» Entrevistas
Encuentro con Radmila Zygouris09/12/2021- Por Silvia Satulovsky - Realizar Consulta
Cerré los ojos y me encontré en París a 50 metros del monumento a la Bastilla. Grandes y abiertos boulevares. Corría el año 2016. Ana María Fernández me había sugerido que leyera “Pulsiones de vida” de Radmila Zygouris. Estaba entusiasmada con el encuentro con aquella mujer psicoanalista que con su escritura me conmovió profundamente y me hizo pensar. Un sentipensar que, en intensidad, construye resonancias múltiples. Cuando llegué a su casa había una placa que decía: “Aquí nació Robert Desnos”. ¿El poeta de la resistencia francesa que yo leía en mi adolescencia? En la emoción del encuentro le pregunté a Radmila: ¿es verdad que aquí nació Robert Desnos? con fino humor me dice: “creo que nació en mi consultorio”. Allí comenzó un vínculo ‒a pesar de las distancias geográficas París/Buenos Aires‒, de cuyo fruto resulta esta entrevista que recupera solo algunos jugosos pasajes de su vida y su potente pensamiento y profusa producción escrita. En esta transcripción decidimos mantener el desarrollo coloquial del diálogo que mantuvimos. ¡Les invito a disfrutarlo!

Radmila Zygouris
Silvia Satulovsky: buen día aquí en Buenos Aires, buenas tardes a Radmila Zygouris en Paris. Una emoción con esta entrevista que veníamos trabajando ya de hace unos meses, y en realidad desde unos años atrás porque teníamos un conocimiento previo, y con mucho interés de ver si podíamos recuperar algunas de tus palabras o experiencias de tus trabajos. Y hoy se nos dió la oportunidad, así que bienvenidas las dos a esta aventura.
Radmila Zygouris: Si si si, gracias.
Silvia: La propuesta que habíamos hecho es que como Radmila es una psicoanalista que tiene mucho producido, mucho escrito, podemos recordar algunos de los libros que ella escribió, por ejemplo: Después de Lacán: encuentros y despedidas, Pulsiones de vida, El vínculo inédito (en castellano), Psicoanálisis y Psicoterapia, Las bellas lecciones, (en portugués) y en francés no traducido en castellano “L’ordinaire Synptome “y algunos otros que seguramente se me escapan.
La mayoría de sus escritos que se pueden consultar gratuitamente en su sitio “radmila-zygouris.com”; le proponíamos a Radmila un viaje, confluyendo en esa memoria y la experiencia que son dos categorías muy fuertes que tienen peso específico propio, pero que vinculándolas se nos ocurría que podía ser muy fértil al tener esta experiencia con Radmila.
Desde ahí era esta experiencia del viaje.
¿Cuándo y cómo te encontraste con el psicoanálisis?
- Radmila (Risas). Bueno, es curioso, porque te tengo que decir, que me encontré con el analisis por primera vez en Buenos Aires. Es una larga historia…
Yo vine con mis padres en Argentina cuando tenía catorce años. Y tuve buenos encuentros que me marcaron… Como la vida está hecha de encuentros, hay gente que tiene suerte y tiene buenos encuentros… otros, menos.
Estuve en el Colegio francés, veníamos de Francia, yo tenía catorce años. Acababa recién de aprender el francés en 1946 y en 1948 mis padres decidieron de venir a Argentina. Fue por razones profesionales de mi padre, pero tambien por el miedo de una nueva guerra. Era el comienzo ya de la guerra fria. Y cuando llegamos a Buenos Aires querían inscribirme en una escuela argentina. Y yo no quise, porque acababa de aprender el francés, entonces no tenía ganas de aprender en seguida un nuevo idioma. Había ya aprendido el alemán, después el francés, y no tenía ganas de cambiar otra vez.
S- ¿Porque tu nacionalidad es…?
R- Es complicada, pero yo nací en Belgrado, ex Yugoslavia.
S- ¿Y tu idioma materno cuál es?
