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Entrevista a Héctor López11/04/2008- Por Emilia Cueto - Realizar Consulta
Las adicciones y los sujetos atravesados por ellas han sido los ejes fundamentales de esta entrevista, que reúne en pocas páginas los enunciaciones nodales del psicoanalista Héctor Lopez. La droga como suplemento de la precaria estructura del adicto, la transferencia y la posibilidad de un tratamiento psicoanalítico; violencia, aumento del consumo y delincuencia, el lugar de la internación o de la religión en la estructura adictiva, serán alguno de los ítems que encontrará el lector. Dice López: “El toxicómano es un moderno Sísifo que en vez de cargar con una piedra, carga con la droga.” El otro tema será el que compete al “cruce” –tal como lo denomina el entrevistado– entre Lacan y Heidegger, a quien considera “uno de los más influyentes pensadores” del “aparato crítico que Lacan maneja para nutrir y fundamentar su pensamiento”.

-Usted sitúa a la droga como el “suplemento que sostiene la precaria estructura del adicto”. ¿De qué manera piensa este lugar de la droga en relación al cuarto nudo propuesto por Lacan?
-Su pregunta me parece muy interesante, ya que el cuarto nudo cumple en la estructura una función de suplencia, pero también muy difícil de responder.
Lo intentaré con lo elemental, que no es lo menos importante, sino el elemento, la pieza fundamental.
El término “suplemento” está tomado de Sylvie Le Poulichet que habla de toxicomanías por la vía del suplemento y toxicomanías por la vía de la suplencia, siendo estas últimas más graves que las primeras.
No recuerdo del todo qué lectura hago de esto en mi libro, y quizá lo que diga aquí modifique aquello.
La operación farmakon como suplemento se aplica a sostener alguna función yoica narcisística que no se sostiene por sí misma. Por ejemplo beber alcohol o aspirar una línea de cocaína para ser más atrevido con el sexo opuesto o acometer acciones impedidas por la inhibición, consumir éxtasis para sostenerse en pie toda la noche bailando música tecno, etc. Se trata de “suplementar” al yo ahí donde aparecen inhibiciones o límites a sus funciones.
En este sentido no se trataría de un reanudamiento de un significante excluido por forclusión, sino del apuntalamiento de un andamiaje narcisístico afectado por la represión neurótica. Aquí la precariedad de la estructura del sujeto estaría más bien en la conformación del nudo de lo imaginario antes que una falla simbólica, aunque esta es en realidad irreductible, tengámoslo en cuenta.
La operación farmakon como suplencia implica sí la función de la droga como un elemento real que viene a suplir la carencia de un elemento simbólico.
Pero ahora que lo pienso bien, de ninguna manera podría haber una equivalencia con el cuarto nudo, ya que la construcción de éste implica un hacer, un faire del sujeto como dice Lacan, y una instalación de la función de suplencia como sostén, por otros medios pero siempre con el apoyo del significante, de la función simbólica del nombre del padre. El cuarto nudo es algo que sostiene al sujeto en lo simbólico y como dicen Laurent, estabiliza la estructura mediante mecanismos que pertenecen al discurso, por más propios o singulares que sean.
Justamente porque el tapón a la falta que pone la droga no sostiene, no se anuda, es que debe ser reforzado constantemente mediante la ingesta repetida.
Quizá con esto esté contradiciendo a Le Poulichet, pero pensado así, el recurso a la droga no podría homologarse con la construcción de un cuarto nudo, como es el caso de Joyce, por ejemplo.
La intoxicación no construye nada, sino más bien destruye. Ni siquiera permite la apertura a lo real de inconsciente como lo pretendía un cierto narco-análisis que conocimos en la Argentina, pues en la intoxicación alucinógena, no se trata de otra cosa que de la proliferación imaginaria de los fantasmas, lo cual no es lo mismo.
-En el caso de adicciones que implican la incorporación en el organismo de una sustancia (sea esta del tipo que sea, no necesariamente un tóxico) se le atribuye un valor particular al efecto que dicha ingesta produciría. ¿Qué sucede en el caso de adicciones al juego o al trabajo –por ejemplo?, ¿La estructura es la misma?
-Le contestaré con ideas, casi con palabras, de Freud.
Para Freud todas las adicciones, —y aquí habla de adicciones en un sentido amplio tal como usted en su pregunta, lo cual permite hacer una diferencia entre “adicciones” y “toxicomanías” que tiene sus consecuencias—, remiten a una misma y “primitiva” adicción. Se trata de la masturbación infantil, de la cual dice Freud que es la “protomanía”, modelo y matriz estructural de todas las demás adicciones.
Es decir que en este sentido la estructura sería la misma.
¿Pero cómo determinar a la estructura que puede incluir en un mismo conjunto a elementos fenoménicamente tan disímiles?
Según Freud, luego de un período inicial de masturbación autoerótica, la práctica masturbatoria se acompaña de una fantasía placiente de posesión del objeto edípico. En eso consiste la culpa por la masturbación, irreductible por más liberal que sea la mentalidad del sujeto.
El acto adictivo por lo tanto, universalmente, implica la renegación de la castración, para lo cual no se necesita ser perverso, ya que la renegación es un mecanismo estructural del psiquismo, donde el sujeto goza imaginariamente de la completud narcisística. Mientras esa fantasía, que es inconsciente, triunfa, el sujeto no experimenta la angustia de la falta. Pero en la masturbación, como en las demás adicciones, el goce dura poco y la falta reaparece y con ella una mayor compulsión a taponarla con el objeto que sea: tóxico, juego, trabajo, etc.
Esta sería la estructura, o quizá mejor el mecanismo universal de todas las adicciones. Ahora bien, por qué el sujeto elige un objeto u otro para la fijación de sus satisfacciones pulsionales, es una cuestión que atañe a la particularidad de cada sujeto, eslabonada a la función del significante. Un paciente por ejemplo se presentó diciendo: “me suplemento con blanca”, y el análisis pudo revelar que blanca en lo inconsciente era otra cosa que la cocaína, era una vecina de ese nombre que lo auxiliaba y le daba de comer a él y a sus hermanitos durante la infancia, cuando la madre, abandonada por el marido, estaba fuera todo el día por su trabajo como empleada doméstica. Ahí vemos claro como el goce de la droga no es ajeno en absoluto a la función del significante que lo estructura.
En este caso, la droga no podía ser otra que la cocaína por estar determinada por el significante “blanca”, pero se trataba de un suplemento ante la falta de la madre y no por ejemplo del color de la droga.
-En Las Adicciones. Sus fundamentos clínicos, refiere que el adicto toma el atajo de la cancelación tóxica y no tolera –como el neurótico– “el desvío que va del sujeto al Otro por los carriles de la demanda”. Siguiendo sus planteos, ¿de qué manera piensa el establecimiento de la transferencia y la posibilidad de un análisis?
