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La formación del psicoanalista04/06/2012- Por Élida E. Fernández - Realizar Consulta
"Mientras para el psicólogo clínico era y es indispensable la práctica hospitalaria, para el psicoanalista no es un requisito ni una meta, no está formalizado como tal en los trabajos referidos a su formación..."
"No es posible pensar un analista que no haya atravesado la experiencia de la transferencia en un contexto de demanda a un sujeto supuesto saber, la experiencia de suponer un sujeto que sabe de su inconsciente y el duelo de su caída: la del sujeto supuesto saber y la propia castración..."
"A mi criterio la de-formación más brutal del psicoanalista es la búsqueda de Dios y la creencia de haberlo encontrado en los textos que se vuelven así 'sagrados'"...
"Cada analista tiene su estilo, su marca, su recorrido particular por su historia y sus propios deseos. Todo analista, para poder escuchar, debe estar en atención flotante, pero los senderos por los que flota la atención de cada uno son diversos y personales".
Encuentros y desencuentros
Cuando pensamos en la formación del profesional en salud mental no dudamos en que esta tiene su base en la formación académica y en la clínica hospitalaria. No podríamos pensar en un psicólogo clínico ni en un psiquiatra que no haya pasado unos cuantos años de práctica en un hospital, luego de cursar y aprobar las materias de un plan de estudios, haber aprobado un ingreso como residente y/o concurrente, cumplir también dentro de los años de residencia y/o concurrencia con un plan curricular.
Sin embargo la práctica hospitalaria no parece ser un requisito que esté mencionado, en los trabajos sobre el tema, fundamentalmente en nuestro país, como lo que se espera de un psicoanalista.
Menciono esto como una paradoja: En 1957 se crean en
Es decir que, mientras para el psicólogo clínico, que en sus orígenes no se pensaba psicoanalista, era y es indispensable la práctica hospitalaria, para el psicoanalista no es un requisito ni una meta, no está formalizado como tal en los trabajos referidos a su formación.
Podríamos subrayar lo que insiste en la mayoría de los escritos consultados que aluden al tema[2] de la formación del psicoanalista:
1) El trípode análisis, estudio, supervisión.
2) Ciertos conceptos vertidos por Lacan en distintos momentos, nombro algunos:
a) “El psicoanalista sólo se autoriza a partir de él mismo[3]”, agregando luego “Esto no excluye que
Años más tarde dijo: “No hablo de formación del analista sino de formaciones del inconsciente”[4].
b) “Es indispensable que el psicoanalista sea al menos dos. El analista para tener efectos y el analista que a esos efectos los teoriza”[5]
c) Concepto: función deseo del analista.
d) La institucionalización del pase.
Armonizar algo de todo esto ha traído severas controversias entre los analistas lacanianos, divisiones en muchas escuelas, múltiples de-formaciones y un sin fin de interrogantes.
En un punto imaginario, profesionales en salud mental y psicoanalistas se cruzan y ambos se nombran, actualmente, psicoanalistas. Digo “actualmente”, porque esto creo que es una, entre otras, de las consecuencias de cierta lectura de “el analista se autoriza a partir de él mismo”.
Si no podemos hablar de la formación de un analista sino de formaciones del inconsciente aceptemos que un analista es lo que deviene del final de un análisis, o de varios finales de análisis. No es posible pensar un analista que no haya atravesado la experiencia de la transferencia en un contexto de demanda a un sujeto supuesto saber, la experiencia de suponer un sujeto que sabe de su inconsciente y el duelo de su caída: la del sujeto supuesto saber y la propia castración. Pasaje este que recorreremos una y otra vez, desde distintos ángulos, desde distintas posiciones, para seguir inscribiendo aquello que nos produce un saber insoportable: no somos aquello por lo que nos han traído a este mundo y no completamos al Otro, ya que el Otro siempre es por estructura incompleto o no existe como tal (que es otra manera de decirlo). Esta castración tiene su alojamiento, su devenir, en el entramado histórico y significante que a cada sujeto le ha tocado y se encarna en los distintos duelos, renuncias e imposibilidades que a cada uno le ha tocado en suerte o desgracia y “lo que ha hecho con eso que los demás han hecho con él.”[6]
Si el psicoanálisis se diferencia del delirio es porque existe, como columna fundamental de su teoría, “el complejo de castración”. Un analista se diferencia de un paranoico que tiene la certeza de que todo lo que dice el otro se refiere a él, en que acepta que es supuesto por el analizante, sólo lo encarnará por instantes, para luego caer.
Remarco por un momento, el instante en el que uno puede “estar analista”: analista no es un ser, es una posición desde la cual, a veces, podemos intervenir y generalmente nos enteramos después de sus efectos.
