» Columnas
Implicancias del lugar del cliente en la prostitución/ 221/07/2004- Por Juan Carlos Volnovich - Realizar Consulta
Recurriré mediante este complemento a mi columna anterior, a las fuentes para reflexionar acerca de los procesos psicológicos que, en las relaciones sexuales, tienen a los varones como protagonistas. Para eso tomaré dos textos de Freud. Sobre un tipo especial de la elección de objeto en el hombre y Sobre la degradación general de la vida erótica. el psicoanálisis puede hacer un aporte significativo para entender la complejísima trama que supone la constitución de subjetividades y la construcción del sujeto psíquico involucrado en la perpetuación de la práctica de la prostitución.
Desarrollos freudianos, aportes actuales y perspectivas
Recurriré en este complemento a mi columna anterior, a las fuentes para reflexionar acerca de los procesos psicológicos que, en las relaciones sexuales, tienen a los varones como protagonistas. Para eso tomaré dos textos de Freud. Sobre un tipo especial de la elección de objeto en el hombre y Sobre le degradación general de la vida erótica.
En la primera obra citada, publicada en 1910, Freud intenta penetrar en el enigma del deseo sexual que los varones despliegan hacia las mujeres. Eso que muchos años después Lacan enunció como “deseo, es el deseo del otro.”
Allí, Freud enuncia al menos dos condiciones fundamentales para que un varón se sienta atraído por una mujer. La primera es lo que él llama el “perjuicio del tercero”. La segunda es lo que llama “amor a la prostituta”.
1.- El “perjuicio del tercero” consiste en que el sujeto no elegirá jamás como objeto amoroso a una mujer que se halle aún libre; esto es, a una muchacha soltera o a una mujer independiente de todo lazo amoroso. Su elección recaerá, por el contrario, invariablemente, en alguna mujer sobre la cual otro hombre pueda ya hacer valer su derecho de propiedad privada: marido, novio o amante. Esta condición es tan inevitable que una mujer despreciada por él mientras permaneció libre, pasa a constituirse en objeto de su deseo en cuanto entabla relaciones amorosas con otro hombre que le sea significativo a él.
2.- La segunda condición consiste en que la mujer casta e intachable no ejerce nunca sobre el sujeto aquella atracción que podría instalarla como objeto de su deseo, quedando reservado tal privilegio a aquellas otras sexualmente sospechosas, cuya pureza y fidelidad pueden ponerse en duda. Dentro de este carácter cabe toda una serie de matices, desde la casada ligeramente asequible al flirt hasta la cocotte francamente entregada a la poligamia; un varón que se precie no renunciará jamás a una mujer con estas características. Exagerando un poco, podemos llamar a esta condición la del “amor a la prostituta”.
Obligado, entonces, a explicar el origen de tales elecciones de objeto sexual, Freud no repara en afirmar que las condiciones eróticas que deciden la manera de vincularse con las mujeres transitan por la huella que en cada varón dejó abierta la relación con su propia madre.
Dice Freud: “el niño ve en su madre al ser más intachable y puro, y nada hay tan ofensivo cuando llega del exterior, o tan doloroso cuando surge en la conciencia íntima, como la duda acerca de esa cualidad de su madre. Y esa duda se hace realidad cuando se ve obligado a aceptar que su madre, es una puta. Tal evidencia se produce cuando el niño llega al conocimiento de la naturaleza de las relaciones sexuales de los adultos; período que situamos en los años inmediatamente anteriores a la pubertad. Esta es una revelación brutal. Que sus propios padres tengan relaciones sexuales. Así, no es raro ver al niño como, en un primer momento, rechaza indignado tal posibilidad, diciendo a quién se encarga de avivarlo: “Es posible que tus padres y otras personas hagan eso; pero mi mamá, no”. Como corolario casi regular de esta “ilustración sexual”, dice Freud, averigua el niño al mismo tiempo la existencia de ciertas mujeres que realizan profesionalmente el acto sexual, siendo por ello generalmente despreciadas. Al principio no comparte tal desprecio, y lo que experimenta es una mezcla de atracción y horror al darse cuenta de que también a él pueden iniciarle tales mujeres en la vida sexual, que suponía privilegio exclusivo de los mayores. Pero, cuando más tarde no puede ya mantener aquella primera duda que excluía a sus padres de las bajas normas de la actividad sexual, llega a decirse, con lógico cinismo, que la diferencia entre la madre y la prostituta no es, en último término, tan grande, puesto que ambas realizan el mismo acto. Las revelaciones sexuales han despertado en él las huellas mnémicas de sus impresiones y deseos infantiles más tempranos, reanimando consiguientemente determinados impulsos psíquicos. Comienza, pues, a desear a la madre, en el nuevo sentido descubierto, y a odiar de nuevo al padre, como a un rival que estorba el cumplimiento de tal deseo. En nuestros términos decimos que el sujeto queda dominado por el complejo de Edipo.