-Usted ha tocado de cerca los más grandes obstáculos clínicos de estas patologías al análisis.
El toxicómano, aún antes de que aparezca el deseo, ya lo está taponando mediante el “cortocircuito” de la droga, lo que usted recuerda como “atajo de la cancelación tóxica”, porque no tolera la experiencia de la falta que implica el deseo, y la búsqueda de satisfacción por las vías metonímicas del discurso. Porque en la cancelación, que no debe confundirse con “supresión”, siempre se trata de un recurso para aliviar el dolor de la falta.
Esto lo deja fuera del campo de la demanda, pues frente a la exigencia pulsional no se dirige al Otro, sino directamente al objeto sustancial. Esto, al menos en principio, lo deja fuera de la transferencia, es decir fuera de la relación con ese Otro al que Lacan llama sujeto supuesto al saber.
En la medida que ese lugar no se constituye, el adicto queda también fuera de los efectos de la interpretación, ya que la eficacia de ésta depende del funcionamiento transferencial.
Es decir, faltarían, en principio, los dos elementos básicos que constituyen las condiciones de un tratamiento psicoanalítico.
Demás está decir que si es dable un tratamiento psicoanalítico, debe empezar por favorecer que la transferencia psicoanalítica (que va más allá de una buena relación persona a persona) se instale para poder hacer eficaz el instrumento fundamental del analista que es y será la interpretación. Lo digo tan enfáticamente porque se escuchan voces que hablan de una era posinterpretativa en el análisis, que no deja de ser una infiltración de una ideología cultural, donde efectivamente hay una caída de los “grandes relatos” que daban una interpretación a la vida en sociedad.
Estos logros son de por sí accesibles cuando nos encontramos con pacientes neuróticos cuyos modos de satisfacción no se limitan a la droga, es decir que el paciente no está monopolizado por la sustancia tóxica. Son sujetos que traen sus conflictos, y entre ellos, a modo de síntoma, el problema del consumo.
Pero hay otros casos donde el psicoanalista, si se propone no retroceder ante la adicción como Lacan propuso con respecto a la psicosis, debe tener también en cuenta que el psicoanálisis tiene sus límites, que no es aplicable universalmente, y que hay que estar dispuesto, como aconsejó Freud, a retirarse en silencio.
Si bien el psicoanálisis es único por las transformaciones que pretende producir, no es el único tratamiento posible para la adicción. A veces es una necesidad ética tratar de suprimir el consumo, y aquí si cabe el término supresión y no cancelación, es decir quitar el hábito como condición para realizar un trabajo analítico. Esto en los casos que toda la libido del sujeto, junto con toda su actividad, su tiempo y sus deseos, esté polarizada por el tóxico.
A veces hay que conformarse con eso, sobre todo con sujetos que se nieguen al tratamiento psicoanalítico. Lo mismo sucede con la religión, que es un excelente antídoto contra la droga y la delincuencia para muchas personas.
¿Que este cambio de objeto no haga más que sustituir el objeto droga por el objeto de la religión? Seguro que sí, pero ¿Quién ha dicho que todo el mundo deba analizarse, aún forzando las cosas cuando su estructura es incompatible con el inconsciente?
El mundo de las drogas es un campo donde el psicoanálisis no obtiene sus mejores resultados, pero cuando los obtiene, son mejores que los de cualquier otro procedimiento represivo o supresivo.
Con respecto a la relación entre drogas y religión, he publicado últimamente en ww.Elsigma.com un trabajo titulado “Con la Biblia en la mano, la redención de los adictos por la religión” donde trato de dar cuenta de las razones de la eficacia de la religión en la curación de los adictos, recurriendo para ello a un pasaje del Seminario 3 de Lacan donde habla de la función estructurante del psiquismo del “temor de Dios”, término extraído por él de la obra “Atalía” de Racine.
De todos modos el campo del psicoanálisis es uno solo, el de la transferencia y la interpretación, sostenido por el deseo del analista, y eso no creo que pueda cambiar.
Si lo cambiamos para “adaptarnos” a las nuevas patologías, como es el caso de las enormes dificultades de las toxicomanías, ya estamos haciendo otra cosa, ni buena ni mala, pero otra. ¡Sepámoslo!
-Respecto de las adicciones se ha hecho hincapié en que a partir de la relación particular del sujeto al significante la interpretación no es la herramienta más adecuada, siendo la intervención en acto lo que permitiría alguna operatoria. ¿Cómo lo piensa?
-No estoy para nada de acuerdo con eso. Si el acto consiste en internar al paciente cuando es necesario, o enviarlo al psiquiatra en cierto momento, entonces estaría de acuerdo, según el caso y el momento.
Pero reemplazar la palabra por la acción, abusar del corte abrupto de sesión, me parece que no es digno de un psicoanalista, y es más, me parece que indica falta de creencia del analista en el inconsciente y en su herramienta fundamental que es la palabra, y lo que Freud llamó “elaboración”. Acoto por las dudas que no dejo de dar valor al corte, ya que a veces es el único camino para la elaboración.
La palabra es poderosa sin duda, pero sólo cuando el analista cree en el poder de la palabra y no en el suyo.
Como el acto es “a ciegas”, es muy peligroso en el caso de sujetos toxicómanos, que lo menos que necesitan del otro lado, es a alguien que juegue a la magia del conejo y la galera. Si el adicto se caracteriza por la acción, por la compulsión, por la intolerancia, por la dificultad en la continuidad de un trabajo, tanta intervención en acto refuerza y acelera esos rasgos.
Por lo que conozco, es necesario favorecer que haga una experiencia de instalación de su propia “temporalidad”, es decir de una historia imaginario-simbólica, de discurso, de “serenidad” en sentido heideggeriano, y de transferencia. Sobre la tendencia al análisis express basado en el corte como único recurso publiqué hace unos años en Imago-Agenda un artículo titulado “El ocaso del analista inhumano”.
Por otro lado, como ya lo sugerí en respuesta a otra pregunta suya, el fenómeno de la toxicomanía no es ajeno a la función del significante. Nada de lo humano es ajeno a esa función, y seguramente estaremos de acuerdo en que el adicto, por más desubjetivizado que esté, es un sujeto.
-También en Las Adicciones. Sus fundamentos clínicos expresa que la “cancelación tóxica” cumple dos funciones: una cancelatoria (del dolor) y otra de “restitución funcional” ¿En qué consiste esta segunda función?
-Ya insinué una cierta respuesta a esto cuando hablábamos de la masturbación, ya no autoerótica sino unida por “soldadura” a una fantasía de satisfacción edípica. Esta función de la fantasía sería la función restituida artificialmente, y también precariamente, en la experiencia de la intoxicación.
