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Entre el duelo y la locura: el valor simbólico de la presencia (sobre la muerte en pandemia)31/07/2020- Por Sergio Zabalza - Realizar Consulta
Si lenguaje mediante, un cuerpo habita en el lugar del Otro, la soledad de quien fallece se hace carne y desgarro en el cuerpo social. Algo nuestro se pierde con quienes para siempre se van y el punto está en lo que con ello hacemos… La ceremonia, las palabras, los gestos de despedida y la presencia de los cuerpos permiten bordear ese insalvable agujero, por el cual, sin embargo una comunidad accede a la condición de tal, a saber: no hay respuesta definitiva ante la finitud, de allí la importancia de su tramitación simbólica.
“Cuando ya me empiece a quedar solo” por Sui Generis*
Una de las canciones que Charly García privilegia de su genial repertorio lleva como título: “Cuando ya me empiece a quedar solo”. Se trata de una composición que por el espesor poético y existencial que alberga ha sido elogiada por propios y extraños. Como bien se sabe, la letra transmite en primera persona la experiencia de un sujeto en el ocaso de su vida.
El texto progresa en una enumeración de circunstancias y escenas cuya punto común consiste en la pérdida de sentido que trasunta el cuerpo y los objetos adyacentes: tendré los ojos muy lejos/ un cigarrillo en la boca/ el pecho dentro de un hueco/ y una gata medio loca…, y esa frase impresionante que sobre el final re-significa todo el texto cuando, al abordar la segunda persona, da cuenta que el recurso del habla permite, sin embargo, robarle un guiño a la soledad: “y el fantasma tuyo sobre todo/ cuando ya me empiece a quedar solo”.
Vale destacar que esta canción no hace más que ilustrar la función que el arte cumple en su misión de sublimar la traumática experiencia humana, en este caso bordar con belleza el duro hueso de la finitud, desde esta perspectiva “Cuando ya me empiece a quedar solo” es un tema inmortal.
Toda la cuestión está en ese último párrafo dirigido al Otro: “La dimensión intolerable (…) no es la experiencia de nuestra propia muerte, que nadie tiene, sino de la muerte de otro, cuando es para nosotros un ser esencial” (Lacan, 1958-1959, p. 371). El fantasma tuyo al que alude el texto de García cumple ese papel, tramitar la propia muerte a través de la del Otro.
Cuestión que desde ya explica la función a cumplir por el duelo en una comunidad hablante, a saber: nuestra presencia ante la irreductible soledad a la que la finitud nos arroja por nuestra condición de seres mortales: la primera y última que compartimos más allá de toda diferencia, credo o circunstancia.
De allí, por supuesto, el valor decisivo que la memoria cumple en la dignidad de una comunidad hablante: sin memoria no hay marcas, sin marcas no hay cuerpos, sin cuerpos no hay sepultura, sin sepultura tampoco hay humanidad. Lo cual explica, por si fuera necesario, la función absolutamente irreemplazable que cumplen la labor de la justicia y las prácticas de memoria por la desaparición forzada de personas, el robo de identidad y demás crímenes de lesa humanidad perpetrados por el terrorismo de Estado en nuestro país.
Ahora bien, estas líneas se hacen eco de un excelente artículo que Página 12 anunció en su tapa del domingo 26 de julio de 2020 bajo el título “Cuando ya me empiece a quedar solo” firmado por María Daniela Yaccar[1]. El mismo aborda el dramático tema de la muerte en soledad a causa de la pandemia que hoy aqueja al planeta. Una escena estremecedora que bien se compadece con la descripta por García en su canción.
Toda la cuestión está en que si, lenguaje mediante, un cuerpo habita en el lugar del Otro, la soledad de quien fallece se hace carne y desgarro en el cuerpo social. Algo nuestro se pierde con quienes para siempre se van y el punto está en lo que con ello hacemos.
Es que duelo y locura guardan una muy especial relación. No por nada, en su comentario sobre la tragedia de Hamlet, Lacan observa que: “… el duelo, que es una pérdida verdadera, intolerable para el ser humano, le provoca un agujero en lo real. La relación que está en juego es la inversa de la que promuevo ante ustedes bajo el nombre de Verwerfung cuando les digo que lo que es rechazado en lo simbólico reaparece en lo real” (2006, p. 371).
Verwerfung es el rechazo de lo simbólico que da paso a la locura. Es decir lo que no se tramita en lo simbólico retorna en lo real: alucinaciones, violencia, pasajes al acto, depresiones y toda la gama de padecimientos psíquicos que la experiencia humana testimonia por su trágica condición.
De esta manera, la ceremonia, las palabras, los gestos de despedida y la presencia de los cuerpos permiten bordear ese insalvable agujero, por el cual, sin embargo una comunidad accede a la condición de tal, a saber: no hay respuesta definitiva ante la finitud, de allí la importancia de su tramitación simbólica.
Se trata de que en una comunidad hablante, los significados –sobre todo si cargan un valor traumático– se transmiten mucho más allá de sectores, prejuicios, ámbitos, puertas y ventanas. Desde este punto de vista, y sin aventurar conclusiones apresuradas, me pregunto cuánto de los delirantes comportamientos a los que asistimos en estos días contribuye la limitación que la pandemia nos impone a la hora de despedir a un ser querido.
Nuestro país, y todo el planeta, atraviesa una colosal y durísima experiencia que, de pronto nos ha anoticiado de la olvidada dimensión social que un cuerpo requiere para mantenerse sano. De esta forma, la solidaridad, el cuidado del Otro, el trabajo en común emergen como saldo privilegiado de esta tan dura experiencia.
Desde este punto de vista, es preciso que tales valores encuentren un lugar, algún dispositivo, canal o protocolo para acompañar y acompañarnos en el más importante ritual que nos distingue como humanos. Que el recibir y brindarnos el último adiós no esté sólo a cargo de un fantasma.
Imagen*: diseño de tapa del LP “Confesiones de invierno” aludido en este escrito. Realizado por Juan Oreste Gatti (1950), principal exponente del arte en discos del rock argentino. Realizador de la gráfica de algunos films de Almodovar, entre tantos desarrollos artísticos.
Bibliografía:
Lacan, J. (1958-1959) El Seminario: Libro 6, “El deseo y su interpretación”, Buenos Aires, Paidós, 2014.
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