Si los objetos eróticos elegidos por los varones son, ante todo, subrogados de la figura materna, podemos comenzar a explicarnos la afición a las putas justamente por la posición antitética que el amor a la madre tiene como único, incondicional y desinteresado; posición antitética con el de las putas que se caracterizan por ser múltiples y descartables; relación condicionada y presidida por el interés económico.
Dice Freud: “El psicoanálisis nos enseña que aquellos elementos que se inscriben en el inconsciente como insustituibles provocan la formación de series inacabables, infinitos intentos de reemplazar lo irremplazable, inagotables subrogados de un original que jamás proporcionará la satisfacción anhelada. Y la imagen degradada de la puta, aparentemente tan ajena a la madre idealizada, no es otra cosa que la construcción de una figura odiada por haberle otorgado al padre los favores de los que el niño se consideraba único destinatario. Es la imperdonable infidelidad de la madre la que lleva al niño, cuando la madre está ausente, a abrumarse con fantasías que giran alrededor de una permanente actividad sexual, y es la tensión provocada por tales fantasías la que lo induce a buscar su descarga en el onanismo. El varón que se relaciona con putas se nos hace ahora comprensible como resultado de la fijación a fantasías puberales que pueden tramitarse en la vida real. No creemos aventurado suponer, dice Freud, que el onanismo practicado durante los años de la pubertad sea el antecedente privilegiado del amor a las prostitutas.
Dos años más tarde en Sobre la degradación general de la vida erótica, Freud vuelve sobre el tema. Es allí dónde enuncia para el psicoanálisis la aporía paulista. No es el deseo sexual el que llama a la prohibición sino que es la prohibición la que genera el deseo.
Allí, Freud se interroga acerca de la impotencia sexual de los varones. Se trata, dice, de la inhibición producida por una fijación incestuosa a la madre o a la hermana. Sucede que no han llegado a fundirse las dos corrientes cuya influencia asegura una conducta erótica plenamente normal. Esas dos corrientes son: la corriente “cariñosa” y la corriente “sensual”.
De estas dos corrientes, la cariñosa es la más antigua. Viene desde la tierna infancia, se ha constituido tomando como base los intereses del instinto de conservación y se orienta hacia la mamá integrando desde un principio ciertas aportaciones de los instintos sexuales. Es allí, en la más tierna infancia, cuando los instintos sexuales encuentran sus primeros objetos guiándose por las huellas que van abriendo los instintos del yo, del mismo modo que las primeras satisfacciones sexuales son experimentadas por el individuo a través de las atenciones materiales de alimentación, higiene y abrigo necesarias para la conservación de la vida. El cariño de la mamá, raras veces oculta por completo su carácter erótico (El niño, juguete erótico).
Estas fijaciones cariñosas del niño perduran a través de toda la vida y a ellas se le incorporan considerables magnitudes de un erotismo que queda siempre desviado de sus fines sexuales. Con la pubertad sobreviene una erupción de la poderosa corriente sensual sólo que, esta vez, ya no ignora sus fines. Quiere unirse sexualmente con la madre. Pero, al tropezar aquí con el obstáculo que supone la barrera moral que en el intervalo se erigió contra el incesto, tenderá rápidamente a transferirse de dichos objetos primarios a otros, ajenos al círculo familiar del sujeto, con los que está permitido una vida sexual real. Estos nuevos objetos son elegidos, sin embargo, conforme al prototipo de los que moldearon su infancia. El hombre adulto abandonará a su padre y a su madre para seguir a su esposa, fundiéndose entonces el cariño y la sensualidad. El máximo grado de enamoramiento sensual traerá consigo la máxima valoración psíquica.