Hay autores que han hecho demasiado hincapié, a mi entender, en la función negativa de la cancelación. Por ejemplo Giulia Sissa en su extraordinario libro El placer y el mal, filosofía de la droga dice que el goce de la droga sólo consiste en un “placer negativo”, el placer del alivio que implica la ingesta ante el estado de angustia e inquietud previa, pero que, cuando la adicción se instala, ya no queda nada de la positividad del goce soñado, ya no se produce ninguna otra sensación que no sea la del placer de verse libre del dolor.
Yo he hablado incluso del “mito individual del adicto” que describo como la creencia mítica en una primera experiencia absolutamente satisfactoria en el flash tóxico, que el adicto pretende reencontrar en las sucesivas, sin jamás alcanzarla por la sencilla razón de que nunca existió así como el mito la recuerda.
Sissa lo ilustra mediante citas de grandes toxicómanos que han dejado sus testimonios en diarios y novelas tales como Thomas de Quincey, William Burroughs, Christianne F. Baudelaire, etc.
Por mi parte, entiendo que esa función negativa no es la única en la intoxicación, existe también una función positiva a la que llamé “restitución funcional”. En la droga se busca algo positivamente, no sólo cancelar el dolor, también se busca activar, restituir la fantasía, es decir gozar de algo más ligado al significante como es la fantasía, no sólo un goce del cuerpo por la modificación que produce la sustancia química en las sensaciones psicofísicas.
A tal punto creo que es así, que muchas veces las drogas han sido ingeridas por la actividad fantasiosa que ayudan a producir. Muchos escritores del campo de lo fantástico recurrían a la mescalina con la ilusión de atravesar los límites de la conciencia, abrir las puertas de la percepción como dice Huxley, y encontrar en ese más allá, argumentos e imágenes para su literatura. Quizá los casos más conocidos son los de Theofile Gautier y Henri Michaux. Precisamente este último, en su decepción final dice: ¿Qué había pues en ello de sobrenatural?... dejábamos tan poco de ser hombres.
Es suficiente con recorrer el excelente libro El texto drogado de Castoldi para comprobar como la intoxicación está relacionada con la fantasía.
Pero este es un campo privilegiado, casi de lujo en el mundo de los toxicómanos ya que se refiere a los creadores de ficciones fantásticas.
El tóxicómano común está mucho más urgido por el dolor y la necesidad negativa de cancelarlo.
Volviendo entonces a ese mundo cotidiano donde el toxicómano está atrapado, activar la fantasía es una manera de transponer el goce pulsional a lo plancentero del fantasma, cosa que pueden hacer nuestros autores del texto drogado pero que no es accesible a todos.
La fantasía es un trabajo, por lo tanto es tiempo, por lo tanto es imposible para el adicto, llamémosle con Burroughs “de tiempo completo”.
Pero ahí están ciertas drogas para remediar esa situación en tanto producen una actividad placentera de un fantasear inmediato, automático, casi sin sujeto ni trabajo psíquico. A esto llamo restitución funcional de la fantasía. La fantasía realiza una separación parcial del objeto real, que sin embargo reaparece recuperado en el fantasma.
Es a lo que se ve arrastrado el adicto, a introducir la función imaginaria del fantasma como recurso frente al trauma del dolor, y de paso, gozar de las satisfacciones que de él pueda extraer.
Lo que propongo es que esta restitución funcional está destinada al fracaso ya que no hay verdadero fantasear sin trabajo psíquico. El novelista hace su trabajo cuando escribe. Pero en el toxicómano sin esos recursos, el fracaso de la fantasía se observa clínicamente en esos momentos en que aparece “el mal viaje”, esto es: la expulsión del “paraíso artificial” de la droga y la irrupción de la alucinación terrorífica, frecuente en la intoxicación alcohólica crónica.
Por lo tanto en el libro yo dibujaba más o menos este circuito: el trauma de la pulsión recae sobre un aparato psíquico con pocos recursos simbólicos para hacer un trabajo de transposición, y se experimenta directamente como dolor. A grandes males, grandes remedios: aparece el tóxico en su función de cancelación del dolor del trauma, eso permite la activación de los recursos fantasmáticos que logran momentáneamente transformar el trauma en ese parque natural que es la fantasía, según Freud, y dentro del cual las especies más temidas gozan de libertad. De este modo se produce una cierta ligadura del cuantum pulsional que permite una experiencia de placer en el sentido de disminuir la excitación (función negativa) y transformar la exigencia pulsional en una beatífica fantasía, incluso la realización imaginaria de eso que llamé “mito individual del adicto”, pero luego sobreviene inexorablemente el fracaso de esta operación.
He llamado “giro a la pesadilla” al punto final del proceso que preanuncia la repetición de todo el ciclo, en aquellos casos donde la fantasía producida por el efecto químico no logra velar la angustia ante la invasión pulsional, haciendo inevitable su repetición.
El toxicómano es un moderno Sísifo que en vez de cargar con una piedra, carga con la droga.
Esta es en pocas palabras la concepción que tengo del proceso adictivo.
-En el libro anteriormente citado alerta sobre los riesgos de ubicar al adicto como víctima del sistema, por cuanto esto deja por fuera “su condición deseante y los diversos modos del goce”. Por su parte los medios de comunicación a diario, nos hablan de un aumento del consumo de sustancias tóxicas y conductas adictivas ligadas a factores económicos, sociales y culturales. ¿Cuál es su postura frente a esta hipótesis?
-Es todo un tema, y creo que es el psicoanálisis el único discurso que puede decir algo diferente a lo que se repite, efectivamente, por todos los medios y que domina no sólo al pensamiento común sino al de jueces, políticos y terapeutas.
El punto crítico es el de la falta de concepto en que se incurre cuando se confunde el nivel de las “causas” con el de las condiciones. La causa es estructural, es una invariante del sujeto, en cambio las “condiciones” que como usted dice pueden ser económicas, sociales, culturales, y así hasta el infinito, son contingentes, variables y cambian de época en época.
Si la causa de la adicción dependiera de las condiciones, no podríamos hacer pie en ningún lado, y extenderíamos sin límite los posibles factores que intervienen en el fenómeno. De hecho es lo que sucede perdiéndose toda especificidad o posibilidad de ese “paso al límite” que es el concepto.
Freud dijo de sus enfermos, también aplicable a los adictos, que no son víctimas de la civilización, sino que son enfermos de la sexualidad, y en este plano radica la causa que, más allá de condiciones homogéneas al menos temporalmente y válidas para todos, es un plano inconsciente, donde si bien descubrimos mecanismos propios de ese funcionamiento, no podemos generalizar en cuanto a la singularidad del caso.
Hay toda una corriente actual del psicoanálisis que estudia al sujeto como un producto del discurso capitalista y de las condiciones de la sociedad tecno-científica. ¿Es eso lo que dijo Lacan? No lo creo.
