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Bases filosóficas de la modernidad III

13/02/2007- Por Coriolano Fernández - Realizar Consulta

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En Bases filosóficas de la modernidad (III), Coriliano Fernandez dilucida la tercer meditación cartesiana y el lugar que tiene Dios para el padre de la filosofía moderna. Sabemos que se trata de un Dios en cierto sentido inédito ya que no profiere mensajes ni se expresa en las cosas que ha creado sino que silencia los espacios porque no los hace hablar enmudeciendo el infinito al identificarse a su ley, Dios en suma matemático que lleva el estigma de su siglo.El autor desarrolla con claridad de qué manera ,el cógito parte de una posición atea, para postular finalmente la existencia de un Dios, que al garantizar que no exista un demonio engañador en la naturaleza, brinda la posibilidad de un uso inédito de la razón.

En 1641 Descartes publica, en latín, Meditaciones Metafísicas. La traducción  francesa es de 1647. Son seis meditaciones y la tercera lleva un título breve, pero decisivo, “De Dios, que existe”. El filósofo  que, según  vimos en la nota anterior , ha   vencido al escepticismo con el cogito (pienso, luego existo), intenta ahora la hazaña suprema: probar racionalmente la existencia de Dios.

Sin embargo, siendo el cogito algo indubitable, ¿no es redundante la  busca de  Dios? En “Preámbulos”, notas sueltas  redactados  por Descartes y publicadas en forma  póstuma, se lee: “Como los comediantes llamados a escena se ponen  una máscara para que no se vea el pudor en su rostro, así yo, a punto de subir al teatro del mundo en el que hasta ahora sólo he sido espectador, me adelanto enmascarado”.

Si con esto vendría a decirnos Descartes  su propósito de abordar la existencia  de Dios para no irritar a los poderes religiosos de la época, tal hipótesis, en seguida veremos, está refutada. Otra cosa es que el enmascarado sea, en todas las peripecias de su vida, un  filósofo prudente. Como señala José Ferrater Mora, la máscara que cada uno usamos es a la vez una parte esencial de nuestro rostro.

Y vamos  al asunto. Lejos de ser superflua, la  búsqueda de Dios es necesaria, porque el cogito me entrega la evidencia de que yo  existo, puesto que pienso, pero nada me dice sobre si existen los entes en los cuales pienso, ni  si son como yo  los pienso.

Yo existo, ¿Existen esos seres que creo ver y escuchar? Lo dijo el poeta inglés  Alfred  Tennyson (1809 -1892): nunca sabrás si soy yo que hablo contigo o si eres tú mismo que hablas contigo y  te escuchas, creyendo escucharme.

Por lo tanto, el cogito requiere a su vez ser fundamentado. Puesto que pienso, puedo pensar sobre mis pensamientos y encuentro que tengo ideas: la idea de verde, la idea de seres que me hablan, las ideas de pájaro, de rosal,  de centauro… y las ideas de la geometría (Descartes es el creador de la geometría analítica).

 ¿Quizás estas ideas provienen de mi mente, como la de centauro, esto es, han sido todas producidas por mí mismo e igual  le cabe a  ideas como las de sustancia o duración?Pero sucede que  también hallo en mí la idea de Dios, entendida como una sustancia infinita,  eterna, inmutable y todopoderosa; en una palabra, un ser perfecto.

 Por cierto, soy una sustancia y por esto tengo la idea de sustancia, pero no por esto tendría la idea de un ser  infinito puesto que soy un ser  finito ¿Cómo conozco mi finitud? Porque dudo, porque no llego a la verdad, porque me brotan  deseos de tener tal o cual virtud, y ello implica no tenerla; en suma, por todas partes surgen mi finitud y mi  imperfección.

Ahora bien, todo lo que hay tiene una causa, esto le cabe también a las ideas y es manifiesto por la luz de la razón que debe haber por lo menos tanta realidad en la causa como la hay en el efecto. Una mujer, por ejemplo,  que es un ser mortal, puede engendrar un hijo que viva más años que ella, pero no podría, en el orden  natural, tener un hijo inmortal.

Por lo tanto, un ser finito e imperfecto ¿puede ser causa de un ser infinito y perfecto? No. Cabe objetar que todas esas virtudes o propiedades de  Dios están potencialmente en mí, es el caso del conocimiento, que crece cada día y  podría entonces  el conocimiento crecer hasta lo infinito.

La objeción es falaz, dice Descartes, porque la capacidad de crecer en, por ejemplo, virtudes, es potencial y Dios esas propiedades las tiene ya, o sea  en acto. Potencia y acto, como se sabe, son célebres términos aristotélicos. En suma: la idea de un ser perfecto e infinito solo puede ser causada por un ser perfecto e infinito. Por lo tanto, Dios existe y ha puesto en mí la idea de Dios.

