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Lo posible en una práctica institucional20/10/2016- Por Paola Sánchez - Realizar Consulta
Paola Sánchez nos ofrece su experiencia institucional con jóvenes en Centros Socio- educativos. La tarea, que se enmarca en un cambio de paradigma en el trabajo en contextos de encierro, supone dar batalla a la naturalización de sentidos comunes y prejuicios culpabilizadores. Sin adultos no hay infancia. Entonces, es preciso hacer existir la cultura, contar con lazos donde sujetarse. Ser parte de una comunidad, requiere salir, cada quien, de su propio encierro.
"El agotamiento": Dibujo de Cecilia García Jurado (2016)
Poder contar una experiencia supone un tiempo y un espacio, también cierta distancia que lo permita. Me propongo narrar algo de la experiencia institucional que tuve la posibilidad de transitar en el período 2006-2010 en Centros Socio-educativos -antes llamados Institutos de Menores- para jóvenes bajo la órbita penal. No es posible pensar ésta práctica sino como un dispositivo inmerso en ideas naturalizadas a cerca de la juventud, la niñez, el delito, la pobreza. Daremos un pequeño rodeo a algunos de éstos sentidos que nos delimitan y atraviesan no sólo en ese contexto específico sino también en el pensar y decir social, discursos en los que estamos inmersos y que se repiten de generación en generación sin formular ninguna pregunta o cuestionamiento al respecto…
1) “Los chicos que roban entran por una puerta y salen por la otra”,
2) “mano dura y vas a ver como se termina la delincuencia”,
3) “El problema acá son los derechos humanos, ¿y dónde están los derechos humanos de los que no roban”?
4) “Yo los mando a trabajar al Sur diez años y se curan”
5) “El problema acá es la vagancia, nadie quiere trabajar”
6) “demasiado garantismo”
7) “esos chicos ya no tienen cura”
8) “Los institutos son escuelas de la delincuencia…”
9) “Hay que bajar la edad de imputabilidad y esto se termina”…
10) “La culpa de todo la tiene la droga”…
y así continúa la interminable lista de afirmaciones que paralizan y objetivan los hechos sin pensar, ni mucho menos generar un más allá.
La mayoría de las veces se llega a la rápida conclusión de que hay un problema de educación, ¿pero de quiénes? Cabe preguntarse entonces a cerca del rol de la educación, no solo la de “los diferentes”, la de los vulnerables sino de la propia, que también actúa y define pautas en esa relación social entre unos y otros.
Relatar algunas experiencias educativas con niños y jóvenes institucionalizados
Un equipo de trabajo conformado por gente proveniente de distintas disciplinas, nos dimos la posibilidad de averiguar cuál es el actual tratamiento desde el mismo con niños y jóvenes. Accedimos a una órbita Pública que tiene a cargo una gran franja de la Niñez y Adolescencia en conflicto con la Ley penal en situación de vulnerabilidad en vías de algún grado de inclusión que permita un acceso mayoritario a los derechos y a la ciudadanía, que con sus complejidades y contradicciones se propuso una intervención diferente en la gestión de derechos en materia de niñez y juventud. Estar privado de la libertad no es estar privado de los derechos fundamentales, derechos que no se someten a discusión, y entendemos por éstos a la educación, ser escuchado, la salud, el juego, como así también lo singular de cada uno.
En el año 2003 comenzamos a trabajar en un proyecto piloto que nos acercara al ámbito de instituciones cerradas desde una propuesta de Talleres literarios dictados por docentes de distintas asignaturas como: Matemática, Lengua, Ciencias Sociales, Naturales y Filosofía. Cada relato que llevábamos, tenía en un momento de la historia, algún contenido de la asignatura mencionada según el docente que lo contaba. Y la consigna final era que una vez terminado el cuento, los chicos escribieran un cuento, historia, relato, o poesía que contuviera alguno de los contenidos del cuento relatado. Por lo tanto se producía una reelaboración de lo ya oído pero vehiculizado a través de un nuevo relato a creación de cada participante. Estos talleres los dictamos en la Comunidad terapéutica Isla Silvia (Tigre), y en los Institutos Inchausti (actualmente CAD), San Martín, Belgrano y Agote de ésta Ciudad, todos dependientes de la Secretaría Nacional de Niñez Adolescencia y Familia. Una vez finalizado éste ciclo que duraba 4 meses aproximadamente, editábamos un libro con todos los relatos de cada joven, libro que presentábamos a toda la comunidad institucional y a las familias de los chicos participantes. Esta experiencia nos permitió observar, y vivenciar los vaivenes de la vida institucional, las dificultades de los chicos en torno a poder o no poder acceder a la escritura y concretamente a la palabra, más allá de la educación formal que hasta ese momento se encontraba vacante dentro de ese ámbito. Qué hacer con los jóvenes que delinquen ha sido desde siempre un tema de difícil resolución. Sobre todo porque paradójicamente desde las posiciones más progresistas a veces se recae en cierta eximición o justificación de responsabilidad en tanto acto del cuál implicarse, como lo señala Marta Gerez Ambertín “si el sujeto no reconoce y se hace cargo de su falta será difícil que pueda otorgar significación a alguna a las penas que se le imponen y, por lo tanto, a las consecuencias de su acto delictivo; pero si asume en su discurso cuál es el lugar que le cabe en el banquillo de los acusados, es posible que asuma responsablemente sus faltas y se reintegre, purgando sus culpas, a la sociedad que lo sentenció; si, en cambio, expulsa de su discurso cualquier implicación subjetiva, deja la punición a cargo del juez y los aparatos sociales se potenciará su acto criminal pues ha quedado ajeno a su acto, “enajenado” del mismo, desubjetivizado”[1]
En cada época ha habido un paradigma que ha orientado las prácticas y cada cambio ha producido los mismos avatares que un cambio de paradigma genera en cualquier otro ámbito. Lo que difícilmente haya variado dentro de las instituciones es ese supuesto saber acerca de lo que no es posible, y su resistencia a intentar nuevas condiciones. Bajo ésta premisa de “no poder” intentamos ir hacia un “ir pudiendo” no sin tensiones y otros costos.