Si el sujeto fuera meramente un objeto, entonces sí podríamos afirmar que su realidad queda a expensas de las condiciones en que vive. Pero justamente si decimos “sujeto” es para destacar su responsabilidad más allá de las contingencias de los llamados “factores externos”, cualesquiera ellos sean. Y esa responsabilidad tiene que ver con que el sujeto no puede señalar a nadie como agente de su deseo, que le es particular, y que en la cita de Freud de recién, pertenece a su organización sexual en el sentido más amplio. Por más amplio que sea, tiene que ver con el modo singular de situarse frente a la castración.
La frase mía que usted cita no me gusta mucho pues reintroduce el término “condición” referida al “deseante” lo cual crea confusión. El deseo no está en el nivel de las condiciones sino de la causa, y esta causa, por más que teóricamente le encontremos leyes de estructura, es particular.
Si pretendemos un fundamento para las adicciones, no podemos correr detrás de las condiciones cambiantes del discurso, sea capitalista u otro, porque allí no haríamos más que imaginarizar la causa, como es habitual.
Tenemos que tener un fundamento estructural, tan atemporal como el inconsciente, para poder entender el modo de sufrir, de desear y de gozar de cada sujeto, dentro de esa estructura. Si la causa cambia, no hay causa, hay “factores” circunstanciales. Otra cosa es que en cada sujeto, esa causa funcione de manera diferente siguiendo las reglas de las series complementarias freudianas.
-En la actualidad, en nuestra sociedad se vincula el aumento del consumo de drogas con el incremento de la delincuencia. Haciendo la salvedad que en psicoanálisis se trata del caso por caso, ¿podría de todos modos acercarnos su lectura sobre lo que se presenta como una gran problemática?
-A mi modo de ver son dos problemas diferentes que no conviene mezclar haciendo de uno la causa del otro. De todos modos el problema desborda totalmente lo que como psicoanalista yo pueda pensar.
Para ser delincuente hay que tener una estructura muy particular, que ya conceptualizó Freud en su estudio sobre Dostoyevski, en El delincuente por sentimiento de culpa, en Tótem y Tabú, etc.
No es suficiente con consumir drogas para tornarse delincuente, ni el hecho de ser drogadicto implica necesariamente la delincuencia.
Puede existir una tendencia al acting al modo de un acto delictivo secundario cuando se trata de conseguir dinero para comprar droga, pero aún así, eso no indica que estemos en presencia de un “sujeto delincuente” por estructura.
Es común, incluso entre los expertos, que se le atribuyan propiedades criminógenas a ciertas sustancias químicas, erigiéndolas en causa del crimen. "Si no se hubiera drogado, no hubiera matado, no se hubiera suicidado" concluyen.
Como analistas, debemos ir más allá de ese prejuicio común para tratar de desentrañar la función compleja que cumple la intoxicación en la aceleración del crimen.
El recurso a la droga no "animaliza" al sujeto, antes bien es lo que resta de humano en él pues muestra a qué subterfugio debe recurrir para cancelar la angustia irreductible ante el acto criminal. La división del sujeto sólo logra ser cancelada por la intoxicación, pero no desaparece en el crimen. Que tantas veces el criminal trabaje para su propia aprehensión y castigo, o los casos freudianos de delincuencia por sentimiento de culpabilidad, dicen a las claras de una relación conflictiva con su acto. La apatía sadeana, tan propia de ciertos crímenes monstruosos, no es más que una máscara obtenida gracias a la droga. Detrás de ella sigue existiendo un sujeto en disonancia con el crimen que comete.
Por eso es frecuente que el delincuente emplee la droga como un anestésico que anula lo que en él hay de sujeto y lo deja a expensas de la urgencia por la satisfacción pulsional, en este caso mortífera.
Sería un mecanismo así: como no puedo oponerme al pasaje al acto al que me arrastra la urgencia pulsional, adormezco con la droga a aquella parte que se le opone, y que podría conducirme al horror y no al goce del crimen.
Esta sería a mí entender la función de la droga en relación con la delincuencia.
El consumo de drogas aumenta en nuestra sociedad por una ecuación bastante simple: la relación entre la oferta y la demanda, aunque todo lo que sucede en ese proceso no sea nada simple sino más bien extraordinariamente complejo.
-Acerca de un tratamiento posible con adictos plantea que “una gran cantidad de ellos pueden analizarse ambulatoriamente y detener su auto-destrucción, con mínimas modificaciones temporarias de la “cura tipo”. ¿Podría enunciar alguna o algunas de esas modificaciones?
-Con esas ideas he tratado de desmitificar la concepción habitual de que existiría “el” adicto como un prototipo que debe ser entendido, o mal entendido, desde fuera de su situación particular, y no como un caso singular.
La adicción no es un “modo del ser”, es un modo privilegiado de defensa de un sujeto frente al trauma.
El paciente neurótico cuya existencia no está polarizada por la droga, puede ser tratado ambulatoriamente, sin ningún tipo de modificación en el dispositivo analítico.
Cuando el paciente viene o es traído por familiares debido a problemas de consumo, la experiencia indica que hay que hacer una evaluación de la gravedad. Para un analista la gravedad no está dada por el tipo de sustancia que consuma, sino por el grado de compulsión y tendencia a la repetición que presente.
En algunos casos es aconsejable indicar una internación o cura de desintoxicación, aunque uno sepa que eso es sólo una manera de salir del paso y que no es un tratamiento estrictamente. En todos los casos hay que trabajar hasta que el paciente tome algún grado de conciencia y acepte voluntariamente su internación.
La internación, ya sea psiquiátrica o en establecimientos especializados, cumple la función de establecer un corte, un freno, con respecto a una situación compulsiva donde el paciente resulta incapaz para detener el circuito de la repetición que se ha vuelto vertiginoso e imparable por la palabra.
Muchos de los autores clásicos, habían llegado a la conclusión de que es imposible el tratamiento del adicto sin un período de internación previo. Claro, estamos hablando de adictos graves.
Por otra parte el analista debe hacer participar a la familia y fijar muy claramente cuales son las condiciones para el tratamiento y cuáles son los límites de su responsabilidad. Generalmente la responsabilidad debe ser compartida con la familia, y para el analista quedar circunscripta al consultorio o al lugar donde trabaje, del cual no es bueno que lo hagan salir.
Si no hay familia a la cual recurrir, yo derivaría al paciente a algún hospital que trate el problema o a algún centro como el Cenareso. Y en cuanto a la relación con el paciente en consultorio me preocuparía más por el establecimiento y sostenimiento de la transferencia, que por cuestiones como el encuadre o la necesidad de interpretar.
En general tendría menos distancia personal que con un paciente neurótico, pero sin caer en un exceso de cuidado.
Esto es muy malo, en principio porque el paciente lo percibe de una u otra manera, y además porque como dice Lacan en la Dirección de la Cura: el bien sin duda es necesario, pero quién cura del mal que el bien produce. Todos los grandes males de la humanidad no se han cometido sino en nombre del bien.
