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Sandor Ferenczi está de vuelta07/03/2010- Por Héctor López - Realizar Consulta
Sandor Ferenczi está de vuelta, lo testimonian los últimos congresos internacionales, el realizado recientemente en Buenos Aires (2009), las múltiples publicaciones, incluso tesis de doctorado sobre su obra, y el interés de los psicoanalistas por renovar la lectura y la reflexión en torno a este polémico autor, discípulo directo de Freud y su quejoso analizante durante dos períodos.
Si los confines frecuentados y explorados por Ferenczi interesan al movimiento psicoanalítico es porque ellos sirven de guía hacia los grandes temas de la práctica. En la historia del psicoanálisis nada mejor que el “activismo” y la audacia de Ferenczi para demostrarnos lo que es la fecundidad del desvío y la insistencia de la verdad en el error, cuando más allá de la pasión puesta en juego hay un analista que cree en el inconsciente y en la clínica psicoanalítica.(...)
No tenemos motivos, como parece tenerlos E. Jones, para pensar que Ferenczi estaba psicótico, pero sí para darnos cuenta que pagó muy caro haber sido quien llamó la atención sobre la importancia de lo real en el análisis. En este sentido fue casi un precursor, pero terminó siendo devorado por su propio descubrimiento.
La ambición de hacer posible lo imposible lo llevó a situarse por fuera de los límites del lenguaje y de la ley del Padre.
Introducción:
Sandor Ferenczi está de vuelta, lo testimonian los últimos congresos internacionales, el realizado recientemente en Buenos Aires (2009), las múltiples publicaciones, incluso tesis de doctorado sobre su obra, y el interés de los psicoanalistas por renovar la lectura y la reflexión en torno a este polémico autor, discípulo directo de Freud y su quejoso analizante durante dos períodos.
Y “está de vuelta” en el sentido que mientras que los analistas de su época “iban”, me refiero a que se desplazaban en un creciente desvío del “sentido de Freud”, Ferenczi aún en sus propios desvíos y audacias teórico-técnicas (dolor de cabeza para Freud), hundía el estilete de su clínica en los problemas más resistidos pero al mismo tiempo más apremiantes para el psicoanálisis aún hoy. Si en la clínica existe el “hueso de lo real”, ese hueso es roído todo el tiempo por la práctica que Ferenczi inventaba, defendía con pasión, y anhelaba que Freud aprobara… sin éxito.
Si los confines frecuentados y explorados por Ferenczi interesan al movimiento psicoanalítico es porque ellos sirven de guía hacia los grandes temas de la práctica. En la historia del psicoanálisis nada mejor que el “activismo” y la audacia de Ferenczi para demostrarnos lo que es la fecundidad del desvío y la insistencia de la verdad en el error, cuando más allá de la pasión puesta en juego hay un analista que cree en el inconsciente y en la clínica psicoanalítica.
Las propuestas de su extensa obra, pero sobre todos las defendidas en su Diario Clínico destilan una ingenuidad casi mágica; y sin embargo resultan ser puntuaciones pertinentes y aun anticipatorias de las cuestiones ineludibles que unos treinta años después, Lacan tendrá que rescatar de la represión del “medio ambiente psicoanalítico” para elevarlas a la categoría de problemas cruciales del psicoanálisis: son aquellas que dan vuelta en torno a la pregunta por el deseo del analista y su vigencia en la eficacia de la cura, la cuestión de los límites de la transferencia y de la responsabilidad del analista (“mis alumnos han heredado de mi la manía de buscar la falta en ellos mismos”), el problema del fin de análisis (“cure finishing: acomodarse a lo que puede obtenerse y renunciar a lo imposible o a lo muy improbable”) e in extremis, la inquietud por las consecuencias de la práctica sobre la vida y el destino pulsional del analista. “¿Quién está loco, nosotros o los pacientes?” lleva por título el diario del 1 de mayo.
Ante la pregunta “¿quién analiza?” es evidente que Ferenczi se limita a responder: “Yo”, error que convierte a su Diario casi en un documento personal, confesión íntima de su extrema implicación subjetiva como practicante. La ausencia de mediatización simbólica en la relación con sus pacientes mantiene a Ferenczi en el borde equívoco e indecidible entre lo imaginario y lo real, donde un desenlace de tragicomedia se cierne sobre la escena (“Yo soy responsable de que la transferencia se haya vuelto tan apasionada, debido a mi frialdad de sentimientos: prometer sensaciones de placer preliminar despertando esperanzas, para luego no dar nada”). La necesidad de ser “sensible” desencadenará ya sobre su muerte, la “mutualidad” en el análisis, técnica basada en una exacerbación de los vínculos imaginarios con el paciente, y conducirá finalmente –al menos en el caso de una paciente norteamericana– a la cura mutua telepática a través del océano. “Técnica” a la que llega Ferenczi, atraído por el vértigo de lo real.
En el límite de su compromiso activo, llega a plantearse “las complicaciones debidas al hecho de tener más de un paciente en análisis” (31 de marzo de 1932).
Por todo esto, no me parece ocioso emprender la tarea de “repensar” la obra de Ferenczi desde una actualidad donde los problemas de la práctica, son precisamente aquellos que este psicoanalista llamado en su momento “Gran Visir” de Freud, nos anticipó como las grandes cuestiones del análisis.
