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Homenaje a Héctor Braun a diez años de su muerte11/11/2011- Por Élida E. Fernández - Realizar Consulta
Me quedé pensando en donde se quedan los muertos, los muertos queridos, los que no son devorados por el olvido, los que nos acompañan, a los que les seguimos hablando, los seguimos nombrando… Tu vida y tu muerte fueron complejos laberintos, pero es cierto que a los que te conocimos y te quisimos, a los colegas que se formaron con vos, a los colegas que supervisaron con vos, a tus pacientes… a todos y a cada uno nos dejaste una brújula... Soñabas, soñabas y peleabas por lo que querías: un psicoanálisis en el hospital, un hospital digno, con profesionales que se apasionaran por lo que hacían... Uno siempre les debe algo a los muertos queridos. Dice Montesquieu “A los vivos, les debemos respeto. Alos muertos, solo les debemos la verdad”

Un escrito apresurado. 2 de noviembre de 2011
El lunes de la semana pasada, me “enteré” que se hacía tu homenaje, que no se postergaba como otras actividades, por las asambleas, por las marchas, por todo lo que está pasando en el Ameghino.
Si vieras -lo que ocurre en el Ameghino- no lo podrías creer!!! No lo querrías creer.
El hecho es que me quedaban apenas unos días para pensar qué hablar en tu homenaje. Es muy poco tiempo. Necesito más para escribir, registrar, retomar y después leer con distancia.
Entonces me pasó un remolino, un vendaval, un huracán, volvían imágenes, recuerdos y… una frase a la cabeza: “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. ¿De dónde venía? ¿Era de algún poema? ¿Por qué se entrometía en la memoria?
Busqué en Google y es la estrofa de una canción de Calamaro! Pero a Calamaro lo escuchabas vos, no yo. ¿Qué hacía esa frase allí?
Después en el remolino apreció una frase de Jorge Jinkis despidiendo a su amigo Jorge Fukelman, decidí que quería robársela y decírtela:”Lo que se pierde, Héctor, no es indispensable, no te preocupes, es irremplazable”
Pensé entonces en el trabajo del duelo: desarmar pieza a pieza, mientras armamos pieza a pieza qué es “lo irremplazable” de ese ser querido que se fue, tan antes, tan pronto, tan sin despedirse.
Levi–Strauss señala que –junto con la prohibición del incesto y la existencia del lenguaje– el culto a los antepasados muertos es la tercera de las grandes “instituciones” absolutamente universales: la tumba es, con la palabra y la exogamia, un signo por excelencia del pasaje de
Diez años, es tanto, y tan poco.
Me vinieron a la mente las Confesiones de San Agustín, cuando se pregunta por el tiempo, por la inexistencia del tiempo: el pasado ya fue, el futuro no es aún, sólo queda el presente, inaprensible. Pero está la memoria.
Apareció entonces un poema de Juan Ramón Jiménez que aprendí de una vez y para siempre, en el colegio secundario, con el profesor de literatura de ojos azules donde todas nos poníamos a navegar.
El viaje definitivo
[Poema: Texto completo]
Juan Ramón Jiménez
…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.
Poemas agrestes (1910-1911)
Me quedé pensando en donde se quedan los muertos, los muertos queridos, los que no son devorados por el olvido, los que nos acompañan, a los que les seguimos hablando, los seguimos nombrando… Vi hace mucho una película, cuyo nombre no recuerdo y no se lo pude arrancar a Google, trabajaba Marcelo Mastroiani: el bello Marcelo, sentado junto a un niño en el cordón de la vereda. El niño le pregunta: ¿Dónde vas a estar cuando te mueras? Y él contesta: en tu cabeza cada vez que me recuerdes.
Y entonces así, sin lógica aparente vino el poema de Konstantino Kavafis Itaca, poema que escuché por primera vez sentada en uno de las últimas gradas del anfiteatro de Epidauro en Grecia, cuya acústica hace que la voz de una persona o el ruido que hace un fósforo al prenderse sean oídos a sesenta metros de distancia. Desde allí, en la voz de la guía de habla hispana descubrí la acústica y a Kavafis.
