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Lo que se espera de un psicoanalista el día de su muerte25/08/2009- Por Martín H. Smud - Realizar Consulta
Este tema resulta algo más que un tópico de investigación, es un punto de angustia para todo analista, psicólogo, para cualquier "trabajador de la salud mental". ¿Tiene consecuencias trabajar con la muerte, el duelo, la enfermedad, la agonía puesto en la perspectiva de la propia muerte? A más de 100 años de nacimiento del psicoanálisis no sabemos cómo desde un punto de vista teórico y por tanto clínico, acompañar con nuestras conceptualizaciones a los enlutados y a los duelistas. Y allí donde deberíamos estar más preparados para adentrarnos en campos cenagosos, quedamos a pie. Repensar las conceptualizaciones acerca del duelo, es repensar también el deseo del analista, y la relación de la muerte del otro con la propia.
Este tema resulta algo más que un tópico de investigación, es un punto de angustia para todo analista, psicólogo, para cualquier “trabajador de la salud mental”. ¿Tiene consecuencias trabajar con la muerte, el duelo, la enfermedad, la agonía puesto en la perspectiva de la propia muerte?
En 1920, Freud escribe sobre la muerte de un analista: “Freund ha muerto heroicamente sin avergonzar al psicoanálisis…”[1]. Este analista murió sin avergonzar, murió dignamente, como se espera de un analista. Freud estaba metido en la política del psicoanálisis y hasta la forma de morir de un analista es una señal de si ha llevado su análisis hasta el fin. El gran pase. De la vida a la muerte. Hace unos años, la muerte de un analista Ricardo Stacolchic impresionó a la comunidad psicoanalítica. Terminó de atender su última paciente, le cerró la puerta despidiéndola hasta la semana que viene, se sentó en su sillón y de allí no se levantó. Freud observó las primeras muertes de analistas, las muertes inaugurales que no solamente hablaban de la biografía de una persona sino que hablaban de otra cosa: la posición del analista y la causa del psicoanálisis.
Freud siempre estuvo preocupado por el tema de la muerte, y desde el mismo momento en qué comenzó a pergeñar el gran armazón del psicoanálisis, cercano al mil novecientos, jamás dejó de tener terror a que su muerte, la muerte personal, que lo estuviera acechando a la vuelta de la esquina, no dejándolo continuar ni su vida ni su obra. Esto lo cuenta Ernest Jones[2] un psicoanalista muy cercano a los comienzos del psicoanálisis y a Freud quien escribió una biografía del maestro.
¿Qué se espera de la muerte de un analista? ¿De un psicólogo? ¿Cómo esperaba Freud su muerte? ¿Cómo procesaba Freud la muerte de los otros? Estos son preguntas que si bien no están en el centro de la teorizaciones psicoanalíticas, son fundamentales para comprender las encrucijadas y los distintos temas que fueron apareciendo en la construcción de la teoría analítica. Es interesante la imbricación entre Freud, la muerte, las alternativas del movimiento psicoanálitico.
También 1920, recordemos que esta fecha resulta fundamental a los fines de los giros de las conceptualizaciones psicoanalíticas. Ese año le llega a Freud un penoso telegrama: su hija Sofie de 26 años estando embarazada de su tercer hijo muere a los veinticinco años. Deja a Ernst de cinco años, ese nieto que Freud observa en la famosa experiencia del fort-da, aquella experiencia que tiene que ver con un bebé en la cuna que metaforiza la ausencia materna mediante un carretel y un objeto que tira y vuelve a hacer aparecer. Cuando no está la madre grita Fort y cuando reaparece grita Da. El comienzo del símbolo en el niño está en el camino de poder soportar la ausencia del otro. Lacan[3] acentúa además de esa doble posición, de ese binarismo de presencia-ausencia, al carretel como lo que permite esa operación simbólica, y allí ubica la relación del sujeto con el lenguaje.