Una analista me consulta porque su paciente adolescente adicto a las drogas le exigía una respuesta amorosa insistente, casi insoportable, expresándole de una manera compulsiva que estaba enamorado de ella. La analista no sabía cómo hacer para frenar esta “locura de amor”.
Estudiando un poco el caso, vimos que la conducta del paciente era una respuesta lógica, ya que él se sentía con derecho al amor de la analista en la medida que ella se había comportado durante mucho tiempo con un exceso de cuidado hacia él. Ella había hecho demasiadas cosas para cuidarlo y “contenerlo”, hasta que no pudo contenerlo en el amor loco de transferencia.
El diagnóstico fue: “demasiado amor”.
-En el recorrido que efectúa por textos psicoanalíticos de varios autores a los que denomina “los clásicos”, es frecuente la vinculación entre adicción y perversión. ¿Se podría pensar a las adicciones en relación a la manía?
-La denominación “los clásicos” se refiere puntualmente a los autores del movimiento psicoanalítico que se han ocupado de las adicciones, y está tomada de un libro en francés de J. L.Chassaing y otros titulado: Écrits psychanalytiques classiques sur les toxicomanies.
Si bien el acto de intoxicación suele ir acompañado de lo que los clásicos llaman estado de “elación” para referirse a un acceso de excitación, de exaltación, similar al que acompaña a los estados maníacos, creo que estamos ante dos organizaciones muy diferentes.
Algunos clásicos confundieron ambas cosas porque se guían por las manifestaciones sintomáticas y no por las estructuras en juego.
Lo primero a diferenciar en el plano clínico, es que no todas las drogas, ni siquiera la mayoría, producen reacciones “maníacas” bajo la forma de excitación psíquica.
Quizá la más cercana a la elación sea la cocaína, y en menor escala la marihuana con sus ataques de risa inmotivados y sin sentido. También en algunos sujetos el ácido lisérgico (LSD).
Están además los compuestos químicos más acordes con nuestra cultura del entretenimiento y de la festivización sin fin, como el llamado “éxtasis” que es una droga sintética llamada de diseño, pues está fabricada con compuestos químicos de dudosa procedencia tales como las anfetaminas que le dan al éxtasis un efecto llamado psico-activo, y otros elementos de origen similares a la mescalina que tienen un cierto efecto alucinógeno, efectos que duran varias horas.
Pero drogas como el opio, la heroína, la morfina y algunas otras vegetales, producen más bien el efecto contrario de aplacamiento, de goce sereno que tiende a la inmovilidad. La excitación psíquica en general va acompañada de excitación motriz.
Por otra parte, el estado de excitación, de triunfo, de manía, no es en rigor un estado como el de la manía que cumple un ciclo, sino un acceso que finaliza cuando finaliza el efecto tóxico de la droga sobre el organismo.
Pero la diferencia más importante es que para el psicoanálisis, el fenómeno de la manía no es el efecto de una auto-intoxicación química por segregación de ciertas sustancias cerebrales como lo propone la neuroquímica, sino un mecanismo inconsciente, es decir simbólico que va acompañado de una fantasía de triunfo sobre el objeto, lo que produce un estado de ánimo alegre, y una actitud de omnipotencia y despreocupación frente a ciertos comportamientos riesgosos.
Si alguna similitud podemos establecer, y sólo guiándonos por los síntomas, es considerar a los efectos de la intoxicación con ciertos químicos, ahora pienso en el alcohol, como un acceso reducido de manía artificial, donde el sujeto emplea la droga como el recurso privilegiado para sobrellevar su malestar, es decir el malestar de vivir soportando la falta de satisfacción, lo que yo he llamado “abstinencia estructural”. Y este fin negativo que consiste en negar el dolor de existir, es a veces experimentado en positivo como el acceso a los “paraísos artificiales” de Baudelaire, pero del cual el iluso es inmediatamente desalojado.
Tendríamos que ahondar en la estructura y la clínica de la manía para darnos cuenta hasta donde están en juego los procesos inconscientes, en una reacción que parece arrasar al sujeto, pero que sin embargo, como en un sueño, toda esa dramática va en el sentido de satisfacer deseos inconscientes.
No podemos decir lo mismo de la intoxicación, donde el sujeto busca un estado de apatía (que clínicamente puede situarse en cualquier punto entre los extremos del estupor y de la manía) que le permita desentenderse de su propia falta y por lo tanto de su responsabilidad.
-Dentro de los clásicos incluye a Ferenczi de quien dice que “fue y sigue siendo un autor reprimido dentro de la historia del movimiento”, se refiere al psicoanalítico. ¿Por qué Ferenczi tiene esta condición de reprimido y cuáles destacaría como sus aportes fundamentales?
-Es evidente que Ferenczi incomodó mucho al psicoanálisis, incluso al propio Freud, con sus innovaciones técnicas y con eso de poner al psicoanalista, no al paciente, “en el banquillo”, concepto que Lacan retomó en la Dirección de cura.
Esas consideraciones sobre Ferenczi que usted cita, las escribí con motivo de la aparición del “Diario Clínico” en la Argentina, y quedaron incluidas en un primer libro mío que se llama Psicoanálisis un discurso en movimiento, publicado por Biblos en 1994.
Allí decía que Ferenczi escandalizaba con su pasión por ciertas innovaciones técnicas, audaces y comprometedoras, como las del “análisis activo”, y la neocatarsis, hasta llegar en su Diario a proponer el “análisis mutuo” entre analista y paciente, y el acabóse: “la cura telepática”, procedimientos que se sitúan en los márgenes del discurso psicoanalítico, o más allá.
Todo esto fue obviamente rechazado en la historia del movimiento, pero ese rechazo impidió realizar una lectura psicoanalítica de su pensamiento donde, gracias a Lacan que lo leyó, encontramos la incidencia más urgente de los problemas actuales del psicoanálisis. Por otra parte, ya sabemos el destino de lo que se rechaza: produce la proliferación de su retorno por otras vías.
En la historia del psicoanálisis nada mejor que la audacia de Ferenczi para demostrarnos lo que es la fecundidad del desvío y la insistencia de la verdad en el error cuando más allá de la pasión puesta en juego, las cosas no dejan de verse desde la posición del analista.
Con una ingenuidad casi mágica Ferenczi destapa los problemas cruciales del psicoanálisis, que desde Lacan ocupan a los analistas: la pregunta por el deseo del analista y su eficacia en la dirección de la cura, la responsabilidad del analista en la transferencia, el problema del final del análisis, y esa manera tan brutal de acentuar que la resistencia cae del lado del analista y no del paciente. Por ejemplo, en el Diario Clínico se pregunta: ¿quién está loco, nosotros o los pacientes?
