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La intuición analítica

13/01/2019- Por Julián Ferreyra - Realizar Consulta

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Intuir, y luego actuar, es arrancarle a la angustia su certeza. Por el contrario, si la intuición no es utilizada [de esta forma], queda inevitablemente el destino: esa forma de la intuición aletargada y esencialista, omitida y tardía, la del “diario del lunes”, solidaria a producir/confirmar una neurosis de destino por su hermandad con la certeza: “yo intuía que esto iba a pasar, pero no hice nada”… Una función o uso de la intuición sería la de apaciguar lo siniestro a través de una domesticación; incluso darle un sentido ‒por ejemplo místico, mágico, sobrenatural‒, tornando eso ominoso en una vivencia egosintónica…

 

 

 

                

                    Ilustración del célebre arquitecto Le Corbusier. (1931) *

 

 

I. Del diccionario a la intuición

 

  Que una secuencia, mecanismo, procedimiento sea “intuitivo” suele remitir comúnmente a alguna cosa cuyo uso, entendimiento o dominio, sin carecer de cierta dificultad, no requiere necesariamente tal o cual saber previo. Dicho de otro modo, lo intuitivo pone a un costado al saber para que en el primer plano se sitúe cierta lógica, asociada a lo propio de experiencias íntimas y quizás no directamente relacionadas con el cometido actual. Por ende no convendría homologar intuitivo a, por ejemplo, trivial.

 

  Así, un artefacto o dispositivo, por ejemplo tecnológico, será intuitivo si no requiere como condición sine qua non un saber experto previo del usuario; por el contrario, si se requiere tener al lado durante todo el proceso al manual de instrucciones, o el dispositivo no es intuitivo o el usuario rechaza su intuición, entendida como un hacer sin todo-saber.

 

  Ir al diccionario, buscar una definición, tiene para mí menos la función de buscar un sentido y entronizarlo que la de encontrar una chispa que encienda y alumbre, cual significante, el rastro de mi deseo como analista.

 

  Diccionario: lo que Otro dijo sobre las palabras inventadas por uno(s) cualquiera(s). Escribir o analizar es ir más allá del diccionario a condición de servirse de éste. Así, una definición y/o sus acepciones ni confirman ni conforman: (re)lanzan. Hasta aquí, y casi sin buscarlo, una analogía de la forma en que para mí funciona la intuición en psicoanálisis.

 

  Fui al diccionario[i] y encontré distintas acepciones del concepto de intuición. Así, por un lado se la define como (1) “facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento”, y por otro lado como (2) “percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente a quien la tiene”. A su vez otras acepciones laterales pero por demás interesantes: (3) su relación con el presentimiento o (4) como un modo de nombrar a una visión beatífica.

 

  Utilizaré como excusa dichas acepciones para intentar situar a la intuición como medio y pieza central del acto analítico, que produce a su vez una finalidad: al transmitir una intuición se le devuelve al/a analizante su capacidad de intuir, de utilizarla. A su vez, en paralelo, la relación entre lo intuitivo, la angustia y lo siniestro, situando así usos defensivos de la primera, misticismo mediante; de rechazo de lo inconsciente.

 

  Hay una pregunta que me abstendré de responder directamente ya que su formulación es intencionalmente equívoca por lo tentadora: ¿es un/a psicoanalista alguien intuitiv@, más que el resto de los mortales? Finalmente cabrá la posibilidad de un final abierto: si acordamos, no sin discusión mediante, que el psicoanálisis implica de uno u otro modo un dispositivo, ¿es éste último uno que podríamos describir como intuitivo?

 

 

II. Un instante de no-comprensión

 

  Tanto la primera como la segunda acepción aluden a lo propio de lo instantáneo. Sería tentador aplicar cierto rudimento lacaniano y remitirnos al instante de ver (y por ende al tiempo de comprender y al momento de concluir)[ii]. Tentador, pertinente y académico, sí, pero perezoso y poco fecundo, también.

 

  Aunque del texto lacaniano en cuestión sí quizás resulte útil retomar otro de sus conceptos, la aserción[iii]: allí donde se sitúa algo de la verdad del sujeto mediante una afirmación taxativa, categórica, y por lo tanto incontrastable.

Una suposición que proviene de la responsabilidad de quien la enuncia, a saber, la responsabilidad de enunciar una verdad imposible de comprobar. Como toda verdad, sin ningún a priori, y como mucho a medias.