Ernst ahora ¿cómo hará para simbolizar la gran ausencia, la que no tiene Da, retorno, la caída en la cosa Muerte cuyo carretel corta cualquier “juego” simbólico que quisiéramos llevar a cabo?
¿Cómo repercute en Freud esa muerte? Escribe: “Sofie fue barrida de ese mundo como si nunca hubiera existido. Es un hecho tan paralizante que no puede inspirar reflexión alguna, es una cruda fatalidad, ruda sumisión”. Pero insospechadamente agrega: “Con todo lo duro que ha sido este acontecimiento no ha sido capaz de trastocar mi actitud hacia la vida. Durante años he vivido preparado para soportar la pérdida de mis hijos varones, ahora llega el turno de mi hija”.
Freud vive las alternativas de esta muerte a poco tiempo de terminada la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial donde la lucha en trincheras dejaba un tendal de muertos que solamente el acostumbramiento podía permitir que fuera una escena posible de imaginar y sobrellevar. Todos los padres sabían que sus hijos estaban con las horas contadas y que ir a luchar por la patria era ir a morir por ella. Freud estaba preparado para la muerte de sus hijos.
Escribe en “Más allá del principio del placer”[4] en un pie de página lo siguiente: “Teniendo el niño cinco años y nueve meses murió la madre, ahora que Fort (Afuera) se fue del todo, el muchachito no mostró duelo por ella”. Freud abuelo no encuentra en su nieto demostración alguna de duelo. Su hija Anna Freud no piensa lo mismo, ella está desesperada por este sobrino. Anna llegó a pensar en adoptarlo pero se desalentó pronto y dijo: “Por una vez en la vida, me alegro no tener hijos, porque si Ernst fuera mi hijo y se portara así, no lo podría soportar…”.
¿Qué le pasa al abuelo Freud que es tan observador del juego de lo simbólico, del Fort da del niño y puesto ante la alternativa del Fort, de lo Real, se desentiende de su propio duelo y el del niño, dejando a su hija mujer y a su esposa frente a la crudeza del duelo del hijo?
Pero la historia sigue, y es trágica. Además de Ernst, está el hermanito menor Rudolf que a los pocos años muere. Ahí a Freud le pasa algo muy distinto: “La pérdida me ha afectado de una manera distinta, ha muerto algo en mí, hacía las veces de todos mis hijos y de todos mis nietos. Algo murió en mí, no lo puedo reemplazar”[5].
Aparece Freud en una dimensión humana, ahora ya nada es lo mismo, hay algo de la muerte del nieto impensado, inhumano, imposible de sustituir. Freud rechaza al principio de realidad del trabajo del duelo, no es tan fácil como escribe en “La transitoriedad”[6] dar vuelta la página porque existe “un pedazo de sí”[7] como sostiene Jean Allouch que se ha ido con el muerto, o peor que se va a ir con el muerto cuando algo de lo atorado del duelo pueda comenzar a plantear que ha quedado de uno y de otro.
Freud debería haber escrito la segunda parte del texto “Duelo y melancolía”, en realidad debería escribir la primera parte del duelo, porque en ese texto canónico de lo que menos ha hablado es del duelo, y lo que ha dicho acerca de la mal llamada elaboración del duelo ha sido una cantidad de cuestiones como el reemplazo del objeto, el levantamiento poco a poco de los filamentos libidinales del fallecido y la necesidad de seguir adelante que rayan en los edictos de la inexorabilidad de la vida, de la guerra y de la muerte pero poco tiene que ver con el duelo.
Freud no ha escrito la versión más dolorosa de la muerte y el duelo. No ha escrito la versión de esa muerte que no es igual a ninguna otra muerte, y en la cual no hay palabras porque el que muere es un hijo, la versión no de la muerte del padre sino de la muerte del hijo, la muerte impensada, la muerte que no tiene Fort-da que pueda nombrarla. Esa muerte insustituible deja al enlutado con la certeza de que ya no es el mismo, y que la misma vida ya no lo es la de antes.
