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Comentarios sobre el artículo “De la esencia de la verdad” (1943), de Martín Heidegger

10/04/2016- Por Julio Riveros - Realizar Consulta

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Nuestra idea es hacer un abordaje del texto “De la esencia de la verdad”, desde el arte o, mejor dicho, desde consideraciones que podríamos enmarcarlas dentro de la estética. Consideramos que este texto no es sólo una revisión minuciosa del problema de la verdad y su impacto en la pregunta por la posibilidad del conocimiento, sino que el mismo nos conduce hacia una salida que se puede plantear en términos propios del campo de la estética. Se presentan tres modos de aproximarnos al problema de la verdad, recurriendo al pensamiento de Heidegger. Quizás lo que tengan en común sea la metafísica que las atraviesa. La modernidad en el primer caso, la poesía como práctica estética emancipadora respecto a una modalidad abusiva del poder político en el segundo y en la tercera el despliegue impúdico de esa maquinaria capitalista al servicio de la voluntad de poder contemporánea, que en verdad, se trata de una voluntad de opresión. Quizás el discurso filosófico aporte nueva luz sobre este estado de cosas, una luz que des-oculte una versión del ser que no haga de la pulsión de muerte su horizonte.

 

  

 

Nuestra idea es hacer un abordaje del texto “De la esencia de la verdad”, desde el arte o, mejor dicho, desde consideraciones que podríamos enmarcarlas dentro de la estética. Consideramos que este texto no es sólo una revisión minuciosa del problema de la verdad y su impacto en la pregunta por la posibilidad del conocimiento (pregunta que su maestro Edmund Husserl intentó responder desde la fenomenología), sino que el mismo nos conduce hacia una salida que se puede plantear en términos propios del campo de la estética.

 

Desde nuestro punto de vista la retórica del texto está sostenida en una metáfora visual. Este rasgo encuentra su fundamento en la tradición griega, de lo que se da a ver. Conocer para los griegos implicaba la mirada, la contemplación de la forma, lo cual cambió con Aristóteles y su doctrina del ser, para quien este concepto tiene dos acepciones. Es lo qué cosa (eidos) y la cosa misma (ousía) en tanto presencia o enérgeia, el acto de existir efectivamente. En Platón se trataba de la forma pura, la idea, doctrina que el mismo Aristóteles se ocupa de discutir acaloradamente en su tratado sobre las ideas. Y, por otra parte, tal como Heidegger escribe en Introducción a la Metafísica, la historia de la metafísica implica al ser como presencia.

Lo que se oculta y se des-oculta en relación a la verdad, lo que queda en cualidad de misterio, se sostiene en el registro de la mirada. Lo que se manifiesta y lo que se oculta es una marca cuya procedencia griega se puede detectar en la palabra a-létheia, que mienta un lazo entre ocultación y manifestación o des-ocultamiento que estaba dado en la lengua y que estaba orientado, ya originariamente a lo que Heidegger sitúa como olvido.

 

El escrito de Heidegger bien podría ser (también) un tratado sobre la articulación entre la verdad y la mirada. Un tratado sobre pintura. Sobre cine. Sobre un modo de entender la poética y la obra de arte

 

De hecho, elegimos tres objetos para presentar el problema e iluminar el escrito. O quizás Heidegger mismo aporte nueva luz sobre cada uno de estos objetos. Consideramos que el texto es susceptible de este tratamiento de índole estético. Según nuestro punto de vista la dimensión metáforica es ineludible para situar la dimensión de la verdad.

 

No está demás aclarar que el kehre heideggeriano se orientó hacia el lenguaje y a plantearse preguntas sobre el arte.

 

No vamos a hacer un recorrido minucioso de los diferentes pasajes del artículo. Elegimos –por una cuestión de gusto- dos ejes: la verdad como libertad y la verdad como desocultación /ocultación y su tratamiento en relación a lo que Heidegger nombra no-verdad. Según el sesgo de lectura que proponemos, ambas dimensiones están íntimamente ligadas al arte.