Despertar con Ferenczi
Si el movimiento psicoanalítico se puede ordenar por la oposición que hizo clásica J. A. Miller entre el “dormir” y el “despertar”, a Ferenczi deberíamos ubicarlo claramente del lado del despertar. ¿Despertar a qué? A algo que pertenece al orden de lo real, de lo desconocido, de aquello que a cualquier sujeto, pero también al analista les resulta difícil aceptar en su práctica ya que la tendencia natural nos lleva al adormecimiento, al “ronroneo” en el principio del placer como se expresó Lacan. Nuestra inclinación, opuesta a la de Freud, es a la asimilación a lo ya conocido de lo que no podemos comprender; siempre “comprendemos” lo que irrumpe como nuevo por disolución en lo anterior.
Pero ese no es el terreno del deseo del analista. El deseo se orienta a lo antinatural, a lo que sacude con el desconcierto de un brusco despertar.
La temeridad técnica de Ferenczi produce sin duda efectos fuertes de despertar, pero su imposibilidad para establecer diferencias entre los registros de la experiencia (cuestión planteada sólo a partir de los tres registros lacanianos) lo orienta hacia la intervención en lo que el supone ser lo real inconsciente, sitio de las resistencias del ello, pero que no es más que la realidad imaginaria de sus pacientes.
Sin embargo frecuentemente Ferenzci aborda en su práctica lo real, pero su dificultad para transponer este “encuentro” en conceptos teóricos, lo expuso a “soluciones técnicas” que poco a poco se fueron alejando del inconsciente y se tradujeron en variados desencuentros con Freud, quizá también en su tardía psicosis de la cual nos habla Ernest Jones y finalmente en la muerte.
No es esta una afirmación caprichosa ya que él mismo en su Diario Clínico (publicado post mortem pero ausente en sus obras completas) y en sus cartas últimas reconoce que el origen de una anemia perniciosa que lo llevó a la muerte hay que buscarlo en su fracaso en lo referente al psicoanálisis, lo cual, en boca de Ferenczi significa “en la frustración de su demanda de amor dirigida a Freud”.
Freud, Ferenczi y después
La relación de Ferenczi con Freud comenzó en el año 1908 y terminó con la muerte del primero en 1933.
Fue una relación de pronta fascinación, al principio mutua, ya que Freud también había sido conquistado por el entusiasmo del nuevo discípulo. Enseguida es incorporado al comité de “los siete anillos”, y al año de conocerlo le pide que lo acompañe en su viaje a Norteamérica para pronunciar las ya clásicas “Cinco conferencias”. Freud llamaba a Ferenczi “mi hijo querido” y decía de él: Hungría, tan próxima a Austria en lo geográfico y tan distanciada en lo científico, hasta ahora no ha brindado al psicoanálisis sino un sólo colaborador, S. Ferenczi; pero tal que vale por toda una sociedad”.
De todos modos Freud, sin dejar de darle un lugar de privilegio en el plano de las discusiones referentes a la práctica psicoanalítica, se mantuvo al margen de las crecientes y tormentosas demandas de su discípulo. Si recorremos su artículo póstumo “Análisis terminable e interminable” (1937) nos daremos cuenta que en su trasfondo, es un texto construido de principio a fin como una discusión profunda con las ideas técnicas de Ferenczi tomadas muy en serio, jalonado por referencias explícitas e implícitas a su díscolo discípulo. Allí Freud parece por momentos adherir, para luego poner en duda la pertinencia de las posturas ferenczianas, y finalmente expresar francamente su escepticismo con respecto al “activismo” analítico y al optimismo infundado con respecto a las posibilidades de las innovaciones técnicas. Ferenczi sostenía que era posible un análisis “a fondo”, donde se resolverían todos los complejos infantiles del analizante, y que esa posibilidad dependía de la actitud auténticamente sincera del analista en la transferencia. El análisis a “fondo” era el recomendado antes que a ninguno, al analista.
Ferenczi pensaba un tanto ingenuamente que el complejo de castración, que cuatro años después de su muerte Freud considerará como la “roca viva” del análisis, podía ser superado si el analista era capaz de tomar a su cargo una función de relevo de los padres de la infancia, haciendo desaparecer el temor a la castración y todo otro temor mediante una actitud comprensiva y de confianza en el analista. Es así como se coloca en una situación cada vez más complicada en términos personales, más confusa, casi en el límite del campo del lenguaje y la función de la palabra.
Al final de su vida, y según sus propios testimonios en el Diario clínico comienza a utilizar argumentos cada vez más místicos, más oscuros, en cierta forma más delirantes, como el del análisis mutuo a distancia (paciente y analista se analizan mutuamente por telepatía).
Que Sandor Ferenczi retorne en este su Diario clínico es obviamente de mejor pronóstico que su vigencia insistente pero denegada en todas las “innovaciones técnicas” aportadas hasta hoy. Todas ellas le deben a Ferenczi, muchas veces sin saber, las premisas básicas y los modelos de un “activismo” de la práctica. Pero quizá haya una diferencia: Ferenczi buscaba una apertura de la dimensión real del inconsciente freudiano; los innovadores posfreudianos su sepultamiento bajo los escombros del ego autónomo.
La actualidad de Ferenczi no se le escapó a Freud cuando en su nota necrológica de 1933, escribía que Ferenczi “había convertido en alumnos suyos a todos los psicoanalistas”.