Pero hay otra prueba, que se convirtió en más célebre  e hizo y hace  correr ríos de palabras en quienes se ocupan de estos temas; está en  la quinta meditación del libro antes citado y en otros pasaje de sus obras.

La idea de Dios, acabamos de ver, es la idea de un ser soberanamente perfecto. A un ser perfecto nada puede faltarle, pues si algo le faltara, no sería perfecto. Y un ser perfecto tiene todas las propiedades: sabiduría, bondad, etc.

En consecuencia, ese ser existe, pues si fuera inexistente esto sería una imperfección. Si argumento que  se trata de un ser perfecto y niego  su  existencia, entonces   cometo una contradicción, afirmo P y afirmo no P,  y esto  invalida mi argumento.

Objeción: tengo la idea de una isla donde crecen  árboles que hablan y sin embargo tal isla no existe. Réplica cartesiana: la idea de Dios es innata y es una  idea “privilegiada”, es una  idea a partir de cuya comprensión se deduce que existe lo denotado por la idea. Soy libre de imaginar caballos con alas o sin alas, pero no soy libre de pensar que Dios no existe, la razón me obliga a aceptar su existencia, como me obliga a aceptar que un triángulo tiene tres lados.

A esta prueba Kant, en el siglo XVIII, la llamará “el argumento ontológico”.

En el punto de partida de Descartes  -dudar de todo-  no está presente Dios y Walter Schulz ha podido decir que el  inicio cartesiano es “a-teo”, o sea, sin Dios. Dios aparece en el punto de llegada.

De todo lo anterior se siguen  dos consecuencias:

l) Al ser Dios perfectamente bueno, no podría engañarme y cae así  la hipótesis del “genio maligno”. Dios es la garantía de la veracidad de mis conocimientos, pero no es responsable de mis errores, éstos se deben a mi entendimiento y mi voluntad.

2) Dios es la clave de bóveda del cartesianismo y en general del racionalismo del siglo XVII. Baruch de Spinoza (1632-1677) y Gottfried Leibniz (1646-1716) aceptan, con algunos ajustes, la prueba ontológica.

Por ejemplo, Spinoza introduce la noción de “causa de sí” y su Etica comienza con esta definición: entiendo por causa de sí aquello cuya esencia implica la existencia, o sea, aquello cuya naturaleza no puede concebirse sino como existente.

Descartes, lo dijimos al pasar, sostiene la existencia de ideas innatas, ideas no provenientes  de  la experiencia sensorial y son una especie de patrimonio originario  de la razón humana. No solo la idea de Dios es innata,  sino también la de algunos axiomas, como el Principio de no-contradicción: Es imposible que un ente sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Va de suyo que no todas las ideas son innatas, sino algunas,  pero esas algunas  juegan un rol fundamental, en la matemática por ejemplo. Dicho sea de paso, un estudio reciente de investigadores franceses y estadounidenses en la Amazonia brasileña sostiene que la geometría es innata en los seres humanos, sea cual fuere su lengua o su formación.

No pretendo  convalidar  el  innatismo, hay por cierto defensores  y críticos, sino mostrar cómo aserciones de  grandes  filósofos  (si se quiere, hipótesis) son dignas de ser tenidas en cuenta en nuestros días.

En 1649 la reina Cristina de Suecia invita a Descartes a viajar a Estocolmo. El frío glacial  y los arbitrarios horarios de la Reina para tomar sus  lecciones  deterioran la salud del filósofo, que muere de neumonía en 1650, a los cincuenta y cuatro años.

El siglo XVII ha sido llamado el Siglo de Oro de la metafísica moderna, y también la  Edad Cartesiana, pues con Descartes nacen la filosofía moderna y la confianza en la “luz natural”, esto es, la confianza en la razón. Pero ¿no han razonado siempre  los filósofos? ¿acaso no razonan Platón, Aristóteles, Avicena,  Maimónides y  Santo Tomás de Aquino, para citar algunos pensadores anteriores a Descartes?

Sí, pero en el sistema cartesiano, dice el ya citado Ferrater Mora, hay algo más, hay  un  nuevo sentido de la noción de “razón” y es el uso que de la razón se hace;  mejor todavía,  la concepción que se tiene de tal uso.

 ¿Cuál es?, preguntará el lector. Y el “filósofo enmascarado” responde: la razón y solo la razón  es el tribunal supremo.

En el año en que moría Descartes, un joven británico llamado John Locke ganaba por concurso  una beca para estudiar en la Christ Church de Oxford, una de la instituciones más prestigiosas de la época. Andando el tiempo, ya hombre maduro, lanzará  un agudo ataque al cartesianismo, especialmente al innatismo.

Pero de esto hablaremos otro día.

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