En la proposición del pase, más allá de que se acuerde o no con él, podemos sí subrayar que quien puede dar cuenta de su análisis es justamente “el analizante”, no el analista. Es usual que nos sorprendamos por el destino de alguna intervención que hicimos al pasar, algún comentario que dejamos caer al despedir al analizante. Otras veces apreciamos cambios en la posición del paciente que tampoco él o ella pueden decir por qué, pero que acontecen después de una sesión donde “algo” le ocurrió: una inflexión de voz del analista, una manera de enfatizar o algo que quizás para nosotros fue anodino o pasó inadvertido, una palabra que roza algo de lo reprimido.
No hay mejores analistas, no hay garantías: hay buenos o malos encuentros.
La mejor enseñanza de Lacan que reconozco, es su frase “Hagan como yo, no me imiten”.
Las de-formaciones del analista:
a) A mi criterio la de-formación más brutal del psicoanalista es la búsqueda de Dios y la creencia de haberlo encontrado en los textos que se vuelven así “sagrados”.
b) El sostenimiento neurótico del Padre Ideal se encarna en el sostenimiento de las enseñanzas del maestro canonizado en cada época como incuestionable, divina y reveladora del Bien supremo. Enseñanzas que se extienden además a la necedad de ignorar cualquier escrito que no sea el bendecido. Hoy, a un lacaniano “ortodoxo”, lo horroriza que se hable de la escuela inglesa o de cualquier otra. Se le hace decir a Freud lo que leyó y produjo Lacan o no se lo lee por creerlo perimido.
c) La contracara del sostenimiento de Dios-Padre Ideal es el odio.
Odio que –Dios me perdone–, ya señaló Winnicott en la –perdón por la palabra–, “contratransferencia”.
Odio que se ejerce de distintas maneras sobre el paciente. Las resistencias al psicoanálisis provienen en su mayoría de los propios psicoanalistas. En las distintas épocas sabemos de diversas maneras en que el paciente ha sido maltratado en nombre de las teorías del momento.
El analista se la creyó. Creyó en eso que el sujeto le depositó y desde ahí operó con abuso de poder como un Amo cruel. Creyó ser y consistir.
d) El psicoanalista que por pertenecer a una escuela x, se vuelve devoto, feligrés y cordero de Dios, supone que su misión es dar fe de lo dicho por el Maestro, olvida que, quien lo consulta, es porque sufre, padece, ignora la causa de sus males, pero sabe que le concierne. Le atribuye entonces al analista el saber sobre su padecimiento psíquico. Nadie demanda a un psi para enterarse graciosamente de su inconsciente ni para que le practiquen ningún corte, ni para ser estudiado. Se consulta por que no se aguanta más aquello que hace sufrir insistentemente. Aunque a veces esto tarde en aparecer y concientemente la demanda se formule como “vi luz y entré…”
e) Es más fácil que este “olvido” del dolor que trae el que consulta, se produzca en un profesional que nunca atravesó los pasillos inhóspitos de un hospital psiquiátrico o centro de salud mental. Allí, en la clínica del hospital público, fuera de la burbuja del consultorio, peleando por un espacio físico para atender a los que llegan, con la mugre y el olor de pis de gato, entre otros olores, compartiendo con colegas con los que uno no siempre acuerda, con jefes muchas veces arbitrarios: se escucha más el sufrimiento, porque se lo ve, se lo palpa, diría que se lo toca. El sufrimiento que observamos en los hospitales donde la locura, la marginalidad, la pobreza anudan y anidan juntas, es difícil que no nos atraviese, porque encarna crudamente y con urgencia el registro de lo real.
“No hablo de la piedad”, es sin ella que podemos operar, hablo del necesario “furor curandi” que, como el estadio narcisista, hay que atravesarlo y perderlo, pero no sin haberlo habitado.
Pero ¿para qué sirve el furor curandi? Para poder estar en el hospital todos los días con pacientes neuróticos, psicóticos y/o perversos y no desfallecer en el intento. Ya las supervisones, los textos, la vida, irán poniendo en caja tantos desbordes y fútiles entusiasmos.
Con furor curandi nos metemos a trabajar en lugares tan inhóspitos. Por la castración que ejerce la palabra del Otro, por el choque con el límite propio y el del otro, si decidimos quedarnos, estudiamos, abrimos las orejas, escribimos, inventamos.
Pero no ignoro que del hospital también se puede salir o quedarse para siempre con una dura caparazón, también, como el personaje de Kafka en Metamorfosis, se puede uno despertar cucaracha.