No obstante, ciertos factores pueden provocar el fracaso de esta evolución progresiva de la libido. Si la sensualidad de un joven ha quedado ligada en el inconsciente a objetos incestuosos o, dicho en otros términos, fijada en fantasías incestuosas inconscientes, esto se expresará de dos formas que pueden excluirse o coincidir:
a) Como impotencia sexual que garantiza la represión de los impulsos incestuosos.
b) Como afición a las prostitutas que garantizan un vínculo sensual dónde nada de lo cariñoso está presente. Esto es, una relación en la que la corriente sensual no ha de verse sacrificada en su totalidad a raíz de su proximidad con la corriente cariñosa, sino que queda libre de conquistar en parte, solo en parte, el acceso a la realidad.
Así, la actividad sexual de los sujetos masculinos que tienen relaciones sexuales con prostitutas puede que respondan a imperativos deportivos de rendimiento olímpico pero (cito a Freud) “evidencian claros signos de no hallarse en dominio pleno de su energía instintiva psíquica que se muestra caprichosa, fácil de perturbar, incompleta y, muchas veces, poco placentera.” Y, esta considerable limitación en la elección de objeto, se debe a la exigencia a eludir cualquier aproximación a la corriente cariñosa.
En estos casos la corriente sensual que permanece activa, sólo podrá ligarse con objetos que ni por lejos evoquen los objetos incestuosos prohibidos de modo tal que las mujeres cuyas cualidades y atributos podrían inspirarle una valoración psíquica elevada estarán siempre instaladas en el lugar de la pureza, lejos de la excitación sensual.
La vida erótica de estos individuos, que son muchos según lo que vamos viendo, permanece disociada en dos direcciones: una encarnada en el amor al arte, en el amor divino, en la ternura, en el cariño desinteresado de sexo y de dinero; la otra encarnada en el amor terreno, la atracción animal, la pasión interesada. Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Buscan objetos a los que no necesitan amar para mantener alejada su sensualidad de los objetos amados.
Así, la degradación psíquica del objeto sexual cumple la función de abrirle el paso a una sexualidad que entonces, sí, puede exteriorizarse libremente y, en relación a un objeto degradado, le permite desplegar un intenso placer dónde la vocación de dominio y la intención de eludir el atemorizante deseo femenino, no están ausentes.
No obstante, ante la afirmación acerca del “intenso placer”, Freud rápidamente se encarga de consignar en el párrafo siguiente que “aquellas personas en quienes las corrientes cariñosa y sensual no han confluido debidamente viven, por lo general, una vida sexual poco refinada. Perduran en ellas fines sexuales perversos, cuyo incumplimiento es percibido como una sensible disminución de placer que sólo parece posible alcanzar con un objeto sexual rebajado y desvalorizado”
Tal vez lo que recién cité, la atribución de “fines sexuales perversos” se preste a confusión por lo que supone tanto la convalidación del deseo perverso polimorfo en la constitución subjetiva normal, como un juicio de valor que tiende a descalificarlo poniéndolo del lado de lo enfermo o desviado. Pero lo que sí me parece necesario señalar aquí, es que la escena sexual que une a un cliente con su servidora está tanto al servicio del refuerzo de ciertos estereotipos que han hecho de la conducta sexual una norma (varones activos, jactanciosos, penetrantes, siempre en el límite de la violación, que se dan el gusto sin mirar a quién o que si dan el gusto es sólo para alimentar su vanidad y la ilusión del poder), como de representar un simulacro de escenas infantiles –fragmentos de escenas traumáticas de seducción– que desmienten los prejuicios acerca de la sexualidad convencional. A saber: varones pasivos que se entregan a mujeres activas (tipo geishas u odaliscas) y que obtienen placer cuando los masajean, los masturban, los chupan o los castigan parodiando a un niño golpeado por su madre. Varones que disfrutan cuando tienen relaciones con prostitutas embarazadas. Varones que buscan observar la relación sexual entre mujeres o parejas heterosexuales que lo excluyen o lo incluyen sólo como testigo. Varones que pagan para ser humillados, penetrados, orinados o defecados. Varones que sólo pueden hacerlo en grupo. Varones que eligen prostitutas muy alejadas del ideal estético. (¿Recuerdan el escándalo que se produjo cuando encontraron a Hugh Grant con Divine?).
