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La menstruación en análisis

17/02/2019- Por Sofía Rutenberg y Julián Ferreyra - Realizar Consulta

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La menstruación no es un síntoma en sí mismo, afirman los autores, pero suele verse envuelta en formulaciones sintomáticas. De eso se ocupa este texto, apelando a un recorrido que considera desde algunos tabúes freudianos (de la virginidad, de contacto, de la sangre) hasta referencias en Lacan y otros autores. La propuesta de extraer a la menstruación tanto de sus determinaciones puramente biomédicas como de los prejuicios habituales (populares o psicoanalíticos) invita a debatir y reflexionar.

 

 

 

                                 

                                   “Durazno sangrando” (1975)*

 

 

“En ese período es cuando siente más penosamente a su cuerpo como una cosa opaca y enajenada (…) la mujer, como el hombre, es su cuerpo: pero su cuerpo es algo distinto de ella misma”                                             

                                               Simone de Beauvoir (1949)

 

“Ese dolor somático no fue creado por la neurosis, sino sólo aprovechado por ella, aumentado y conservado”

                                              

                                               Sigmund Freud (1893-5)

 

 

 

1- Introducción

 

  ¿Es posible incluir a la menstruación dentro del campo del psicoanálisis, definido este último como el campo de los síntomas (Lacan, 1955)? Síntoma, entendido aquí, como cualquier suceso que implica fenómenos paradojales.

 

  A las mujeres se les suponen múltiples enigmas y una biología en común: todas menstrúan una vez por mes hasta el momento de la menopausia. Se les supone además que todas sienten dolor, están histéricas[i], de mal humor y en un estado hormonal[ii].

 

  Pensar a la menstruación en análisis apunta a delimitar efectos desde diversas experiencias clínicas; no es nuestro objetivo teorizar o producir una metapsicología de la menstruación, lo que produciría justamente una universalización del problema y abonaría a la medicalización desde un supuesto discurso psicoanalítico. Pero sí por el contrario, y en tanto suceso común y corriente, pensar a la menstruación en psicoanálisis recoge el espíritu de una psicopatología de la vida cotidiana.

 

  Este escrito enuncia tres líneas de trabajo para situar a la menstruación en análisis: en primer lugar, como una buena excusa para bordear el anudamiento sexualidad y muerte; en segundo lugar, como una forma típica o clisé de la posición subjetiva frente a lo traumático ‒y de la elección forzada allí en juego, que incluye lo propio de la menarca‒; y en tercer lugar, la propuesta clínica de leer a la menstruación dentro del más allá del principio de placer y, por ende, pudiendo intervenir en la repetición.

 

  Primeramente se desarrollan aspectos generales para pensar a la menstruación como un suceso que un/a psicoanalista recortará desde su escucha ‒desde el discurso de analizantes mujeres pero no únicamente‒ y que podrá eventualmente resultar significante. Por ello se pone énfasis en su relación con la historia, el síntoma, el cuerpo y la entrada en un tratamiento. Luego y en paralelo se reflexiona acerca de los efectos de la biomedicalización en torno a la menstruación, en articulación con fragmentos y construcciones clínicas.

 

 

2- Una molestia que no molesta

 

  Desde Lacan, “el hecho de que el síntoma deba ser tomado cada vez como particular, no le hace perder su carácter universal, sino que, más bien, le hace conservarlo, gracias a su estructura de significación” (Ibídem, p. 84).

 

  Sin necesidad de una relación de dependencia con el diagnóstico, el síntoma analítico para ser tal debe ser escuchado desde la máxima singularidad posible, es decir, desde su diversidad y egodistonía yoica. Estos dos últimos rasgos, en general, son desoídos u omitidos en relación a la menstruación en un psicoanálisis tanto por psicoanalistas como por analizantes.

 

  A lo sumo la misma es ubicada como una molestia que no molesta en términos subjetivos, o un mero hecho hormonal. Así, atribuirle a los relatos de las pacientes sobre la menstruación el carácter de obviedad propia de ese momento del mes resulta un error, por otorgar y al mismo tiempo cerrar un sentido.

