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Wabi-sabi y psicoanálisis o todos esposados

16/11/2024- Por Liliana Kancepolski - Realizar Consulta

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En este artículo, basándose en las enseñanzas del languidecer, de la libertad personal absoluta y de la heterodoxia, de la conexión con el ser de la cosa y no solo con su apariencia, propias del budismo zen japonés, las nociones de madre suficientemente buena y devota de Winnicott, puntualizaciones de otros psicoanalistas, como Lacan, para el concepto de “falta”, Ferenczi (para la idea del aquí y ahora), Spitz (contra las nociones positivistas de apego de Bowlby), la autora propone que tanto madres como analistas nos apeemos del potro de la inquisición al que nos tienen sujetas a todas, y nos sumerjamos en la tarea que nos es inherente, para poder proceder de la forma más coherente, intuitiva y bondadosa, contra toda restricción, oráculo o norma.

 

                                        “Pulsera” de Liliana Kancepolski (Madrid, 2010)

 

 

  “El potro o ecúleo era un instrumento y un método de tortura empleado especialmente por la Inquisición española [pero no solo], en el que el acusado era atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno (el potro). Al girar, el torno tiraba de las extremidades en sentidos diferentes, usualmente dislocándolas pero también pudiendo llegar a desmembrar.También de acuerdo con la Wikipedia[1] se pretendía que por medio de estos sistemas, “el reo confesara sin que se le dijera qué supuesto delito había cometido.”

 

  Y esto es exactamente lo que nos está ocurriendo a todos los vecinos de mi pueblo, el planeta Tierra, en estos momentos, pero en realidad ocurre desde hace ya mucho tiempo aunque no nos pudiéramos dar cuenta.

 

  Todos estamos en el potro. El potro es uno solo y lo maneja un único inquisidor, el sistema mundo, que se hace pasar por bandos contrarios: de este lado los buenos y de este otro lado, los malos.

 

  Y tiran y tiran, y nosotros vamos y votamos, confesamos: les indicamos: tiren hacia este lado o tiren hacia el otro lado.

 

  El resultado no cambia en función de la papeleta que metamos en las urnas porque la dicotomía de la que nos hablaban, no existe. Es como en el juego del policía malo y el policía bueno. Al final, seremos esposados porque el objetivo y el discurso es solo uno. Esposarnos.

 

 

Mujō

 

  Cuenta Leire Unzaga Bustos[2], que según un monje del templo Daitoku-ji en Kioto, la apreciación de lo natural, de lo humilde y de lo rústico, de lo perecedero, de lo simple e imperfecto, nació en el Japón cuando unos monjes budistas que debían entretener a las gentes, al carecer de financiación, comenzaron a encontrar belleza en lo que tenían a mano. Un ramillete de flores silvestres o un montón de hojas marchitas. Piedras. Una rama caída. Los nudos de una madera vieja. Una grieta.

 

  “La asimetría, la incompletitud, la imperfección, la deformidad y la sencillez cruda (…) se volvieron (…) algo altamente valorado como propiedades estéticas”.

 

  Mujō es el principio budista de impermanencia y flujo constante propios de la naturaleza, y Wabi-sabi es el término que hace referencia a la cualidad estética que entraña.

 

  Este principio no tiene nada que ver como vemos, con el ser para la muerte que propone Heidegger ni con la idea de que nuestra sociedad es líquida, según propusiera Baumann, otorgándoles ambos, uno a la idea de impermanenecia y el otro al fluir constante propio de la naturaleza, una connotación negativa o destructiva, tal como malentienden los que se autoproclaman existencialistas o muchos que dicen seguir las ideas budistas.

 

 

Wabi-sabi

 

  La palabra wabi proviene del verbo wabu, que significa languidecer, y el adjetivo wabishii, se usaba para describir sentimientos de soledad, desamparo, y miseria. “Wabi significa la falta… [3], el hecho de que las cosas funcionen… en contra de nuestros deseos, estar frustrado en nuestros deseos”. Es decir, no se trata únicamente de observar la apariencia externa de la cosa, sino de captar el ser de la cosa, lo que le es inherente, “lo propio de cada uno”,[4] lo que la cosa representa.

 

  Y lo captamos cuando entran en juego nuestras emociones y cuando tomamos conciencia de que su esencia no difiere de la nuestra. Wabi representa el ideal del monje Zen que ha trascendido el mundo físico y ha encontrado la paz y la armonía en lo simple. Su connotación no es negativa.

 

  La palabra sabi se usaba originalmente en un sentido muy similar para referirse al sentimiento de desolación, soledad y finiquitud, estrechamente relacionado con la visión budista de la transitoriedad de la vida, es decir, mujō. La idea de que nada es permanente y de que todos los seres deben perecer es lo que produce el sentimiento de desolación inconsolable que representa el sabi.

 

  “Si un objeto o expresión produce en nosotros una sensación de melancolía serena y anhelo espiritual, entonces puede decirse que ese objeto es wabi-sabi.” Lo que se persigue es que todo producto de la manipulación o del ejercicio humano se imbrique con su entorno natural como si fueran uno. El artefacto o la disposición de los artefactos deben responder a la aleatoriedad y la imperfección propias de lo que es natural.