R- Mi lengua natal es el serbio. Con siete años mi tía y un tío me llevaron de Serbia ocupada por los alemanes a Alemania, mi vida es complicada. Mi madre se habia muerto en 1942 y mi padre era prisoniero de guerra en Alemania, y esa tía vivía en Alemania…. Cosas complicadas que no puedo desarollar aca. Yo aprendí el alemán, pero sin ir a la escuela porque no tenia papeles. No éramos judios, no era bueno tampoco ser extranjero. Y yo no tenía papeles, mis tíos me habian robado de una cierta manera, así que apenas la guerra terminó, nos fuimos de Alemania a Francia.
Quizás otra vez les cuento más de mi vida, pero el hecho es que de los doce a los catorce años estaba en Francia, tenía ya dos idiomas detrás de mí y cuando llegamos a Buenos Aires yo quería seguir con el francés. Y me inscribieron en el Colegio francés, que hoy en día es el Liceo francés.
Hicieron un sacrificio, porque era una escuela bastante cara ‒creo que lo sigue siendo‒ por eso la gente de izquierda pone a sus hijos ahí. (Risas).
S- De alguna izquierda, de la que sigue teniendo dinero.
(Risas)
R- Izquierda caviar, así se llama en francés.
Bueno, eso fue la cosa de los encuentros. Ahí en el Colegio encontré, a quien fue después mi mejor amiga, y sigue siéndola, a Lucille Garma, la hija mayor de Ángel Garma, quien fue uno de los primeros analistas en Argentina. Y cuando sus padres se separaron, él se había ido de la casa, dejando a su primera mujer que era francesa, había olvidado unos libros de Freud en alemán. Como nadie de la casa hablaba alemán, yo me los agarre. ¡Y es así que descubrí a Freud!
Al mismo tiempo teníamos como profesor de filosofía en el colegio a Willy Baranger quien después también volvió a ser analista: él nos hablaba todo el tiempo de Freud.
Ese fueron mis encuentros con Freud, uno en el Colegio Francés, y otro con el Freud del papá de mi amiga.
Esos fueron los buenos encuentros, entre el azar y el deseo. Mi deseo me llevo al Colegio Francés, por la eleccion del idioma francés, pero tambien había una determinación anterior. Eso lo pensé mucho mas tarde, me acordé que mi madre, mi primera madre la que falleció cuando yo tenía siete años, cuando ella quería que yo no entendiera algo, hablaba en francés con su hermano. Entonces yo me decía “Algún día hablaré francés mejor que ella”, lo que fue el caso. Pero también del lado de mi padre, él tenía que venir a hacer sus estudios en la Sorbonne, pero como su padre falleció cuando tenía dieciocho años, no pudo venir.
Así que está el encuentro entre el azar, el deseo, y la determinación. Y creo que eso siempre forma parte de lo que se puede llamar una vida, un destino, es así que encontré a Freud y el análsis.
Después me olvidé de ese primer encuentro, y sin embargo se me habia quedado muy fuerte en la memoria.
S- Pero también es una historia de amor, la pasión con la que fue transmitido Freud, con tu maestro, tu profesor...
R- Mi amiga me decía: no escuches eso, son cosas de mi padre. Pero a mí, me fascinaba porque no era mi padre (risas), entonces me quedó eso, y la Argentina es como mi tierra natal del análisis.
S- ¿Qué era lo que te sorprendía, o lo que anclaba en vos, de todo el discurso del psicoanálisis?
R- Creo que era el hecho de que Freud, que fue el primero que yo leí, hacía la conexión para mí entre la infancia y el ser adulto. Cuando tienes dieciocho años estás en ese momento en el que hay que dejar detrás tu infancia hacia la edad adulta. ¿Pero cómo se pasa del uno al otro? Y sobre todo cuando hay como en mi caso tantas pérdidas entre el uno y el otro.
Eso viene en primer lugar, después viene también la mezcla de los idiomas. Como lo dije, yo leí Freud en alemán. Quiere decir que en mi propia vida me conecté a un antes, porqué el alemán venia en mi vida antes del francés y del español.
Antes de Argentina, antes de Francia. Era como un hilo con el cual podía coser momentos de mi propia vida.Y el hilo resulto ser el idioma de Freud.
S- ¿Y decías que en Buenos Aires…?
