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Fetichismo

14/10/2009- Por Teodoro Pablo Lecman - Realizar Consulta

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Es importante recordar el papel central del fetichismo en la teoría psicoanalítica. Bajo la forma de la Verleugnung, un problema de juicios del yo (o más bien de lo que lo enuncia desde lo inconsciente) y no de división de la personalidad psíquica (aunque se asocie a ella a posteriori, vía represión) o de estrategias estancas supuestas frente a la castración como parece ser el estereotipo de la trilogía lacaniana represión/repudio/forclusión. La Verleugnung a veces traducida como repudio, repudiación, renegación, desmentida, pero migrante en los casos de Freud, tanto en la psicosis como en la perversión como en la neurosis. Tan afín a nuestra época en su mentira hiperbólica, epimenídica. La historia del calzado es maravillosa, proveniendo del latín calceamen, donde calco, pisotear, deriva también en calcar: copiar con una huella...

 

Es importante recordar el papel central del fetichismo en la teoría psicoanalítica. Relevante en la antropología[1], de la cual proviene, como derivado de factice, ficticio,y apuntando a ídolos típicos de diversas culturas, por ejemplo las africanas, es también un concepto central en la economía capitalista, según el marxismo: fetichismo de la mercancía, sobre todo del dinero, fetiche de fetiches. ¿quién no lo sabe en la vida cotidiana, si lo lleva o no lo lleva en el bolsillo?

Menos central parece en psicoanálisis, donde apenas un pequeño artículo de Freud de 1927, Fetichismo, tan puntual y aislado al parecer como La denegación (Die Verneinung), lo trata, aunque también merece un sitio en el Esquema del psicoanálisis, o en la Escisión del yo en el proceso de defensa. Del mismo modo, la clásica psicopatología psiquiátrica y aún criminológica de las “aberraciones” parece destinarle un lugar limitado en sus asuntos.

Sin embargo, recomendamos leer las observaciones de lectura de Oscar Masotta al respecto en nuestro Freud x Masotta [2] recientemente publicado así como la entrevista que se nos hizo en www.elsigma.com.

Todo ello confluye a asignarle un papel central al vel (el de la bolsa o la vida) y al fetichismo en la teoría psicoanalítica bajo la forma de la Verleugnung, un problema de juicios del yo (o más bien de lo que lo enuncia desde lo inconsciente) y no de división de la personalidad psíquica (aunque se asocie a ella a posteriori, vía represión) o de estrategias estancas supuestas frente a la castración como parece ser el estereotipo de la trilogía lacaniana represión/repudio/forclusión. La Verleugnung a veces traducida como repudio, repudiación, renegación, desmentida, pero migrante en los casos de Freud, tanto en la psicosis como en la perversión como en la neurosis. Tan afín a nuestra época en su mentira hiperbólica, epimenídica.

Y sobre todo ligada a la “separación objeto/ideal y la constitución misma convergente y divergente del ideal, cuestión netamente humana”. Atornillando y desprendiendo idealización y sublimación, de tan difícil comprensión si nó en Para una introducción al narcisismo.

Para decirlo más fácil, es el hilo rojo de una constante afirmación de Freud: “lo más alto y lo más bajo vienen del mismo lugar”.

En el mismo momento de la constitución del objeto (por lo tanto del yo corporal) y del desprendimiento del ideal (por lo tanto del símbolo).

Como dice Lacan en “Formaciones del inconsciente”, hay una satisfacción de la palabra y otra del objeto.

Nos explicaremos con el ejemplo de las botas: tendrán que disculpar ahí un fetichismo de la memoria, que trata de desprender algo de la nada que queda de todo, pura metonimia, y el fetichismo de la erudición, que roe diccionarios, esa interminable saga de lo que se dice (Lacan) para quedar violeta y sin aliento, en el umbral de la Ley kafkiana, y sin palabra. Frente al análisis de cada uno.

En el colegio, la inefable profesora Ángela Blancoamores de Pagella nos citaba un verso de Juan Ramón Jiménez (el mismo del burro, pero que estuvo internado en EE:UU y era brillante poeta, no aquí): “¡a caballo va el poeta, qué tranquilidad violeta!” A lo que nosotros agregábamos sotto voce: mientras le chupa la teta (¿quién a quién?).

Con otros dos profesores, de matemáticas e historia, integrábamos la trilogía de la masturbación en una frase que el respeto impide citar, y en un verdadero repudio generalizado a la sublimación y la enseñanza.

Nos apresuramos a decir que más bien haremos “hincapié” en lo que el síntoma lleva de la cultura, la historia y lo social, aspecto en general eludido en psicoanálisis, no por nada, porque nos compromete a todos, y que sin embargo está y muy poderosamente, bajo la forma del ideal, oscilante siempre entre yo ideal e Ideal del yo. Y que haría que sin él nuestras descripciones fueran pura metafísica, o peor represión al servicio del Ideal del yo, y del sistema cultural dominante.

No tocaremos así la función psicoanalítica del fetiche sino “de paso” y lo que nuestro maestro Masotta afirmaba: la elección masculina siempre tiene una condición fetichista. Y que la mujer no es fetichista porque es ella misma un fetiche. Claro que ahora estamos todos fetichizados.