 

  Esto lleva a que no se interrogue sobre lo que cada cual experimenta en su período, claudicando la posibilidad de problematizar que muchas mujeres sintomatizan de forma muda, egosintónicamente, a través de la menstruación. El problema, creemos, se suscita cuando mayoritariamente se toma a la menstruación como una conducta típica de las mujeres; esto es, una conducta que se exceptúa del campo transferencial y, por ende, de toda escucha posible.

 

  La menstruación podrá hacer las veces de metáfora, aun estando omitida y sin nombrarse. O en todo caso, comienza a ser metaforizada no sin su nombramiento previo, no sin incluirla en el discurso.

 

  Pero así como en los sueños biográficos o programáticos[iii] descriptos por Freud (1911), y la abstinencia a su prematura interpretabilidad, la menstruación que se alude y escucha en los primeros momentos de una cura la posición subjetiva en torno a esa escena suele representar[iv] en sí misma al síntoma principal (Ibídem), esto es, al contenido en bruto del conflicto neurótico. Por ello también la inconveniencia estrictamente clínica de producir una metapsicología o saber específico al respecto.

 

        

3- De la universalidad a una singularidad posible

 

  ¿Qué es la menstruación en la singularidad de cada mujer?

Una paciente de 40 años llega a análisis porque cuando menstrúa se pone muy mal, se irrita, trata mal a las personas, sobre todo a los hombres; llora, se encierra en su casa y duerme mucho. Cuenta que cuando era más joven menstruaba y tenía sangrados tan fuertes que terminaba en la guardia. Asocia que por la misma época tuvo un aborto.

 

  Se interviene sobre esto diciéndole que el aborto no necesariamente traía hemorragias y se le pregunta si recuerda algo más. Se pone a hablar sobre la muerte de su hermana, quien hacía algunos años había fallecido de cáncer de útero, transcurriendo varios años de su enfermedad con sangrados muy fuertes.

 

  La paciente estaba por demás identificada a la enfermedad de ésta, su única hermana; y cada vez que menstruaba, suponía que siendo la única hija viva debía dar hijos cuestión que ella nunca se había planteado o preguntado por lo menos hasta el momento. El tratamiento operó tanto sobre esto último, tener hijos como un mandato familiar, como también sobre lo primero: el temor, neurosis de destino mediante, a la muerte como “efecto” de la maternidad.

 

 

4- Sexualidad, historia, muerte

 

  El dolor que sentía la paciente estaba sujeto al dolor físico de la menstruación, pero sin ningún nexo con su historia. Había pasado por otros espacios terapéuticos pero, habiendo llevado la menstruación a análisis/terapia, nadie la había podido escuchar como tal: como un síntoma-signo. De este modo, el dolor de la menstruación se vuelve una excusa una vez por mes para sentir un dolor fisiológico y moralmente aceptable, pronosticable, esperable y normal.

 

  El inconsciente se sirve del discurso de la biomedicina en torno a la menstruación y la hace pasar como algo tan natural que nadie desconfía: modelo médico hegemónico mediante (Menéndez, 2003), se piensa a la menstruación como algo a-histórico y a-social. Una lectura biologicista del cuerpo, esto es, un dolor mensual sin historia.

 

  Por el contrario, introducir a la menstruación, nombrarla, trae a la escena analítica a la sexualidad y la muerte, tal como si la menstruación fuera en sí misma sexualidad y muerte en el propio cuerpo.

 

        

5- La regla [fundamental]

 

  Otra paciente joven lloraba todos los meses que menstruaba porque quería tener un hijo y no podía quedar embarazada. Ya se había hecho varios tratamientos y los médicos le decían que no tenía ningún problema, que era fértil. Pero ella era alguien que decía llorar prácticamente nunca.

 

  Entonces se le pregunta por qué específicamente el llanto como efecto, y por qué un llanto mensual, sistematizado. Se queda en silencio y luego dice: creo que por mi padre. Había pasado muchos meses de análisis quejándose por la frustración de no quedar embarazada, pero nunca había mencionado la reciente muerte del padre, ni creía haber llorado específicamente por su fallecimiento.