R- Después del bachillerato nos fuimos de Argentina. Era en 1952. Y no es que me olvidé del análisis, porque después fui a Francia, pero pasaron varios años entretiempo, también por cosas de vida privada. Mis padres adoptivos no me permitieron ir a estudiar en París porque era la ciudad maldita y peligrosa para una joven. Me peleé con mis padres y me fui a Ginebra, hice la escuela de intérpretes (no de análisis, si no de traducción), esperando tener veintiún años. Porque en aquel entonces tenías la mayoría de edad con veintiún años.
Cuando tuve veintiún años me vine a París, me inscribí en la facultad y empecé a estudiar medicina, pero no me fue bien. Tuve muchos problemas de papeles, de identidad, de sobrevida material. Tuve que abandonar y a trabajar.
Finalmente volví a encontrar el análisis a traves de un amigo, que era un paciente y un discípulo de Lacan. Vuelve la historia…
Con todo eso no me olvidé de Argentina, pero tardé mucho en volver, muchísimo. Volví cincuenta años después, por primera vez, en un congreso.
S- Pensaba en esto “me peleé con mis padres”, “me peleé con mi padre”. La verdad que en un momento tuve la sensación, tu padre psicoanalítico más tarde, con Lacan.
R- ¡Pero nunca me peleé con Lacan!
S- ¿Cómo es esa historia, de tus encuentros y desencuentros con Freud y con Lacan?
R- Con Lacan… bueno, saltamos muchos temas para llegar a Lacan…
Hice dos años de medicina, después no pude seguir más, tenía muchas dificultades en trabajar, no tenía papeles. Es muy difícil ser extranjero.
No tenía beca, porque como tenía la nacionalidad Griega (esa es otra hoja de mi vida), pero no hablaba el griego, por eso los griegos no me podían dar una beca. Entonces tenía que trabajar en negro, sin papeles, era muy dificil. Me inscribí en psicología porque era más fácil. Podía estudiar y trabajar.
Encontré, en mi trabajo a un joven antropólogo que se llamaba Lucien Sebag.
Trabajaba con Lévi-Strauss, a pesar de su joventud era ya reconocido por Lévy Strauss y estaba en análisis con Lacan. Y él me dijo “tienes que ir a escuchar a Lacan”. Como me aburría en mis estudios de psicología, lo fui a escuchar. Llegué en un momento de gran crisis, porque fue el último seminario que Lacan dio en ese lugar “sagrado” que era el hospital de Sainte Anne. El ultimo seminario antes de su excomunicación por la IPA. Y fue muy dramático, muy agitado. Lacan gritaba, la gente estaba emocionada. Era impresionante.
Yo había visto antes de venir a dos analistas para pedir una entrada en la didáctica de la IPA. Habia que hacer tres visitas. Los encontré muy burgueses, muy no se qué. No me gustaron.
El primero era Lagache, la segunda Favez-Boutonnier, y el tercero que todavia no habia visto era Serge Leclaire. Cuando fui al seminario de Lacan, éste que hizo en Sainte-Anne, estaba gritando “nunca más voy a hacer el seminario sobre “Los nombres del padre” ¡Él gritaba, se enojaba con todos! Y yo me dije: “Es como en casa, son tan locos como en mi familia, con ellos me quedo”.
S- Renovaste tu familia
R- Renové mi familia, y después vino la escisión con la IPA y la fundación de la Escuela Freudiana. Yo me quedé con ellos, y el tercer hombre que yo tenía que ir a ver era Leclaire, quien se habia quedado con Lacan. Asi que lo fui a ver y me quede con él e hice mi análisis con él. Ahora con Lacan mismo, tenía muy buenas relaciones pero no quise hacer mi analisis con él.
Había... no se como decirte, es delicado. Es toda una historia: Lucien Sebag, gran amigo mío, que fue el primero que me abrió la puerta diciendo “no hace falta ser médica para ser analista”, yo no lo sabía, “andá a escuchar a Lacan”. Bueno, él estaba muy enamorado de Judith, la hija de Lacan. Y él se suicidó. Fue un evento muy importante acá en nuestro grupo en Francia.
Yo conocía también a Judith pero no era mi amiga, era la pareja de mi amigo. Ella después se fue a vivir con Jacques-Alain Miller. Sebag se suicidó después de una crisis en su análisis y en su pareja. Y eso quedó como algo negro entre Lacan y yo. Por eso guardamos distancia, nunca le perdoné.