Por eso es necesario realizar con cuidado una lectura retroactiva, siempre postergada, de la vasta obra de Ferenczi, a quien –desde los desdenes de E. Jones– el movimiento psicoanalítico ha creído poder sepultar en el olvido, con éxito sólo aparente. El gran biógrafo de Freud, en una actitud que no parece sostenible del todo, afirma que Ferenczi padecía de una psicosis latente que hizo eclosión al final de su vida. Sus innovaciones técnicas finales serían tan solo síntomas de su enfermedad.
En Lacan, donde encontramos múltiples referencias a Ferenczi, sobre todo en el escrito “La dirección de la cura y los principios de su poder”, su actitud, si bien crítica de sus desviaciones, es mucho más respetuosa. Incluso algunos de sus recursos analíticos parecen inspirados o al menos llevan el sello de la “técnica activa”, tales como el corte de sesión o las intervenciones en acto, y buscan como en Ferenczi enfrentar al analizante con lo real y operar sobre la repetición.
Parecería que tanto Freud como Lacan encuentran algo valioso en Ferenczi, al menos en cuanto a orientar la investigación clínica. Por eso no es del todo fácil desentrañar el sentido del escrito de Lacan como tampoco de “Análisis terminable e interminable” de Freud, sin tener en cuenta que hay allí un interlocutor latente que es Ferenczi.
Por otra parte, mucho de lo que la literatura psicoanalítica ha difundido como “teoría de la técnica”, se debe a los escritos de Ferenczi, aunque los autores desconozcan inspirarse en su obra, o directamente renieguen de ella.
Aún censurado, son sus ideas las que retornan en la clínica cuando se habla de “alianza terapéutica”, o de “reeducar emocionalmente”, o de la implicación del analista como persona en el vínculo transferencial.
Las ideas de Ferenczi no parecen ser el producto de una menta desbocada o psicótica, sino de una construcción que partiendo de ciertos postulados básicos como por ejemplo de la “persona del analista”, se desarrolla lógicamente en sucesivas innovaciones que lo llevan a un callejón sin salida.
Los autores modernos ya no califican a Ferenczi de psicótico. Ahora dicen que su obra es el producto sintomático de una especie de locura transferencial, esto es de las intensas vicisitudes de su relación analítica con Freud con quien se analizó durante algunos meses en 1912 y otros meses en
Encontramos así un argumento nuevo, con algo más de soporte real, para invalidar las ideas ferenczianas. Pero, si un autor desarrolla algo en algún sentido válido, y que posibilita lectura productiva, ¿no deberíamos evitar que sea invalidado con el argumento de que es sólo el efecto de la transferencia con su analista, aunque esta opere como causa de lo particular y no como obstáculo al deseo del sujeto analizado?
En esta misma línea de razonamiento, en la introducción al Diario clínico en español Jorge Jinkis plantea lo siguiente: en cuanto a la tesis sobre la locura transferencial de Ferenczi habría que examinarla con más detenimiento, y ante todo, ¿quién podría negar que se haya tratado del amor? ¿Pero a quién no le pasó con Freud?, pero además, por qué suponer que el amor descalifica lo que produce cuando se muestra capaz de producir algo distinto que él mismo?
Sin duda, invocar una locura transferencial no es un argumento demasiado válido, ya que cualquier sujeto está en relación inconsciente con un Otro para quien produce, y mucho más si se trata de un analizante en transferencia.
De estos dos argumentos, el de la psicosis latente o el de la locura transferencial, vamos a retener dos cosas que sí son importantes. En principio las quejas de Ferenczi a Freud. Una es la de haber sido demasiado pasivo cuando lo analizó, en el sentido de sólo escucharlo pero no haber empleado una técnica más provocativa que produjera un efecto vigoroso de “despertar” (tal como posteriormente sí hará Lacan con sus pacientes), y haberlo dejado adormecerse en la resistencia, sin llevarlo al encuentro de lo real. La otra se refiere a la falta de amor. En el tomo 2 de la biografía de Freud por Ernest Jones, pueden seguirse todas las vicisitudes de esta demanda de amor. Según Jones, todas las “innovaciones técnicas” de Ferenczi estaban destinadas a Freud; pero éste, precisamente a causa de ellas, comenzó poco a poco a quitarle todo favor y a distanciarse de él.
Cuánto más optimista se volvía Ferenczi, más pesimista (o digamos más bien, “realista”) se volvía Freud. Cuánto más activo Ferenczi en el tratamiento de sus pacientes, más pasivo Freud en su lugar de analista que escucha.
Las dos quejas mencionadas tuvieron su importancia en el modo de concebir Ferenczi el lugar del analista. Sus reproches a Freud tienen obviamente un supuesto: suponen a un analista ideal, a un analista padre; muchas veces Ferenczi se dirige a Freud como “padre”. Se trata en su fantasma de un padre sin fallas, que será finalmente lo que él proponga como lugar para el analista: no “fallarle” al paciente. Y será la función que él mismo encarnará en su práctica por identificación a ese padre que le reclamó a Freud sin éxito. Parecería querer reparar en sus pacientes el “trauma” de amor paterno padecido en su análisis.
La “técnica activa”
Si bien Ferenczi tiene algunos escritos teóricos a lo largo de los cuatro tomos de sus Obras Completas, todo su énfasis está puesto en la cuestión de las modificaciones técnicas, ya sea en su tratamiento del paciente como en sus escritos y conferencias para la comunidad analítica. Sus escritos teóricos, en general, se proponen justificar sus innovaciones clínicas.