Durante muchos años, bajo el régimen de la ley “Agote” como soporte normativo, el paradigma de la “situación irregular” fue el que hizo que los dispositivos penales alojaran tanto víctimas de delitos como a jóvenes delincuentes, convirtiendo la privación de libertad en un bien y en una medida de protección. Luego, apareció con fuerza en la comunidad académica, la idea de que el delito comportaba motivos psicológicos –psicopatológicos- convirtiendo a los delincuentes en pacientes. La
experiencia de Donald Winnicott con niños y adolescentes durante la Segunda Guerra Mundial[2] fueron un aporte fundamental para sustentar este cambio de paradigma. ¿Cómo abordar desde una práctica psicoanalítica la situación de jóvenes en infracción penal? Una vez más, Marta Gerez Ambertin nos brindó ciertos ejes para posicionarnos ante el trabajo “el abordaje clínico de la culpa, por tanto, sólo es posible si se encamina la culpabilización-desculpabilización en la ruta del síntoma y del fantasma; más específicamente, es en su deconstrucción y construcción fantasmática donde podrá alcanzarse su núcleo en la encrucijada de deseo y pulsión. Cesión de goce, en la responsabilidad del sujeto, al vislumbrar el objeto que lo fija a un más allá del placer”[3].
Centro Socio-educativo Dr: Luis Agote
Desde sus comienzos hasta el año 2009 dicho Centro, “el Agote” fue un Instituto de menores de máxima seguridad para jóvenes entre 18 y 21 años, hasta el año 2006, en dicha institución no funcionaba la Escuela formal, sino una propuesta de talleres para aquellos que quisieran participar y se convocaba a maestras primarias para dar a demanda del interesado algunas nociones de matemática, lengua, y de lecto-escritura en los casos que recién comenzaban con la alfabetización. A partir de Marzo de 2006 mediante un convenio con el Ministerio de Educación de la Nación y el Programa CENS del Área de Educación del Gobierno de la Ciudad comenzaron a funcionar la escuela primaria y secundaria como tales dentro de las Instituciones cerradas. Este cambio implicó un gran impacto en la vida diaria de los jóvenes allí alojados, una modificación en el eje institucional y en la práctica concreta de todos y cada uno de los trabajadores de la institución: Guardia de Seguridad, Equipo técnico (trabajadores sociales y psicólogos), etc. La escuela se instaló articulando fuerzas y proyectando por primera vez una institución que tuviera como eje central la inclusión de toda esa población en la escuela formal, ya sea primaria o secundaria según correspondiera al nivel de cada chico, con un objetivo altísimo que era: Deserción cero. En un ámbito dónde el ideario principal era Desde los jóvenes: No estudiar, No servir para eso, El estudio es de gil, etc , etc y desde los adultos: que vayan a la escuela y “se mezclen” es “peligroso”, No les va a servir de nada, “Qué ellos elijan qué quieren hacer”, como si la educación fuera una cuestión de elección personal y no un derecho que tiene todo ciudadano.
Sin embargo y pese a todos los pronósticos de fracaso que se suscitaron en ese momento, la escuela fue un hecho, y se la pensó y organizó lo más parecida a la escuela pública de cualquier barrio. A la mañana escuela formal, con el dictado de materias según cada ciclo, Primario y Secundario, y por la tarde actividades a contra turno como educación física, música, taller de radio, periodismo, dibujo y actividades prácticas, entre otros talleres que se fueron combinando.
El comienzo fue complejo para toda la institución que en el fondo, daba pasitos a ciegas, con más dudas que certezas a cerca de la posibilidad de éxito de semejante proyecto. Surgieron dificultades y también grandes logros, hubo peleas pero no de alta peligrosidad como las que se proyectaban sobre los jóvenes, peleas que no dejan de ocurrir en la escuela de cualquier barrio y a veces, con mayor agresividad y niveles de violencia que dentro de la institución, será porque la violencia no es algo intrínseco del joven institucionalizado sino más de la sociedad que se queda sin respuestas y sin intervenciones sobre la misma. También hubo chicos que pudieron sortear la barrera del fracaso y de la profecía autocumplida de poder cerrar un ciclo (ya sea terminar la primaria o la secundaria) y obtener dicho certificado en un acto escolar con medalla, fotos, y la invitación a su familia para compartir ese momento tan importante y transcendental en la vida de cualquier sujeto.