Sé que no fue tan responsable, sé que Sabag tenía antecedentes, sé que su hermano se había suicidado un año antes… Pero era su analizante después de todo, y pienso que Lacan podría haber hecho mejor. Siempre uno puede decir eso, siempre es más fácil comprender después. Por eso guardé distancia.
Nunca me peleé con Lacan, tuve buenas relaciones, pero no lo seguí cuando después disolvió la Escuela Freudiana. No estaba sola, había mucha gente que no quizo seguirlo en la fundación de la Causa Freudiana. Había cambiado mucho el ambiente de la Escuela Freudiana despues de sus comienzos, no había más lugar para la libertad. El dogma se habia apoderado del lugar.
Entonces yo no quería hacer ese acto de sumisión y adhesión total que se exigía. Pero no por pelea personal. Lacan estuvo siempre muy agradable conmigo, muy generoso, muy acogedor, eso lo puedo decir. Yo hice una supervisión con él, no quería tampoco huir. Y ahí paso algo muy curioso. ¡La persona que llevé a supervisión se suicidó! Y eso fue una cosa que me impactó mucho. Primero por el suicidio mismo. Era una joven esquizofrénica con fuertes tendencias suicidas. Pero al mismo tiempo no pude impedir la idea de que ella se suicidó en mi lugar.
Como yo no quise analizarme con Lacan, con la fantasía –pura fantasía por supuesto‒ de que me iba a suicidar si me analizaba con él. Y sucede que le traigo a alguien que se suicida, como en lugar mío.
Cuando dije a Lacan que se había suicidado ésta joven mujer, se sentó en la silla así, y me dijo: “Nous faisons un sale métier” que quiere decir “hacemos una profesión sucia”. Pero “sale” no significa sucio como en castellano, quiere decir horrible. Es cierto, a veces.
Hay cosas muy graves entre mi y Lacan en este plano. Por eso no lo frecuenté mucho personalmente, a pesar de su extrema cortesía conmigo. De eso hablo en uno de mis libros en francés que se llama L’Ordinaire, Symptôme (2012). El relato mismo de la terapia de esa chica, ya habia sido publicado en la revista L'Ordinaire du psychanalyste. Traté de entender esa historia de la manera más neutra posible cuando ya había pasado mucho tiempo.
S- ¿Se puede hablar de neutralidad, Radmila?
R- Difícil, porque lo toca a uno en todas las partes. Fue un momento muy fuerte entre Lacan y yo. Hablamos y hablamos y después… bueno, pasa el tiempo, y la vida sigue.
Pero a pesar de los años, esta historia queda como muy fuerte entre Lacan y yo. No lo puedo acusar de nada, porque también cuando se lee la historia de ésta muchacha, se lee que estaba como predestinada a la muerte. Había hecho no sé cuántas tentativas de suicidio antes de que me la manden. Queda el suicidio de Sebag…
Esto es para responderte en cuanto a Lacan, que nunca fue verdaderamente un maestro para mí, ni un amigo, y sin embargo fue quien me abrió la puerta del analisis, y quien me recibió con mucha generosidad.
S- Con un vínculo bastante ambivalente ¿No? Bastante viciado de cosas bastantes oscuras. Como nunca terminadas de limpiar.
R- Si, uno en algún momento hace el duelo también.
Pero nunca pude ver en Lacan el analista extraordinario y todo eso que se cuenta. Vi otra parte de él, así que nunca me fascinó. Pero de eso hablo bastante en este libro L'Ordinaire, Symptôme, para justamente ponerlo en claro y pasar a otra cosa. Pasé ya hace mucho tiempo a otra cosa.
S- ¿Y cómo hiciste la síntesis entre el Freud con el que venías trabajando y éste Lacan?
R- Yo tuve otra formación antes del análisis. Había hecho estudios en lingüística y trabajaba en el tratamiento de informacion en lenguaje natural. ¡Llevaba un nombre muy sabio! Se llamaba “tratamiento automatico de datos no numericos.” Era un proyecto de investigación para la documentación automática. Una forma de vanguardia de la informática actual.