En su época sucedía que el psicoanálisis después de los primeros éxitos que Freud y sus discípulos obtenían rápidamente gracias a la apertura inicial del inconsciente, había comenzado a mostrar mayor impermeabilidad y resistencia a la interpretación. Surgieron así grandes dificultades técnicas para el progreso de la cura. Pero esa resistencia no fue sólo del inconsciente, sorprendido “en su madriguera”, sino también de los propios analistas. En esta instancia, Ferenczi se propone hacer algo en función del “despertar”, él pretende “movilizar” al paciente y así abreviar la duración del análisis. Da nacimiento así a la “técnica activa”.
En este punto es necesario despejar un equívoco que se suscitó rápidamente, incluso en Freud, pues él también, como todos, supuso, y hoy en día se sigue suponiendo, que la técnica activa se refiere a ciertas acciones que debe llevar a cabo el analista. Leyendo atentamente su obra encontramos claramente que no se trata de que el analista “haga algo” sino de que el analista proponga que el analizante “haga algo” o deje de hacer algo.
Veamos lo que dice Michel Balint sobre la técnica activa en el prólogo a las Obras Completas de Ferenczi: el mismo nombre es una fuente de malentendidos, en efecto, contrariamente a lo que parecía sugerir y a pesar de lo que muchas personas creen, no es el analista el invitado a ejercer una actividad sino el paciente; cuando el tratamiento se detiene y las asociaciones se agotan, el analista mediante prescripciones e interdicciones, o sea, órdenes y prohibiciones, incita al paciente a adoptar una actitud activa, es decir a hacer o renunciar a hacer cualquier cosa; de esta manera un enfermo de fobia puede ser invitado a afrontar situaciones temidas y otro puede serlo a evitar tal o cual práctica sexual.
Se trata de urgir al analizante a enfrentar esa resistencia inercial del adormecimiento y de movilizar la carga libidinal (Q) para ponerlo frente a su síntoma, situación extrema en la que supuestamente los contenidos reprimidos se verán forzados a salir a la luz. Se trataría entonces de un atravesamiento en acto de la fantasía temida.
En su artículo “Dificultades en el análisis de una histeria”, Ferenczi observa que una paciente siempre estaba con las piernas cruzadas y apretadas una contra la otra, y luego descubre que había allí una cierta satisfacción libidinal de tipo masturbatoria a través de movimientos de frotamiento. Le ordena que se acueste en el diván sin cruzar las piernas. Habría que seguir detenidamente la presentación de este análisis para entender la afirmación haber llegado a un éxito pleno a partir de la orden, pues la paciente pudo comenzar a hablar sobre su masturbación infantil. Ferenczi evitaba que la satisfacción libidinal directa que se producía como acting in, obstaculizara el desarrollo del análisis.
La paciente pues descruza sus piernas en la sesión pero en ciertos momentos del día, según sus actividades, mantenía las piernas cruzadas y frotándolas. El analista también le prohíbe que cruce las piernas en cualquier situación.
Este es para Ferenczi un muy importante ejemplo en el sentido de lo que puede producir una orden, una prohibición en el análisis siempre que esté establecida la transferencia.
También menciona el caso de un analizante agorafóbico a quien obliga a enfrentarse con el objeto de su fobia, llevando así al límite la tensión libidinal, lo cual produce que el paciente hable de su angustia en sesión.
Por lo que vemos, la técnica es bastante diferente al tratamiento conductual con el que podría confundírsela, pues no se trata de normalizar conductas sino de producir un “choque” con lo real del síntoma para “obligar” al discurso a hacerse cargo del impacto producido por la indicación.
Ferenczi advierte que hay ciertas satisfacciones libidinales en la transferencia misma que obstaculizan el análisis y que él aconseja impedir; acotar el goce para que la tensión en que es puesto el paciente le obligue a dejar esa cómoda poltrona de la “resistencia de transferencia” y aparezca la palabra.
Como decíamos, la actividad es del paciente, y Ferenczi mismo se encarga de aclararlo en un pasaje donde se refiere a la realización de acciones desagradables o a la renuncia de actos agradables: Todo lo que he designado bajo el término de actividad concierne a los actos y al comportamiento del paciente, sólo él en consecuencia puede mostrarse activo, llegado el caso, y no el analista; en el caso de un psicópata narcisista que sufriera la tendencia a la rigidez catatónica y al mutismo, cesó la tensión cuando le permití darme un golpe, de este modo pienso haber prevenido un acto impulsivo, posiblemente peligroso.
Ferenczi cree sinceramente que haciéndose pegar ha impedido que este psicópata cometa un acto impulsivo, sin control, sobre él, o que actúe su impulso a matar o a violar un niño.
Sin embargo, y pesar de sus afirmaciones, otros ejemplos dan a entender que la “actividad” no es sólo del analizante, sino del analista mismo. “Un paciente psicópata que luchaba contra espantosas crisis de angustia tuvo que resolverse por último a dejarme examinar médicamente sus órganos genitales que habían quedado infantiles, lo cual disipó su angustia y el análisis pudo proseguir”.