 

El Dasein como apertura y ser en el mundo no se resuelve en una relación simple y unívoca con el ente. Es una relación compleja en la que podemos situar todo el devenir de la metafísica, del pensamiento occidental sobre el ser, no solo un mero desarrollo de ideas y puntos de vista de autores. Lo que está en juego es cómo se pensó el ser desde el origen. A partir de este contexto, la verdad fue pensada como conformidad entre la proposición y la cosa, lo que Heidegger llama “el concepto corriente de verdad”. Hay, en este modo de pensar la verdad, una equivalencia entre la verdad y lo real: “Lo verdadero es lo real”[1].

La condición para que esta concordancia entre la proposición y la cosa sea posible (la relación entre ambos Heidegger la problematiza, pero eludimos esa referencia), para ello es necesario el Dasein en tanto apertura. La apertura no está en la cosa misma. Gianni Vattimo indica que “tratar de estar de conformidad con la cosa significa tomarla como norma de nuestro juzgar y de nuestro decir: el hecho de que haya una norma a la que debemos ajustarnos (y a la que también podemos, por lo tanto, no ajustarnos diciendo lo falso por interés o por insuficiente empeño en la indagación) significa que aquí entra en juego la libertad.” [2]

En este mismo tratamiento, donde Heidegger problematiza sin rechazarla en forma absoluta este concepción de la verdad correspondencia de la tradición metafísica, instala la dimensión de la libertad. Pero además le posibilita articular la vertiente de la no-correspondencia como no-verdad: “La no-verdad de la proposición (no conformidad) es la no-concordancia del enunciado con la cosa. La no-verdad de la cosa (inautenticidad) es la no concordancia del enunciado con la cosa”.[3] Es decir, la no-verdad bajo estos parámetros es entendida “como un no-concordar”.[4]

 

Pero cómo es posible de todos modos esa conformidad, sigue indagando el autor. Instala entonces la libertad como determinante: “El liberarse para una dirección que liga, sólo es posible como ser libre para lo patente de lo abierto. Ese ser libre señala la esencia hasta ahora incomprendida de la libertad. La apertura del comportamiento como posibilitación interna de la exactitud se funda en la libertad. La esencia de la verdad es la libertad[5]. Luego va a aclarar que la libertad no es posesión alguna del Dasein. La libertad dispone del Dasein, dice Vattimo. El Dasein es apertura y la libertad en su relación con la cosa está en instancia otra. La condición de la verdad, de la esencia de la verdad, es la libertad como evento situado en el centro de lo abierto y que posibilita la aproximación del Dasein a la cosa. Apertura, libertad y verdad conforman un anudamiento esencial. Acá, libertad, no remite al arbitrio del hombre. Solo desde ese lugar es posible entender que “la libertad es el fundamento de la posibilidad intrínseca de la conformidad sólo en tanto ella recibe su propia esencia más originaria de la única verdad esencial ... La libertad para lo que se manifiesta en lo abierto, deja al respectivo ente ser el ente que es.” [6]

 

Pero, por otro lado, si la verdad es en esencia libertad, el hombre histórico puede no dejar ser al ente lo que es. Acá sale a la luz la no-esencia de la verdad y el ente queda cubierto, oculto bajo la apariencia. Pero aún así, esto no se debe a una negligencia sino a la esencia misma de la verdad. La no-verdad es posible por la esencia misma de la verdad. Sin embargo, lo que acuerda, lo que corresponde, deja por fuera, oculta, no ilumina en forma absoluta. Algo de la cosa queda en estado de oculto. Además –y eso se percata en el quehacer de la ciencia y el pensar calculador- el privilegio de la cosa, del ente individual, deja en estado de oculto el ente en su totalidad. Este es un aspecto esencial en el tratamiento de Heidegger. Entonces, la no-verdad, inseparable de la esencia misma de la verdad, es ocultación. Pero no se da en el mismo movimiento que el conocer al ente. El ocultamiento del ente en su totalidad es “más antiguo”, dice Heidegger, está antes que el abordaje mismo de ese ente en particular. Lo que queda intocado por la luz de la indagación queda en estado de misterio oculto. “¿Qué resguarda el dejar-ser, en esta referencia a la ocultación? Nada menos que la ocultación de lo oculto en su totalidad, del ente como tal, es decir, el misterio (Geheimniss).” [7]