Quiero decir que no venía al análisis con la simple formación de psicóloga. Y no sé… con Freud y Lacan no hice una síntesis propiamente dicha. Pero sé que mi poliglotismo me ayudó mucho en no caer en una idealización de posturas cientificistas. Eso determinó mucho mi manera de ver el mundo. Porque cuando estás navegando entre cuatro idiomas no puedes creer en una verdad que se puede decir solamente en un idioma. Si una idea, o una imagen no pasa de un idioma al otro y al otro, hay algo que no marcha. Se relativiza. Te quedan siempre restos que no pasan las fronteras. Y esos restos no son mudos.
S- Estaba pensando: en el final de Pulsiones de vida, hablas algo de esto. Y decis “pero que no haya pánico. Los discursos están ahí para captarnos rápidamente, para hacernos olvidar, protegernos y someternos de nuevo. Sin embargo, si la vida se reinventa con tanta obstinación, más allá de los desastres sin número, es porque lo efímero de nuestros instantes de júbilo dejan huellas vivas y es por eso mismo que la esperanza no es una vana locura.”
R- Si. Bueno, eso es escrito, cuando se habla uno es menos grandioso. (Risas)
S- Por eso me gustaba traértelo, porque en la escritura uno puede condensar otra cosa que en la oralidad. Justamente esto que hablabas del relativismo en la lengua.
R- Tuve analizantes en varios idiomas. No soy la misma según que trabaje en castellano, en francés, en alemán o en serbio. No soy la misma.
Por ejemplo en alemán soy una analista pésima. No soy buena. Porque volví a encontrar el miedo de mi infancia a los alemanes. Tuve un señor extraordinario, muy muy inteligente, muy agradable, y mis intervenciones eran estúpidas, de un nivel bajo. Me sentía como impotente en pensar como una adulta. Tenía ocho años. Ocho años inteligentes quizás, pero no más. Bueno, él se fue y yo no hice ninguna tentativa para hacerlo quedar.
Después hice unos progresos, porque hay que analizar esas cosas, por ejemplo el castellano lo hablo menos bien ‒creo‒ que el alemán. Sin embargo me siento más cómoda. Porque es un idioma que corresponde a un período de mi vida más adulta.
Lo que hay que subrayar es que en este texto hablo de discursos. El discurso no es lo mismo que las palabras o un idioma. El discurso puede ser sin palabras.
Es por eso que me habías preguntado el otro día “¿Cuáles fueron mis primeras preguntas?”. Volvemos a eso.
Las primeras preguntas que me hacía eran más bien “¿Por qué fulano piensa tal cosa más bien que otra? ¿Por qué no piensa lo mismo que yo? Y, ¿Por dónde pasa eso?”
Se ve que mis preguntas giraban alrededor del pensamiento, y de las diferencias en el pensamiento. Ahora uno puede decir haciéndose el analista de “bistró”. “Bueno, ¿pusiste la diferencia del pensamiento en lugar de diferencia de sexos?” No lo creo, es demasiado fácil como superposición.
Desde el principio tuve que manejarme con varios idiomas. Cuando escribo por ejemplo, las primeras frases tienen que sonar bien en todos mis idiomas. Si algo no suena bien en alguno de ellos, si no encuentro otra manera de decirlo, hay que cambiarlo a partir del primero. Por eso la teoría del puro significante no marcha, no marchó conmigo. El significante es un juego de palabras. Pero hay un momento dado donde se pierde el sentido, yo paso por el sentido.
Volviendo a la lingüística, me parece que fue una lástima que Lacan se apoyara en la lingüística de Saussure y no en la de Pierce, que pasa por el signo y el sentido y no por el significante. Con otro referente creo que hubiese podido ir más lejos que con el significante. Sobre todo en la clinica.
S- En tu obra la influencia de Deleuze justamente en la lógica del sentido, me parece que cobra una encarnadura ¿Cómo lo ves?
R- No lo veo. (Risas). No lo veo. A Deleuze lo leí bastante tarde, con un placer inmenso, pero sin tratar de hacer puentes entre la filosofía y el análisis. Creo que la filosofía me sirve para pensar, para sentirme bien, para la felicidad de la inteligencia, pero a su vez cuando estoy con los pacientes no lo utilizo. O me impregnó tanto como encarnarse de otra manera, pero no como una aplicación. Es lo mismo con la teoría analítica. Es inaplicable. Nos sirve para pensar, para no morirnos tontos, en el apres coup. Pero en el momento mismo de la sesión no es aplicable tal cual.
