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La ecografía y la gravidez

01/08/2016- Por Eva Giberti - Realizar Consulta

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La introducción cada vez más sofisticada de la visualización ecográfica en obstetricia sugiere replanteos acerca de la cosificación del cuerpo de la mujer, del efecto subjetivo de la transparentación de lo que permanecía oculto hasta el parto, del despliegue imaginario consiguiente, de las significaciones en juego, de las incidencias en la relación madre-feto-bebé, en la libidinización, etc. Cierto extrañamiento, la visualización de lo que era vedado, la distancia de lo mítico… y desde una lectura psicoanalítica, múltiples determinaciones de los avatares en juego.

 

 

 

                           

 

         

  En este texto me ocuparé de analizar la relación que entabla la mujer con el embrión y feto (luego bebé) tal como lo registra en la pantalla del ecógrafo; omito la reflexión que merecen “las muchas transformaciones de las situaciones reproductoras, entre las cuales se encuentra la médica, a través de la cual los cuerpos de las mujeres tienen fronteras permeables a la ‘visualización’ y a la ‘intervención’” según el texto de D. Haraway[1]. Al mismo tiempo corresponde plantear que no todas las mujeres grávidas cuentan con ecografías aunque las necesiten. La variable económica juega un papel preponderante en este territorio.

                                    

  Los cuerpos llevan consigo la marca de otros cuerpos, los de los progenitores y, en particular, la marca del  cuerpo de la mujer que lo concibió, recortada en la cicatriz que sella el ombligo[2]. Inmediatamente después de las divisiones cariocinéticas, el embrión y el feto acumulan sus propios ADN en el interior del recinto uterino.

El embrión primero, el feto después, se comportan de modo vampírico con la mujer que los contiene; en esos estados perpetramos acciones de tipo alienígeno que invaden, se engrampan, succionan, destruyen en aras de su necesidad; sin embargo en las bibliografías del ámbito psi que pude consultar no abundan ensayos que se ocupen de semejante capital activo.

  El mito bíblico cuenta que Jahavé maldijo a la mujer: “Parirás con dolor”, y de este modo incorporó la simbólica del adentro-afuera, adentro de la mujer y afuera de ella al parir, sin mencionar la gravidez. La maldición excluye el estado embrionario y fetal, del mismo modo que lo suprimió al crear a Adán.

  Contamos con bibliografía relevante de las simbólicas y los imaginarios asociados al concebir y a la gravidez de acuerdo con el modelo feto adentro en espera de desembarcar en el afuera del mundo externo. Pero si mantenemos este modelo fundaremos una nueva incompletud. ¿Por qué? Porque la ecografía incorporó una herramienta que transparenta el interior del vientre de la mujer, más allá de los discursos que nombren al embrión, al feto o al bebe viable.

  La necesidad, o la ilusión, la fantasía, o el deseo y la pretensión de ver -conocer- al bebe in utero es antigua en las mujeres. Sentir que algo crece dentro del propio cuerpo, se mueve,”pega patadas”, gira,”se coloca” al decir obstétrico y genera náuseas, constituye una plataforma afectiva que soporta las ganas, el querer y el desear controlar-ver-saber qué ocurre en esa interioridad corporal. Una interioridad que debido a la gestación es resignificada respecto del registro que aporta el dolor o el menstruar que son registros propioceptivos[3] diferentes de los registros cenestésicos del embarazo.

Cuando el discurso afirma “quisiera verlo, conocerlo antes de nacer”, ese algo vivo in utero funciona en falta e imposibilidad de aparición.  

  Hoy esa falta fue ocluida por la ecografía que provee la posibilidad de saldar la distancia visual entre feto adentro, mujer afuera.

En los primeros tiempos de la ecografía, ésta se utilizaba exclusivamente en situaciones clínicas que así lo reclamaban. Hoy en día forma parte de una rutina (para quienes puedan pagarla o tienen cobertura social) que mereció  críticas  tales como las que escribe A. Regalia, ginecóloga titular de la Cátedra de Obstetricia de la Universidad de Milán que ya en 1987 afirmaba: “El uso de la ecografía, del monitoreo electrónico fetal durante la gravidez y durante el trabajo de parto, en un primer momento destinado a las mujeres que se consideraban en riesgo, se extendió rápidamente a todas las gestantes y se convitió en rutina, y sus costos sociales no se justifican al realizarla en gran escala. “Comenta los que considera valores afectivos que pueden surgir de esta práctica, como el sentimiento placentero y la comunicación con el compañero que puede sentirse más comprometido con la situación de preñez. Pero suele suceder que se preste más atención a la máquina que a la mujer y que además, algún medico utilice expresiones técnicas que angustien a la mujer por no entenderlas; estima que la incorporación de aparatos en la atención de la gestante deberá discutirse.[4]

  Frente al ecógrafo, el imaginario de la mujer contrastará con la creación de nuevas imágenes que resultarán de la visión del feto en su útero. Contenido uterino que podrá o no ser investido como hijo. El feto ¿es simbolizable como tal? ¿Y el embrión? ¿Será imaginado como un otro? Concretamente sabemos que cualquiera de ellos formaliza un algo que precisa de la mujer para sobrevivir; dicha necesariedad forma parte de lo que posteriormente se denominará Otro Primordial, “única fuerza auxiliar” al decir de Freud[5] cuando se refiere a la madre externa, expresión que también vale para la mujer que contiene al feto.

  Mediatizado por la pantalla, el embrión-feto podrá ser visto, observado y mirado en vivo, a diferencia de las alternativas que ofrecen los dibujos que muestran a un bebe (raramente a un feto) encerrado en el útero. Los antecedentes figuran en los libros de obstetricia del 1500 y en los dibujos de Leonardo[6]. La mujer dependerá de su capacidad de transformación para saber qué hacer con esa evidencia que le ofrece un algo vivo en su interior.