 

  Se pregunta si desea tener hijos en tanto su propio padre no los va a conocer, pregunta que nunca se había podido formular. Del dolor y del llanto, y asociados a éstos, emergió la pregunta por su lugar como madre-hija. La fantasía freudiana de la mujer dándole un hijo al padre adquiere aquí su valor clínico: no un fantasma típico o inherente al “ser femenino”, sino más bien un cortocircuito o respuesta que evita la formulación de una pregunta propia, singular.

 

  Por ende, dicho fantasma grafica cómo el deseo será siempre y únicamente deseo del Otro hasta tanto no se introduzca la dimensión singular que un psicoanálisis permite. Y esto se produjo aquí poniendo a trabajar la regla [fundamental].

 

 

6- Normalidades y regularidades: no me viene [el deseo]

 

  La medicina supone mediante el estudio del cuerpo que las mujeres requieren la regulación de la menstruación para estar dentro del rango de la normalidad. Muchas mujeres que tienen irregularidades en sus ciclos menstruales son medicadas con anticonceptivos orales para regularizar las hormonas.

 

  Sin tener en cuenta un miramiento de la subjetividad de cada mujer y su cuerpo singular, se naturalizan y biologizan los procesos físicos equiparando a todas las mujeres a un único modelo biológico: un universal de mujer. La amenorrea (ausencia de menstruaciones) para la medicina tiene causas en torno a la obesidad, el peso muy bajo, el exceso de ejercicio físico y, en última instancia, causada por cuestiones “emocionales” o de “estrés”.

 

  Desde el psicoanálisis, lejos de ubicar únicamente una causa física, puede pensarse desde la singularidad del síntoma, desde lo metafórico, y afirmar que a veces no les viene el deseo. El dolor del cuerpo no permite el pensamiento, sino que hace que la persona sólo piense en dolor o, lisa y llanamente, que alguien piense dolor.

 

 

7- Masoquismo, conversión, cuerpo y tabú

 

  Según Freud (1933[1932]) el masoquismo es por excelencia femenino; en caso de que se presente en varones esto implicaría que tienen rasgos femeninos muy nítidos. Del planteo freudiano puede leerse que, en lugar de expresarse en el exterior, la hostilidad en las mujeres retorna al propio cuerpo dado que son educadas en su mayoría desde el mandato de ser señoritas, no portarse mal, no contestar, no ser irrespetuosas, no gritar, no ser violentas ni agresivas, dando lugar a grandes montos de malestar y dolores “físicos”.

 

  Así, que la mujer sofoque su agresión “... favorece que se plasmen en ellas intensas mociones masoquistas, susceptibles de ligar eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia adentro” (Ibídem, p. 107).

 

  El problema del masoquismo presentado por Freud nos permite una reflexión sobre los cuerpos de las mujeres, en su mayoría expuestos al dolor físico; una reflexión que ubica divergencias con el modo en que sintomatizan los varones, quienes tienen una enorme dificultad para poner a hablar al cuerpo. De esta manera, el dolor de la menstruación puede ser un modo en que algunas mujeres padecen con el cuerpo, y no únicamente una cuestión de su biología.

 

  En el mismo sentido, y respetando la especificidad, el síntoma conversivo puede pensarse en solidaridad con la menstruación, siendo esta última otro modo posible y eventual del hecho pulsional en el cuerpo.

 

  La menstruación, con los ropajes de la medicalización y la biomedicina, pasa desapercibida y queda como “anillo al dedo” para desdibujar el padecimiento subjetivo. Como dice una publicidad de toallitas femeninas “¿Será porque te vino?” [y podríamos agregar ...¡el dolor!]. Cabe aclarar una obviedad: hay mujeres que no sintomatizan con la menstruación.

 

  Caeríamos de igual forma en la biologización y en la creencia de una esencia femenina común a todas si así lo sostuviéramos. Dicho de otro modo, no-toda menstruación debe ser pensada como sintomática. Por esto, no planteamos a que la menstruación sea un síntoma, ni tampoco un universal idéntico en todas las mujeres. Se trata en todo caso de dar lugar a que la menstruación implique un Real, dado que el sangrado menstrual está cargado de tabúes que dificultan que algo de eso pueda ser nombrado.