S- Bueno, me parece que la filosofía y el psicoanálisis justamente no son una herramienta aplicable, sino más bien una herramienta para pensar.
R- Y, te abre el espíritu, simplemente.
S- Simplemente entre comillas.
R- Hay gente que no lee filosofía, ni novelas, ni nada. Es otro tipo de analistas. Por ejemplo, he conocido una mujer que vino al análisis después de trabajar muchos años como enfermera psiquiátrica. Tenía una manera de pescar lo que pasaba en el otro, de aguantar la angustia del otro, de no volverse tonta frente a su miedo, que valía todos los libros del mundo.
Ella tenía mucha dificultad en leer. Un día me pidió que le aconseje un libro, porque tenía ganas de leer y no se animaba. Había hecho los estudios de psicología, pero eso no va tan lejos ¿No? Tenía ganas de leer, ella. “Si usted me presta un libro, entonces podré seguir su mirada que ha recorrido las líneas”. Pensé ¿Qué libro le voy a prestar? Y le preste Bartelby de Melville. No sé como se traduce en castellano “I would prefer not to”?
Ella me dijo que mientras estaba leyendo sentía como recuperaba una dignidad. Pero durante un largo tiempo no podía leer un libro que yo no había leído. Como para mostrarle el camino, pero un camino… como en el cuerpo.
Y creo sin embargo que es una de las mejores analistas que he conocido.
Por eso es muy distinto ser analista y tener cultura: ella era una intelectual salvaje, de alguna manera. Por eso te digo, los maestros… todo eso… no sé si es tan importante.
¿Cómo hice con “las primeras preguntas”?… vino todo con la vida. ¿Por qué somos tan distintos? y al mismo tiempo ¿Por qué somos tan parecidos?
Vuelvo sobre una cosa que me impactó en Freud. Fue el hecho que tomaba en serio la infancia, la experiencia de lo infantil. Y en mi trabajo, es a eso que siempre vuelvo, a la infancia.
Y mis últimos trabajos son sobre el niño como paradigma, y nuestras construcciones según las épocas, del paradigma del niño. Hablaremos quizás otra vez de eso, pero quiero darle lugar al niño actual, que no es el mismo niño conceptual que el niño de Freud. No es el niño natural, se trata de un niño conceptual. Como lo dice Deleuze cuando habla del personaje conceptual. El Idiota de Dostoievski por ejemplo. Hay un niño conceptual que se construye en análisis.
El niño conceptual de Freud no es el mismo niño conceptual de hoy, tenemos que construir el nino contamporaneo. Yo lo llamo “El Niño-Mundo”. Cada época construye un niño conceptual del análisis.
S- ¿Querés seguir por ahí, te gustaría avanzar por ahí?
R- No, quizás después. Quiero volver a la importancia de la infancia, que no es un naturalismo. Quiero dar su lugar tambien al determinismo. Durante mucho tiempo yo, y mucha otra gente conmigo, luchábamos contra el edipianismo excesivo. Todo era papá, mamá, papá, mamá... había que darle lugar al trauma. Pero no el trauma de Freud, el trauma de la seduccion, sino el trauma histórico. El encuentro de la gran historia con la pequeña, personal. Y eso sobre todo en la infancia. Lo que deja en uno el tauma vivido en la infancia o el trauma transmitido por los padres, lo que no se traduce de ninguna manera en la problemática simplemente edipiana. El trauma de las guerras, de las opresiones, del miedo, de la mala vida.
Hoy día todo es trauma, no hay mas lugar para el mundo interno, para la realidad psíquica… entonces hay que volver atrás, o hay que cambiar de paradigma. ¿Cómo pensamos el niño de hoy? No el niño referido a la diferencia de sexos, que es, ni niña, ni niño, sino la infancia, la niñez…
(Aparece el gato en la pantalla)… me perdí…
S- Estábamos hablando de la niñez, las infancias en plural.