 

Lo visual

 

a) Según Freud lo visual resulta de un pasaje desde lo táctil a otro código, y lo relaciona con la interdicción de tocar. Las espacialidades visuales externas resultan de la proyección de espacialidades interiores, producto de diversas experiencias sensoriales, particularmente de lo tactil. O sea, lo visual coincide con las características personales y las experiencias de cada unx. Este es un modo en que el aparato psíquico construye lo visual. Pero hay otro camino, tal vez previo, aquél en que la mirada avanza hacia el interior de lo mirado, que parece sobrepasar la barrera de la piel e ingresar en el cuerpo del otro: corresponde a esas personas de las cuales se dice que tienen mirada fuerte, y de allí deriva la creencia acerca del mal de ojo y la envidia.[7] El modelo es la mirada del lince que puede ser tan fuerte que “algunos son capaces de traspasar una pared y ven lo que está en la otra parte”[8], una especie de ecógrafo individual y portátil.

  El ecógrafo tiene antecedentes imaginarios como función del deseo que anhela mirar adentro del propio cuerpo, fenómeno que cuenta con una lógica propia que le permite transformarse en contexto de la mirada.

Se mira dentro del vientre de la mujer y también dentro de ese algo en crecimiento que se desarrolla en su interior. Así se verifica a ese embrión-feto-bebé como cuerpo extraño que se expande dentro del propio cuerpo burlando los procesos inmunológicos.

El embrión o  el feto, en su habitat original, no puede verse ni tiene posibilidad del construir su propia visibilidad mediante el tacto; se reconoce su existencia a partir de las cenestesias de la mujer (movimientos del bebe, acideces, engordamientos, etc.). 

 

b) La imagen que se proyecta en el ecógrafo no siempre es nítida, y aunque lo sea, su contorno difiere de lo que podría caracterizarse como bebe humano. No obstante, “El conocimiento visual adquirido en el pasado no sólo contribuye a detectar la naturaleza de un objeto o de una acción que aparece en el campo visual; le asigna además al objeto presente un lugar en el sistema de las cosas que constituyen nuestra visión total del mundo”[9].

Aún cuando la estimulación que emerge del ecógrafo resulte ambigua, la mente recurre a mecanismos que le permitan adaptar lo percibido a las configuraciones previas que posee el sujeto; en este modelo la mujer mira a un ser no reconocible como humano, pero ilusiona un bebe, dado que hijo-bebe es la configuración desde la cual observa lo que se le muestra. No se dispone de evidencias experimentales para verificar qué es lo que ella ve y lo que mira, por eso me refiero a lo que podría ilusionar.

  Si la mujer cuenta con un contexto lo suficientemente poderoso (en este caso sería su deseo, la situación de acudir a un ecógrafo para ver a su hijo y otras), como para incluir las características de lo que no se ve en pantalla: un bebé “terminado, completo”, probablemente realizará la consumación de lo que aparece incompleto, ya que ésa es una de las conquistas de la conducta inteligente. Michotte denomina a este fenómeno el efecto de túnel[10]: lo que está oculto se registra como presente. Sin embargo, en este modelo, no se cuenta con algo oculto, sino que aquello que no se ve es algo que no existe, pero que existirá: el resto del desarrollo del feto hasta alcanzar la calidad de bebé. Este completamiento que ella ilusiona responde a las leyes de la percepción visual reguladas por instancias categoriales que pasan a formar parte del contexto; a diferencia con lo que ocurre en otras circunstancias, ese contexto incluye el futuro del feto imaginando-ilusionando lo que no existe en acto sino en potencia. Es probable que el deseo de hijo invista libidinalmente a la imagen proyectada en pantalla y permita completarla “a futuro”.

  El fenómeno sería diferente del que se produce cuando el observador registra el vacío: “Ver el vacío significa ubicar en un percepto algo que le pertenece pero que está ausente, y advertir su ausencia como una propiedad del presente”[11]. Dada la potencia del contexto, estimo que la madre registra la incompletud pero no admite el vacío puesto que sabe que allí hay algo que descuenta que va a surgir; no lo ve pero no puede no estar en eso que ella mira. Lo que ve es lo que le muestra la pantalla y lo que mira es el efecto de una consumación perceptual como completud inducida por la potencia del contexto que la conduce a imaginar lo que no está.

  Fue Titchener[12] quien llamó la atención acerca del valor de advertir la falta de consumación perceptual; señaló que se trata de una cualidad positiva que conduce a diferenciar la captación mental de un objeto, de su naturaleza física. O sea que la mente no necesariamente da cuenta de la naturaleza real del objeto, sino que lo que se ve es un producto de la mente, con lo cual se empareja con Freud.

  Algunos comentarios de mujeres: “Se lo ve tan chiquito… y como sin terminar, pero es el hijo de una”, o bien: “Pensar que de algo así va a salir un bebé...”, apuntan a no adherir a la incompletud que se percibe. El proceso se complejiza porque las apreciaciones se expresan en lenguaje verbal que no es fácilmente asimilable al código icónico, es decir, la dicultad se asemeja a la que se encuentra al intentar narrar un sueño. Pero el ejercicio del lenguaje no se limita a una experiencia de decibilidad, “sino que ésta depende del entorno y constituye un problema de orden simbólico históricamente determinado y sin ser separado de la instancia lógica” según el párrafo que Muraro[13] subraya para referirse al orden simbólico de la madre que ella analiza proponiendo una simbólica para el género mujer.

 

De lo obsceno al mirar

 

  La mirada es anterior al sujeto, está esperándolo a la vera de su nacimiento, y cuando de ecografías se trata, es notorio que la mirada  asociada al deseo lo vigila y lo somete antes de ser sujeto.

El análisis de la mirada de la mujer sobre/alrededor del feto-bebe nos conduce a la interpretación de voyeurismo por parte de los padres, de la madre en este caso, ligado a la pulsión escópica y a la vivencia de espiar, cualquiera de ellas entroncadas con la visión y el autoerotismo.

Mostrar en público algo que debe permanecer fuera de la escena, funda lo obsceno[14]. Si se supone que ese embrión-feto-bebé es un hijo, mirarlo cuando aún está “sin terminar”, a “medio hacer”  diríamos, mirarlo, ¿constituirá un espionaje violador de su derecho a la intimidad? (para lo cual es preciso que ese feto-bebé advenga a la cualidad de un otro). Porque ese subsistir a “medio hacer” en calidad de embrión-feto no viable, indica un estado de ausencia de entidad humana completa, por no haber desarrollado su maduración.

