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Escuchar es también un acto político

20/04/2024- Por Leticia Gambina - Realizar Consulta

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El siguiente trabajo apunta a rescatar la importancia de las políticas públicas y de la intervención del Estado frente a situaciones de violencia de género. Es necesaria la palabra de la mujer que padece violencia, pero también de un otrx que aloje y escuche, para que se inscriba como tal, en quien la padece, pero también en la sociedad en su conjunto, la cual es parte del sostenimiento de la violencia. Para que una mujer pueda salir de allí se necesita de un proceso colectivo, dado que no es sin lxs otrxs, que se articula esa posibilidad.

 

                                                                                Fotografía: Shutterstock

 

 

  Quisiera hablar hoy de políticas públicas y el por qué de su importancia, justamente y principalmente cuando nos encontramos frente a un gobierno que lo que quiere es destruir el Estado. Así lo enuncian, con la misma crudeza con la que lo estoy diciendo.

 

  El Programa Las Víctimas contra las Violencias, conocido también como la Línea 137, es parte de esas políticas públicas, a las que se quiere “achicar”, entiéndase con eso desarmar y por ende desintegrar. El Programa funciona desde el año 2006, ahora dentro del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos[1]. Si bien actualmente este Ministerio cambió de nombre y ha sido eliminada, borrada, la expresión Derechos Humanos, necesito de todos modos escribirlo así, porque de esto se trata, de derechos humanos. Del derecho que toda mujer tiene a una vida libre de violencia.

 

  Con ello intento resaltar la importancia de los nombres y del acto mismo de nombrar. Lo sitúo como parte del problema, ya que de alguna manera también habla de lo que estoy por escribir, en tanto que visibilizar la violencia implica poder nombrarla.

 

  De acá en más hablaré en plural, por un lado, porque el trabajo que realizamos es sostenido por todxs y no podría hacerse de otro modo y por otro, porque hablar de políticas públicas implica el intento de incluir a todxs y no solo a unxs pocxs, como se pretende desde la política actual. Incluir a todxs, sabiendo incluso de esa imposibilidad, pero no por eso dejar de intentarlo. 

 

  El Programa Las Víctimas contra las Violencias fue creado por la Dra. Eva Giberti y quienes en ese momento decidieron acompañarla. Fue un verdadero acto, que como tal marcó un antes y un después. A partir de allí se comenzó a acompañar a las víctimas y asistirlas en el mismo momento en que sucedía la violencia. Prestando presencia donde antes, no sólo había ausencia, sino que ni siquiera existían las palabras para nombrar tales sufrimientos y que los mismos puedan ser escuchados de ese modo.

 

  Es sabida en la historia el descrédito que ha sufrido la palabra de la mujer, pudiéndose ver en la burla, en el desprestigio, en la humillación, en el ninguneo o indiferencia con que ha sido tratada a lo largo de las épocas. Dichos como “algo habrá hecho”, “qué hacía ahí sola”, “y también, mirá la ropa que se puso”, son representativos de esta ausencia, de eso no reconocido.

 

  Por eso, fue pero aún sigue siendo importante, y a su vez necesario, que haya una política pública, o sea un Estado, un país, en donde la palabra de la mujer pueda ser escuchada, haya un lugar donde pueda ser dicha. El programa, al cual hago mención, estuvo ahí, construyendo esos lugares, inventándolos, porque antes no existían.

 

  En este sentido poder hablar, tiene que ver con tomar la palabra. Que cada una pueda hacer uso de la misma, esa que tantas veces le fue arrebatada. Sabemos que determinadas situaciones llevan al enmudecimiento y al confinamiento. En situaciones de violencia solo está la víctima y el victimario, no hay otrxs. De a poco, la violencia aísla a la mujer, la deja sola, sin redes que la sostengan, sin otrxs a lxs cuales apelar. Nuestro trabajo consiste entonces en estar ahí, prestarse, como otrx, en tanto sostén, para que la palabra pueda aparecer, circular, ir y venir. Estar ahí, escuchar, para que también se escuche quien habla.

 

  Hablar, denunciar, contar, o como también prefiero nombrarlo aquí, dar testimonio, es una manera de salir de ese encierro y del aislamiento propio de la violencia. El testimonio al dirigirse siempre a otrx, crea una apelación, justo allí donde previamente no fue posible, allí donde no hubo palabras, ni tampoco otrxs que pudieran donarlas.