Después de largos meses tratamos de hacer una síntesis entre las diversas áreas de la institución mediante las reuniones inter-áreas, y pudimos ver con mayor claridad que quedaba inscripto de nuestro lado el temor al cambio, y no solo temores sino también prejuicios en relación a que los chicos se encuentren en un espacio socializador y movilizante como es la escuela, que aunque se encuentre inmersa en un “contexto de encierro”, no deja de ser un lugar abierto y libre en tanto espacio de circulación de nuevos saberes, conocimientos del otro, del mundo y de mí. También despejar la equis en torno al miedo acerca de la aplicación de unas sanciones que se encuentren dentro de todo marco normativo escolar o unas normativas especiales dado el caso de tratarse de jóvenes detenidos por causas penales, por ejemplo, informando todo cuánto ocurra a los respectivos juzgados, siendo esto un operador que obtura el vínculo de confianza y adaptación de los jóvenes al nuevo dispositivo, como así también incursionar en las viejas prácticas basadas en el castigo que lejos de generar conciencia acerca de las propias acciones y promover una reflexión compartida sobre la actitud frente a los deberes y responsabilidades, ha sido promotora de mayor resistencia y enojo ante cualquier propuesta educativa. “No se trata de reprimir los modos de satisfacción del Sujeto sino de posibilitar su articulación con modalidades culturales de realización”[4]. Un autor que nos ha aportado muchísimo a la tarea en nuestro ámbito es Siegfried Bernfeld que desde sus aportes, “la educación es ante todo, un ejercicio de responsabilidad tanto del agente como del sujeto de la educación: un ejercicio ético”[5]. Dicho autor propone una pedagogía que restituya al educador la dimensión de “autoridad técnica” por lo tanto no se trata de moralizar a los jóvenes para imponerles un determinado estilo de vida, una manera de ser o estar en el mundo, sino para lanzarlos a las búsquedas de toda cultura, por su carácter plural y heterogéneo. La infancia deja marcas, pero no solo a los los niños sino también a los adultos que se animan al desafío de acompañar el crecimiento y el despliegue de un sujeto. Me animo a decir que ésta experiencia nos ha modificado para siempre dejando su huella imborrable. Allí crecimos también nosotros, amamos, nos enojamos, nos equivocamos, lloramos, ganamos y perdimos…
Algo es posible si no nos desvinculamos de la tarea de la transmisión, del lazo social, de la trama necesaria que implica estar en la cultura para que otros también la integren y multipliquen. Implicarnos de manera responsable, aun conociendo las limitaciones que ésta acarrea fue y será un desafío diario, pero también una esperanza a la que no podemos renunciar fácilmente.
No negamos las particularidades, decir niños es decir niños ricos, niños pobres, niños felices o desgraciados, niños sanos o enfermos, niños del campo o de la ciudad, niños de la calle..etc. Sin embargo niño no es sinónimo de todas esas imágenes. Para ser niño hace falta infancia, y la infancia se construye con los adultos en determinadas circunstancias. Sin adultos no hay infancia. Y sin adultos dispuestos a esa tarea tampoco. Es decir que niño e infancia ni son sinónimos ni son conceptos que se incluyan mutuamente. Una comunidad que no es capaz de alojar, y a la vez de frustrar a sus niños, es una comunidad que no es capaz de la protección social. Y una comunidad que no es capaz de eso, pierde su condición de tal, puesto que el término comunidad refiere a un conjunto de personas que comparte una cultura, que la transmite a los nuevos miembros, que utiliza las fortalezas construidas para asistir a los más débiles y procura que todos los niños se conviertan en su adultez en miembros activos de la misma, cuidándolos desde su nacimiento, procurando que desarrollen sentimientos de afinidad hacia esa comunidad que los crió. En pocas palabras, no hay comunidad posible y porvenir sin niños con infancia y adultos que la soporten.
Bibliografía
Ø Agrupación Mazamorra; Teoría del control social de la infancia y la adolescencia o del Menor en Situación Irregular; Publicación on line.
Ø Bernfeld, Siegfried; La ética del chocolate. Aplicaciones del psicoanálisis en Educación Social.; Gedisa, Barcelona, 2005
Ø Winnicott, Donald; Deprivación y Delincuencia, Editorial Paidós, Buenos Aires.
[1] Gerez Ambertín, Marta; “Culpa y castigo en sociedades violentas”. XIV Jornadas de investigación de psicología del Mercosur; UBA; 2007; pp 448
[2] Donald Winnicott; Deprivación y Delincuencia; Editorial Paidós, Buenos Aires
[3] Gerez Ambertín, Marta; Las voces del super yo; Letra Viva; Buenos Aires; 2007; pp. 152
[4] Bernfeld, Siegfried; La ética del chocolate. Aplicaciones del psicoanálisis en Educación Social.; Gedisa, Barcelona, 2005. pp 18
[5] Idem, pp 23
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