La propuesta general de la técnica activa es que sirva a la renuncia del sujeto a formas infantiles de satisfacción para que en su lugar surjan comportamientos más acordes con la realidad, más adultos. Digamos de paso que esta es la manera en que Freud describe, no la técnica pero si el objetivo del análisis, en
Por supuesto que las dificultades con que nos encontramos acá son varias; la primera, la tendencia a la repetición que no cesa por una apelación a la conciencia ni a la voluntad, la segunda, la posición de objeto que pasa a ocupar el analizante mientras que el analista refuerza su lugar de sujeto (llegando al límite cuando el analista hace desnudar al paciente para revisarle los genitales), y la tercera que mencionaremos por ser también la dificultad que prontamente advierte Ferenczi, la imposición de órdenes y prohibiciones conduce inevitablemente a una relación dual de rivalidad y poder que se adueña de la transferencia; allí se trata de la lucha del analista para que el paciente cumpla sus indicaciones, le “haga caso”, cayendo así en la dualidad amo-esclavo.
Ferenczi pretende a pesar de todo sostener una función y un deseo de analista, pero cree que eso será posible advirtiendo a los analistas que deben luchar contra todo sentimiento de superioridad. ¿Pero planteadas las cosas como están, sería eso suficiente, o siquiera posible?
Luego de esta primera formulación que abarca varios años de práctica, Ferenczi reconoce su fracaso, advirtiendo que las indicaciones concretas en verdad aumentan las resistencias.
La misma reproducción dramática de los traumas infantiles en la sesión incrementa la resistencia, pues las situaciones de haber estado bajo el despotismo de los adultos seductores o sádicos, se reproducen ahora en la transferencia para la satisfacción de un analista ingenuo que supone liberar al paciente de sus ataduras al trauma, desconociendo su acción sugestiva, cuando no autoritaria, sobre él.
Para Ferenczi el análisis no persigue tanto analizar las fantasías infantiles, sino poner en primer plano los “factores exógenos”, esto es, considerar el trauma de seducción como real y liberarlo en la rectificación de la transferencia, pero sucede que la autoridad del analista se convierte en un modo de coacción, produciendo sentimientos de deuda y de culpa.
De esta manera se invierten las posiciones dialécticas analista-analizante: el analista no favorece su lugar de objeto, poniendo en cambio al analizante en ese lugar. Y esta relación conlleva desgracidamente la inmovilización del análisis.
Freud por el contrario, ya desde sus “Escritos técnicos” había advertido contra la pretensión de abreviar el tratamiento mediante cualquier tipo de recurso técnico. Había dicho que el análisis es un recorrido que requiere de tiempo y no se presta “a la prisa de la vida americana”.
En este sentido podemos leer en E. Jones una carta de Freud a
Una nueva técnica: la neo-catarsis o relajación
De todos modos, el “grano de verdad” del “movimiento” ferencziano reside en que su técnica activa busca impedir una clínica estereotipada, conformista, que se aleje de la apelación y transformación de lo real que está en el núcleo de la clínica.
La técnica activa no arroja los resultados esperados, pero Ferenczi lejos de desanimarse y abandonar su propensión a las innovaciones, inventa una nueva técnica a la que llama de la “neo catarsis” o “relajación”, donde el analista se sigue implicando, pero de otro modo. Ahora rechaza muy decididamente lo que llama “la superioridad infundada” del analista que se basa en una actitud de “hipocresía profesional”.
Ferenczi experimentó muy comprometidamente esa imposibilidad que algunos años después de su muerte, Freud llamará la “imposibilidad de psicoanalizar”, y se sintió llamado a superarla haciendo posible el análisis “a fondo”, es decir totalmente terminado, sin riesgos de retroceso.
Así surge una orientación hacia la “neocatarsis” y técnica de la relajación, con el fin de brindarle al paciente una acogida casi maternal, suave, cariñosa, de preocupación auténtica, “de caridad más que cristiana”. Es evidente aquí como el analista se ve más y más implicado en lo personal, suponiendo que ese tratamiento del paciente sería eficaz para rectificar los efectos de la seducción o maltrato de los adultos de la infancia. Desaparece el analista función para dejar lugar al terapeuta maternal, y el deseo del analista cede su lugar al cuidado y al amor personal.
Este desvío de Ferenczi está en el trasfondo de la supuesta neutralidad del analista posfreudiano, cuestión ásperamente criticada por Lacan en “·La dirección de la cura…” cuando transcribe críticamente la afirmación de uno de ellos: “el analista no cura por lo que dice o hace sino por lo que es”. Es el análisis suspendido del ser del analista.
Seguramente Lacan está pensando en Ferenczi y sus seguidores cuando dice que la bondad, sin duda, es más necesaria aquí que en otros lados, “pero ¿quién cura del mal que la bondad produce? Obviamente, tampoco se trata de ser “malo” para curar, sino de hacer pasar las cosas por otro lado, no se trata de un ser bueno o malo del analista, sino del deseo de analista, que lejos de buscar la unidad narcisista, procura siempre la máxima diferencia.
Con referencia a esta nueva orientación de la técnica, comenta Balint: al principio trató de disminuir la fuerza de sus intervenciones activas; en lugar de órdenes y prohibiciones utilizó consejos o sugerencias; luego dio un paso más, abandonó incluso la forma más suave de intervención activa para concentrar su atención sobre lo que el paciente parece esperar de su analista haciendo su técnica lo suficientemente dúctil para no frustrar inútilmente esta experiencia.