Llegados hasta aquí Freud se sorprende. Hemos reducido la impotencia sexual de los varones a la disociación entre la corriente cariñosa y la corriente sensual en la vida erótica y hemos atribuido esta perturbación a la barrera erigida contra el incesto, dice. Pero resulta que eso les pasa a todos. “Contra esta teoría cabe una importante objeción, dice Freud: nos da demasiado. Es cierto que nos explica por qué ciertos hombres padecen de impotencia sexual y eligen tener relaciones sexuales con prostitutas pero, al mismo tiempo, no nos explica porque algunos escapan a esta dolencia. En efecto, puesto que los factores señalados -la intensa fijación infantil, la barrera erigida contra el incesto y la prohibición opuesta al instinto sexual en los años de la pubertad- son comunes a todos los hombres pertenecientes a cierto nivel cultural, sería de esperar que la impotencia sexual y la necesidad de tener relaciones con prostitutas fuese una enfermedad general de nuestra sociedad civilizada y no se limitase a casos individuales.”
Prescindiendo de tal extensión del concepto de la impotencia psíquica, y atendiendo tan sólo a las gradaciones de su sintomatología, no podemos eludir la impresión de que la conducta erótica del hombre civilizado presenta generalmente, hoy en día, el sello de la impotencia y la prostitución. Sólo en una limitada minoría aparecen debidamente confundidas las corrientes cariñosa y sexual. El hombre siente coartada casi siempre su actividad sexual por el respeto a la mujer, y sólo desarrolla su plena potencia con objetos sexuales degradados, circunstancia a la que coadyuva el hecho de integrar en sus fines sexuales componentes perversos, que no se atreve a satisfacer en la mujer estimada. Sólo experimenta, pues, un pleno goce sexual cuando puede entregarse sin escrúpulo a la satisfacción, cosa que no se permitirá, por ejemplo, con la mujer propia. De aquí la necesidad que tiene de un objeto sexual rebajado, de una mujer éticamente inferior, en la que no pueda suponer repugnancias estéticas y que ni conozca las demás circunstancias de su vida, ni pueda juzgarle. A tal mujer dedicará entonces sus energías sexuales, aunque su cariño pertenezca a otra de tipo más elevado. Esta necesidad de un objeto sexual degradado, al cual se enlace fisiológicamente la posibilidad de una completa satisfacción, explica la frecuencia con que los individuos pertenecientes a las más altas clases sociales buscan sus amantes, y a veces sus esposas, en clases inferiores.
Aunque parezca desagradable y, además, paradójico, ha de afirmarse que para poder ser verdaderamente libre, y con ello verdaderamente feliz en la vida erótica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer y el horror a la idea del incesto con la madre o la hermana. Aquellos que ante esta exigencia procedan a una seria introspección descubrirán que, en el fondo, consideran el acto sexual como algo degradante, cuya acción impura no se limita al cuerpo. El origen de esta valoración, que sólo a disgusto reconocerán, habrán de buscarlo en aquella época de su juventud en la que su corriente sensual, intensamente desarrollada ya, encontraba prohibida toda satisfacción, tanto en los objetos incestuosos como en los extraños.
El daño de la prohibición inicial del goce sexual se manifiesta en que su ulterior autorización dentro del matrimonio no proporciona ya plena satisfacción. Pero tampoco una libertad sexual ilimitada desde un principio procura mejores resultados. No es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde considerable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo y, siempre que las resistencias naturales opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes, han creado los hombres otras convenciones para que el amor constituyera verdaderamente un goce. Seguramente, el deslizamiento hacia la prostitución infantil no es ajeno a esto último.
Comencé diciendo que con la explotación comercial sexual estábamos abordando uno de los problemas sociales, políticos, éticos, culturales más dramáticos, más controvertidos y más escabrosos en cuanto a las relaciones entre varones y mujeres. Terminaré afirmando entonces que el psicoanálisis puede hacer un aporte significativo para entender la complejísima trama que supone la constitución de subjetividades y la construcción del sujeto psíquico involucrado en la perpetuación de la práctica de la prostitución.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















