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La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos transcurre amenamente16/07/2013- Por Luis Kancyper -

El estudio de la amistad es un terreno relativamente descuidado por el psicoanálisis. En textos anteriores señalé que la amistad era un derivado sublimatorio del complejo fraterno; pero deseo rectificar ese enfoque, porque considero en la actualidad que el amigo, ese otro sí mismo exógamo y auxiliar, no mantiene nexos tan estrechos con los vínculos endogámicos sino que presenta estructuralmente su propia singularidad y opera además como un factor relevante en la estructuración del aparato psíquico.
El amigo en la topología intrapsíquica: el otro sí mismo no consanguíneo
“No camines delante de mí, puede que no te siga.
No camines detrás de mí, puede que no te guíe.
Camina junto a mí y sé mi amigo”.
Albert Camus
Freud esbozó una tópica, es decir, una teoría de los lugares psíquicos. En un primer momento, en la época de “La interpretación de los sueños” (1900), propuso una distinción tripartita entre lugares psíquicos: lo conciente, lo preconciente y lo inconsciente. A esta primera tópica le sucedió veinte años más tarde una segunda tópica, igualmente fundada en una tripartición: Superyó, Yo, Ello. El Yo se encuentra tironeado entre dos instancias contradictorias que lo someten a mandatos inconciliables, el Ello que incita a gozar y el Superyó que lo prohíbe. Esta segunda tópica no es incompatible con la primera y es posible superponerlas, pero cada una habla bastante, por su existencia misma, de la insuficiencia de la otra.
Ahora bien, propongo la inclusión en la segunda tópica freudiana de un nuevo lugar psíquico dotado de características y funciones diferentes, que puede ofrecer una representación figurada sobre un modelo antropomórfico de la persona del amigo, como un objeto interno auxiliar y complementario de las otras tres instancias psíquicas, dentro de una concepción a la vez tópica, dinámica y estructural del aparato psíquico.
El amigo como objeto interno ─resultado de un sistema complejo de procesos identificatorios y desidentificatorios de los objetos endogámicos─ compensa, atempera, reemplaza y contrarresta como objeto exógamo y secundario a las privaciones, castraciones y frustraciones por falta o por exceso provenientes de los objetos originarios.
Favorece además el acto de la confrontación del adolescente con sus padres y hermanos, al posibilitar el desasimiento de las figuras parentales y fraternas que representa, según Freud (1908), “una de las operaciones más necesarias pero también más dolorosas del desarrollo humano”. Se sitúa topológicamente al lado del Yo y posee una significación funcional relevante en la relación intrasubjetiva: opera como un aliado que hospeda y acompaña al sujeto en los momentos de soledad y en las tribulaciones de la vida.
Señalo que el amigo se localiza en el campo intrasubjetivo al lado del Yo para diferenciarlo precisamente de la posición vertical surgida a partir de la tensión proveniente de las aspiraciones incumplidas de un Ideal del yo insatisfecho en relación a un Yo atormentado; y de la instancia del Superyó que, en sus aspectos feroces, opera desde arriba como un juez severo que controla e impone castigos y necesidades de expiación. Sin embargo, no debemos olvidar que el Supeyó no se limita en sus funciones sólo a obrar como un caldo de cultivo puro de pulsión de muerte, sino que ejerce también funciones benévolas de protección.
Paralelamente a la función tópica hay que reconocerle al amigo en el campo intrasubjetivo una función dinámica y económica: la naturaleza abiertamente conflictiva de la presencia de un otro sí mismo no consanguíneo favorece la conservación de sentimientos ambivalentes de amor y odio anudados a los sempiternos juegos de poder, cuya vuelta a la conciencia se halla en muchos casos censurada.
En efecto, el amigo como objeto intrapsíquico auxiliar del sujeto opera como un otro Yo estructurante que reconoce y consiente las diferencias que se recortan de lo semejante, entablando con él un encuentro empático y horizontal en las relaciones intrasubjetivas e intersubjetivas.
El amigo es un otro sí mismo no consanguíneo que refuerza la identidad del sujeto, y además la enriquece al cuestionarlo en sus supuestos saberes y certezas y al plantear una pregunta por éstos, introduce la posibilidad de cierta separación, la creación de un “entre” dentro del funcionamiento psíquico del sujeto, lo cual posibilita contrarrestar la perentoriedad impuesta al Yo por sus huéspedes agitados: el Ello, el Superyó, el Ideal de yo, el Yo ideal y la proveniente de las demandas creadas por la realidad exterior.
En este sentido, la presencia de un objeto interno amigo opera como una barrera a la dislocación del sujeto favoreciendo una relación de confianza y profundidad en la integración de su sentimiento de sí, preservando a la vez un espacio entre el Yo y este otro amigo intrasubjetivo, que no fascina ni adula pero que acompaña, desdramatiza, disiente y ayuda a la vez. Así, el otro si mismo exógamo y aliado del sujeto se halla en las antípodas del “gemelo imaginario”, término acuñado por W. Bion (1972) cuando se refiere a la manera en la que un analizante crea un doble imaginario con aspectos escindidos de si mismo: “El mellizo imaginario es una expresión de su incapacidad de tolerar un objeto que no estaba totalmente bajo su control. La función del gemelo imaginario era por lo tanto negar una realidad distinta de él mismo. Junto a esta negación de la realidad externa estaba su incapacidad de tolerar las realidades psíquicas internas” (p.34).
El gemelo imaginario pone de manifiesto la dificultad que tienen ciertos analizantes de registrar la alteridad discriminada, de conceder al otro una existencia en cuanto persona real y no una cosa creada y dominada por él mismo. Estos analizantes presentan una severa discapacidad para entablar una relación de amistad que representa el campo de lo verdaderamente intersubjetivo.
