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Muros resquebrajados: la intimidad en la era de la hiperconexión

10/08/2014- Por Paula Sibilia -

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En el marco del I Congreso Mundial de elSigma, la antropóloga, investigadora, docente y escritora, Paula Sibilia, aporta desde Brasil, ideas para entender y abordar el sustrato de fenómenos contemporáneos que hoy nos convocan. “No toleramos más algo que hasta hace poco constituía el combustible vital para la edificación del yo, al menos en su robusta y casi monstruosa versión moderna: silencio y soledad… no soportamos más estar a solas con nosotros mismos”

 

 

 

  No separarse un segundo del celular, chequear los mensajes compulsivamente, reportarse varias veces por día en las redes sociales, contarles a todos lo que uno (no) está haciendo y cerciorarse de todo lo que los demás (no) hacen, sacarse varios selfies por día y publicarlos para cosechar la mayor cantidad posible de pulgares en alto, subir videos a Youtube y buscar todas las fotos en que por ventura uno aparezca, mostrarse en vivo y en directo por la webcam, estilizarse en tiempo real y narrar episodios de la propia vida para seducir a quien sea...

  Esos son solo algunos de los canales que hoy nos permiten hacer de la intimidad un espectáculo: ya no es necesario participar en un reality-show para que la vida cotidiana de cualquiera se replique en millones de pantallas.

  Hablamos y nos mostramos con puntillosa avidez, todo el tiempo nos comunicamos sin dejar un solo vacío en el cual abismarnos. Quizás de eso se trate, pues: hay que abrir todas las ventanas virtuales para airear lo que antes se consideraba privado, ponerse en contacto permanente con cualquiera, evitando a toda costa que nos envuelvan el silencio y la soledad.

  Pero, ¿por qué semejante pavor?

No toleramos más algo que hasta hace poco constituía el combustible vital para la edificación del yo, al menos en su robusta y casi monstruosa versión moderna: silencio y soledad. Aquel dúo otrora tan preciado, precisamente, que sólo lograba desplegarse a gusto en lo más íntimo del espacio privado; es decir, ese lugar tan apreciado durante los siglos XIX y XX, que entonces se definía por su oposición excluyente al espacio público constituido por el bullicio callejero. Pero ya no. Por una serie de motivos históricos —que son tanto económicos como políticos, socioculturales y morales—, no soportamos más estar a solas con nosotros mismos.

  Es más: esa curiosa categoría, "uno mismo", quizás también se haya vuelto obsoleta en los albores del siglo XXI. Lo cual no dejaría de ser una buena noticia, si no fuera porque su desaparición vino acompañada por otras novedades bastante inesperadas. En una cultura que enaltece la visibilidad y la celebridad para “ser alguien”, dudamos de nuestra propia existencia si nadie nos ve. Por eso, tenemos que gritar todo lo que somos con megáfonos de alcance global, hay que mostrarse de frente y perfil, que nos oigan, que nos vean… al fin y al cabo, caramba, ¡éste soy yo! (¿o no?).

  Si la sociedad espectacular nos ha liberado de ciertos pesos que habrían sido innegables en el universo intimista decimonónico, con sus mandatos culposos y sus estrictos reglamentos disciplinarios, también nos ha vuelto muy frágiles aunque de modos inéditos. Ahora dependemos de la mirada de los demás para existir (de sus "comentarios" favorables y de la cantidad de "me gusta" que sepamos extirparles), y cada vez nos resulta más difícil estar solos.

  Por eso, quizás, es que pululamos espasmódicamente en la virtual ingravidez de las múltiples pantallas, buscando una mirada que nos conceda vida. La intimidad, al menos en aquella anticuada versión protegida con cortinas, persianas y pudores, tal vez haya dejado de tener sentido: bienvenidos a la era de la extimidad.

 


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