 

  Según Freud (1917) en los pueblos primitivos las mujeres eran desvirgadas por sus padres o algún hombre de la familia para que la persona con la que se casara no tuviera que atravesar por el momento de ver la sangre de la mujer, signo de la castración (de la madre) por excelencia, y vía regia de la angustia y lo siniestro. Tabú de la virginidad, del contacto, de la sangre: el tabú o el mito deben supeditarse a la escucha, y no al revés.

 

 

8- La pregunta por la sangre

 

  Un varón de 45 años consulta, y aparece una pregunta en torno a la menstruación de su hija de 12 años. Con mucha dificultad y con no menos vergüenza relata en sesión que hace pocos días su hija tuvo su menarca. Se encuentra separado de la madre de esta hija desde hace casi 10 años, y en esta coyuntura la madre está también distanciada de la hija; por lo cual, el padre se encuentra encargado de los cuidados de su hija, habiendo comenzado a vivir con él desde hace unos meses.

 

  La primera menstruación de la joven trae en su relato expresiones tales como “se hizo señorita”, pero sobre todo se recorta una preocupación latente: se lamenta porque la joven no cuenta con su mamá en estos momentos, y dice que sería bueno que tuviera a su mamá ahora, para hablar de esas cosas de mujeres.

 

  Aflorando al extremo su timidez, dice esto y espera una respuesta del analista, quien le contesta que no necesariamente una mujer es la que puede y debe hablar de cosas de mujeres; se le pregunta a qué llama “cosas de mujeres”, y se le recuerda que él como padre podría tranquilamente acompañar a su hija en este momento tan especial.

 

  Aflojando su timidez, continúa hablando, asocia, y responde que lo que verdaderamente le incomoda del asunto es la cuestión de la sangre. Le interrogo al respecto, y la sangre cobra su valor en el discurso: su hija es adoptada, y si bien ella siempre supo de su condición, su sangre va más allá de él y su linaje. El aparente tabú del contacto de un hombre-padre frente a la primera menstruación de su hija permite ver al verdadero tabú en cuestión: la cuestión filiatoria, esto es, cómo ejercer una paternidad más allá del lazo sanguíneo.

 

  Recordamos que la sangre, previo a los descubrimientos del ADN y la genética, era considerada la unidad mínima en torno a la transmisión generacional. Hacía las veces del elemento más íntimo y propio: ver la sangre de alguien, o la propia, constituía una vulneración a la interioridad, escenificando cierto acto de desnudamiento.

 

  La aparente inhibición inicial, teñida de pudor y conductas evitativas que asemejaban la forma típica del tabú del contacto, al ser reconducida desde la suposición de saber inconsciente arroja una verdadera pregunta que permitió al consultante comenzar a circunscribir un síntoma propio. La aparente nostalgia inicial por la imago femenina que su hija no tiene es rectificada (Lacan, 1976), permitiendo comenzar una vía no menos angustiosa: la pregunta acerca de cómo ser padre más allá de la herencia biológica de la sangre.

 

 

9- Repetición: dolor en vez de recuerdo

 

  Una vez por mes una mujer puede sentir que algo se repite. No una escena o situación, sino un afecto, un dolor. ¿Mera disposición o condena física? Freud ubica que a veces el dolor, o una parte, es el recuerdo de un dolor: en el caso de “Emmy Von N.” por ejemplo‒ “… símbolos mnémicos de las épocas de emociones y de cuidado de enfermos que tanto lugar habían ocupado en la vida de la paciente”, en tanto dichos dolores “... estuvieron en su origen justificados orgánicamente, pero desde entonces fueron procesados para los fines de la neurosis” (Freud, 1893-5, p. 109).

 

  Insistimos que al historizar la menstruación no casualmente resulta frecuente la alusión a la primera, la menarca y su halo traumático. Dicho esto, no afirmamos que la menstruación sea en sí misma traumática sino que, en tanto tabú y al mismo tiempo rito de pasaje, implica un cambio de posición que inaugura la posibilidad concreta de la reproducción.