  Lo opuesto y antagónico es el estado agónico del sujeto que aún no murió, pero cuyo final se prevee cercano: es alguien marcado para desaparecer de la vista, así como el embrión-feto está marcado para surgir a la mirada. Y sabemos que el paradigma de la obscenidad reside la visión de quien muere, el acto de adherir la propia mirada en quien está al borde de perderla. Lo obsceno insiste en presenciar aquello que reclama derecho a la intimidad y al final recoleto. Del mismo modo que quien agoniza está listo para dejar la vida y le asiste el derecho de no ser mirado, el embrión-feto carece de condición de visibilidad cuando aún no está apto para ingresar a la vida donde será mirado como hijo.

 

Fragmentación

 

  Esa visión ecografiada  del bebé, es una fragmentación de la situación total, (suponiendo madre-hijo), y está mediatizada por un aparato. Dicha fragmentación suprime, puentea la piel y por ende lo táctil. El aparato no produce una irrupción violenta en el cuerpo del embrión-feto sino que sobrepasa la densidad y textura de la piel de la mujer y sobrepasa la piel fetal, La mujer que mediante la mirada se infiltra a través de su propia piel y atraviesa las membranas que envuelven a ese algo, registra lo que no puede tocar. Ese noli me tangere que la separación feto-cuerpo de la madre protege, es la fuente de las futuras pulsiones, donde se despliega una dimensión química propia y fundacional de quien espera nacer.

  Es una fragmentación peculiar en la que los registros proximales dependen de una relación visual con ese algo al que se le puentea el envoltorio que lo acompaña y entonces la mujer ingresa en la imagen proyectada utilizando su visión, a diferencia de la experiencia previa con su cenestesia, cuando era su cuerpo el presionado por el feto-bebé.

Ahora, la visión fragmenta esa unidad en porciones 1) el feto mirado, por una parte, y por otra 2) la mirada de la mujer fragmentada en la visión parcial del interior de su cuerpo. Cabe preguntarse si lo que ella ve, es o se parece, a lo que quería y esperaba ver.

 

Memorias[15]

 

A) Contamos con distintos tipos de memoria del propio cuerpo:

I) Memoria de sí, muy temprana, necesaria para que el sistema inmunitario reaccione frente a lo extraño, en este modelo, ese cuerpo del feto.

II) Otras memorias ligadas a registros corporales como podría ser en relación con la musculatura profunda, con la cenestesia en general que dejó sus huellas en la memoria que cada cual tiene de si y que corresponde al sistema sensorial, al cual se suma el perceptual.

  El cuerpo propio -dice Freud- y sobre todo su superficie[16] “es un sitio del que pueden partir simultáneamente percepciones internas y externas”, afirmación que es posible asociar con las vivencias cinestésicas-sensoriales que la mujer registra durante su gravidez.

Captamos estados corporales mediante sensaciones[17] que sistematizan su propio código del cual forman parte las cenestesias; dicho código puede ser trascodificado, convertido a otro código.  

  Cuando la mujer mira la figura en la pantalla traslada el código cenestésico al código visual, que incorpora elementos del mundo externo y es diacrítico, diferenciándose de las cenestesias.  

Cuando la mujer mira al bebe in utero surge una lógica que aporta otro grado de coherencia al conjunto de mujer-que-mira-embrión-feto-en-pantalla. Se modifica la conciencia que la mujer tenía acerca de su gravidez, debido entre otros motivos, a ese pasaje de lo sensorial cenestésico al código visual. Este pasaje cuenta con un antecedente: en ella, una parte significativa de los registros intracorporales se mantendría de modo persistente. Estos habrían creado huellas mnémicas no enajenadas, sostenidas, más allá del desalojo que pudo haber provocado la visión a través de la mirada sobre el propio cuerpo. A ello se añade lo que escucha decir respecto de la diferencia que ella tiene con los varones en lo que hace a respuestas sensoriales, por ejemplo “los hombres no lloran” que compromete el canal distal auditivo[18]

  Tal vez estos restos de registros intracorporales permanezcan alojados en un fragmento del Ello no ligado a la representación de percepciones, lo cual, situaría a esos registros intracorporales en el lugar de lo indescriptible. Lo que no implica marcarlo como ventaja o eficacia respecto del genero masculino como lo plantea L. Irigaray[19] pero si puede asociarse con el descrédito que los hombres otorgan a esta sensorialidad de las mujeres, sensorialidad que el género masculino (dicho sea generalizando) podría haber enajenado desde la infancia, al privilegiar la mirada respecto de la sensorialidad propioceptiva. Estas diferencias no podrían considerarse soportes psíquicos hasta el advenimiento de lo simbólico, cuando la diferencia adquiere eficacia.

  La ecografía permitió desentrañar -en el cabal sentido de extraer de las entrañas- algunos recovecos de la función reproductiva que autoriza a la mujer a asociar sus cenestesias con lo que mira.

Quizás la mujer podrá crear contenidos imaginarios capaces de asilar el tránsito de dichas cenestesias (que ella registraba aisladamente como estímulos provenientes de su interior) al código visual perceptivo; y también contenidos imaginarios relativos al código auditivo, perceptual, que sintoniza los latidos del pequeño corazón, amplificados por el parlante del ecógrafo que los vuelca en un mundo exterior, al que su dueño no accedió aún. El discurso parental suele convertir esos latidos en consuelo en caso de frustrarse su curiosidad respecto de la anatomía de ese ser: “¡Es una cosa chiquita!... y se le nota cómo late el corazoncito. Como estaba de espaldas no pudimos ver si tiene pitito, pero en la próxima ecografía se va a notar.” Cuando se transcodifica siempre se pierde algo, por ejemplo, lo que ella ve no reproduce su cenestesia asociada con los movimientos del bebé in útero. 