Real y efectivamente, en las relaciones intrasubjetivas como así también en las intersubjetivas, el amigo celebra el acontecimiento de un diálogo de recíproca hospitalidad con ese otro no consanguíneo, que introduce en el sujeto la fuerza de un deseo más bien exógamo, dirigido hacia lo desconocido, lo nuevo. Al mismo tiempo, atempera las desmesuradas demandas de perfección narcisista provenientes del Ideal del Yo y del Yo ideal.
El amigo ejerce una función estructurante: posibilita al Yo, como instancia que se erige en representante de los intereses de la persona, volver a instalarse y a enriquecerse en su propio territorio, le permite anclaje y descanso. En el diálogo intrapsíquico entre el Yo y el otro sí mismo aliado y extranjero el sujeto construye lazos solidarios y confiables con las tres instancias psíquicas de la personalidad.
Recordemos que hace ya seis siglos Erasmo de Rótterdam (1469-1536) señalaba: “La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos transcurre amenamente” y “Lejos está ese silencio de constituir un ocultamiento, un secreto. Más bien es la reafirmación de la experiencia vital de la soledad, que la presencia del amigo hace soportable y fecunda”, (citado en Guzzetti, 2010, p.87) en ambas realidades, la psíquica y la externa, podríamos agregar.
A continuación transcribiré el reverso del vínculo solidario de la amistad para diferenciarlo de su opuesto, en el que un sujeto mantiene con su otro sí mismo en la realidad psíquica un vínculo atormentador de extrema enemistad y abominación. Lo ilustro a través del poema “Verdugo de sí mismo”, de Ch. Baudelaire y del texto de J. Pontalis, “Un lugar en el que yo no esté.”.
El heautontimorumenos (Verdugo de sí mismo)
He de golpearte sin cólera,
igual que Moisés la roca,
hasta que brote de tus párpados
el agua para mi boca.
…………….
Soy la herida y el cuchillo,
soy el esclavo y el yugo,
el penado y la prisión,
la víctima y el verdugo.
De mi propio corazón
condenada a ser vampiro,
y a reír sin más razón.
Risa que, al fin, es suspiro.
En “Un lugar en el que yo no esté” (2011), Pontalis narra el tema de la enemistad en la dinámica intrasubjetiva de un analizante por la tensión generada a partir de la presencia de un otro ominoso intrapsíquico, un otro sí mismo enemigo que continúa socavando sin tregua y con crueldad los cimientos del sentimiento de la propia dignidad de un sujeto devastado en su realidad psíquica y que “aspira a una sola cosa: tomarse unas vacaciones de sí mismo”.
El hombre sufre de una depresión grave. El hermano menor, quien es también su mejor amigo –eso ocurre– le propone mudarse al chalet que mi paciente posee en la Alta Saboya, por el tiempo que él quiera. “Serán como unas vacaciones. Pasaremos los dos, nos bañaremos en los torrentes, como antes cuando tú me llevabas a mí ¿te acuerdas? Te lo agradezco, eres realmente muy amable, pero, ¿sabes? Tendrías que enviarme a un lugar en el que yo no esté.” Nunca antes había oído unas palabras tan fuertes, tan verídicas, por parte de un deprimido. Su propia compañía es lo que se la ha vuelto insoportable. Si encontrara un lugar en el que él no estuviera, entonces, quizás, cesarían sus tormentos: ‘Por fin ya no estoy ahí, conmigo’”. (p.88).
La experiencia clínica nos ilustra acerca de una escisión marcada de este par de opuestos amigo/enemigo en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva.
En el poema de Baudelaire se torna visible una perversa y tensa enemistad en el escenario psíquico erigido en la dinámica de la intrasubjetividad; mientras que en el relato de Pontalis se hace audible, de manera despiadada, el accionar destructivo de la silente pulsión de muerte que llega a atomizar el tamaño de una cierta esperanza necesaria para poder efectuar un cambio psíquico.
En este texto el sujeto depresivo revela la pérdida de toda ilusión y creencia en la posibilidad de acceder a una posible mutación psíquica, se manifiesta roído por la desesperanza, pudiendo llegar al extremo de un acting suicida por desesperación.
En casos de depresión menos severos, suele presentarse una escisión en el ejercicio y despliegue de la amistad: una actitud de enemistad con el sí mismo propio y en cambio una amistad leal, confiable y sostenida en el tiempo con los otros.
En efecto, ciertos analizantes suelen celebrar una solidaridad marcada y una desmesurada expectativa de fraternidad, que incluso puede llegar a ser reactiva, con el prójimo, pero por otro lado y al mismo tiempo, suelen configurar en la dimensión intrasubjetiva un vínculo de hostilidad e intolerancia, generando efectos deletéreos en el sentimiento de la propia dignidad (Selbstgefühl) que condenan al sujeto a permanecer detenido “en el delirio de insignificancia y en la autodenigración” (Freud,1921,p.125).
Otra escisión del par amigo/ enemigo en estos analizantes suele mantener un nexo íntimo con el par de dos afectos opuestos crueldad/compasión. Ciertos sujetos suelen manifestar hacia los animales una marcada simpatía con honda compasión, y por otro lado un funcionamiento psíquico opuesto en las relaciones interpersonales comandado por una cruel enemistad. Estos dos funcionamientos mentales disociados pueden no integrarse, perpetuándose así la escisión de las corrientes afectivas de la crueldad y de la compasión en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva: así, esta fervorosa amistad hacia los animales en la realidad efectiva contrasta de un modo elocuente con el aborrecimiento, la huida y las provocaciones sado-masoquistas en el campo dinámico de la intersubjetividad.
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