 

  No es poco frecuente que a las niñas o púberes que transitan su menarca se las frustre de la posibilidad de jugar, es decir, se les interrumpa abruptamente su infancia, o comiencen a ser tratadas de un modo diferente y a veces desconcertante. Asociación neurótica mediante, se desplaza y enquista el afecto de una prohibición a un suceso vivenciado en el cuerpo, y allí la repetición.

 

  Situamos que la repetición en juego implica la vivencia efectiva de un dolor que cumple la función de encubrir un recuerdo penoso; una suerte de recuerdo encubridor encubierto en un dolor naturalizado. No la mera repetición, o más bien reiteración, de un ciclo hormonal (ciclo que en sí mismo no significa nada); sino el retorno de un afecto que puede representar la pulsión de muerte[v], es decir lo inanimado en tanto “punto de fuga, punto ideal, punto fuera del plano, pero cuyo sentido capta el análisis” (Lacan, (1969-70, p. 48). Un dolor que se actúa, que de ninguna manera se finge o exagera.

 

  Con la excusa de que existe un ciclo se explica la conducta femenina como cíclica, ciclotímica, etc.; se domestica lo siniestro y el dolor, biologizando y encubriéndolo. Pero “lo que se repite no puede estar más que en posición de pérdida con respecto a lo que es repetido” (Ibídem, p. 49). Esta merma en la satisfacción pulsional es lo que habrá permitido la historización de la menstruación y su eventual circunscripción como un más allá del principio de placer, alojando a la mencionada pulsión.

 

 

10- Desarma y sangra: palabras finales

 

“y aquí estoy: pensando en el alma que piensa y por pensar no es alma. Desarma y sangra”

                                    Serú Girán, Desarma y sangra, 1980.

 

  Retomando el parágrafo inicial de Simone de Beauvoir, la menstruación puede escenificar para muchas mujeres, e incluso para algunos hombres, una forma del cuerpo en tanto extraño. Un momento en que el cuerpo va más allá del principio de placer, dolores mediante.

 

  La propuesta lacaniana que delimita la diferencia entre ser y tener un cuerpo adquiere aquí pleno derecho: ser un cuerpo, extraño y renegado por los discursos biomédicos (y a veces por el propio discurso psicoanalítico) arroja a las personas (hombres y mujeres) a un punto de inflexión: la posibilidad de tomar una [segunda] decisión.

 

  Sostener esa extrañeza corporal, o lo que es lo mismo, desarmar un sentido coagulado y hacer del dolor un interrogante, podrá permitir hacerse de una historia que tenga como desenlace y a la vez como punto de partida la afirmación de que todo dolor, aún con el cuerpo, es dolor de existir (Lacan, 1963). Y en psicoanálisis se trata de dignificar la miseria y el dolor mediante la inclusión de una escena, una historia, una causa.

 

  En este punto somos freudianos al ubicar como operación prínceps de todo psicoanálisis el intento de hacer advenir “... el nexo entre la historia del padecimiento y la dolencia misma” (Freud, 1893-95, p. 154); por ejemplo, ir más allá de la certeza de que la menstruación, en tanto esencialmente femenina, sería solamente una fatalidad biológica. Por el contrario, la lectura psicoanalítica del cuerpo o de la biología, al incluir la historia y las coordenadas singulares/contingentes, se aleja así de un enfoque biologicista o reduccionista.

 

  Al mismo tiempo, es necesaria la advertencia de que hay otros reduccionismos en los que un psicoanálisis puede incurrir, como es el caso de la idealización de la propia teoría o metapsicologías freudianas, lacanianas o de otrxs.

 

  Lo que en última instancia permite la circunscripción de la historia del padecimiento no es la teoría o una técnica lo que sería, por ejemplo, postular al acto de sintomatizar a la menstruación como un standard (Soler et al., 1984) o mandato, sino más bien una ética.

 

  En clave existencialista, postular entonces que la existencia precede a la esencia (Sartre, 1998) nos permite desesencializar la cuestión de la menstruación, introduciendo a la historia como pieza fundamental y fundante del dolor como hecho singular. En un psicoanálisis se trata de dignificar el dolor.