  Al mirar se produce una conquista porque logra crear una representación y un refinamiento de la percepción visual respecto de la cenestesia original, pero se pierde algo de ésta. Estos son fenómenos que hacen a la complejización de la escena que se describe como “mujer ante la máquina, mirando al feto in utero”.

 

B) Añadimos la clasificación de memoria a corto plazo y a largo plazo.

I) A largo plazo, cuando recordamos a través de los años experiencias de infancia. Por ejemplo, cuando la gestante recuerda sus experiencias como niña ante los embarazos de una tía, o de su madre y sus propias ganas de ser grande, o sea cuando entran en juego los mecanismos identificatorios y recupera su relación con la niña que ella fué. Corresponde a la memoria de lo que se estudió, por ejemplo en el colegio secundario, suponiendo que los contenidos de las materias no servirían en el futuro; sin embargo, años más tarde se comprueba la utilidad de los mismos. El psicoanálisis apunta a trabajar con esta memoria en relación con recuerdos y rememoraciones antiguas.

II) La memoria del corto plazo es aquella en la cual la mujer ve la imagen en pantalla y recuerda las huellas mnémicas de sus cenestesias. Por otra parte la memoria no puede desprenderse de la percepción, hasta que se crea el Yo real definitivo y entones la desvinculación se produce mediante la palabra.

  La mujer que miró la pantalla del ecógrafo puede inscribir otro registro, distinto del que poseía originalmente acerca de un bebé imaginario, cuando no había visto a ese algo vivo en su interior. Quizá se produzca un nuevo enlace que sea capaz de unir la nueva inscripción psíquica con la que ella poseía antes de ver la pantalla del ecógrafo, es decir, la imagen de bebe memorizada según el modelo social. Se genera entonces una exterioridad respecto del propio cuerpo que complejiza el trámite de reconocerse a sí misma mirando el interior del vientre que contiene algo extraño que crece adentro.

  Es posible conjeturar que en la mujer surgirá un momento de extrañamiento quizá preguntándose “¿Eso está en mí?” El extrañamiento es parte del proceso que se inaugura con la posibilidad de enfrentarse con la ecografía, en el cual se produce mezcla de angustia, de placer por el descubrimiento, de horror y de inquietante extrañeza; pero no correspondería caracterizarla como efecto siniestro ya que para ello precisaríamos de la familiaridad con la cosa que inquieta, y la imagen del feto no es familiar.

  No obstante cabe comparar con el ejemplo que propone Freud para el umheimlich, cuando el enamorado descubre que Copelia es una muñeca y que las cuencas de sus ojos están vacías; como cuando los padres miran la imagen del feto o del bebé en ciernes imaginando que es una persona.

  Lo que se mantiene oculto o por lo menos impensado, es que cada uno y cada una de nosotrxs atravesó dicho estado. Cuando quien mira es una mujer, la resignificación momentánea de la relación con la madre pre-edipica, la que contuvo al embrión y al feto, se acerca a una vivencia de asco (por la propia fetalidad) y rechazo de la escena que reproduce el orden de lo femenino en estado de gravidez. Es posible conjeturar una ensambladura entre las gravideces de cada mujer y las gravideces de las propias madres, de las cuales ellas provienen. Cabría aplicar un párrafo de Lacan: “(este)(...) estrago que es en la mujer, para la mayoría, la relación con su madre, de donde ella parece esperar mayor subsistencia que de su padre, lo que no sucede con él, siendo secundario en este estrago.”[20]

  Retomando la línea de la familiaridad o extrañeza ante la imagen en pantalla del ecógrafo, advertimos que lo familiar es 1) la memoria de un bebé, 2) el deseo de un hijo-bebé y 3) la palabra bebé o hijo. De estas instancias surge la posibilidad de consumar la percepción de un bebé (véase ítem Lo visual), y de una transformación semántica que traiciona los hechos cuando la madre se refiere” al hijo que vio en su interior” y es un feto lo que se ve en el ecógrafo. En cuanto a la familiaridad -o ausencia de ella- de cada sujeto con su origen, zona en la que se inscriben recuerdos de lo que se escuchó, los padres ¿incluirán la descripción del estado fetal cuando le narren al hijo la historia de origen? Ser feto (haberlo sido) ¿denomina al sujeto que escucha la historia? Es parte de su pasado, pero el feto, habiendo sido lo acontecido, se diferencia de la producción de los orígenes que incluye historias, mitos, leyendas y tergiversaciones.

 

  ¿Cómo se incluirá el recuerdo de la imagen ecográfica en las redes transgeneracionales de la familia? Probablemente afirmando que allí, ya era su hijo. Afirmación que define lo que sólo la mujer puede definir cuando se desliga de la mera función reproductiva para sujetarse al deseo por el hijo.

  La revisión de lo acaecido en el mundo sensorial, perceptual y la reconstrucción de lo que imaginó-ilusionó al mirar la imagen en pantalla contrastada con la memoria, demanda el análisis de lo imaginario; no obstante, parece obvio subrayar que la relación entre las espacialidades ligadas a las percepciones y la espacialidad psíquica reclaman un abordaje desde lo simbólico que no incluyo en este artículo.

 

Los binomios en crisis

 

La mirada de la mujer dirigida al feto-bebé autoriza a desarticular la riesgosa asociación biología/naturaleza y su derivada, la oposición naturaleza/cultura. Estas oposiciones y elongaciones no son ajenas a los imperativos que históricamente produjo la relación social hombre-mujer. La tradición histórica, mitos incluidos, sostiene que toda forma de creación artística, intelectual, espiritual, así como su compromiso simbólico además de constituir aportes masculinos fundadores de las culturas se oponen a la idea de caos informe, confuso, imprevisible, enlazado con la naturaleza, es decir, a lo femenino, particularmente asociado con la matriz.[21] Esta oposición constituye el antecedente y el soporte de otras como racionalidad-materia, cuerpo-mente, y cualquiera que priorice el orden simbólico del falo.