 

  Muchas veces la imposibilidad de narrar lo padecido se la ubica del lado de aquella que padeció el acontecimiento traumático, pero también la falta de un interlocutor, de un otrx capaz de escuchar, puede explicar esa imposibilidad. 

 

  Entonces ¿cómo generar las condiciones para que la violencia sea escuchada y por ende reconocida? Para que se inscriba como tal, en aquella que la padece, pero a su vez en esxs otrxs, en la misma comunidad o sociedad, que también es responsable en el sostenimiento de la violencia. Ya que el camino por el cual una mujer logra salir de allí, forma parte de un proceso colectivo, dado que no es sin lxs otrxs, que se articula esa posibilidad.

El testimonio de cada mujer es un llamado a escuchar, a poder alojar aquello que históricamente ha sido desalojado.  

 

  Durante todos estos años acompañando a mujeres víctimas de violencia, pudimos presenciar y ser testigos de cómo muchas eran mandadas a su casa, burladas, cuestionadas, minimizadas, por aquellxs que le tomaban la denuncia y por quienes de alguna manera debían acoger sus relatos (policías, médicos legistas, profesionales de la salud, etc.).

 

  Sara Amhed, quien ha investigado y recogido cantidad de testimonios de mujeres que denunciaron situaciones de violencia dentro de instituciones académicas, sostiene que denunciar es expresar algo hacia afuera, que algo pueda adquirir exterioridad, convertirse en una cosa en el mundo, y aunque a veces parezca que solo se raspa una pequeña superficie, eso mismo deja huellas y marcas. Ubica cómo muchas veces lo que se dice no es escuchado y es leído entonces como queja.

 

  En su libro ¡DENUNCIA![2] habla de la importancia de escuchar lo que es presionado, lo que se derrama, lo que se filtra, lo que solloza, lo que balbucea, lo que queda fuera. E insiste en que muchas veces al escuchar, lo que se escucha es el poder de la maquinaria institucional, en manos de quienes justamente no dejan que eso que se quiere denunciar asome, salga, brote, crezca.

Dirá entonces que escuchar es dar a las denuncias un lugar a donde ir, que esos relatos, esas historias vayan hacia alguna parte y no mueran en el interior de cada ser. 

 

  Dirá que incluso las denuncias que parecen no ir a ninguna parte pueden llevarnos a encontrarnos. No sabemos cómo, ni cuándo, pero eso puede llegar a otras y a otros. Por eso la autora plantea que una denuncia es transgeneracional, puede llegar a abrirles la puerta a quienes estuvieron antes y dejar algo a quienes vengan después. Que un Estado cuente con políticas de género implica estar dispuesto a escuchar, a dar lugar a esas voces silenciadas e históricamente negadas. 

 

  Por último, quisiera agregar, en consonancia con lo que vengo diciendo, que dar testimonio es también un acto político. Ya que, si bien es un acto singular, de cada quien, siempre se da a otro u otra, necesita de alguien que lo aloje y ese alojar inevitablemente producirá efectos en la subjetividad y en la sensibilidad de la época. Para transformar o cambiar determinada concepción del mundo es imprescindible contar lo que ese mundo, con sus estructuras de poder, produce.

 

  El testimonio de cada mujer dará cuenta de ello. Al tomar la palabra pone en la escena pública su verdad, para que su historia cuente y resuene entre otras historias. Muchas mujeres suelen decir “denuncio para que a otra mujer no le pase lo mismo” y otras tantas se animan a hablar, al escuchar esos relatos.

 

  Estar ahí, esa es nuestra función como profesionales de la salud que trabajan dentro del Estado. Escuchar para que alguien pueda escucharse y pueda a su vez ser escuchado por otrxs (jueces, fiscales, abogadxs, policías, médicxs, amigxs, vecinxs, etc). Ojalá podamos seguir estando, y ser un país que escucha, incluso aquello que es difícil escuchar. 

 

  Sin trabajadores y trabajadoras estatales no hay políticas públicas. Sin políticas públicas no hay acceso a derechos.

 

 

 

Nota: El texto fue escrito a partir de varios artículos que he publicado previamente En el margen, Revista de Psicoanálisis: “¿Para qué denunciar?”; “Testimonios”; No nos olvidemos de escuchar”.

 

 

 



[1] En un comienzo el Programa se encontraba dentro del Ministerio del Interior, luego pasó a Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, después a Justicia y Derechos Humanos y actualmente se encuentra en el Ministerio de Justicia.

[2] Ahmed, Sara, ¡DENUNCIA! El activismo de la queja frente a la violencia institucional, 1ª ed., CABA, Caja Negra, 2022.


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