R- En plural, sí. O mejor: El niño. El enfoque en El niño nos llevó a releer a Ferenczi, no digo que es un maestro en todo, pero fue un descubrimiento muy importante cuando volvimos a leerlo.
Además es una cosa muy interesante leer Ferenczi después de a Lacan. Yo creo que es una buena lectura leerlo después de Lacan. Es una lectura menos ingenua. Pero era él quien abrió una puerta para darle de nuevo su valor a la clínica y a la transferencia. La transferencia al analista, no reducido solamente al “sujeto supuesto saber”, que es una cosa sin relieve, sin nada, no. Ferenczi me ayudó mucho en repensar las tranferencias.
A su vez critico a Ferenczi por su visión descarnada de la madre, madre dolorosa, siempre dolorosa de Ferenczi… tampoco estoy de acuerdo con la descripcion sistematicamente depresiva de sus madres. Que sea la madre de Ferenczi o las madres de Winnicott son mujeres sin sexo, sin deseo. Es una visión reductora. ¡Hay hijos neuróticos con madres que gozan!
S- Vos le otorgas un valor muy importante al júbilo ¿no?
R- Eso sí, y eso lo tomé de Freud. Pero es una ocurrencia muy escasa… una vez o dos habla del anhelo de libertad, por ejemplo. Pero se puede deducir de algunas descripciones. Por ejemplo el niño del Fort-Da. El niño jubila de su poder, del hecho que es él quien tira el carretel y lo hace volver.
Freud oponiendo el principio de realidad al principio de placer, insiste que todo el mundo, todos los niños, en algún momento dado tienen que abandonar el principio de placer y aceptar el principio de realidad. Dice que este renuncio vale para todos… salvo algunos artistas y creadores que no necesitan someterse completamente al principio de realidad porque tienen, ‒no dice que tienen otro principio‒, sino que ellos inventan otra realidad con su arte.
Y eso me gustó mucho, porque abre otro espacio para pensar, porque si no… si escuchas a los analistas, sobre todo en mi época, si no tomabas en cuenta el principio de realidad ¡casi te ponías en la categoría de la perversión! Y cualquier anhelo de libertad o de revolución era sospechoso. Entonces en la política, todo lo que es militancia, o lo que uno quiere cambiar en la sociedad: la mayoria del tiempo se asimila al imaginario o al mundo alucinado, o falta del principio de realidad, no hay lugar para lo nuevo.
Lacan daba ya más aire, pero te esperaba en todos los rincones ¡la famosa castración! Y peor si te animabas a encontarle un placer, ahora la “caza al goce” es el deporte más apreciado de los lacanianos. En fin de los que quedan.
Es ahí donde yo inventé algunas cositas para guardar lo conocido y darle espacio al impensado.
S- ¿A ver? Vamos por ahí.
R- Un tercer principio.
Está en mis seminarios, porque hice seis años de seminarios y tienen su lugar en ese trabajo.
Había algo que faltaba en el discurso, en esta oposicion binaria del principio de placer, y del principio de realidad. Porque lo que a mi me gusta, lo puedo decir ahora, no cuando lo encontré a Freud, lo que me gusta es que el pensamiento analítico no es un pensamiento binario.
Cuando ves las categorías que ordenan los conceptos, casi siempre van por tres: en Freud encuentras el Ello, el Yo, y el Superyó; en Lacan lo Real, lo Imaginario, y lo Simbólico, y muchas otras ocurrencias. Se piensa en trinidades. En categorías donde hay una circulación entre ellas. A pesar del estructuralismo no son oposiciones binarias. Y eso es un pensamiento mucho más rico que la oposición binaria. Justamente lo que nos está ahogando en el mundo actual.
Salvo los dos principios ¿Cómo puede ser eso? entonces apoyándome en esto que dice Freud, que hay algunas personas, los artistas sobre todo, que escapan a la necesidad de someterse al principio de realidad, me puse a pensar que entonces hay un tercer principio.
El principio de concepción. Lo llamé asi.
Que puede ser concebir una idea, un estilo de vida, un hijo o concebir una obra. Lo nuevo.
S- ¿De creación?
R- De creación, sí, pero prefiero decir de concepción. Pero se trata de creación, efectivamente.