El trasfondo del pensamiento de Ferenczi es que el analista debe ceder cada vez a la demanda de su paciente para evitar toda frustración que actualice el trauma infantil, causado siempre por la confusión entre los deseos (perversos) de los adultos y las necesidades (naturales) del niño. Se obliga así a convertir el análisis en una experiencia de satisfacción correctiva de todas las insatisfacciones infantiles por incomprensión o crueldad del adulto. Si fuere necesario para rectificar los efectos traumáticos, Ferenczi no tiene reparos en acariciar al paciente, incluso en darle un beso. Ese famoso beso de Ferenczi tuvo una historia con Freud y los analistas de entonces, porque la cuestión era si darle el beso o no dárselo. Según Ferenczi, si es necesario, el analista debe estar dispuesto.
Por supuesto que Ferenczi afirmaba que el analista tiene un límite en el acercamiento afectivo y físico al paciente. Realmente disgustado, Freud en su correspondencia le advierte sobre la dificultad de encontrar ese límite, sobre todo cuando se trata de analistas nóveles, impulsivos; le dice, y esto no es ningún chiste, que se empieza por un beso y quién puede decir dónde eso va a terminar. Ferenczi con astucia le responde que para eso él propone el “análisis a fondo” del analista, quien habiendo realizado un análisis completo estaría a salvo de esas tentaciones.
Esta es una de las formas en que Ferenczi introduce la cuestión del análisis didáctico en las sociedades psicoanalíticas. Dice además: Ahora entreveía las razones del fracaso de la técnica activa que indudablemente conducía a una reactivación de las experiencias traumáticas de la infancia en la situación analítica: si yo me comporto como el padre traumatizante supuestamente se comporta, se reactiva en la situación analítica el trauma infantil; pero en algunos casos tal reactivación no era seguida del impulso de repetición porque las condiciones de la situación analítica no eran bastante favorables.
La actividad sigue en juego, pero no como técnica activa del lado del analista, sino como la actividad traumatizante que tuvieron los padres con el niño, y eso es lo que ahora se propone corregir en la repetición transferencial, la cual es propuesta como deseable.
La confusión de lenguas
En esta época ya tardía de las innovaciones de Ferenczi, aparece su artículo “La confusión de lenguas entre los adultos y el niño” que es el texto privilegiado para entender lo que su autor piensa sobre el trauma. Desde su propio título anuncia que en el traumatismo de lo que se trata es de “lenguaje” y que ese traumatismo se debe a los equívocos, “confusiones” entre lenguas: el adulto habla de una manera, pero el niño en su inocencia y en su ignorancia del lenguaje entiende de otra. Recuerdo aquí el caso de una analizante que siendo niña, y luego de asistir a una clase sobre el tema “familia”, le pregunta a la madre sobre las diferencias legales entre la filiación legítima e ilegítima; luego de la explicación de su madre la niña le pregunta: ¿y yo que soy, legítima o ilegítima? a lo que la madre responde “Y… legítima!” La confusión de lenguas se juega aquí claramente pues la niña escucha como respuesta: “ilegítima”, equívoco que arrastra durante toda su infancia con un efecto ciertamente traumático, efecto que no se borra del todo ya que aún adulta, y conciente de su filiación legítima, sigue padeciendo sus consecuencias. Deberíamos agregar que en la interpretación de la niña, y más allá de Ferenczi, no se trata sólo de la propiedad equívoca del lenguaje, sino también de las fantasías inconscientes de la niña.
Se trata siempre del Otro del lenguaje, pero no siempre de palabras pronunciadas. Lo que Ferenczi acentúa en la confusión de lenguas es la desproporción que existe entre el erotismo del adulto y la inocencia del niño. El erotismo pasional recae sobre un niño inocente que no está en condiciones de situarse frente a eso; la confusión de lenguas consiste en este encuentro fuera de toda simetría, equívoco irreductible entre las necesidades del niño y la acción del adulto, quien suponiendo complacer al niño con su amor, lo que hace en verdad es introducir traumáticamente sus propias necesidades eróticas en él. Ferenczi, desde el momento que caracteriza al niño por su inocencia, se pone totalmente de su lado y habla del adulto como de un Otro engañador y perverso. Hace suya y verdadera la fantasía histérica (proton pseudos) que no logró engañar a Freud.
De esta manera, si el análisis es una experiencia correctiva, el fin del análisis se transforma en una reparación. El analista debe reparar en la transferencia el trauma infantil, tomado como real, trocándolo en una experiencia de amor sin “confusiones”. M. Klein, que elevará el término “reparación” al estatuto de un importante concepto, dice: A diferencia de Freud para Ferenczi la sexualidad infantil difiere radicalmente de la del adulto; es una sexualidad calma, tierna, carente de meta, en cierto modo desinteresada, exenta de tensión y resolución, hecha de amor y abandono; lejos estamos de las descripciones freudianas del sadismo nativo de las pulsiones; el adulto confrontado con la sexualidad infantil, seductor-seducido, o torpe censor cambia brutalmente su significación (aquí está la confusión de lenguas) interpretándola apoyado en un malentendido según las características de su propia pulsión. La sexualidad adulta cargada de pasión y violencia hace entonces una dramática intrusión en el verde paraíso de la infancia. Ferenczi vuelve a encontrar la queja del niño en los insistentes reproches y reclamos de sus pacientes.
La confusión es a dos puntas por cierto, también el niño puede enviar mensajes equívocos al adulto quien confundirá una demanda inocente con una propuesta sexual o un intento de seducción hacia él.
Ferenczi, al concentrarse con los reclamos y las quejas de sus pacientes, entiende que se trata de las demandas que el niño no tuvo palabras para dirigir a los adultos y se empeña entonces en corregir ofreciendo su propia persona y su amor.
