se mesclan inexorablemente en nuestro difícil campo de trabajo la dimensión personal y la dimensión profesional! Resulta necesario poderlas trabajar, no separarlas: esto por aquí y esto otro por allá.
Freud da nacimiento al psicoanálisis hablándonos de sus temores a los reproches, al fracaso de los levantamientos de síntomas pero los exonera comunicándolos. La acechanza del éxito, la pregunta por el éxito que los pacientes destinan al analista, lo mandan a soñar y a descubrir el enigma que abren los sueños.
De una generación a otra agradecemos a Freud y su valentía que abrieron tanto el campo analítico como “la cuestión personal”.
[1] Freud, Sigmundo: “LA interpretación de los sueños” Amorrortu ediciones. Volumen IV. Pag 121.
[2] Freud, Sigmund: “La interpretación de los sueños”. Amorrortu ediciones. Volumen IV. Pag. 122.
[3] Ibid. Pag. 124.
[4] Ibid. Pag. 137
[5] Ibid. Pag. 130
[6] N. D. A.: Recordemos que en la segunda época freudiana, se produce entre enfrentamiento de pulsiones sexuales contra las pulsiones de autoconsevación.
[7] En castellano, y sin mucho miramiento por la raíz de la palabra, aparece casi una burla de la química porque su formula mágica se convierte desde su sintaxis en un significante: “Trimetilamina”: que leemos “tri-meti-la-mina” hasta con vergüenza pícara: Tres veces metí la mina.
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