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Espejismos, espejeos y mortificación26/09/2002- Por Teodoro Pablo Lecman - Realizar Consulta
"...Los espejismos muestran la dimensión del deseo en lo que de más imaginario se puede presentar del mismo a la sed del caminante. El imaginario está desencadenado y empobrecido, y lo simbólico devaluado...En el lazo actual se lo suele 'espejear' al otro con la intrusión de la intimidación corruptora, seductora y despreciativa..."
LOS ESPEJOS TRANSPARENTES
Uno dice lo que dice, mas no dice lo
que piensa.
Los espejos no reflejan:
transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero
no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real,
invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no
veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple
presencia,
palpitante intermitencia del corazón:
confusión;
y así me siento indeciso como un
pobre hombre, perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que
¿quién soy?
Los espejos que me escupen hacia
fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de
distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis
obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más
secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como
hay doblez en los versos.
Así se cuentan las cosas que nos
pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y
sin alma.
Si se piensa bien, nada es lo que se
ve al espejo.
La luz grande es un abismo y un
estúpido misterio.
(GC, “Los
espejos transparentes”, 1977)
La simple lectura del escrito de Lacan “El estadio del
espejo como formador de la función del Yo”, fabuloso por su riqueza, no nos
exime de comentarlo con nuestra propia teoría, y lo que es más, de verificarlo
en nuestra práctica y hasta en la extensión que implica el psicoanálisis al
Malestar en la Cultura, cosa que hemos intentado analizando el lazo social[1]
en notas anteriores.
Digamos que los espejismos muestran la dimensión del deseo
en lo que de más imaginario se puede presentar del mismo a la sed del
caminante. Recogido de los rimeros del déjà vu o dejà vécu (esto
ya lo había visto o vivido antes), en las ilusiones escritas en los árboles,
las paredes y las nubes o las pantallas omnipresentes del sujeto cotidiano o en
la árida arena del desierto libidinal de las psicosis, con sus alucinaciones y
delirios, quizás entre las fantasmagorías[2]
y el fantasma.
Todo el espectro de lo imaginario, tan frecuentemente
despreciado por algunos, merece ser estudiado en toda su especificidad y su
enorme peso. Basta con pensar en los fenómenos del doble, en las
identificaciones mutuas o en lo que los franceses llaman el espejo en abîme,
para caer allí en el vértigo de un imaginario cuyo punto de corte es difícil de
establecer, sin un cuidadosísimo ejercicio de lo simbólico que se sustraiga a
las trampas del ojo. En él la escritura tiene un papel fundamental, ya que la
palabra hablada queda más fácilmente atrapada en los vericuetos de la
dialéctica, como se comprueba al interpretar a un obsesivo, o al tratar de
convencer a un paranoico.
El imaginario social actual brinda una ocasión única, por
la multiformidad pasmosa de los soportes de lo imaginario (en el sentido que lo
usa Sartre en su archifamosos ensayo y no en el de Lacan), para estudiar el
espejismo en las pantallas o en el polimorfo imaginario de Internet, aunque
esté armado con palabras.
Pero lo que nos interesa aquí es el espejismo como
fundamento y efecto del lazo social, es decir, de lo psíquico, siempre supuesto en el otro (ver “Justificación de
lo inconsciente” en Metapsicología, Freud), inverificable si no es en un
análisis, que por otro lado, sólo puede devolver, con suerte, algo de la propia
psiquis real, cuyo atravesamiento, más allá del fantasma, sólo puede producir
horror y suturarse con la invención del deseo, ya que es lo insoportable por excelencia.
M. Klein lo explicaba muy bien con su juego infinito de proyecciones e
introyecciones.
La forma paranoica del conocimiento humano y de la propia
estructura del yo, sobre todo cuando cae todo lazo libidinal -lo que sucede en
algunos casos personales y se multiplica en una “civilización del odio” (Lacan)
como la actual-, produce así una máxima dificultad en el análisis actual, cuyo
fundamento creciente de transferencia negativa viene registrándose cada vez más
desde la vuelta de los años 20 de Freud. Arriesgando generalizaciones vacías,
la gente no viene al análisis ya sólo porque no puede amar, sino muchas veces
porque no puede dejar de sufrir, de odiar y ser odiada, y de verse envuelta en
manipulaciones de una crueldad psíquica, cuando no física, espantosa. Como el
psicoanálisis es sólo el malestar de cada época y no una ideología, éste parece
ser el sino actual después del mortífero siglo XX y la aplastante (qué notable:
se ve en los grafittis actuales con sus letras aplastadas) globalización actual.
Los espejismos de cada uno, que un simbólico anudado con
lo imaginario como el del siglo XIX y principios del XX permitía desarrollar en
las ricas y poéticas descripciones de Freud, sus discípulos y en el contexto de
la literatura narrativa de la época, ha pasado a un minimalismo medio (con
excepciones numerosas en todos los planos de la creación no mediocrizados) de
sexo, poder, videos y mentira, y de uso y descarte del otro (véase como claro
ejemplo descriptivo de este estado dos películas recientes: la inglesa Intimidad
o la norteamericana Infidelidad, y la italiana –extraordinaria- El
último beso).