En el mencionado artículo dice: Los padres, y en general los adultos, pueden ir muy lejos en su pasión erótica por los niños, y es posible que el niño, en su inocencia, se preste a satisfacerla. Por otra parte, al adulto le es muy fácil racionalizar el goce inconsciente que se pone en acto en sus conductas hacia el niño: En este momento siento la tentación de atribuir junto al complejo de Edipo de los niños, una enorme importancia a la tendencia incestuosa de los adultos rechazada bajo la máscara de la ternura.
De la clínica a la estructura
Más allá de la experiencia clínica, es decir volviendo al plano de la estructura, ¿cuál es el hallazgo de Ferenczi? Él se encuentra con la acción del Otro perverso, seductor, fantasía histérica universal, cuya verdad remite a la necesidad del sujeto de ser “pegado” por el Otro, es decir golpeado (knocked) por el significante fálico del Padre para constituirse como sujeto. No habiendo objeto natural del instinto, la sexualidad se constituye como perversa; se trata del niño “perverso polimorfo” de Freud “pulsionado” desde la intromisión del deseo del Otro en ese organismo devenido cuerpo. Luego, en un tiempo más lógico que cronológico, deberá operar la función paterna para que esa organización perversa del niño pueda unirse a la ley constituyente del deseo.
Ferenczi imagina un niño cándido, que se desarrollaría felizmente y que llegaría por maduración psicosexual a una genitalidad normal, si no tuviera la mala suerte de tener padres o maestros perversos que lo seducen y castigan alternativamente. Eso que Ferenczi imagina como una desgracia contingente es la regla misma de la estructura constituyente, es lo irreductible.
Si el niño es efectivamente traumatizado, no lo es en los términos imaginarios que él supone y que Freud ya había enfrentado. Lo que el analizante narra es la reducción fantasmática que el sujeto hace de una estructura inconsciente que le es inaccesible. Ese trauma que Ferenczi considera como un accidente neurotizante, es lo que arranca al niño de su condición de animal y lo convierte en humano.
El adulto, sometido también a la ley del lenguaje no puede sino ser un Otro engañador, en la medida que es el lenguaje –por no contar con el significante último de la verdad– y no él, quien engaña. La sexualidad que el niño recibe del adulto es una “pere-versión”, una versión del padre, necesariamente perversa; de ningún modo, ni siquiera idealmente, podría tratarse de una sexualidad “natural” sin goce ni culpabilidad, utopía para sexólogos.
El análisis mutuo
Con respecto al ser del analista Ferenczi nos dice: Gran parte de la crítica rechazada (o sea lo que rechazan los otros analistas de sus críticas sobre la práctica) se refiere a lo que podríamos llamar la hipocresía profesional; acogemos cortésmente al paciente cuando entra, le pedimos que nos comunique sus asociaciones y le prometemos escucharlo atentamente y consagrar todo nuestro empeño a su bienestar y al trabajo de aclarar su estado; en realidad puede ocurrir que algunos rasgos internos o externos del paciente nos sean difícilmente soportables o incluso que sintamos que la sesión de análisis nos aporta una perturbación desagradable o una preocupación profesional más importante, o un problema íntimo; aquí no veo otra salida que tomar consciencia de nuestro propio problema y comentarlo con el paciente admitiéndolo no sólo como posibilidad sino como hecho real. He de insistir que esta renuncia a la hipocresía profesional considerada hasta ahora como inevitable, en lugar de herir al paciente le aporta un notable consuelo. La situación analítica, esa fría reserva, la hipocresía profesional y la antipatía respecto al paciente que se oculta tras ella y que el enfermo capta con todo su ser, no difiere demasiado de las cosas que anteriormente, es decir en la infancia, le hicieron enfermar.
Cuando Ferenczi dice no ver otra salida que comunicar al paciente las fallas propias del analista, insinúa ya lo que será una de sus propuestas finales; el “análisis mutuo”; y donde sostiene que el paciente “capta con todo su ser”, vemos en germen lo que practicará luego como análisis por telepatía.
Un momento importante del “análisis mutuo” es el de la “confesión contratransferencial” como lo denomina Lacan en “La dirección de la cura…” y que consiste en hacerle saber al paciente no sólo todo lo que él produce en el analista en el nivel afectivo, sino también confesarle los errores que comete en la dirección de la cura y las rectificaciones que está dispuesto a hacer. Con esto entiende desalojar el obstáculo transferencial que representa la “hipocresía profesional”.
Para Ferenczi, la necesidad de la confesión transferencial radica en que de todos modos el paciente “sabe” de los verdaderos sentimientos del analista, aún si este no los comparte. Como resultado de estas percepciones tan efusivas, terminará hablando en el “Diario Clínico” de ciertos análisis realizados telepáticamente.
Retorna así una vieja pasión oscurantista, compartida ciertamente con Freud, por el ocultismo y la telepatía. Si bien es cierto que Freud visitaba con Ferenczi a brujas y telépatas en los primeros años de relación (
En una carta escrita desde la cama el 4 de mayo de 1932, un año antes de morir, Ferenczi asevera que una de sus pacientes americanas, residente en los Estados Unidos y a quien solía dedicar cuatro o cinco horas diarias, le había analizado a él y curado de todos sus trastornos recibiendo mensajes a través del atlántico. Para ese entonces, y según lo informado por Ernest Jones (aunque desmentido por quienes lo acompañaron hasta el final, entre ellos M. Balint), Ferenczi padecía de una grave psicosis que había hecho rápidos progresos en pocos meses.