Ítaca
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
Konstantino Kavafis
Apresuraste el viaje. Eras un apasionado, un loco por cada cosa que te gustaba. Amabas a Les Luthiers y tenías toda la colección. Ponías un video de ellos en la notebook, armabas filas de banquetas en el comedor de tu casa recién comprada, invitabas amigos y veíamos la función. Nos reíamos a carcajadas.
También amabas el cine y grababas películas con una video grabadora, luego nos prestabas los videos. Nunca les grababas el final. Entonces una tenía que llamarte urgente para que vos contaras cómo terminaba la película!
Descubrimos, después de tu muerte, que a todos tus amigos nos hacías lo mismo. Un día se lo conté a Inés Fernández Moreno y me pidió, arrobada por la anécdota, si se la prestaba para escribir un cuento. Le dije que sí, si vos eras un personaje para un cuento.
Quizás te faltó esa realidad que nos hace a otros más pesados sobre la tierra. O los sufrimientos de la vida, los que te tocaron, los que te procuraste, te rompieron el corazón.
Soñabas, soñabas y peleabas por lo que querías: un psicoanálisis en el hospital, un hospital digno, con profesionales que se apasionaran por lo que hacían. Así, con esa fuerza me hablaste un día de que querías investigar en psicoanálisis. Te dije muy convencida que no, que no se podía, que cómo se te ocurría, que investigar era para las ciencias duras, que el psicoanálisis era indemostrable, etc., etc., etc.
En el 2007 con un grupo de doce analistas del Centro empezamos una investigación.
No lo supe antes, salió así, como son estas cosas del saber no sabido: cuando empezamos y propuse presentarnos al premio Ameghino a la investigación Clínica supe que era por vos, que era tu marca, tu transmisión. Y ganamos. Y nos dio el premio Slipak. Pero eso ya es otra historia.
Uno siempre les debe algo a los muertos queridos. Dice Montesquieu “A los vivos, les debemos respeto. Alos muertos, solo les debemos la verdad” y tomando esa cita Eduardo Grüner responde:[1]”a los muertos se les debe el testimonio de la verdad sobre su existencia previa, para que no sean desaparecidos también de la lengua. El muerto no es, sin embargo desde el afuera de su no ser organiza toda la partida. Por el trabajo del duelo, arribamos al reconocimiento de una ausencia sobre la cual se puede enriquecer al mundo, a veces haciendo de su marca un camino.
Hay un cuento de Borges que se llama “La muerte y la brújula”. Un cuento lleno de laberintos.
Tu vida y tu muerte fueron complejos laberintos, pero es cierto que a los que te conocimos y te quisimos, a los colegas que se formaron con vos, a los colegas que supervisaron con vos, a tus pacientes… a todos y a cada uno nos dejaste una brújula...
El año pasado dieron aquí en Buenos Aires una película “El encanto del Erizo”. El final no es convencional: una de las protagonistas de la historia muere en un accidente imprevisto, absurdo. La voz en off de la otra protagonista -una niña de once años- dice:”no importa cuando te encuentre la muerte, lo importante es que estabas haciendo con tu vida en ese momento”. No es textual, pero es la idea.
A vos la muerte te encontró apostando con entusiasmo a cada cosa que hacías desde seguir al club de futbol de tus amores: San Lorenzo, jugar al tenis, escuchar rock nacional, ejercer el psicoanálisis, transmitirlo, investigarlo. Cuidar y ejercer tu tan buscada paternidad, cuidar la relación con tus amigos, el amor de una mujer.
Pienso que hay transmisión cuando sea lo que sea lo que uno intenta transmitir lo hace apasionadamente, mostrando que el lazo que nos une con eso de lo que hablamos es de profunda satisfacción.
Quizás este escrito apresurado donde se me arremolinó la biblia junto al calefón, sea el “cambalache” de mi memoria en homenaje a tu espíritu, que permanece errando nostálgico por los pasillos del querido Ameghino, luchando en la resistencia, peleando para que ese hospital digno que soñaste no sea arrasado ni desaparecido.
Notas
[1] Grüner, Eduardo. Lo que le debemos a los muertos en Conjetural 49 ediciones sitio, Argentina, 2008, pag30
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