  El feto en el útero se mantiene como fenómeno que se denomina natural -concepto equívoco y difuso- pero la perspectiva cambia merced a la ecografía (y también a partir de las nuevas técnicas reproductivas). Socialmente, lo natural en materia gravideces incluía la imposibilidad de mirar a quien ocupaba el útero, producto a su vez evaluado como natural. Pero, un feto al que se monitorea mientras crece ¿no incorporará algo no-natural una vez videado, corrido de su estatuto de invisibilidad? 

  Ser mujer-madre puede asociarse con ingreso visual en el interior de su cuerpo merced a una intervención de la cultura, para mirar eso que crece en su interior, lo cual sacude un segmento de su subjetividad. Subjetividad que se  enlaza con la creación técnica que la autoriza a utilizar una herramienta que la desdobla en para abrirla en dos vertientes de si misma: aquella que contiene al bebé o feto y la que lo mira contenido en su útero. La mujer asiste a la proyección cuasi cinematográfica de lo que ocurre en su interior donde un otro desconocido protagoniza una historia con ella. Es la nueva estética del binomio madre-hijo.

  Ese binomio se convierte en un acorde que multiplica identidades: mujer-gestante que constituye un en-si, mujer-que-mira-al-hijo- dentro de sí, por una parte, y por otra  feto-bebé-contenido- in utero que también es un en-si, y feto-bebé-que-es-monitoreado. Podría objetarse que el binomio madre-hijo contiene a todas estas identidades, lo cual es así, si se admite que es inevitable y necesario reformular qué se entiende por madre.[22]

  Las vísperas de ese ser que la mujer mira son sorprendidas antes que la sociedad le otorgue estatuto de criatura nacida; de acuerdo con la ley, si llegase a morir in utero siendo un bebe[23] figurará jurídicamente como persona no nacida.[24] Para la ley no existe, pero el hospital donde hubiere nacido lo incorpora en el registro diario y casi con seguridad en el registro de anatomía patológica. Si ese ser hubiese sido monitoreado por un ecógrafo ante la mirada de su madre ¿cuál sería su identidad? ¿en qué orden se inscribiría? La madre lo instituyó como hijo muerto, más allá de la ley; y el binomio madre-hijo que la ley desmiente florece en el duelo de la mujer que perdió su identidad social como madre después de haber parido. Es verdad que parir no garantiza la maternidad, ni  autoriza mentarse como madre, pero en este modelo se pare un hijo del deseo, que consagra como madre a una mujer que no pudo maternar socialmente.

 

Ser en límite del embrión-feto

 

  Una vez que la pantalla presentó al embrión-feto-bebé “a medio terminar” enfrentamos lo que puede describirse como ser en límite entre lo humano conocido y lo humano no conocido (que crece en el útero). Lo que se muestra ¿es ahijable? Es un ser dependiente de la mujer, que  forma parte de ella, siendo como es, un extraño sin apariencia humana.

  La mujer comprueba que el interior de su cuerpo funciona como nido y drugstore de ese ser. Ella se convierte en testigo de lo que ocurre en su intimidad perineal, testigo de la relación ortopédica que se traba entre ambos. Ese ser fue extraído de su misterio original para ser mostrado y expuesto como maravilla de la ciencia. Ingresa en el territorio de sus padres y se encuentra, sin saberlo, con ellos antes de nacer. La zona recóndita, escondida en el cuerpo de la mujer, que la cultura calificó como sagrada, de la cual el feto es pasajero en tránsito, mediante la convocatoria a la sala de ecografía se convierte en ómnibus que cumple un servicio público, ya que allí también viaja el padre, el médico, sus ayudantes y la madre -otra, ajena, porque la propia del embrión-feto no podría mirarlo, todos ellos anulando su estatuto de embrión-feto invisible.

Es un encuentro en el que el embrión-feto protagoniza una ausencia al estar presente pero ajeno al orden simbólico del cual no dispone y  que según se afirma, define lo humano[25]

  No sabemos si esta puesta a la vista del embrión-feto-bebe coadyuva en la desacralización de lo madre, si se trata de un desprendimiento de lo sagrado que rodea la preñez, pero sí observamos que el embrión-feto se expone en calidad de bisagra entre la curiosidad parental y el éxito de la ciencia; su ontologización corresponde a la de un ser que aparece para desaparecer mediante su transformación en otra cosa.

Se lo cita a la pantalla para consagrarlo en clave de suspenso maravillado que aportan sus padres quienes luego se describirán a si mismos como transidos por la emoción de “haberlo visto”. Sin duda así sucedió, ya que se trata de una experiencia subyugante que autoriza apropiarse de la imagen prehumana[26] del hijo, que se anticipa al hijo deseado vivo, el cual recién podrá contactarse como realidad tangible cuando se anuncie el parto.

  Es posible que esta experiencia instale un corte en la representación que tiene la madre acerca de un hijo al registrarlo como presencia-ausencia sustentada por la dimensión fetal. Asiste a un estadio prehumano de hijo, que ella construye en asociación con ese algo que crece en su interior; podríamos considerar que la imagen que se  muestra en la pantalla pertenecería al orden de lo arcaico por lo rudimentario respecto de “lo que vendrá” (el bebé), lo que autoriza a asociarlo con la formación de representación cosa, ceñida a lo fantasmal imaginario.

 

Imaginario

 

  Planteo lo imaginario según Freud específicamente en la subjetividad de las mujeres[27]. Necesitamos pensar en la representación del propio cuerpo integrado con algo que crece en su interior, sin que se trate de una patología y cuya identidad o identificación social depende de ser nominado “bebé” o “hijo” (Fulana espera un bebé, o Zutana está embarazada”, según el decir popular, ya sea que se hable de una mujer que asume una gravidez de dos meses o de seis meses). Ese algo adentro no es algo de lo cual la mujer pueda desprenderse como se deshace del excremento.   

  Este es un punto de inflexión puesto que es complejo incorporar al embrión-feto representacionalmente. Una dificultad se debe a que antes de que esos algo se instituyan en criaturas capaces de nacer, en su inicio, no se pueden mirar directamente. Pero al monitorearlos desde lo ecográfico se transforma en lo que se mira, diferenciándolo de lo que no se mira (no se puede ver) si se carece de ecografía.