 

  Volviendo a la definición del diccionario, la intuición sería instantánea no por mística alguna ‒retomaremos esto en el apartado IV‒ sino por constituir una certidumbre anticipada. Nuevamente, se trataría de ir más allá de la comprensión, no por repudiarla sino simplemente por saberla limitada. Esto, sin degradar a la razón ‒ya que las intuiciones suelen ser por demás razonables‒ pero poniéndola en su lugar: la razón como un efecto.

 

  Aforismo mediante: intuir, y luego actuar, es arrancarle a la angustia su certeza. Por el contrario, si la intuición no es utilizada [de esta forma], queda inevitablemente el destino: esa forma de la intuición aletargada y esencialista, omitida y tardía, la del “diario del lunes”, solidaria a producir/confirmar una neurosis de destino por su hermandad con la certeza: “yo intuía que esto iba a pasar, pero no hice nada”, esto es, una intuición toda aprovechada por la neurosis, por ende, defensiva. Como dice una canción de Spinetta, “lo que está y no se usa nos fulminará”[iv].

 

 

III. La intimidad de una verdad

 

  Siguiente acepción del diccionario. Continúa el carácter instantáneo pero con algunas no tan sutiles diferencias. Primero, se tratará de una percepción y no de una comprensión; segundo, el efecto será una experiencia íntima en cercanía con una verdad. De lo primero, me permito algunas licencias literarias a los fines de ubicar lo propio de lo inconsciente: su fenoménica y efectos no son ni comprensibles, carecen de sentido, ni tampoco son plausibles de ser literalmente comprendidos por tal o cual conocimiento previo ‒ni siquiera el metapsicológico‒.

 

  Lo intuitivo, entonces, sería una percepción o signo de aquello imposible de ser, por el momento, comprendido. La percepción, la intuición, mucho más cara al orden pulsional que a la parafernalia del sentido. De lo segundo, ¿una experiencia puesta en cercanía de la verdad, no es una buena analogía de lo propio del discurso del analista[v] y la interpretación, esto es, un saber puesto en el lugar de la verdad?

 

  Diremos entonces que el saber requiere de la intuición para funcionar como verdad, para evitar así que nuestra intervención no caiga en lo propio de la sugestión, esto es, de la transmisión de una verdad revelada. Volviendo a la excusa del diccionario, la intuición se torna evidente pero para el destinatario y hacedor último de la interpretación: quien se analiza. Recogiendo lo primero y lo segundo, la intuición implica así la transmisión de lo más propio, más íntimo y a la vez más Otro, de un/a psicoanalista: su deseo.

 

 

IV. ¿Pre-sentimiento divino? Lo intuitivo, lo siniestro, lo místico

 

  Tercera y cuarta acepción, juntas: presentimiento y experiencia beatífica, visión mística o divina. En el Seminario X Lacan ubica a la angustia como un presentimiento, es decir, “… lo que está antes del nacimiento de un sentimiento”. Sigue y esboza la famosa idea de que la verdadera sustancia de la angustia, en tanto presentimiento, “... es lo que no engaña, lo fuera de duda”[vi], no sin antes recordar que aunque la estructura de la duda [obsesiva] parezca ser lo que reina en lo angustioso, la angustia no es la duda, sino su causa ‒siendo este señalamiento particularmente útil para el siguiente apartado‒.

 

  No casualmente la experiencia de la intuición es muchas veces vivida en sintonía con el apronte angustioso freudiano. La intuición, su uso defensivo arriba descrito, hundiría sus raíces en lo propio de lo siniestro, en tanto si hay apronte hay también ya una respuesta, preparación o estado de alerta de algo por suceder: “hay angustia cuando surge (…) lo que ya estaba ahí, en la casa (…) Es el huésped (…) este huésped desconocido que aparece de forma inopinada (…) que ha virado a lo hostil (…) domesticado, apaciguado, admitido”[vii].

 

  Interesante vía para pensar a la intuición desde la operación de lo (un)heimlich, y como un sentir admitido, hospedado, pero negado. Verbigracia, una función o uso de la intuición sería la de apaciguar lo siniestro a través de una domesticación; incluso darle un sentido ‒por ejemplo místico, mágico, sobrenatural‒, tornando eso ominoso –recordamos su relación el síntoma y lo inconsciente‒ en una vivencia egosintónica.

 

  No casualmente continuamos con la cuarta y última acepción, la cuestión de lo beatífico y el misticismo. Ernesto Laclau[viii] discurre con Gershom Scholem[ix] sobre el problema del misticismo, a saber, “... la necesidad de representar un objeto que, por definición, trasciende toda representación”. El místico, plantea, “... aspira a dar expresión (...) con algo que es estrictamente inefable porque es inconmensurable con ninguna entidad existente”, siendo el símbolo místico “la representación expresable de algo que está más allá de la esfera de la expresión...”[x] aún cuando dicho símbolo ni significa ni comunica nada.