En realidad falleció de un complejo cuadro de anemia (enfermedad de Bernier).
Para entender un poco más el “psicoanálisis” de Ferenczi en esta etapa final, hay que tener en cuenta su transferencia con Freud y lo no analizado en su análisis. En la transferencia con Freud, Ferenczi pretende encontrar a un padre ideal, tan ideal que se transmuta en madre, y cree que Freud debe prestarse a ocupar ese lugar para ayudarlo en su curación.
Luego, en su relación con los pacientes opera identificado con esa madre-analista ideal. Se propone así restituir un vínculo del que el paciente ha carecido en la infancia, de la misma manera que él en su análisis con Freud.
A sus quejas, sus demandas, sus reproches de no haber sido amado suficientemente, ni analizado a fondo por no haberse tocado la transferencia negativa, Freud responde no advirtió trazos de ella en su análisis, que si existió. Ferenczi se guardó muy bien de expresarla.
Lo importante es que Ferenczi no parece haber realizado en el análisis la experiencia de la castración pues mucho tiempo después sigue insistiendo en el ideal de un Otro no castrado, padre fálico absoluto, equivalente a la madre fálica de los primeros momentos del Edipo.
En mi caso sufrí una crisis sanguínea en el mismo momento de comprender que no sólo no puedo contar con la protección de una potencia superior sino que por el contrario soy pateado por esa misma potencia indiferente apenas tomo mi propio camino y no el suyo. La comprensión a la que llegué tras la experiencia es que sólo fui valiente y productivo mientras me apoyé en esa potencia y que por lo tanto nunca he sido adulto; rendimiento científico, matrimonio, lucha y peleas muy fuertes, todo eso fue posible bajo la protección nada más de la idea de que puedo contar en cualquier circunstancia con este sustituto del padre.
No sería extraño que Ferenczi haya querido con sus innovaciones técnicas halagar a Freud mostrándole su pasión por el psicoanálisis, pero al mismo tiempo, y en la medida en que diferían tanto en los enfoques clínicos, lo que funcionaba ahí era una destitución del padre, una rivalidad con él. No se trataba entonces de “ir más lejos que el padre” (que según Freud es la condición del éxito), sino de “superar al padre” (que también de acuerdo a Freud es siempre prohibido y acarrea la culpa y el fracaso). Ferenczi se rebelaba contra un sometimiento que estaba en el propio goce de su fantasía.
Es ciertamente una “restitución” esa suplencia paradójica por la cual en sus propios pacientes termina encontrando a ese Otro no castrado que sabe telepáticamente de él, y por lo tanto puede analizarlo a distancia. Se invierten así los lugares: el analista devenido en paciente de su paciente.
Sucede entonces algo equivalente a lo que dicen Freud del niño pequeño frente a sus padres cuando cree que ellos adivinan sus pensamientos. Si ese fenómeno es posible se debe a que en el inconsciente del niño aún no se ha inscripto la operación de la castración en el Otro.
Desearle lo mejor
Las últimas preocupación de Freud con respecto a Ferenczi se reflejan en esta comunicación a los analistas: “… ¿no es Ferenczi un verdadero motivo de tribulación? una vez más estamos sin noticias de él desde hace meses. Se siente ofendido porque uno no está encantado de saber que está realizando el juego de madre e hijo con sus pacientes femeninos”.
Vemos claramente que para Freud, los inventos de Ferenczi lejos de ser un progreso en la escala de los recursos analíticos, eran motivo de intranquilidad y desacuerdo.
En una de las últimas cartas a Ferenczi le dice: durante dos años Usted ha estado alejándose sistemáticamente de mí y probablemente ha incubado una animosidad personal que va más allá de lo que fue capaz de expresar. Cualquiera de aquellos que fueron mis discípulos y luego se apartaron podrían tener más motivos que usted de hacerme cualquier reproche; esto no me produce un efecto traumático, me siento acostumbrado y preparado para hechos como este, yo podría muy bien señalar en forma objetiva los errores técnicos implícitos en sus construcciones, pero ¿para qué lo voy a hacer?, estoy seguro que usted se mostraría inaccesible a toda duda de modo que ya no queda otra cosa que desearle lo mejor.
No tenemos motivos, como parece tenerlos E. Jones, para pensar que Ferenczi estaba psicótico, pero sí para darnos cuenta que pagó muy caro haber sido quien llamó la atención sobre la importancia de lo real en el análisis. En este sentido fue casi un precursor, pero terminó siendo devorado por su propio descubrimiento.
La ambición de hacer posible lo imposible lo llevó a situarse por fuera de los límites del lenguaje y de la ley del Padre.
Bibliografía
Balint M., “Prefacio”, en Ferenczi S. Obras Completas, Espasa Calpe, Madrid, 1981
Ferenczi S., Diario Clínico, Conjetural, Bs. As., 1988
Ferenczi S., Obras Completas (4 tomos), Espasa Calpe, Madrid, 1981
Freud S. “Análisis terminable e Interminable”, “La terapia psicoanalítica”, “Psicoanálisis y telepatía”, “Sueños y ocultismo”, “Escritos técnicos” en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968
Jones E., Vida y obra de Sigmund Freud (3 tomos), Ed. Nova, Bs. As., 1960
Lacan J. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos, Siglo XXI,
México, 1971
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