  La posibilidad actual de mirar se distancia de lo que no fue accesible en otra época y que continúa siendo no posible en diversas regiones, lo que obliga a tener en cuenta la condición histórica del imaginario y las fuerzas sociopolíticas que alimentan las diferencias entre los géneros y que lo ilustran según sean los tiempos y las geografías. En la actualidad y con referencia al imaginario social, la mutación del tiempo, del espacio y de la realidad se registra en la producción de imágenes que mediante la técnica son capaces de duplicar la realidad y” hacen más confusas las fronteras hasta ahora conocidas”. La idea de proximidad mediática, en lo que se refiere a los imaginarios de cada mujer, indica la desaparición del espacio original y una alteración del tiempo debido a la simultaneidad que muestra ese algo que no se sabe si se puede considerar hijo, si se lo puede investir como tal, porque la simultaneidad se juega con algo no reconocible como humano: se ve al hijo en estado de feto, o sea, fuera del tiempo de ser mirado como tal. De allí que ese ver pueda producir horror, ya que lo que se le muestra es un simulacro de hijo, ligado a lo real del feto y asociable con el inicio de una genealogía que esa imagen proyectada en pantalla no puede sostener.

  “El espacio pierde su posibilidad  protectora, defensiva, porque la distancia ya no tiene la función de una pantalla opaca” escribe Balandier; por el contrario, en el modelo de la ecografía adquiere el brillo necesario para la proyección de la imagen. El mismo autor: “Las imágenes no sólo se hacen invasoras sino inquisidoras”, y conducen a que la madre pregunte al médico acerca de los perfiles que ve e indague acerca de los eventuales movimientos  que pueden observarse en el feto, creando un pediatría pro-feto, anticipatoria de la neonatología. Es un producto del poder de la máquina que impone nuevas significaciones resultantes de su interacción con la persona que la manipula.

  La nueva perspectiva ecográfica posibilita otros registros de los lazos corporales con la madre pre-edípica, no-simbolizable (¿?). También permite pensar en un imaginario que interviene en la constitución del cuerpo sexuado de la mujer en trance de procrear, desde donde es posible  puntualizar un ámbito de lo que podemos admitir como femenino no peyorativo. Lo imaginario propio de la subjetividad actúa como soporte de las representaciones que de sí misma tiene la mujer, asociadas con la  “pertenencia” al género, que depende del posicionamiento histórico y social del mismo. Dicho posicionamiento, en este caso referido a la identidad sexual y de género, es producto de un campo políticamente falicizado, cuyo andamiaje está a cargo de estructuras simbólicas, cualquiera sea la época, la geografía y la historia.

  Pero el posicionamiento que refleja la organización simbólica de los géneros y los sexos es modificable por intermedio de las representaciones imaginarias que posee la mujer acerca de sí misma, como puede comprobarse al estudiar los cambios en la historia del género. Esos cambios propician la aparición de nuevas alternativas simbólicas capaces de eludir el encorsetamiento de la simbólica falicizada. Entonces, ¿cuánto importa la mirada que penetra en el interior del propio vientre que contiene un embrión-feto-hijo y la visión de ese producto, en la construcción de las representaciones imaginarias inconscientes[28] de sí misma? Teniendo en cuenta que de este modo se copa la curiosidad acerca del adentro femenino que se muestra enlazado con ese ser; del mismo modo que se adviene a nuevas pautas respecto del deseo de saber por parte de la mujer, originado en la pulsión de averiguar[29]. La representación conciente del deseo de saber (que es un soporte del lenguaje) modifica la representación imaginaria inconsciente, pero no priva a la mujer de sentir de acuerdo con lo que vio latir en su interior.

  La vivencia, según lo que la experiencia me permite aportar, se apoya en una vivencia de satisfacción que coincide con lo que ella socialmente narra, teñido por el encanto que la ilusión le proveyó. Adhiere a la política que idealiza a la maternidad, perfeccionada mediante la tecnología y a la que ella supone que debe servir, describiendo con alegría lo que vio. A pesar de lo cual comprende que haber iluminado  la oscura intimidad de los circuitos fetales no la torna “mejor madre”, sino que la pone en posesión de una escena impensada cuyo contenido real deberá canjear por la simulación ilusionada de haber visto un bebé.

  Pienso que la vivencia de satisfacción depende de haberse introducido en el interior de su cuerpo lo cual podría generar alguna ligadura novedosa en lo que hace a su economía libidinal y a la inclusión de un nuevo paisaje en su imaginario.[30] La posibilidad de mirarse “adentro” y de registrar a ese algo en su interior recrea la participación de lo imaginario en la relación con el objeto, entendiendo que ese algo (feto) es objeto. También la mujer se posiciona como objeto de sí misma cuando gesta. Históricamente la descripción “científica” de esa relación con el interior de su cuerpo  estuvo a cargo de la medicina, y constituyó uno de los discursos hegemónicos de los médicos[31].

  Dada la difusión de la ecografía entre las clases medias y pudientes, se podría pensar en utilizarla para esclarecer al género mujer acerca de la ilusión romántica del bebé en la panza, y sustituirla por el asomarse a una intimidad compleja cuya visión inquietante señala lo intrincado de la labor fisiológica que se cumple en el yo corporal de la mujer. En ese modelo se apuntaría a la autonomía de la subjetividad femenina, si no fuera porque la intervención de la máquina controlada generalmente por un varón, redobla el potencial falicizante de la experiencia. No obstante, la simbólica de la madre podría disponer de nuevas realizaciones representativas del imaginario y podría transformarlas mediante discursos relativos a su ser madre, de acuerdo con lo que entienda como demanda o costumbres de la realidad exterior. 

  La presencia del deseo de varón que junto con la mismidad funda la construcción del sí mismo de la madre, reclama otra instancia que  integre o por lo menos no disocie ese deseo y la presencia del padre. El deseo de la madre, que es fundante respecto del origen del hijo, sólo puede considerarse como única hacedora del mismo si se da cabida al fantasma que le adjudica la omnipotencia de ese origen. Pero este tema reclama otro ensayo.

