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¿Qué es una transcripción?

04/03/2009- Por Roberto Harari - Realizar Consulta

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No caben dudas acerca de que la transcripción implica una pérdida irremediable, tal que puede llevar al desconocimiento del original y al des-concierto del receptor. Si extremamos esa tesitura, podría decirse que el producto "recreado" constituye algo de lo cual el transcriptor debe hacerse responsable, tanto en orden a sus méritos como a sus deméritos. Quienes nos seguimos sirviendo del Nombre del Padre –sin metáfora: estudiando una y otra vez los decires de Lacan sin apelar a, y sin esperar, mediaciones "transcriptivas oficiales"– logramos, luego del necesario posicionamiento transitoriamente alienante, nutrirnos de un valioso estímulo del pensamiento psicoanalítico, para proseguir –ahí sí por cuenta propia– inventivamente por el camino marcado por "los mayores". Pero nunca dejando a un lado las fuentes, los antecedentes, la "documentación", la crítica del documento, tal como se lo llama metodológicamnte en otras disciplinas que pretenden trabajar con seriedad, sin forclusiones, los datos conformativos de su campo.

                                                                  

                        “[…] sólo hay sujeto de la escritura cuando

                         hay transformación del sujeto de la escritura

                         en sujeto de la re-enunciación”.

                                H. Meschonnic, La poética como crítica del sentido

                                 

                         “El error es un problema primero, original,

                         prioritario, sobre el cual hay todavía mucho para pensar”.                                                       

                                E. Morin, Ciencia con consciencia

 

                         “El signo interpretante que identifica una fonía                      

                         es […] la fonía menos todo aquello que no es

                         pertinente para su identificación”.

                                Ponzio et al., Fundamentos de Filosofia da Linguagem

 

Me resulta inviable llevar la cuenta de las ocasiones en que escuché el tan transitado –y único– concierto de Beethoven para violín, op. 61. En efecto, desde mi descubrimiento como adolescente de la música llamada clásica, europea o académica, dicho concierto generó en mí siempre una emoción y un “tarareo” constantes, sea en el disco –vinilo al comienzo, es claro–, sea en la radio, sea en los conciertos en vivo. Confieso que lo ponía para escucharlo varias veces, de modo consecutivo. En fin, es de esas obras que, al minuto de dejarse acariciar por sus melodías, uno ya sabe de qué se trata. Por cierto, ello no me ocurre tan sólo con este concierto, ni tampoco únicamente con las obras producidas por el genio de Bonn.

Pues bien, mi goce musical –integrado también por la referida fruición por el reconocimiento sea de obras, sea de intérpretes de las mismas- se vio altamente puesto en cuestión cuando, días atrás, escuché por la radio un concierto para clarinete, ya iniciado. No es, se sabe, uno de los instrumentos preferidos -por los músicos más difundidos- cuando se trata de componer un concierto, lo cual hizo que redoblase mi atención, si bien me parecía que lo conocía. ¿Mozart, quizás? Había un “aire” que me resultaba familiar… No era Mozart, no se trataba de su música maravillosa. ¿Entonces? Contaba con tiempo para poder esperar el final del concierto y enterarme, por el locutor, de qué se trataba; empero, como la obra me seguía “sonando” conocida, no pude menos que seguir arriesgando hipótesis. ¿No parece Beethoven? Incluso, hay tramos que semejaban su famoso concierto para piano número 5, “Emperador”, op. 73. Ahí caí en la cuenta de que muy probablemente no se tratase de un concierto escrito para clarinete, sino que su ejecución con ese instrumento podía ser producto de una transcripción para el mismo. Bastó arriesgar esa idea para que finalmente reconociese, ya sin dudas, de qué se trataba: era Beethoven, sí, pero no el “Emperador”, sino ¡su concierto para violín!

Quedé anonadado por el “descubrimiento” –confirmado luego por el locutor: ejecución y transcripción de Michael Collins-, es decir, por mi no detección de una obra que me fue siempre tan cara, y que se encuentra presente en mi cotidianeidad. ¿Habría realizado Collins un arreglo tal que tornase dificultoso el reconocimiento? Es que no habría transcripción de no mediar alguna modificación, lo cual, por cierto, no implica tan sólo el cambio de instrumento, si bien los “espesores” diferenciales de uno y otro –violín, clarinete– pueden ser determinantes para definir tales arreglos.

Siempre bajo la égida directriz marcada por el sonido, cabe también definir la transcripción como “[…] el acto de escribir música de una ejecución en directo o grabada, o su transferencia del sonido al gráfico mediante métodos electrónicos o mecánicos”.(1) Bien, se la tome en la acepción en que se la tome, creo que, elevando mi experiencia personal a la categoría de apólogo, no caben dudas acerca de que la transcripción implica una pérdida irremediable, tal que puede llevar al desconocimiento del original y al des-concierto del receptor. Si extremamos esa tesitura, podría decirse que el producto “recreado” constituye algo de lo cual el transcriptor debe hacerse responsable, tanto en orden a sus méritos como a sus deméritos. Por cierto, el creador originario –Beethoven, en la ocasión- concibió otra cosa; entonces ¿respetar su designio implicaría una suerte de sometimiento a su mandato? Se sabe cómo incluso los músicos suelen escribir en las partituras acotaciones laterales respecto de la manera en que deben ejecutarse determinados pasajes o movimientos, lo cual indica con claridad una demanda a ser considerada –y obedecida- por el ejecutante, en aras de incrementar la excelencia de la interpretación, siempre al estar del creador.