Aunque Ferenzci, ante la pregunta por quién analiza responda soy “yo”, sitúa sin embargo la pregunta correcta: ¿quién analiza hoy? que Lacan retoma en la Dirección de la cura. Este error en la verdad, convierte su práctica casi en una cuestión personal, donde un desenlace de tragicomedia se cierne sobre la escena. Por ejemplo confiesa que si la transferencia de un paciente se ha vuelto tan apasionada, es debido a su frialdad de sentimientos, por prometer y no dar nada. Lacan diría lo mismo pero exactamente al revés: si la transferencia se ha vuelto apasionada es por mi propia pasión puesta en juego y por no poder sustraerme a las promesas para poder “dar nada”.
En el límite de su compromiso activo, llega a plantearse las complicaciones debidas al hecho de tener más de un paciente en análisis. ¿Cómo prometerme amor único a un paciente, si al mismo tiempo se lo prometo a otros? No deja de ser una cuestión ética, aunque errada en sus términos.
¿No le parece que hay un cierto movimiento de retorno a Ferenczi?
Fíjese en las Jornadas y Encuentros alrededor de su obra, incluso en este momento estoy dirigiendo una tesis sobre su obra en el Doctorado de la Universidad de Buenos Aires, cuyo plan fue debidamente aprobado por la Universidad.
El movimiento psicoanalítico, desde el rechazo de Freud de quien había sido su “gran visir”, y desde los desdenes de E. Jones, ha creído poder sepultar en el olvido a Ferenczi con éxito sólo aparente.
Su vigencia insistente pero denegada, anima todas las “innovaciones técnicas” aportadas hasta hoy.
Pero quizá haya una diferencia: Ferenczi buscaba una apertura de la dimensión real del inconsciente freudiano, los innovadores posfreudianos que lo imitan sin saber, parecen buscar en cambio el sepultamiento del inconsciente bajo los escombros de las soluciones técnicas.
Otro estilo de retorno a Ferenczi, menos “tóxico”, es el que puede producirse a partir de la lectura de Lacan, en eso estamos.
-Su lectura del pensamiento de Martín Heidegger se ha puesto de manifiesto en diversos artículos publicados y se ha plasmado en Lo fundamental de Heidegger en Lacan. ¿De qué manera surge su interés por este filósofo alemán, discípulo de Husserl?
-Me considero un afortunado por haber podido seguir los cursos de Raúl Sciarretta sobre Heidegger en las décadas del ‘70, del ‘80 y hasta su muerte.
Creo que él fue el primero en señalar la importancia del filósofo a lo largo de toda la obra de Lacan, aunque esta importancia haya sido desestimada por algunas corrientes del lacanismo y reducida a una cierta influencia en los primeros tiempos de la enseñanza de Lacan.
Sciarretta enseñaba Heidegger muy puramente, pero no dejábamos de comentar continuamente las sorprendentes articulaciones con las ideas de Lacan, de las cuales Raúl tenía también un conocimiento acabado, no como psicoanalista, pero sí como intelectual que sabía muy bien el movimiento del pensamiento de la época donde se hacía fuerte el psicoanálisis.
Muchos años después encontré en Badiou la frase “el pensamiento actual ya no piensa sin el psicoanálisis”, y evoqué inmediatamente lo que aprendíamos de Sciarretta.
En los años sesenta yo tenía muy poca idea de Lacan mismo, sólo sabía que existía y que se anunciaba como muy importante. Lo primero que había estudiado de él fue en la Universidad con un filósofo casualmente, el profesor Conrado Eggers Lang, que en su cátedra de Antropología filosófica enseñaba el escrito “El estadío del espejo como formador de la función del yo”. Recuerdo que era una lectura muy poco psicoanalítica, pero muy impresionante para mi.
Me parecía encontrar allí un fundamento muy real para el pensamiento, que a mi entender, no tenía la psicología de la época.
Esta especie de “casualidad”, ya que esto sucedió cuando había terminado la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires y estaba haciendo algunas materias adicionales para el profesorado en Psicología, despertó todo mi interés por Lacan, que obviamente no pude leer solo, y casi podría decir que aún no puedo.
Quizá sí pueda ahora leerlo solo, si por solo se entiende no participar ya en grupos de estudio a cargo de un “enseñante” como decimos los analistas, o no seguir cursos universitarios. Pero de ninguna manera podría leer a “Lacan solo”, es decir sin recurrir al aparato crítico que él mismo maneja para nutrir y fundamentar su pensamiento, dentro del cual me parece que uno de los más influyentes pensadores es Heidegger. Es el que, en lo que él llama “el final de la filosofía”, propone un camino hacia un nuevo pensar, ya que la filosofía ha llegado a un “algo” (recordemos el etwas freudiano) que el pensamiento filosófico ya no puede pensar. Lo que la filosofía no puede pensar tiene que ver con una nueva razón no metafísica que bordea a “la razón desde Freud”.
Es por eso que en el libro que menciona en su pregunta, yo me atrevo a finalizar la frase donde Heidegger se interroga con respecto a lo que “hay” (es gibt) después de la filosofía, respondiendo: hay el psicoanálisis.
Veinte años después, mi colega y amigo Mario Pujó me hizo conocer un libro que me sedujo totalmente. Es el que publicaron Jorge Alemán y Sergio Larriera, psicoanalistas argentinos radicados en España, y que se llama Lacan: “Heidegger, un decir menos tonto”.
Creo que ese libro me marcó de una manera tan profunda que ni me di cuenta de la importancia que tuvo para mi. Es más, lo olvidé totalmente durante quince años hasta un momento muy particular donde no tuve más remedio que recordarlo. Luego de publicado mi libro Lo fundamental de Heidegger en Lacan, Mario Pujó me llamó nuevamente la atención sobre el libro de Alemán/Larriera. Mientras lo iba leyendo recordé haberlo leído ya, pero no sólo eso, sino que mi libro se me aparecía como un efecto de criptomnesia de aquella lectura. Me pasó algo parecido a lo que a Freud con respecto a Empédocles, por eso hablo de criptomnesia.
Sentí la necesidad entonces de llamar a Alemán, casi sin conocerlo personalmente, y comentarle el asunto. Creo que el se sintió muy feliz de comprobar que su libro no había caído en saco roto entre los psicoanalistas argentinos, sin darle ninguna importancia a lo que yo había llegado a considerar como una especie de robo de ideas involuntario. Posteriormente cuando vino a la Argentina ya como agregado cultural de la Embajada Argentina en España, fui a escucharlo en una de sus conferencias y establecimos una relación muy amigable. Escuché de él con mucho orgullo que Larriera había leído mi libro y que se lo había comentado elogiosamente.
Por supuesto que en mi libro no he tomado nada de ellos literalmente, pero, al menos yo, noto que entre ambos, el de ellos y el mío, hay una evidente “fraternidad en el decir”, para decirlo con las palabras con que Lacan se refiere a su relación con Heidegger.
En una nueva edición que está en preparación aunque bastante demorada, además de agregar algunos capítulos nuevos, he tenido la oportunidad de citar e incluir entre las referencias el libro de Alemán/Larriera, y otros que ellos, juntos o por separado, han publicado posteriormente.