 

Narciso al borde del lago

 

  El ecógrafo socializó al útero y a sus funciones: padre y madre se asoman a la pantalla que lo exhibe, como quien se asoma al borde de un lago. Tal como lo hizo Narciso, que fue experto en tristes contemplaciones al borde del agua y resultó capturado por una imagen bellísima de la cual se prendó ignorando que era la de él mismo. Mientras se solazaba con la imagen que el agua le proveía, una ninfa que se había enamorado perdidamente de él intentaba inútilmente seducirlo. Inútilmente porque él amaba a una imagen; y un día, intentando besarla, Narciso se ahogó en las aguas que lo reflejaban según la versión clásica del mito. La ninfa acongojada por la pérdida y el desdén, tuvo como destino repetir interminablemente, y en voz alta su propio nombre. Nombre que escuchamos resonar cada vez que, en un lugar solitario, ensayamos producir un eco. Eco, ese era el nombre de la ninfa enamorada de Narciso. La ninfa Eco es, seguramente, la madrina de los ecógrafos, que son los resonadores de los paisajes uterinos al que se asoman los enamorados de una imagen que los reproduce.

  El ecógrafo es una herramienta que, superando la técnica que lo creó, cuenta con un origen mítico; en ese origen se aposenta el nombre de una ninfa frustrada y sustituida por una imagen virtual, la que aparecía en la superficie de un lago engañador. También ante el ecógrafo el varón, rastrea en ese adentro que lo transporta al interior del cuerpo de la mujer, sin misterios, y con certezas de las que participa hasta que el parto clausura la imagen inicial. Entonces son otras las investiduras libidinales.

 

 

        Nota: La síntesis de este artículo se expuso en las Jornadas del Foro de Psicoanálisis  y  Género, el 18 de octubre de 1997. Utilizo la  fórmula embrión-feto-bebe por razones inclusivas conceptuales, pero la lectura advertirá que en determinadas situaciones solamente podría tratarse de feto/bebé, o sea una vez llevada a cabo la implantación.

 

 

 



[1] HARAWAY  D.: CIENCIA, CYBORGS Y MUJERES; Cátedra ;Madrid;1995

[2] GIBERTI E.: El ombligo del género, en BURIN  M. (comp.) en GÉNERO, PSICOANÁLISIS, SUBJETIVIDAD; Paidos; Bs. As.; 1996. Cf. también ACTUALIDAD PSICOLÓGICA; 1995

      [3] LIBERMAN  D.: LINGUÍSTICA; INTERACCIÓN COMUNICATIVA; Galerna; Bs. As.; 1971 Según Liberman  existirían distintos canales sensoriales: los cinco distales, visual, olfatorio, tactil, auditivo, gustativo que aluden a un objeto exterior, y los intracorporales  que remiten al dolor, la cenestesia, lo quinético, el equilibrio y lo térmico. Durante el embarazo se diferencian los dolores conocidos, de las cenestesias que dependen de la modificación fisiológica.

[4] REGALIA   A.: Sapere medio  e pratica  istituzionale, en  COLOMBO  G. ed. Altri (compiladores)

METTER  AL  MONDO; Ed. F. ANGELI; MILANO; 1987 (La traducción me pertenece)

[5] FREUD  S.: Proyecto de una Psicología  en  OBRAS  COMPLETAS; Amorrortu; Bs. As. 1984

[6] Por ejemplo RYFF WALTER, en su obra ANATHOMIA (1541) ilustra un útero con el bebe de espaldas a la mirada curiosa. Lo mismo RUEFF Jacob, incluye en su obra The Expert Midwife (1637 pero originario del  1538) un niño en cuclillas, también de espalda. Citados por LAQUEUR  T. en LA CONSTRUCCIÓN DEL SEXO; Cátedra; Barcelona;1990

[7] LICHT, H.: ”El hechizo más temido en la antigüedad era el mal de ojo al que todos  estaban siempre  expuestos”   en SEXUAL  LIFE  IN  ANCIEN GREECE; Barnes & Noble; New York;1956

[8] ANTONIO DE TORQUEMADA, en su obra JARDIN DE FLORES CURIOSAS (Lérida 1 573),citado por IRIBARREN  J.: EL PORQUÉ   DE  LOS  DICHOS; Aguilar; Madrid; 1962

[9] ARNHEIM  R.: EL  PENSAMIENTO  VISUAL; EUDEBA; Bs. As.;1985

[10] Este efecto se ejemplifica con un tren que ingresa en un túnel y cuyos pasajeros no distinguen el paisaje exterior, pero saben que está allí y que en determinado momento aparecerá, cuando el tren atraviese el túnel. Es decir, el percepto se experimenta completo. MICHOTTE  A.; LA PERCEPTION DE LA CAUSALITE; Lovaina; Institut Superieur de Philosofie; 1946, citado por ARNHEIM

[11] ARNHEIM A.: op. cit.

[12] TITCHENER A: citado por ARNHEIM

[13] MURARO L.: L´ORDINE SIMBOLICO DELLA MADRE; Ed. Riunite; Roma; 1991

[14] GIBERTI E.: “La Erótica: el placer, el goce, la mujer, lo obsceno y la transgresión”, en ACTUALIDAD PSICOLÓGICA; abril-mayo 1984

[15] Esta  clasificación de los niveles de memoria pertenece a D. Maldavsky

[16] FREUD  S.: “El yo y el  ello”, en OBRAS COMPLETAS; T XIX;  Amorrortu; Bs As,;1979

[17] una parte del Ello se enlazaría con el mundo sensorial, de acuerdo con la tesis freudiana y a partir de allí se generarían huellas capaces de intervenir en la formación de lo simbólico. Pero otra parte del Ello no se enlazará jamás con el Yo, lo que significaría que el mundo sensorial, perceptual y las huellas mnémicas derivadas de ese segmento no alcanzarían para todo fuese representable. Siempre estamos frente a una vertiente irrepresentable que corresponde a lo diverso del Ello, quizás asociable al estado que J. Kristeva denomina chora, receptáculo híbrido anterior a lo que puede ser nominado. Formaría parte del espacio simbiótico temprano compartido por el hijo y la madre y precedería a cualquier estructura binaria. Cf. GIBERTI E.: La alteridad: un  síntoma  de género; Comp. Rodulfo R. y  González  M; Paidos; Bs. As.;1997

[18] GIBERTI E.: La alteridad un síntoma de género, op. cit.