Para que la práctica hospitalaria tenga alguna marca que nos conforme como posibles analistas, debemos contar con el “deseo”, la “curiosidad” y la “ética” de ocupar la posición de prestar presencia y cuerpo, en la práctica con pacientes. Estar ahí, escuchando algo que nos dé una pista acerca del saber insoportable en ese otro, su deseo inconsciente más inconfesable, su fantasía más temida, que produce síntomas, emergencias de goce mortífero, angustias, inhibiciones. También la locura y la muerte. Y hacernos responsables de la conducción de cada tratamiento posible, análisis o terapia. Y/o saber cuando es el momento de retirarnos en silencio, o de no aceptar la partida.
Uno de los principios que me han llevado a plantear la necesidad del diagnóstico presuntivo es el de poder “elegir”, decidir con qué pacientes ponernos a trabajar y cómo, qué esperar de cada camino emprendido y esto es mi lectura de lo que remarca Lacan cuando habla de la importancia de las entrevistas preliminares, enmarcadas en los tres momentos del tiempo lógico: mirar, comprender, concluir.
Deseo del analista, curiosidad, ética
En este punto me parece necesario citar a Lacan y aunque la cita[7] sea un poco extensa creo que merece que la releamos una y otra vez, por su extrema actualidad.
“El objeto de mi enseñanza ha sido, y sigue siendo, formar analistas.
La formación de los analistas es un tema que está al orden del día en la investigación analítica. Sin embargo –les he dado pruebas de ello–, sus principios son esquivados en la literatura analítica.
Está claro en la experiencia de todos los que han pasado por esta formación que la insuficiencia de criterios es reemplazada por algo que pertenece al orden de la ceremonia, lo cual, para lo que tratamos sólo puede traducirse de un modo: la simulación. Pues para el psicoanalista no hay ningún más allá, ningún más allá sustancial, al que pueda remitir eso en lo que se siente fundamentado para ejercer su función.
Lo que obtiene, sin embargo es algo de inestimable valor: la confianza de un sujeto en tanto que tal, y los resultados que ello implica por las vías de una cierta técnica. Ahora bien, no se presenta como un Dios, no es Dios para su paciente ¿Qué significa entonces esa confianza? ¿En torno a qué gira?
Sin duda, para el que se fía de ella y recibe su recompensa, la cuestión puede ser elidida. No puede serlo para el psicoanalista. La formación del psicoanalista exige que sepa, en el proceso por el que conduce a su paciente, en torno a qué se desenvuelve el movimiento. Debe saber, se le debe transmitir, y en una experiencia, eso en lo que él se mueve. Ese punto eje es lo que designo con el nombre de deseo del psicoanalista.”
Más adelante (pag. 239) dice:
“En tanto que al analista se le supone saber, también se le supone salir al encuentro del deseo inconsciente… el deseo es el eje, el pivote, el mango, el martillo, gracias al cual se aplica el elemento fuerza, la inercia, que hay detrás de lo que primero se formula, en el discurso del paciente, en demanda, a saber, la transferencia. El eje, el punto común de esta doble hacha, es el deseo del analista, que aquí designo como una función esencial”.
En este capítulo Lacan refiere al “sacrificio”: el sacrificio significa que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que llama el Dios oscuro. La ofrenda a los dioses oscuros de un objeto de sacrificio es algo a lo que pocos sujetos pueden no sucumbir, en una monstruosa captura. Estamos hablando del goce mortífero.
El sujeto viene generalmente apresado en esa identificación con un objeto que supone hace al goce del Otro. El deseo del analista es el de obtener la diferencia, el corte, entre el objeto del goce del Otro y su posibilidad como sujeto deseante, atravesado por la experiencia básica de la castración que Lacan formula como: no hay relación sexual, o sea no hay complementariedad entre los sexos, ni falta, vacío o ausencia, que pueda ser taponada por el objeto, aunque sea un intento humano el buscar el consuelo en este intento.
En sus últimos seminarios Lacan habla de la tarea del analista como amo del buen corte. Empalmes, cortes y costuras. Pero para saber hacer un buen corte es importante que el analista no se precipite. Hacer que el deseo se precipite en acción sin pasar por el juicio ético es fomentar actings y pasajes al acto. Precipitarse en el corte es expulsivo.
Que frente al sujeto en cuestión, se trate de la estructura que se trate, se encuentre un analista va a depender de qué posición estamos dispuestos a ocupar para ese sujeto, qué dirección le damos a nuestro trabajo, qué nos proponemos hacer con el paciente, qué queremos para el paciente. Si queremos su Bien y creemos saber cual es este Bien para el sujeto, estamos en el terreno de la psicología. Si apostamos a atravesar el plano de la identificación al objeto en la que el sujeto goza y padece, para que pueda seguir el camino de su deseo, podremos estar analistas.