Estoy seguro que de ellos aprendí que no hay Lacan sin Heidegger.
En Alemán por ejemplo se puede leer claramente que los problemas que hoy preocupan al psicoanálisis como la cuestión del discurso capitalista, o de la influencia de las condiciones masificadoras de la cultura tecno-científica sobre el sujeto contemporáneo, están notoriamente anticipadas y pensadas por Heidegger, en una línea similar a la de Lacan y a la de toda una orientación del pensamiento lacaniano sobre lo contemporáneo, aunque ese pensamiento, a diferencia de Alemán, desconoce a Heidegger.
Finalmente, el estímulo para escribir sobre estas lecturas e investigaciones, provino de las invitaciones que periódicamente me formulara la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino a publicar en el dossier Heidegger de la revista Imago-Agenda. Su director, Rogelio Fernández Couto, que ha promovido fuertemente la investigación en torno a las relaciones Heidegger/Lacan, conocía mi trabajo por los cursos que dictaba en su Fundación y nunca dejó de apoyarme, actitud que culminó en la publicación de mi libro a cargo de la Biblioteca Martin Heidegger bajo su dirección, y que tiene ahora en preparación una segunda edición actualizada y aumentada en varios capítulos.
-Si tuviera que destacar tres conceptos del “cruce” (tal como usted lo denomina) entre Lacan y Heidegger, ¿cuáles señalaría y por qué?
-En este trabajo de construcción de una lógica de la relación Heidegger/Lacan, surge la idea de “cruce” como referencia a un momento, a un lugar, donde ambos pensadores, viniendo de discursos diferentes y tensionados hacia una proyección también diferente, se encuentran en ese punto de cruce produciendo un chisporroteo, un encuentro electrizante entre dos lenguajes y dos posiciones heterogéneas. Ambos, por distintos caminos se cruzan en un mismo punto, el punto de lo indecible, el punto donde fracasa el discurso académico, donde apenas puede balbucearse lo que se presenta casi como irreconocible en el límite del pensar así como de la práctica clínica. A eso Freud lo nombró como etwas, Heidegger alcanzó también a reconocerlo y lo llamó es gibt, y Lacan le dio ya un estatuto conceptual como “lo real” como ex—sistencia con respecto a lo imaginario y lo simbólico.
Este pequeño descubrimiento me parece que justifica ampliamente hablar de “cruce” en la medida que abre el campo a una vastísima investigación.
En cuanto a los tres conceptos a destacar por los cuales me pregunta, mencionaré los que espontáneamente me vienen a la mente, no sé si los más importantes, pero como confío en lo inconsciente antes que en la planificación, seguramente tendrán una lógica que podremos reconstruir.
Se me ocurre ahora como muy importante que ambos autores “se cruzan” en su encuentro con la imposibilidad de decir el ser. Para ambos el ser pertenece al campo de lo inarticulable. Y lo que es más importante, ambos entienden que el camino al ser es el camino de la escucha, no de la teorización ni de la comprensión del ser.
El punto de cruce en este problema es el artículo “Logos” de Heidegger, que Lacan, en sus “audacias de traductor” según él mismo, tradujo al francés y publicó en el primer número de la revista La Psychanalyse.
Lacan se mostró vivamente interesado en este artículo, a tal punto que viajó a Alemania para pedirle a Heidegger la cesión de los derechos para traducirlo y publicarlo, cosa que obtuvo.
El artículo consiste en una lectura analítica muy detallada y profunda del fragmento 50 de Heráclito, que no recuerdo todo de memoria, pero sí recuerdo lo que nos interesa aquí: Heráclito dice algo así: “si lo que ustedes han escuchado no proviene de mí sino del logos, entonces es sabio decir”… etc.
Fíjese que antes del decir está el escuchar, por otra parte lo que yo digo, no proviene de mí, hay un Otro que habla en mí, es decir, el sujeto está dividido entre el acto de decir que le pertenece, y lo dicho que no le pertenece. Por eso lo sabio no es escuchar lo que “yo digo” sino lo que el Logos dice a través de mi palabra. El logos es el lugar de donde proviene la palabra, que no proviene de mí.
Por eso, decía, el camino al ser, y también del ser, es una posición de escucha.
Pero, podríamos preguntarnos ¿qué se escucha? A lo que responde Heráclito: el logos, donde “todo es uno”, que es la frase final del fragmento. El decir todo lo real, que no se puede decir, se transpone en el logos, esto es en ciertas reglas lógicas del lenguaje que al mismo tiempo que profundizan la pérdida del ser, se constituyen en la única vía donde la resonancia del ser se hace escuchar.
A este eco del ser que puede ser escuchado en el Logos, Freud lo llamó el inconsciente, mientras que Heidegger, no demasiado lejos, lo quiso encontrar en el lenguaje poético.
En este verdadero giro de Heidegger que va de la pretensión de decir el sentido del ser, hacia la palabra del ser que se escucha, me parece ver que se cuela un cierto residuo de pensamiento metafísico aplicado al análisis del lenguaje. Heidegger cree tanto en la verdad de las palabras, que mucho de su obra consiste en el análisis etimológico de los vocablos, como si en ellos buscara y pretendiera encontrar un sentido consistente reprimido que alguna vez tuvieron. Un sentido que operaría como el sentido verdadero, como el significado originario que encerraría al mismo tiempo que lo real, la verdad. Como si fuera un punto de juntura entre lo óptico y lo ontológico.
No es para nada la idea de Lacan, que juega con las palabras, se burla de ellas, las distorsiona, crea neologismos, buscando en ellas más bien un efecto de “despertar” que un sentido verdadero. En síntesis, y esto es algo que no alcancé a decir en mi libro pues no lo había pensado, Lacan toma el aspecto significante de las palabras, mientras que Heidegger tiene una especie de respeto sagrado por algún significado perdido a develar.
En elSigma he publicado recientemente un artículo sobre el trabajo de Heidegger acerca de un poeta trágico alemán que me conmueve, como a muchos, George Trakl, que pudo llegar hasta el borde de la verdad del ser gracias al lenguaje poético, pagando esta osadía, como tantos otros poetas malditos, con la locura primero, y con la propia vida después.
Lacan por su parte, como sabemos, habló del “ser de no ente” en el sentido de que es imposible entificar al ser, no podemos asirlo en ninguna de las categorías aristotélicas. Justamente si las categorías se multiplican, es porque ninguna de ellas es capaz de decir el ser, sino de nombrar apenas alguna de sus cualidades. Luego dijo “ser carente de ser” lo que no deja de ser un soberbio sinsentido y un forzamiento del lenguaje ante la imposibilidad de nombrar ese agujero constitutivo.