En efecto, también dispara estas reflexiones una presentación mucho tiempo inédita de Freud sobre fetichismo en la Sociedad de los Miércoles de Viena, del 24 de febrero de 1909, o sea, hace 100 años, publicada en la Revue Internationale d’Histoire de la Psychanalyse, Nº 2, 1989¸p.412-439. Es notable en ese texto el énfasis en “la separación del objeto y el ideal a partir del pié”. Y antecedentes que remiten a Binet (!). Los analistas presentes, por otra parte, exponen sus fetichismos sin pudor alguno.

Como antecedente, obviamente está el análisis “aplicado” a la Gradiva de Jensen (que lo mandó a freír churros a Freud), y descubrimos que “zapato” quizás venga del griego diabathron: “que lleva o ayuda al paso”. La importancia del “descubrimiento del pie” en el erotismo victoriano y aledaños está presente. Ahora nos daría risa, si no fuera que algo gracioso sucedió camino del foro: las sandalias sin taco y con largas tiras fueron de uso entre griegos y romanos. Del griego sandalon: escarpín (prototipo infantil de la bota gorda, de Botero), a su vez de scarpa (italiano), zapato de suela delgada.

¡Qué tarea escarpada la de avanzar! O como decía la pequeña esquizofrénica de Mme Schéhaye en su versión de película italiana: che belle scarpe bianche! ¡Qué bellos zapatos blancos! y se agregaba a sí misma, “como una pequeñita barra de hierro en el desierto”: piccolina...

Hace tiempo, recuerdo a una buena amiga psicoanalista fascinada e intrigada por el fetichismo del calzado de un paciente. ¡Cómo, la otra en el pedestal! Y sí, siempre. Y si las mujeres están a veces más despegadas del suelo por sus tacos, eso no quita que los hombres vuelen mucho, otras veces, y necesiten piolín, que tantas veces nos falta, ¡querida Eladia Blázquez! O el peso de la gorda Sosa para aterrizar. muchas veces estrolándonos. ¡Oh, bípedo implume!

Como consecuente, en Malestar en la cultura, la afirmación de la “separación del suelo, la bipedestación, como una condición de lo humano y de la pérdida de lo olfativo”, tan fuerte en los animales.

Llama allí mismo la atención, en la presentación de Freud en 1909, el lugar que se le da a lo olfativo y una costumbre que parece en Viena difundida de lo atractivo del calzado maloliente. De ahí al comentario de nuestra tan desodorizada por la propaganda clase media argentina de que las europeas no usan antisudoral o no se depilan, hay otro asombro.

Queda así vigente que “nuestro único punto de contacto con la tierra son los pies”, fácilmente despegables, al principio, en la cama al menos, o sentados en una silla alta, al final quizás la del Stühlrichter, la del juez (famoso sueño de Freud), la del último penoso juicio, con los pies para adelante.

La historia del calzado[3] es maravillosa, proveniendo del latín calceamen, donde calco, pisotear, deriva también en calcar: copiar con una huella.

Desde las primeras suelas vegetales hasta enterarnos que las Cruzadas y otras traen las babuchas y el calzado puntiagudo de Oriente a Occidente.

De ahí los clásicos zapatos femeninos en punta. Luego con taco de aguja, peligrosísimos. Las botas actuales pueden tener ambas cosas. O ser chatas.

La punta cuadrada, pico de pato, parece ser del siglo XV, así como las botas altas y ajustadas. Gran asombro nuestro al ver en Rusia, año 2000, la frecuencia de los zapatos de punta muy cuadrada de hombre. ¿Coincidencia?: en el siglo XV Ivan III el Grande pone los cimientos de la “Gran Rusia”, el imperio, emancipándose de los tártaros. Quizás fue justamente para distinguirse de los orientales, tan próximos a Rusia. ¿Retorno del zarismo después de la caída del muro? Obviamente no descartamos cuestiones económicas puntuales, pero...

En el XVII, al parecer, aparece el tacón. Lo que los franceses llaman directamente talon. Algo que Onetti no soportaba, porque consideraba obsceno, en la divina poeta y amante lujuriosa “Idea” Vilariño, el talón al descubierto.

Los hombres caen en el calzado italiano, con cordones, y por ahí quedan. Vibran, del andare facile. Variante hay de mocasín, ¡de los indios americanos!, que vuelve acá y sigue, en los pitucos argentinos de medio pelo: lo importante era tener mocasines de Guido.

Como retorna la ojota de los pueblos sumergidos, o en la mujer pobre que hace la limpieza. No hay bota allí, que queda reservada para oficios especiales: bombero, operarios eléctricos y zapadores, mineros, etc.

La también obvia equivalencia de calzarse con el acto del coito y el valor fálico del pie, son una nota muy clara de la que no nos ocuparemos aquí.