El imaginario está desencadenado y empobrecido y lo
simbólico devaluado, en el término medio.
Como lo dice magistralmente la poesía del epígrafe, el espejismo
es inevitable.
Lo que nos retiene en cambio la atención por un momento es
el espejeo, ese “miroitement”, ese miroteo, que no es sólo de mirada
sino de toda la suposición psíquica del otro: de lo que piensa, de lo que
siente y de lo que quiere, que oscila vertiginosamente en las manos del
“autosalvado” y “autoayudado” de la época, para deflagra hacia el otro todo
malestar y toda posibilidad de hacerse cargo de sí mismo, que de ser necesaria
lo sume en la adicción, la impulsión y la paranoia. Las categorías de M. Klein
son en esto utilísimas para la descripción del imaginario, pero no para
comprender la estructura de fondo.
Recurriendo a Lacan (Seminario I) vemos que la
función del analista, hacer oscilar el espejo plano pero en la seguridad ética
del contexto analítico, queda en manos imprudentes, en la calle. Más esto pasa
también con el uso del tiempo corto, verdadera degeneración especular del alto
linaje simbólico del psicoanálisis, contra Lacan mismo e iniciada por Lacan
mismo. No es poca la paradoja, pero el ser humano está constituido por ellas, y
ni los genios se salvan. Por otro lado la construcción en transferencia
negativa del real de Lacan y de su relación
con Freud está apuntada por el mismo Miller.
Siendo más simples, en el lazo actual se lo suele espejear
al otro, o como decíamos, en nota anterior, entrar violentamente en su
intimidad pero no con la intimación de la palabra, que es vacía, sino con la intrusión de la intimidación
corruptora, seductora y despreciativa: Vos sos esto y yo te uso. Usémonos y si
no andate a la mierda. No me vengas con problemas. Todo bien. (expresión que
recogía centralmente en una exposición en Lecturas del psicoanálisis un
colega como una pseudoposición fóbica. Disentimos en ello).
Más allá de estar advertidos de esta forma de lazo social,
una puntuación se nos abre por esas maravillas del encuentro: en Más allá
del principio del placer, encontramos en Freud la palabra Spiegelung,
literalmente “espejeo”, aunque su sentido es el de “reflejo”. Y, en una atenta
lectura, decimos que no es por nada, porque Freud podría haber usado el término
Reflex, más ajustado a reflejo.
Pero qué dice Freud: que se trata de una fase de la cura
que no se puede ahorrar al paciente. La relación que se produce entre recuerdo
y reproducción es singular para cada caso. Un pedazo de su vida olvidada es
reconocido (erkannt, que correpsonde al reconocimiento imaginario, o
sea, al desconocimiento, en realidad, ya que parte del espejeo del yo en el
otro) como Spiegelung einer vergessenen Vergangenheit
[espejeo reflejo de su pasado olvidado]. O sea, la transferencia bajo la
difícil forma de la compulsión a la repetición (Wiederholungszwang): en
general fracaso, transferencia negativa, huida por el mal amor o un acto
ruinoso, reacción terapeútica negativa, etc.
Vemos allí entonces que el espejeo oscila en la apertura
/cierre del inconsciente en la transferencia de lo más profundo de lo real
psíquico: sexual y mortal. Lo mortífero allí es mantener el espejeo y la
oscilación del reconocimiento que implica el desconocimiento de sí mismo
atribuyendo intenciones al otro. Lo mortal es el develamiento del desamparo y
lo crudo de la condición humana en la sexualidad y la destructividad. Produce
horror. Nadie puede verse en ese espejo y andar destripado y destripando a los
demás. La tripera genial sabía trabajarlo.
Pero para ello existían las buenas maneras de entonces que
encubrían aquello, las buenas formas, hoy difíciles de encontrar en la gran
urbe/ubre, a menos que haya buena leche entre y buenos analistas. Cada uno los
debe buscar como Diógenes y encontrar su linterna.
Puede entonces convertir la miseria mortífera de la
subjetividad actual quizás en una miseria mortal y solidaria. Hasta que venga
el androide, hombre protésico anunciado ya por Freud en Malestar en la
Cultura. O surja alguna compensación en el sistema de todos (no en el
capitalista actual). Mientras tanto, trabajemos la transferencia.
[1] En esto no somos originales, los psicoanalistas franceses Davoine y Gaudillière lo vienen haciendo hace como 30 años en su Seminario Folie et lien social en la EHESS en París, así como nuestra erudita colega uruguaya Raquel Capurro lo hace en Extraviada o en Augusto Comte, actualidad de una herencia.
[2] Hay un libro muy interesante al respecto: La fantasmagoría de Max Milner, ed,. FCE, 1990, México, cuyo estudio sobre “El espejo de Teodoro” p.54 de Hoffmann nos resultó sorprendentemente familiar, ¿o Unheimlich?.
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