 

  De acuerdo con Leire Unzaga Bustos, estaríamos hablando de una belleza que no es obvia. La estética wabi-sabi es inefable, potente, profunda y sutil. Representa un puente entre lo material y lo espiritual.

 

 

Psicoanálisis, Winnicott y la éstética wabi-sabi de la libertad personal, del respeto y el reconocimiento mutuo

 

  Cuando Winnicott[5] habla de madre suficientemente buena y devota respecto del vínculo que establece con el niño, se refiere seguramente, a la actitud del monje Zen para quien “cualquier tarea se vuelve un ejercicio espiritual en el que debe sumergirse por completo; se absorbe en la actividad, en lugar de en la comprensión de la actividad.”

 

  Este estado mental de inmersión total (mushin), “permite al cuerpo y a la mente trabajar de forma libre, natural y desinhibida.” Hay una conexión entre la espontaneidad “y el estado de iluminación con el cual se percibe el mundo”, “intuitivamente, sin nociones preconcebidas.”

 

  Desde que Bowlby hablase de la necesidad de apego y desde de que el budismo se extendiera y los occidentales propusieran supuestamente lo opuesto, la necesidad perentoria de no sentir apego por las personas ni por las cosas, la palabra “apego” ha cobrado un significado erróneo.

 

  En primer lugar, como explica Spitz[6], en relación a las personas, al vínculo madre-hijo, por ejemplo, hablamos de amor y no de apego. Apegarse, significa pegarse, quedar pegado a, fijado a. Deriva del latín ad, hacia, y de picare, pegar, untar con pez.

 

  La libertad de apego, según la filosofía Zen japonesa, significa liberarse de hábitos, de convenciones, de costumbres, de fórmulas, de reglas, de no permanecer atado a las cosas (no em-pecinarse ‒también derivado de picare‒, con las cosas). Esto supone liberarse de restricciones en el pensar y en la acción. No adherirse a reglas basadas en la razón o del lenguaje, “y se manifiesta en un uso heterodoxo de las palabras y las normas del lenguaje.”

 

  No es de extrañar que Winnicott hablase de la necesidad de emplear el propio lenguaje (ver la carta que le envía a Melanie Klein en la que entre otras cosas, le manifiesta su malestar por el hecho de que Klein pretende que todos se expresen usando la terminología que ella establece para describir o definir las cosas)[7], y llama mucho la atención el hecho de que los discípulos de Lacan, en general, no logren expresarse prácticamente nunca sin copiar/pegar las expresiones, las formas sintácticas y el vocabulario, los puntos y las comas que usara Lacan en sus Seminarios.    

 

  Esto mismo que se espera de la madre, se espera del analista. Tanto la madre como el analista deben ser capaces de funcionar como lo hace un monje Zen del Japón.

No pueden existir en el análisis (ni en la maternidad) restricciones al pensamiento ni a la acción. El analista y la madre deben guiarse por la intuición espontáneamente, y no por preconceptos o normas autoimpuestas por alguna clase arbitraria de razonamiento u oráculo.[8]

 

  Debe haber unidad mente-cuerpo. Debe poder tenderse un puente entre lo material y lo espiritual, entre el tú y el yo desde la humildad, la tranquilidad y la libertad respecto de cualquier directriz ajena a la relación única y personal que se establece en el aquí y el ahora entre estos dos sujetos.[9]

 

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Potro_(instrumento_de_tortura)

[2] Unzaga, L. “Wabi sabi. La estética de lo evanescente”.  https://oa.upm.es/51509/1/TFG_Unzaga_Bustos_Leireop.pdf

[3] Este es el significado de la falta de la que habla Lacan.

[4] Kancepolski, L. S(w)e. “Los que es propio de uno mismo”. https://drive.proton.me/urls/5ZTK0Q3X90#yKaZ2FvxMRjY

[5] Winnicott, D. Obras Completas https://ouricult.files.wordpress.com/2012/06/donald-winnicott-obras-completas.pdf

[6] Kancepolski, L. “Winnicott a Klein”.  https://www.academia.edu/111207731/Winnicott_a_Klein

[7] Kancepolski, L. “Mi analizando es mi analista”

Mis apuntes al artículo “DISCUSSION OF DR. BOWLBY'S PAPER, RENE A. SPITZ, M.D. (Denver)”.https://drive.proton.me/urls/YS6MG5YCYR#MQfm3FUCD3Qt

[8] Kancepolski, L. “Complejo de Edipo. Re-interpretación”.  https://drive.proton.me/urls/S8YXMY22S0#8m27fGU8tb3d

[9] Es Ferenzci el primero en entender la necesidad de centrarse en el aquí y el ahora (no puedo citar el escrito en el que lo propone porque no recuerdo en cuál de sus escritos lo leí). Luego Fritz Perls se encarga de recoger subrepticiamente el guante y proponer esta frase como slogan de su Escuela.

 


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