 

  Pues bien, Laclau se pregunta y responde: “¿Cómo es posible expresar lo inexpresable? Sólo (…) a través de la equivalencia”[xi]. Con la única intención de dejar abierta una discusión más, diremos que dicha equivalencia [significante] implica que la intuición sea tanto un motor como un obstáculo en un psicoanálisis ‒y esto corre para ambos lados del mostrador‒.

 

  Será el semblante de lo místico un interesante uso sugestivo[xii] para, por ejemplo, hacer cumplir o proseguir con la regla fundamental; o también habrá sido obstáculo en tanto se lea e interprete a lo propio de lo inconsciente desde lo mítico del destino, siendo aquí la intuición mí[s]tica un cortocircuito fallido o, por ejemplo, una mera intuición desde el saber edípico: finalmente un rechazo del inconsciente.

 

 

V. El deseo y la fuerza: intuición o misticismo de otra galaxia

 

  Quizás valga una breve analogía con la única ciencia confiable: la ciencia ficción. En el universo de Starwars los “Jedis” y demás personas “sensibles a La Fuerza” son por demás intuitivos. Ya sea por la explicación biologicista de las precuelas ‒personas con más porcentaje de “midiclorianos” en su organismo‒, o por la descendencia ‒Luke es sensible a la fuerza por ser hijo de‒; o incluso por razones azarosas.

 

  Por cualquiera de estos motivos dichas personas, si lo desean, se entrenan espiritualmente para estrechar una conexión con la fuerza ‒¿será la fuerza una metáfora del deseo?‒ y así afinar su intuición, pudiendo tener una espectacular percepción de sus sentimientos, los de los otros, de su entorno e incluso del futuro.

 

  En más de una oportunidad el maestro le recuerda a su aprendiz que debe “dejarse ir” ‒¿metáfora de la asociación libre?‒ para así usar la fuerza y lograr leer mejor e intuitivamente su realidad; pero advirtiendo también que la excesiva concentración en las visiones del futuro no harán más que malinterpretar al presente ‒la tragedia de Darth Vader es justamente por ello, neurosis de destino mediante‒.

 

  La pregunta es, ¿debemos en este ejemplo ficcional y/o en la vida cotidiana reducir lo propio de la intuición, su uso, a un costado todo-místico? ¿Será simplemente que el misticismo se produce por añadidura? Si La Fuerza no es mística entonces el deseo tampoco. Retomaremos esto hacia el final.

 

 

VI. Recordar, intuir, repetir...

 

  Volvemos a la [ciencia] ficción psicoanalítica. Al trabajar sobre el caso del “Hombre de las Ratas”, Lacan ubica que entre el relato del paciente (historia y novela familiar) y la actualidad de su drama no había relación alguna en su discurso: “el relato sale pedazo por pedazo sin que el sujeto lo una de ningún modo con nada de lo que ocurre en el momento actual”[xiii], siendo necesaria toda la intuición de Freud para asociar uno y otro tiempo.

 

  Dicho de otro modo, la intuición del psicoanalista es aquí el modo de circunscribir y de producir una neurosis de transferencia, la cual permite la emergencia del conflicto, tematizado por ejemplo en “o mujer rica o mujer pobre”. Una ¿metáfora? de lo que Freud llamaba comunicación inconsciente-inconsciente, la cual lejos de todo misticismo es siempre en función de alguna pista: en este caso, el uso intuitivo por parte de Freud de la negación que el analizante afirmaba.

 

  La intuición permitió allí ubicar “... la estricta correspondencia entre estos elementos iniciales de la constelación subjetiva y el desarrollo último de la obsesión fantasmática”[xiv], produciendo así a un sujeto. Si retomamos lo propuesto arriba, no caben dudas de la conveniencia de una neurosis de transferencia por sobre una de destino.

 

  Excede a este escrito pero vale una lectura más de lo anterior. Simplemente y a modo de comentario, encontramos una relación entre la intuición y las dos grandes operaciones freudianas. La intuición, la función misma del analista[xv] al igual que la interpretación; la intuición, materia prima de la construcción. Lo común en ambas relaciones: la intuición tiene una lógica, mejor dicho, es lógica. De aquí algunas otras relaciones posibles a efectuar a futuro: lo intuitivo se asemeja a un saber no sabido ‒“mi intuición nunca me falla, no lo sabía con seguridad pero lo intuía”‒, así como también lo intuitivo cortado por la misma tijera del recuerdo encubridor.