Pero venimos dando vueltas alrededor de un punto central, fetichizado, el uso general de las botas impuesto por la moda a las mujeres actualmente. El otro día, desopilante, si no fuera muy molesto, mientras leía en el subte la revista de historia del psicoanálisis que cito, se me sienta al lado no sin darme un golpe disruptivo, un psicótico ultramedicado (cialorrea, rictus, desorden psicomotriz, etc.), y con pinta de protonazi de belgrano con sombrerito tirolés, de una intuición paranoica notable: sin que yo le diga nada, sólo por mi cara de costado mientras intentaba seguir leyendo, empieza a insinuar un discurso nazi, que ve que no va; en segundos me dice que soy psicoanalista y “lacaniano”, y después de varias cosas sin éxito, dice: “todas usan botas”...! Arranco de ahí, schreberianamente.

Las consideraciones económicas del uso de las botas pueden ser abundantes, pero preferimos recordar una vieja zamba brasileña: zapato cuesta dinero, dinero cuesta ganar.

En el medio del camino se nos impuso el uso militar de las botas, de tan larga historia en la Argentina golpista y prusiana (a alpargatas sí libros no, nos referiremos, dado lo peligroso del kaso, aunque con el hambre se come hasta suela de zapatos).

Una observación de Freud en su presentación es muy sugestiva: la uniformación de la moda hace que toda mujer quiera “ofrecer” lo mismo que la otra, aunque no le siente bien.

Cierta ilusión de intercambio y de heterosexualidad complementaria de Freud, basada en la realidad de su contexto, se diluyen hoy en el monólogo egocéntrico paralelo, la competencia desenfrenada, el narcisismo del actor social individual con el nada es para siempre y hoy te consumo, y la sombra: el infinito degradé de la sexualidad (con lo que empezamos a escribir un largo libro, ¡otro más!. basándonos en Psicología de la vida erótica y Duelo y Melancolía, entre otros, pasando por Stendhal y Lacan y etc.)

Cualquiera sabe cómo se miran las mujeres entre ellas. Se ofrecen a la mirada de la otra.

Pero queremos enfatizar aquí lo que se transmite de la historia sin saberlo: en este caso lo militar, la guerra, la violencia de la Argentina, con su larga herencia prusiana.

Las mujeres se ponen las botas, ¿para ir adónde?

Una breve excursión etimológica[4] da que bota y botín convergen en las raíces germánicas de botan: golpear, o beute, presa. Y en boot: instrumento de tortura. Otra línea hace coincidir lo hueco del tonel (botella) con la bota. No nos interesa por el momento porque va a la vulgata psicoanalítica y estamos resaltando algunos significantes reprimidos de la cultura más allá de la historia personal pero con ella, y que golpean fuerte, crepitan, otra cuestión y palabra asociada al calzado, una cavaleria rusticana. Zapatero, no vayas más allá de tu calzado (ultra crepidam) dirán algunos, para no encontrarse con la política, siempre tan démodée en nuestro milieu.  

Guerra y competencia, valores que se transmiten inconscientemente y día a día en nuestro sistema, en el discurso “humano” omnipresente (Lacan), en cada detalle de la moda y logo. La competencia, más claramente imposible, en el calzado deportivo, zapatillas o basket o champions, o nike, diosa griega ahora símbolo de la explotación más despiadada por la multinacional de las zapatillas de los y las orientales que andan a pie (después de que a las mujeres les destrozaran los pies por los siglos imperiales porque había que tener pies chicos).

En los campos de concentración, cuenta Primo-Lévi, tener un calzado, de trapo, de lo que fuera, si de cuero ya era lo máximo, era vital para no morir por gangrena del pie por congelamiento, una causa muy común de  las tantas que llevaban a la muerte.

Fetichismos del sistema donde los zapatos sucios de Freud ya nos dan risa, sobre todo porque aquí no hace tanto frío. Y donde el lazo libidinal roto se re-aparata marcialmente en la lucha por la vida de las grandes ciudades postcoloniales, llenas de pasos perdidos.

¡Viva Zapata!

 

www.leerypsicoanalizar.com.ar

 

   



[1] Hay varias intervenciones sobre el fetiche del renombrado antropólogo “cultural”  Marc Augé en Augé, M. y otros,  El objeto  en psicoanálisis, (el fetiche, el niño, el cuerpo, la ciencia), Ed. Gedisa, Buenos Aires, 1987.

[2] Freud x Masotta, conceptos aclaraciones y esquemas,   Ed.Leerypsicoanalizar/Milena Caserola, Buenos Aires, 2009.

[3] Nos han ayudado en nuestra exploración a pié las Enciclopedias Salvat y Círculo. Nos imaginamos todas las historias que se pueden encontrar en estudios especializados culturales de la vida privada y pública: una “historia del lecho” se nos perdió en el camino, hace años, Encore, ¡tanto más cuanto que lecho y lee son en francés la misma palabra: lit!

[4] Corripio, F., Diccionario etimológico, ed. Bruguera, Barcelona, 1984; Collins Etymological and Reference Dictionary, ed. Collins Clear-Type Press, London, 1951; Stappers, H., Dictionnaire Synoptique d’Étymologie française [2ª.ed. 1893], ed. Librairie Larousse, París, 5e. Édition, sin fecha .

 

 

 


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