Y cuando los pones en tres columnas, por ejemplo ves que el Ello va con lo Real, el Yo con lo Imaginario; el Superyó con lo Simbólico. No son en la misma escala, claro. Ademas Freud se mueve en el espacio intrapsíquico, su inconsciente se mueve en uno solo, y Lacan abre el espacio, el inconsciente de Lacan es transindividual. Pero cuando haces entrar el principio de placer, lo pones encima del Ello y el principio de realidad sobre el Yo, ¿el superyó queda sin principio? ¿Gracioso, no?
Entonces yo propongo poner el principio de concepción para regir el superyó. Superyó no solamente dedicado a prohibir, si no como conexión con lo social, con el afuera como regulador de las producciones de la cutura. Por eso inventé este tercer principio que puede ayudar a pensar eso, lo que no se somete, y ahí viene el júbilo, el niño del júbilo, como lo llamé. Que no es solamente una trasgresión, es otra cosa. El goce que produce lo nuevo. También hago la diferencia entre la repetición traumática, ese otro tipo de repetición, que se podría llamar la repetición anticipativa. Que produce lo nuevo.
De eso, creo que vamos a necesitar, ese tipo de pensamiento, porque estamos en un cambio paradigmático, y necesitamos herramenta para pensar con nuevas palabras y nuevas categorias, sin abandonar todas las valijas conceptuales. Entonces necesitamos puentes y creo que eso podría ayudar en pensar algo sin caer en el pensamiento binario del cual tenemos que salvarnos.
S- Me parece que nos podríamos quedar con esta idea de lo nuevo, del pensamiento de concepción, de la idea de la concepción, de lo creativo, de los puentes para hacer entre las viejas categorías, estas valijas de las cajas de herramientas Fucaultianas a un nuevo paradigma que insiste con una necesidad de creación ¿No? Podríamos quedarnos ahí y seguimos en una próxima ahondando otros conceptos ¿Te parece bien?
R- Me parece muy bien, espero que sea entendible lo que cuento.
Radmila Zygouris, nacida en Belgrado (ex Yugoslavia) en 1934. Pasó su adolescencia en Buenos Aires, dónde Lucile Garma, hija mayor de Ángel Garma, la pone en contacto con la obra de Freud. Estudia en el Liceo Francés dónde Willy Baranger es su profesor de filosofía.
Luego vive 3 años en Ginebra estudiando en la Escuela de Intérpretes.
En Paris estudia lingüística y Psicología en la Sorbona.
Toma contacto con el entorno de Lacan y asiste a su Seminario en el Hospital Ste Anne.
Se analiza con Serge Leclaire. En 1966 decide ingresar en la Ecole Freudienne de París.
En 1968 es nombrada AME, Analista Miembro de la Escuela. Entre 1970 y 1974, supervisa casos clínicos con el Dr. Jacques Lacan.
En 1973, con Francis Hofstein, funda la revista L'Ordinaire du psychoanalyste, publicación polémica interna al movimiento lacaniano.
Trabajó en el Hospital des Enfants Malades, en el servicio de pediatría a cargo de Jenny Audry, madre de Élizabeth Roudinesco.
Entre 1976 y 1980 se analiza con María Torok. Analista de la escuela húngara. En 1979 alcanza el nombramiento de A.E. Se retira de la EFP. Ante la crisis y disolución de la misma, decide, junto con un grupo de 7 analistas, no seguir a Lacan ni a Miller, y fundan la Fédération des Ateliers de Psychanalyse (Federación de Talleres de Psicoanálisis).

Publicaciones
Cuerpo de sufrimiento, cuerpo de conocimiento, 1976.
Encantos de la escena traumática, Traumas psíquicos, Bloc de notas de psicoanálisis n ° 12, Ginebra, Georg, 1993.
El Niño y su enfermedad. Psicoanálisis y consulta hospitalaria, con Ginette Raimbault, Privat, 1993.
Pulsiones de vida. Ediciones Portezuelo.
Después de Lacan: encuentros y despedidas, Ediciones Portezuelo.
El niño del júbilo, 1999.
El ordinario, síntoma, París, 2012.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados




