 

 

VII. Finales de análisis: Amar, producir, intuir

 

  Quizás se trate de devolverle al neurótico su capacidad de intuir, entendiendo a esta acción al modo freudiano: la intuición que posibilita tomar una segunda decisión. Una joven padece de cierta paranoia frente a determinados olores, teniendo como efecto cierto empobrecimiento yoico. Le digo, y ella acuerda, que es alguien con mucho y muy “buen olfato”.

 

  Su olfato, su intuición, comienza a abrirse no ya solamente a los olores sino a su representante: lo mortífero, relaciones signadas por la muerte, etc. Su capacidad electiva se recobra, pudiendo incluso anticipar e intuir mejor su posición frente a los otros. La intuición relacionada así, dialécticamente, con una rectificación de sus relaciones con lo real.

 

  Otra persona se ríe y humoriza pasivamente frente a la tragedia. Me sorprendo al notarlo nerviosamente risueño ante lo inconveniente de lo relatado/acontecido, entonces le pregunto francamente de qué se reía, por qué la risa. Dicha pregunta posibilita un descubrimiento, que por supuesto él ya conocía: la risa y la parodia, la mueca ante lo patético, siempre le había contemplado un signo, un presentimiento de personas, cosas y/o situaciones poco interesantes. De igual modo, lo aliento a que cuanto antes comience a utilizar dicha intuición, y que escuche a su propio humor negro.

 

  Por ende y sin metafísica, se trata de restituir la capacidad intuitiva, ya que si antes la ubicamos en relación a la angustia entonces la misma es también índice del deseo. La intuición como una lógica, un faro para los meandros del fantasma. Y sobre lo propio de ese particular deseo, del/de la analista ‒o incluso del Jedi‒ la intuición es efecto de una experiencia ‒aquí del inconsciente y del propio análisis, allí de La Fuerza‒ que encuentra en la construcción de una escucha y de la transferencia su único fundamento.

 

  La intuición es invisible a la normalidad y sus doctrinas. El dispositivo producido por psicoanálisis, mediante la experiencia que funda, es intuitivo si y sólo si desarma y deconstruye al sentido común, al propio sentido común psicoanalítico, a su propio dispositivo.

 

 

Ilustración*: Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido a partir de la década de 1920 como Le Corbusier, ha realizado este boceto para el Museum of Unlimited Growth (Museo de Crecimiento Infinito). Es uno de los primeros antecedentes de una arquitectura orientada, intuitivamente, hacia el futuro.

 



[i]     Al más legitimado y al mismo tiempo más obvio y estático de todos los diccionarios: el de la RAE.

[ii]    Lacan, J. (1998[1945]). “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”. En Escritos 1. Siglo XXI Editores.

[iii]    Ibídem.

[iv]   “Elementales leches” (Invisible, 1974). Este texto fue en parte escrito con esta canción de fondo, y se recomienda oírla para seguir la lectura. https://www.youtube.com/watch?v=bQf8deB08fE

[v]    Lacan, J. (1969-1979). El Seminario, Libro XVII: El reverso del psicoanálisis. Paidós: Buenos Aires.

[vi]   Lacan, J. (1962-1963). El Seminario, Libro X: La angustia. Paidós: Buenos Aires. (p. 87).

[vii]   Ibídem, p. 86-87.

[viii]  Filósofo político argentino, célebre y reconocido en todo el mundo por sus aportes a la cuestión de la construcción de la hegemonía desde una minuciosa y original re-lectura freudiana y lacaniana.

[ix]   Filólogo e historiador israelí, unánimemente considerado como el más importante especialista mundial en mística judía (cábala).

[x]    Laclau, E. (2002 [1996]). “Muerte y resurrección de la teoría de la ideología”. En Misticismo, retórica y política. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires. (p. 36-37).

[xi]   Ibídem, p. 38

[xii]   Thompson, S. (2011). La sugestión analítica. Construcción de un concepto freudiano. Letra Viva: Buenos Aires.

[xiii]  Lacan, J. (publicada en 1966 pero originalmente de 1953). “El mito individual del neurótico”. En Intervenciones y textos 1. Ediciones Manantial (pág. 44).

[xiv]  Ibídem.

[xv]  Soler, C. (2014). “Transferencia e interpretación en la neurosis”. En Finales de análisis. Manantial: Buenos Aires. (p. 69).


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