 

 

Nota: el material desarrollado –en relación a la viñetas aquí expuestas–, respeta la lógica de los casos, pero porta las transformaciones necesarias para sostener la discrecionalidad y reserva correspondientes a cada abordaje clínico.

 

 

Imagen*: portada del citado LP de Luis Alberto Spinetta y su banda Invisible. Una de tantas interpretaciones acerca del significado de la ilustración de tapa realizada por Eduardo Martí, aludía a la menstruación, y si bien esa no era la idea que el conjunto argentino deseaba transmitir, la ciudad de Rosario prohibió en ese entonces toda difusión de los afiches respectivos.

 

 

Referencias Bibliográficas

 

-de Beauvoir, S. (1949). El segundo sexo, 12º edición. Buenos Aires: Debolsillo, 2016. (p. 40)

-Freud, S. (1893-5). “Señorita Elisabeth von R.”, en “Estudios sobre la histeria”. Obras Completas, Vol. II, Bs.As., Amorrortu Editores. (p. 187)

-Freud, S. (1911). “El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis”. En Obras Completas, Vol. XII, Bs. As., Amorrortu Editores.

-Freud, S. (1917). “El tabú de la virginidad”, en Obras Completas, Vol. XI, Bs.As., Amorrortu Editores.

-Freud, S. (1933[1932]). “33º Conferencia: La feminidad”, en Obras Completas, vol. XXI, Bs. As., Amorrortu Editores.

-Lacan, J. (1955). “El sentido de un retorno a Freud”. Verba Volant. Revista de Filosofía y Psicoanálisis (Año 6, N. 1, 2016).

-Lacan, J. (1963). “Kant con Sade”, en Escritos II, Siglo XXI, México.

-Lacan, J. (1969-70). “El reverso del psicoanálisis”. En El Seminario, libro XVII. Paidós: Buenos Aires.

-Lacan, J. (1976). “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos II, Siglo XXI, México.

-Menéndez, E. (2003). “Modelos de atención de los padecimientos: de exclusiones teóricas y articulaciones prácticas”. Ciencia & Saúde Colectiva 8 (1) 185-207.

-Sartre, J. P. (1998). El existencialismo es un humanismo. Buenos Aires: Losada.

-Soler, C. et al. (1984). “Standars no Standards”. En ¿Cómo se analiza hoy? Buenos Aires: Manantial, 1993.

 



[i] Estar histéricas como un modo peyorativo y descalificativo de adjetivar a las mujeres en su período menstrual. Se retorna así, desde el sentido común, al mito aristotélico de mujer = útero en el cual se creía que el humor de las mujeres dependía de la migración del útero.

[ii] En algunos países como Japón, China, Indonesia o Corea del Sur, durante el primer día del ciclo de menstruación las mujeres tienen  licencia en sus trabajos. Esto resulta llamativo por ser países sumamente machistas; en Corea del Sur, por ejemplo, está mal visto que una mujer fume cigarrillos en la vía pública.

[iii]Un sueño así se edifica a menudo sobre el material patógeno del caso en su conjunto, material del que aún no tienen noticia ni médico ni paciente; en ocasiones se lo puede equiparar a una traducción de todo el contenido de la neurosis (...) En el intento de interpretar un sueño tal, todas las resistencias presentes y todavía intactas entrarán en actividad poniendo un límite a la intelección. Es que la interpretación completa de un sueño de esta clase coincide, ni más ni menos, con la ejecución del análisis íntegro (...) Es el mismo caso del entendimiento de un síntoma singular (p. ej., el síntoma principal). Todo el análisis sirve a esclarecerlo (...) a un sueño que sobrevenga al comienzo de un análisis tampoco es lícito pedir más; hay que darse por satisfecho si al principio se colige (...) aunque fuera una sola moción de deseo patógena” (Freud, 1911, p. 89).

[iv] Con “representar” se alude a lo propio de una representación, y no por el contrario a una igualdad, coincidencia u homologación

[v]La repetición no es sólo función de los ciclos que lleva en sí la vida, ciclo de la necesidad y la satisfacción, sino de algo distinto, un ciclo que supone la desaparición de esa vida como tal y que es el retorno a lo inanimado” (Lacan, 1969-70, p. 48).

 

 

 

                         


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