 

Llevemos todo esto al psicoanálisis: ¿puede sostenerse acaso que las transcripciones –rebautizadas “textos establecidos”– de los Seminarios de Lacan realizadas por su albacea literario “son” la palabra de Lacan? Ya hemos consignado cómo la transcripción es tal mediando un “arreglo”, tal que a veces, al escuchar un sonido, confunde distorsivamente su sentido, y da lugar a un desconocimiento -de los propósitos, de las palabras- del autor. Claro, puede decirse –fue dicho- que ello no tiene la menor importancia, porque querer llegar a “la” palabra de Lacan comporta, según tales extrañas apreciaciones, una preocupación indicadora de necrofilia –mortífera en sus alcances, entonces– por parte del psicoanalista investigador. Pues bien, si así fuese, si se tratase de necrofilia pura, permaneciendo ese camino obviamente cerrado, no le quedan a tales denostadores más que dos alternativas –si es que aún pretenden tener algo que ver con la enseñanza de Lacan–: o toman la transcripción “oficial” como si fuese el prístino original –sumándose imperceptiblemente a las huestes seguidoras del albacea-, o directamente atrapan, de manera aislada y arbitraria, cierta melodía del autor suelta y fetichizada, absolutizada, la cual completan aleatoriamente con alguna música disonante realizada “en nombre propio”. Ello también tiene una denominación musical harto apropiada: se trata del pasticcio, “pastiche”, cuyo destino está poco menos que definido: es el mejor camino para llegar a ninguna parte. En ese no-camino se encontrarán –valga la paradoja- los anarco-nihilistas subsidiarios del fantasma de autoengendramiento, los que dicen combatir la necrofilia ¿para apostar por la vida? ¿Será por la vida autoerótica?

Precipito la conclusión, y se me perdonará que recurra una vez más a Lacan, cuya palabra valoro y respeto. Porque esa palabra, desde ya, no ha terminado, ni con mucho, de brindarme sus fecundos e instigadores efectos de enseñanza, luego de 42 años de estudiarla de manera sistemática, y de haber dado cuenta de ello a través de una serie de obras.

 

Pues bien, dice así en uno de sus decisivos Seminarios finales: “[…] del Nombre del Padre se puede prescindir, se puede muy bien prescindir, a condición de servirse de él”.(2) Como ya tuve ocasión de señalarlo, no es de “haberse servido” –fantasma parricida, del tipo “yo voy –yo soy- más allá de él”-, sino de servirse de él continuadamente.

¿Genuflexión? Yo diría que quienes nos seguimos sirviendo del Nombre del Padre –sin metáfora: estudiando una y otra vez los decires de Lacan sin apelar a, y sin esperar, mediaciones “transcriptivas oficiales”– logramos, luego del necesario posicionamiento transitoriamente alienante, logramos, decía, nutrirnos de un valioso estímulo del pensamiento psicoanalítico, para proseguir –ahí sí por cuenta propia– inventivamente por el camino marcado por “los mayores”. Pero nunca dejando a un lado las fuentes, los antecedentes, la “documentación”, la crítica del documento, tal como se lo llama metodológicamnte en otras disciplinas que pretenden trabajar con seriedad, sin forclusiones, los datos conformativos de su campo. ¿Buscando qué? Corporizar inventivamente el “yo no busco, encuentro”, que demuestra lo siguiente: la invención no implica un acto psicológico, volitivo, por cuanto ella “in-viene”, viene sin ser buscada, al modo del “habla impuesta”,(3) tal como lo muestra Lacan en Joyce (en tanto paradigma). Para decirlo de otro modo: cuanto más se aliene, más in-viene, de no optarse por la cómoda ecolalia entrópica.

En cambio ese camino es retaceado y distorsionado, debido a motivos éticos e intelectuales irremediables, por quienes sólo se refieren a las transcripciones del albacea de Lacan. Tanto como, además, por aquellos autodenominados “lacanianos” –¿hasta cuándo?– que pretenden comenzar todo de nuevo a partir de sí mismos, “prohibiéndose” citar a Lacan, directamente.

Escrito lo cual, voy a escuchar de nuevo –y su efecto será enésimamente diferencial– el concierto para violín de Beethoven, en la notable versión del joven Joshua Bell.

 

Referencias bibliográficas

 

1)     S. Sadie (Ed.), Diccionario Akal/Grove de la Música, Madrid, 2000, p. 954.

2)     J. Lacan, Séminaire “Le Sinthome”, 23, versión de la AFI, clase del 13/4/1976, inédita.

R. Harari, ¿Cómo se llama James Joyce? A partir de ‘El Sinthoma’, de Lacan, Amorrortu, Biblioteca de psicología  y psicoanálisis, 1996, p. 163 y ss.

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