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Violencia, crueldad, individualismo: una clínica para el fin de época

26/07/2025- Por Verónica Cardozo y Jésica Ramírez - Realizar Consulta

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En tiempos donde los discursos dominantes producen subjetividades marcadas por la crueldad, la desmentida y la pérdida del lazo, sostenemos que el psicoanálisis no puede practicar la indiferencia ni volverse un engranaje más del aparato normalizador. Frente a un corrimiento de la subjetividad neurótica hacia formas desprendidas de lazo al otro, desubjetivantes en el sentido de la nuda vida, el psicoanálisis puede ofrecer otra política: una política del sujeto dividido, del lazo y del deseo. Se trata, en definitiva, de recuperar el honor político del psicoanálisis, su potencia ética y crítica frente a las violencias de época.

 

                    

                     El grito 3. Óleo de Oswaldo Guayasamín, (1983)*

 

                                                             

 

“… la crueldad es un rasgo exclusivo de la especie humana, es una violencia organizada para hacer padecer a otros sin conmoverse o con complacencia. ¿La complacencia de no conmoverse? (…) es un modo de violencia que se despliega para anular cualquier modo de alteridad, es la acción de derrotar la alteridad. No es solo la destrucción de los otros y de lo otro de los otros, sino también la destrucción del otro/Otro en cada sujeto, es decir, de sí mismo también.”

                                                           Ana Berezín 

 

“La deshumanización surge en el límite de la vida discursiva ‒límites establecidos por medio de prohibiciones y represiones‒. Lo que está funcionando aquí es menos un discurso deshumanizante que un rechazo del discurso cuyo resultado es la deshumanización.”

                                                           Judith Butler

 

                                                         

  Desde hace ya un tiempo venimos insistiendo en que no se puede practicar el psicoanálisis sin interrogar sus coordenadas históricas, políticas y sociales. No se trata de agregar un “contexto” a la clínica como decorado secundario, sino de reconocer que el sujeto del inconsciente no está al margen del discurso que lo produce. La época habla, y con ella también hablan los cuerpos, los síntomas, los silencios.

 

  En las últimas décadas, los cambios históricos y culturales impulsados por el neoliberalismo, el capitalismo financiero, el patriarcado globalizado y el ascenso de las derechas neofascistas han transformado no solo los modos de organización social, sino también las formas de subjetivación. Lejos de tratarse únicamente de una mutación ideológica o económica, asistimos a una reformulación profunda del lazo social y del modo en que los sujetos se constituyen, se relacionan con el otro, con el deseo, con la ley y con el goce.

 

  Hoy asistimos a un nuevo régimen de producción de subjetividad en el que los discursos de odio, la persecución moralizante y la invocación a un orden sexual “natural” operan como tecnologías de disciplinamiento. La noción de “ideología de género” se ha vuelto un significante vacío que permite condensar en el enemigo todo intento de transformación social, afectiva o política. Pero ese rechazo al género no es ingenuo: apunta a reinstalar un modelo de familia heterosexual, patriarcal y autoritaria como único marco legítimo de existencia.

 

  Desde allí se despliega una pedagogía de la crueldad que vuelve a patologizar las disidencias, medicaliza la diferencia y reactualiza el control sobre los cuerpos, en especial los cuerpos feminizados y racializados. El psicoanálisis no puede permanecer indiferente ante estos procesos, porque en ellos se juega no solo el destino del lazo social, sino la posibilidad misma de sostener una clínica que no abdique del sujeto ni renuncie a su potencia política.

 

  Consideramos necesario entonces pensar las formas contemporáneas de subjetivación desde una pregunta urgente: ¿qué subjetividades están siendo promovidas, organizadas y normalizadas por el discurso neoliberal, patriarcal, capitalista y neofascista?

 

  La subjetividad neurótica, con su conflicto interno, su división y su constante pregunta, fue a partir de Freud, considerada el paradigma de la normalidad en la modernidad. Esta forma de subjetividad, capaz de atravesar el sufrimiento, la culpa y la elaboración simbólica, ha sido históricamente la base para entender al sujeto moderno. Una base atravesada por la subjetivación cristiana, del sufrimiento religioso pero que no obstante se basa en fundamentos morales y éticos.

 

  Sin embargo, en las últimas décadas, hemos observado una mutación en los modos de existencia que conforman el lazo social y la noción misma de sujeto.

Lejos de tratarse de una epidemia de estructuras perversas, lo que emerge es una transformación en la que predominan formas subjetivas más cercanas a la insensibilidad, al cinismo, caracterizadas por la negación o indiferencia ante el sufrimiento del otro.

 

  Estas nuevas configuraciones se manifiestan en figuras clínicas y sociales marcadas por la crueldad, el rechazo del lazo y una fascinación creciente por un “goce” individualista, que se erige como único principio organizador de la experiencia. Goce que no obstante no es estrictamente individual sino agenciado por los ofrecimientos del neoliberalismo, hete aquí la paradoja de la supuesta individualidad actual. Si la modernidad se caracterizó por la aparición del “Yo”, este yo capitalista es el yo del consumo y del espejismo de la autodeterminación en el deseo.

 

  En este contexto, desde nuestro campo psicoanalítico hace tiempo se vienen confrontando al menos dos posiciones teóricas, cuyas consecuencias clínicas son claramente distintas.

 

  Por un lado, existe una posición que sostiene la inexistencia del Otro, lo que ‒desde nuestra perspectiva‒ conduce a ceder ante una época en la que todo se reduce al goce individual, la indiferencia por el lazo, la crueldad del Uno, y el sujeto reducido a función de goce, sin relación simbólica al Otro, entre otros efectos.