¿Cómo es que Freud, dándose cuenta de que algo murió en él, de ese pedazo que muere, de esa condición de irremplazable, no trasladó esto a su teoría?
Freud yerra. No hace el traspaso de una conceptualización del duelo a otra, del duelo esperado al duelo imprevisto, de la versión de la muerte del padre a otra versión que debería llamarse la muerte del hijo.
Las consecuencias a más de 100 años de nacimiento del psicoanálisis es que no sabemos cómo desde un punto de vista teórico y por tanto clínico, acompañar con nuestras conceptualizaciones a los enlutados y a los duelistas. Y allí donde deberíamos estar más preparados para adentrarnos en campos cenagosos, quedamos a pie.
Desde “Duelo y melancolía”[8] hay duelo normal y duelo patológico, y es el duelo patológico el que va a ser “profesionalizado”. Freud no habla del duelo ligado a alguien que debería haber vivido, a alguien cuyas huellas se hubieran querido seguir, y que quedaron para siempre embarradas en un tiempo pasado que se obstina en no poder olvidarse. En esta muerte, pese a Freud, no hay reemplazo de objeto, y la elaboración del duelo, nos deja cercano a lo inabordable. El análisis no puede dejar de percibir que la separación entre duelo normal y patológico es un pifiada que ha llevado a que el movimiento psicoanalítico se encuentre huérfano en este tema tan de todos los días.
Los pacientes que hablan del duelo lo dicen claramente, una cosa es al momento de la muerte pero el duelo comienza en el momento que aparece la figura del ausente, lo que podría haber hecho, y aquí viene el dolor, lo que ha quedado de nosotros sin ése que tanto amamos.
Y ese es el duelo imposible, ¿para qué mandar a los pacientes al trabajo del duelo? Se trata de un tiempo de vida que no fue realizado, hay que apelar a una escritura, marcas que tiene que construir el que queda ante la ausencia del otro. Escribir, ser un autor de lo que no existe[9], pero presente en la ausencia es un trabajo que sí requiere el acompañamiento del movimiento psicoanalítico.
Lo que se espera del psicoanalista el día de su muerte. El paradigma de la muerte no es la muerte del padre sino la muerte del hijo. No nos podremos liberar, ni aún en la muerte de las marcas que nunca jamás fueron escritas. es repensar también el deseo del analista, y la relación de la muerte del otro con la propia. El pase es intransmisible, por más que no haya otra alternativa que escribirlo, mostrarlo, hacerlo circular pero siempre con esa franqueza cruda de saber que el pase es inasible, intratable, intragable. No es lo siniestro porque éste marca el camino de la angustia, la ausencia que nos lleva un pedazo de nosotros, igual que ese pedazo que se llevó la última paciente antes de que tengamos que decir adiós a nuestro psicoanalista, antes que nos tengan que decir adiós.
Notas
[1] Lansky, Ernesto: en revista Litoral, Número 22, “El dolor del dinero” Escuela Lacaniana de París.
[2] Jones, Ernest: Biografía de Sigmund Freud (1953), Editorial Anagrama.
[3] Lacan, Jacques: Seminario 1: Los escritos técnicos, Editorial Paidós.
[4] Freud, Sigmund: Más allá del principio de placer (1920), tomo XVIII, Editorial Amorrortu editores, Pag. 16
[5] Correspondencia Freud-Zweig: Editorial gedisa, 1ª edición (06/03/2000).
[6] Freud, Sigmund: La transitoriedad (1916) Tomo XIV, Editorial Amorrortu editores, pag. 305
[7] Allouch, Jean: Erótica del duelo en los tiempos de la muerte seca, Edit. Edelp.
[8] Freud, Sigmund: Duelo y melancolía (1915) Tomo XIV, Editorial Amorrortu editores, pag. 235
[9] Bernasconi, Eduardo; Smud, Martín: Sobre duelos, enlutados y duelistas, Edit Lumen, Buenos Aires, 2000. Segunda versión.
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