Pienso que esta posición no es sin la “curiosidad”, que Freud nos marca como esperable desde la infancia, para saber de ese que nos consulta: por qué piensa como piensa, por qué se le ocurren las cosas que se le ocurren, por qué hace lo que hace o deja de hacer tal o cual cosa.
Es desde la curiosidad que el analista puede ir desbrozando lo que para el consultante es obvio, y darle así la característica de un interrogante. Nuestro primer trabajo es poner a desmalezar lo que imaginariamente para cada quien forma parte de “la naturaleza de las cosas” y desnaturalizarlo, volverlo pregunta.
Ahora bien, para concluir, si nuestra posición es la de guiarnos por el deseo inconsciente del sujeto y apostamos a que el sujeto esté advertido de su deseo, no es, como burdamente se piensa para que vaya y haga lo que su deseo ordena, es para que cada quien decida qué hacer con su deseo y es esta la “ética del deseo”. El deseo decidido es precisamente decidir sobre nuestros deseos, sin tener que apelar siempre a la represión, la forclusión o la renegación.
En un texto que admiro[8], Sara Glasman dice, entre otras cuestiones:
“La pregunta no es acerca de la oposición deseo/deber moral (es justamente para criticar esta posición que Lacan comenzó su clase pasando por Aristóteles y Kant) sino acerca de la decisión, en el momento en que se presenta el conflicto, y en presencia del deseo inconsciente, cualquiera que sea, de si queremos o no lo que deseamos, pudiendo no quererlo, y precipitar entonces nuestro momento de concluir.”
No siempre estamos analistas, a veces aconsejamos, a veces opinamos, a veces tratamos de convencer, de hablar en nombre de algún bien supremo, o supuesta conveniencia para el otro. A veces hacemos sugestión. Freud dice que lo importante es darse cuenta que uno está haciendo eso, no creérsela, asumir en cada momento qué estamos haciendo, y eso es posible siempre en un después. El después de la supervisión, el después de la escritura, el después de la lectura del texto, o el comentario con los colegas. A veces no podemos ejercer el lugar de analista porque no es posible ni empezar o porque ya está, ya fue, ya el sujeto nos desenlaza de su transferencia.
También sabemos que cada analista tiene su estilo, su marca, su recorrido particular por su historia y sus propios deseos. Todo analista, para poder escuchar, debe estar en atención flotante, pero los senderos por los que flota la atención de cada uno son diversos y personales.
Si hay un desafío permanente y actual, vigente, candente para el psicoanálisis es: cómo operar para cortar con el goce mortífero y esto nos sigue convocando a escuchar, analizarnos, sostener las ganas de saber.
www.elidaesterfernandez.com.ar
Bibliografía consultada
Cuadernos Sigmund Freud N° 23 “La formación del analista en los tiempos de la globalización”. Editorial Escuela Freudiana de Buenos Aires. Varios Autores.
Lacan: “Proposición del 9 de octubre de
editorial Manantial.
El Psicoanálisis y su Enseñanza. Escritos Tomo II. Siglo XXI editores. 1975. México.
Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. Barral editores 1977. España.
La formación del psicoanalista en www.topia.com.ar 18/1/2012
Stepak, Analía: “Pasaje de analizante a analista”. Jornadas aniversario 30 años de escuela (1974-2004)
Massat, Guy: “Formacion del psicoanalista” – Instituto de Psicoanálisis 88 boulevard de Magenta, 75010
París.
Stevens Alexandre: “Las tres dimensiones de
www.lacanian.net/Ornicar.
Dinámica de la formación del psicoanalista. www.virtualia.eol.org.ar
Eol Rosario. Formación del analista de orientación lacaniana. Actividades sostenidas por el Directorio.año 2007.
www.eolrosario.org.ar
Rodríguez Ponte, Ricardo: Función de
Panel de
Carpintero, E., Vainer, A “Las Huellas de
Glasman, Sara: “el juicio sobre nuestra acción” en Conjetural 37. “Nuevohacer grupo” Editor Latinoamericano. 2001. Buenos Aires.
Notas
[1] Carpintero, E y Vainer, A. Las Huellas de
[2] Ver bibliografía final
[3] Proposición del 9 de octubre de 1967 Sobre el Psicoanálisis en
[4] “Sobre
[5] “Seminario
[6] Frase creo que sartreana que admiro.
[7] Seminario 11: “Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”. Barral editores 1977 cap. XVIII, pag. 235
[8] Glasman Sara: El juicio sobre nuestra acción. Conjetural N° 37 Nuevo hacer grupo Editor Latinoamericano. 2001. Buenos Aires
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