 

  Por otro lado, hay una posición que afirma que “el Otro existe”, y que consideramos permite sostener una orientación política y clínica diferente: aquella que habilita una práctica en la que todavía es posible leer el malestar, el síntoma y el deseo como deseo del Otro, y no solo administrar modos de goce como dirección de la cura.

 

  Pensar el “fin de época” desde el psicoanálisis entonces, no implica aceptar el colapso de la estructura ‒la caída del Nombre del Padre o la inexistencia del Otro‒ sino situar los modos en que el discurso dominante afecta las condiciones de posibilidad del lazo, del deseo y del síntoma. Apostamos por un psicoanálisis que no renuncia al sujeto, sino que lo reafirma como división, como hiancia, en inmixión de otredad.

 

  La clínica no puede quedar atrapada entre la nostalgia por la neurosis edípica propia de un familiarismo, ni en la fascinación por las repetidas hasta el cansancio “nuevas formas de goce”. Debe generar las condiciones para que el sujeto ‒en su particularidad‒ pueda, siguiendo a Agamben, resistir a los dispositivos de desubjetivación y construir una posición ética frente al otro, al Otro (el Otro que sí existe, aunque no en su completud). Una clínica que desafíe las lógicas de producción de subjetividad propias del neoliberalismo, el individualismo, el capitalismo y el patriarcado.

 

  Desde esta lectura crítica, retomando autores como Ana María Fernández, Judith Butler, Alfredo Eidelsztein, Suely Rolnik, Rita Segato, Silvia Bleichmar, Jorge Alemán y otrxs ‒con sus matices‒ planteamos que el sufrimiento contemporáneo no puede reducirse a un resto clínico individual, sino que debe leerse como efecto de tecnologías de poder que regulan, administran y modelan las formas de vida.

 

  Frente a esto, sostener que el Otro existe ‒nuevamente, aunque no en su completud‒ es un acto político. Porque implica afirmar que hay estructura, que hay inconsciente, que hay síntoma. Que aún en una época en la que el discurso dominante promueve formas de existencia cerradas al conflicto y al lazo, es posible ‒si hay lectura‒ localizar en el malestar una vía hacia la división, el intervalo desde donde el sujeto adquiere existencia, el deseo y el síntoma. No todo se reduce a funciones de goce ni a identificaciones adaptativas.

 

  Como bien lo recoge Alfredo Eidelsztein de Foucault, el psicoanálisis tiene un honor político: no ser herramienta de normalización, sino práctica subversiva frente a la biopolítica. Subversiva no en un sentido romántico o militante, sino lógico: no busca adaptar al sujeto al sistema de normas (productividad, felicidad, identidad, éxito), sino abrir la posibilidad de una invención subjetiva que desafíe esas formas de captura.

 

  Porque allí donde el discurso dominante produce sujetos sin división, sin conflicto, sin lazo, sin historia, sin otro, el psicoanálisis puede aún sostener la dimensión del deseo, del síntoma, del equívoco, de la diferencia.

 

  Silvia Bleichmar solía decirnos que un sujeto ético era “alguien capaz de identificarse con el sufrimiento del otro”. Esa es la brújula que nos orienta. Apostamos a una práctica que no se rinda ante la época, que no renuncie al sujeto y que mantenga viva la potencia ética del lazo, del amor, del cuidado y de la palabra.

 

 

Bibliografía

 

Agamben, G. Qué es un dispositivo - 1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2014

Aleman, J. (2025). Ultraderechas. Notas sobre la nueva deriva neoliberal. Ned.

Bleichmar, S. (2007). La construcción del sujeto ético. Paidós.

Butler, J. (2006). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (6a ed.). Paidós.

Eidelsztein, A. (2015). “El honor político del psicoanálisis”.  Recuperado de: https://elreyestadesnudo.com.ar/wp-content/uploads/2023/06/4-El-honor-politico-del-psicoanalisis.pdf

Eidelsztein, A. (2018). El origen del sujeto en psicoanálisis (1a ed.). Letra Viva.

Eidelsztein, A. (2022). No hay sustancia corporal (1a ed.). Letra Viva.

Eidelsztein, A. (2024). “El psicoanálisis en el/su mundo” [Serie de conferencias]. Canal de YouTube de Alfredo Eidelsztein.

Fernández, A. M. (2004). Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas (1a ed.). Editorial Biblos.

Fernández, A. M. (2012). Las lógicas sexuales: Amor, política y violencias (1a ed.). Editorial Paidós.

Fernández, A. M. (2015). Jóvenes de vidas grises (1a ed.). Editorial Prometeo.

Fernández, A. M. (2017). La mujer de la ilusión (1a ed.). Editorial Prometeo.

Foucault, M. (2004). Historia de la sexualidad, volumen 1: “La voluntad de saber” (4a ed.). Siglo XXI Editores.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (1a ed.). Herder Editorial.

Rolnik, S. (2018). Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente (1a ed.). Tinta Limón.

Segato, R. L. (2013). Contrapedagogías de la crueldad (1a ed.). Prometeo Libros.

 

 

Arte*: Óleo sobre tabla 130 x 90 cm. Fundación Guayasamín.

Oswaldo (1919 – 1999). Pintor expresionista, dibujante, muralista y escultor ecuatoriano. Uno de los principales exponentes del arte continental en el siglo XX.

Manos expresivas, miradas tristes y angustiadas, desesperación de personajes anónimos. Trazos intensos de la marea social. www.guayasamin.org/

 

 

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