Lacan en sus últimos seminarios relacionó el fin de análisis como un “tiempo de ser”, no en el sentido de un acceso final a la unidad del ser que superaría la división del sujeto, sino como un situarse en lo irreductible del síntoma. Es decir no hay otro ser que “ser el síntoma”, es decir “ser” no en la unificación de la personalidad, sino en el reconocimiento que lo más real de mi, en algo que no siendo “yo”, que siendo desconocido, es sin embargo lo que me identifica en cuanto a lo que soy: el síntoma.
En fin, podríamos seguir pero creo que no es el lugar.
Volvamos a Heidegger, ya que toda su obra gira en torno a la cuestión del ser.
Su obra princeps, Ser y Tiempo, escrita sin embargo al principio de su recorrido, creo que en 1927, se estructura en función de un objetivo: explicitar el sentido del ser, no en el tiempo, sino construyendo el tiempo a partir de la experiencia del dasein, tiempo que se diferencia totalmente de aquel que puede ser medido cronológicamente, y al que Heidegger llama “temporalidad”.
Comento esto pues en su primera pregunta usted nombró muy acertadamente a Heidegger como discípulo de Husserl, y es justamente en la concepción del tiempo como “imposible de medir”, donde la deuda de Heidegger con Husserl es más patente.
Después de Ser y Tiempo, Heidegger dejó de preocuparse por el sentido del ser, entrevisto ya como imposible hacia el final de la obra, y comenzó a orientarse hacia la verdad del ser, sobre todo en el campo de “la palabra del ser”, es decir, un ser no ha ser dicho en su sentido, sino a ser escuchado en la revelación de su verdad, que sólo reside en el mundo simbólico del lenguaje. Este movimiento, que plasma como su die khere, es decir, giro, torsión, arranca a mi entender en su siguiente gran obra Aportes a la filosofía, Acerca del evento de unos diez años después de Ser y Tiempo.
Notemos que desde el mismo título ya no se trata del sentido, sino del evento del ser, es decir del ser como acontecimiento, como algo que “se produce”, o como dice Heidegger: se esencia, sin que nadie lo pueda producir.
Lacan, a pesar de no esperar demasiado de la filosofía descubrió en estas ideas de Heidegger una resonancia muy potente para orientar su propio pensamiento.
En el cruce, un segundo punto que se me ocurre, ya que se relaciona con el anterior, es el de las diferencias en la manera de entender al sujeto. Sorprenderá quizá que diga “diferencias” pero sucede que entiendo el cruce como hecho de relaciones y diferencias, ya que estas últimas también permiten resituar las relaciones.
Creo que en la investigación, si queremos encontrar similitudes, tenemos que ubicar primero las diferencias, de lo contrario encontramos parecidos y semejanzas por todos lados, que no son sino imaginerías.
Heidegger rechaza totalmente la noción de sujeto, y casi no emplea esa palabra en su obra. ¿Por qué? Porque la considera contaminada con toda la herencia metafísica del sujeto que se construye a partir del cogito cartesiano.
En nuestros términos, lo que rechaza Heidegger es la identificación del sujeto con el yo, y para evitarla crea el término que será el objeto de su investigación en Ser y Tiempo: dasein, una nueva forma de nombrar al ser como no identificado con el ente, sino como des-sustancializado por su atravesamiento, por su residencia en el mundo podríamos decir, pero teniendo en cuenta que el mundo del dasein es el mundo simbólico, el del otro y el del Otro, no el mundo natural.
Lacan por su parte conserva el término sujeto, y su proyecto es arrancarlo de la identificación con el yo al que lo había condenado la filosofía, la psicología y también el psicoanálisis tradicional. Para eso “retorna” a Freud y reformula la “escisión del yo” freudiana en términos de “división del sujeto” constitutiva e irreductible.
El sujeto freudo-lacaniano está dividido entre conciente e inconsciente lo cual equivale a decir, entre saber y verdad. Mi saber no puede abarcar, ni decir, la verdad de lo que soy, pues eso es inconsciente, inalcanzable como tal.
Pero no confundamos, como se hace habitualmente, al sujeto del psicoanálisis con el dasein heideggeriano.
El sujeto es un efecto de verdad, no la verdad, de un ser que siempre se sustrae. El sujeto no está en el plano del ser, es un efecto simbólico de lo real, mientras que el ser es real, es decir imposible, y no localizable en el sujeto sino en el “mundo”. Yo diría, lo pienso ahora y por lo tanto le ruego lo tome con pinzas, que el ser está en el nivel de la causa, que es imposible de decir, y el sujeto se sitúa como un efecto, es decir se conoce por su representante: un significante.
Mientras que con su dasein, Heidegger pretende haber superado los engaños del sujeto cartesiano. Que en el cogito encontramos un saber imaginario carente de verdad, están, parece de acuerdo, tanto Lacan como Heidegger.
Lacan en realidad homologó su objeto a al dasein heideggeriano: “el objeto a, nuestro único dasein”, dijo, señalando así la paradoja de que el ser, sólo es ubicable como ese objeto parcial desprendido de la unidad del ser y perdido para siempre.
Quiero decir con todo esto que Heidegger, a pesar de su rechazo explícito del sujeto por metafísico, crea una noción donde eso que rechaza, retorna de una manera como sólo puede lograrlo un pensador abierto como él y muy próxima al sujeto del psicoanálisis, aunque a él el psicoanálisis le importara muy poco.
Su dasein también está dividido ya que está constituido en y por el mundo, es decir por el objeto y por el Otro, y lo que Heidegger estudia en la analítica del dasein, son los efectos de esa división.
También para Heidegger el ser sólo es encontrable fuera de la unidad del sujeto, sólo en el dasein, es decir fuera de la unidad entificante.
Quizá la diferencia más importante sea que para Heidegger el objeto donde se refugia el dasein es un objeto mundano, mientras que para Lacan, ese objeto-ser, es una parte topológicamente cercenada del sujeto, al modo del cross-cap.
Le agradezco por la precisión y pertinencia de sus preguntas, y por la atención con que ha leído mis publicaciones y me ha seguido en mis respuestas.
-En nombre de elSigma quiero expresarle mi agradecimiento por haberse explayado tan generosamente en cada una de las preguntas que le formulara. Los aspectos aquí abordados mantienen una estrecha relación con interrogantes que hacen a la clínica psicoanalítica actual y que muchas veces –empujados por la “urgencia”– son abordados desde lo fenoménico, perdiendo de vista la estructura que motiva tales expresiones.
Héctor López, Psicoanalista. Profesor en psicología de la Universidad de Buenos Aires. Doctor en Psicología, Universidad de Belgrano, Argentina. Profesor titular regular y Director de la Maestría en Psicoanálisis en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Profesor titular en la Maestría en Psicoanálisis y en el Doctorado de la UBA en la Facultad de Psicología,
Autor de los siguientes libros: Psicoanálisis un discurso en movimiento, Biblos, Buenos Aires, 1994; Las adicciones sus fundamentos clínicos, Lazos, Buenos Aires, 2003; Lo fundamental de Heidegger en Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2005
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