[19] IRIGARAY  L.: SPECULUM; Saltés; Madrid; 1987

[20] Citado por ALLOUCH, J. En MARGUERITE, LACAN LA LLAMABA AIMEE; Sitesa; México; 1995. Corresppnde a  L´Etourdit, Scilicet Nº4; Seuil; Paris; 1973

[21] “El caos ha sido descrito muchas veces como femenino. En el Renacimiento inglés la semilla masculina se representaba como aquello que aportaba la forma y la femenina la materia primordial e  informe, desprovista de estructura. En la tradición occidental el caos representó el papel del otro: lo inexpresado, lo no representado, lo impensado. la otredad es siempre una amenaza que despierta el deseo de controlarla o subsumirla dentro de los límites conocidos del yo, aniquilando así la extrañeza que la hace peligrosamente atractiva. Síntesis de algunos párrafos de LA EVOLUCIÓN DEL CAOS,  de  N. K. HAYLES; Gedisa; Barcelona; 1993

[22] GIBERTI E.: LA ADOPCIÓN; Sudamericana; Bs. As.1989. Cf. también EL LADO OSCURO DE LA MATERNIDAD, en ACTUALIDAD PSICOLÓGICA, Bs. As. diciembre 1996.

[23] GIBERTI  E. :Prólogo al libro  DUELO POR UN  NIÑO  QUE MUERE ANTES  DE NACER, DE J. C. ROSELLO,  DEFEY  D.,  NUÑEZ  M., FRIEDLER  R.;   ED. ROCA VIVA; CLAPP. Montevideo; 1992

El modelo también está ejemplificado por Isabel de Portugal, (1526-1539) esposa de Carlos I de España “Parió un hijo muerto- el feto murió intraútero -refieren los historiadores”, en JUNCEDA AVELLO E.: GINECOLOGÍA Y VIDA ÍNTIMA DE LAS REINAS DE ESPAÑA; ED. TEMAS DE HOY; MADRID;1991

[24] GIBERTI ,E.: El lado oscuro de la maternidad. Op.cit.

[25] SAGAN C.: LOS DRAGONES DEL EDEN; CRÍTICA; BARCELONA; 1977.

Los Gardner, psicólogos de la Universidad de Nevada, pensaron que los chimpancés poseían facultades lingüísticas notables que no podían evidenciar debido a dificultades anatómicas. Entonces enseñaron a uno el lenguaje gestual Ameslan, para sordomudos. Tanto los films cuanto las contribuciones escritas evidencian que estos monos son capaces de distinguir entre diversos modelos de sintaxis y reglas gramaticales. Uno de ellos, cuando vio un pato en un estanque dijo: “pájaro de agua” y al probar rábano picante exclamó mediante el idioma aprendido: “comida que duele y hace llorar”. Sagan advierte: “Ha sido precisamente esta transición del órgano de la lengua al apéndice de la mano lo que le ha permitido al hombre recobrar la  facultad de comunicar con los animales. “Narra la anécdota protagonizada por la chimpancé Lana: delante de su computadora trataba de componer una frase compleja. Detrás de la consola, su entrenador, frente a su computadora conectada con la de  Lana, interpoló una palabra que modificaba el sentido de la frase que ella construía. La chimpancé miró de soslayo al entrenador y escribió: “Tim, por favor, sal de la habitación” Las experiencias abren espacio para la pregunta de los Gardner: ¿habrá un tipo de lenguaje simbólico para los chimpancés? Sagan remata: “Si los chimpancés son criaturas que tienen conciencia de sus actos, capaces de realizar abstracciones, ¿por qué no poseen un estatuto de derechos humanos?”. Esta larga cita explica porqué escribí  “según se afirma” sin hacerme cargo de tal afirmación.

[26] Digo prehumano pensando en que se trata de un feto incluido como deseo de hijo, es decir, de futuro sujeto humano investido por la madre de ese modo. Lo que constituye una diferencia con un embrión  o un feto que se decide abortar.

[27] GIBERTI  E. Nuevas subjetividades para las madres,  en Debates en el Foro, Psicoanálisis y Género, compilación. I, Meler

[28] Entiendo que lo imaginario inconsciente es producto de representaciones del orden presimbólico que, por su parte, inventa y gestiona representaciones.  La representación inconsciente tiene calidad imaginaria; y las producciones imaginarias se articulan, se enlazan, se tejen con representaciones simbólicas. Es decir, no me refiero a lo imaginario como trampa, silenciamientos y desfiguraciones  ilusorias, sino como un factor fundante del psiquismo que actúa no sólo en relación con la pérdida de objeto, sino también potenciando la relación con el objeto.

[29] FREUD S.: “Un recuerdo infantil de Leonardo” en OBRAS COMPLETAS; T 11; idem anterior.

[30] Al respecto advierto que referirme a la mirada de la mujer destinada al feto-bebé, constituye una ficción, puesto que la mujer, de acuerdo con la edad del feto-bebé. también ve los amnios, el cordón umbilical y la placenta. No incluyo la descripción de esta totalidad reflejada en pantalla por razones de espacio pero dichas referencias figuran en “El ombligo del Género”, op. cit y en “Parto sin temor, un poder que perdemos”, en “LA MUJER  EN LA IMAGINACION COLECTIVA”, E. Giberti, comp. A. Fernández; Paidos; Bs. As.1992.También en “Huevo, placenta y cordón”, en TEMARIO PSICOPATOLÓGICO  Bs. As.;1983

[31] GIBERTI E.: Mujer y psicosomática, en LA MUJER Y LA VIOLENCIA INVISIBLE, comp. Giberti e y Fernández  A.; Sudamericana; Bs. As.1987

 


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