 

El misterio es la ocultación de lo oculto en su totalidad, “del ente como tal”. Acá Heidegger sitúa el misterio. Y esta dimensión es inexorable. No es posible reducirlo por acción alguna del hombre histórico. Es más, Heidegger dice que el misterio “gobierna el Dasein del hombre.” [8]

El dejar ser es al mismo tiempo, ocultar. El Dasein en su libertad existente, en su condición de abierto, propicia en ese mismo acto el ocultamiento. Es inevitable. No es posible una iluminación absoluta del ente en su totalidad. Algo queda en sombras, en estado de no oculto, si seguimos el sesgo de lectura que propone Vattimo en relación a la metáfora de la luz: “Téngase en cuenta el paralelo de la luz: se puede ver algo sólo si hay luz” [9]

Al respecto, Vattimo redondea el tratamiento con una brillante síntesis:

“¿Cómo puede la no verdad pertenecer a la esencia de la verdad? Si concebimos la verdad como apertura originaria y revelación, la no verdad se concebirá por consiguiente como oscuridad y ocultamiento. Un testimonio del vínculo subyacente entre verdad y no verdad es justamente la misma palabra griega a-létheia, que está constituída por la a privativa indicando así que la manifestación de la verdad como revelación presupone un esconderse, un ocultarse originario del cual procede la verdad.” [10]

Por tanto, la caída en la inautenticidad es posible porque la no verdad forma parte de la misma esencia de la verdad como desocultamiento. Heidegger a esto lo llama error, en tanto errar del hombre de ente en ente, refugiándose en la inevitable inmediatez de la vida corriente y de la vida inauténtica. En Ser y Tiempo se encarga de desmontar los existenciarios del Dasein a partir de la dimensión de la existencia inauténtica. Para Vattimo hay una continuidad entre la Ser y Tiempo y el escrito sobre la verdad, como un modo de ahondar en la pregunta por esta dimensión de lo inauténtico. Esa pregunta lo conduce a situar con precisión la verdad como des-ocultación (o como ocultación y aún más, como ocultación de lo oculto). Para Heidegger reconstruir la metafísica lo remite a la analítica existencial de Ser y Tiempo y según Vattimo esta remisión implica “dar un paso adelante en el camino de la indagación del sentido del ser que constituiría precisamente el objetivo al que debería servir la analítica existencial.” [11]

 

 

Arte y verdad

 

Nos interesa dar cuenta de tres objetos que expresan la modalidad de tratamiento de la esencia de la verdad en Heidegger.

El primero se trata de una obra de Rembrandt (Leiden, Paises Bajos, 1606- Amsterdam 1669). La obra en cuestión es “El Filósofo en Meditación”. Vemos al personaje ensimismado en una actitud meditativa. Heidegger mismo diría que el filósofo en esa situación está en posición de un pensar no calculador, se trata de un pensar meditativo tal como él mismo lo señala en Gelassenheit. No es un hombre de ciencia, no mide, no evalúa, no calcula, no se aproxima al ente para manipularlo, ni para contabilizarlo, ni diagramarlo, ni incidir con ese acto en lo real. Incluso su actitud corporal no es sobre su gabinete, ni sobre lo que está escribiendo o leyendo. Piensa quizás sobre el ser, quizás sobre su propia existencia, o sobre Dios, o sobre la nada. Nada indica el “qué” como objeto de su pensar. Pero la luz ilumina, es un hecho, más allá del objeto del pensar. Metáfora de la época. La oscuridad lo rodea en una exterioridad íntima, una suerte de exterior íntimo. Lo oscuro convive con la luz. La luz gana, impone su ganancia conquistada, funda un territorio. La oscuridad está intocada. Es un hombre que medita y medita sobre el ser, recibiendo como de una fuente que no proviene de él mismo, una luz. Imagen cara al Renacimiento europeo. No se trata de una luz cuya fuente es la divinidad. Es una luz que acontece en el pensar mismo.

 

 

 

                         

 

 

 

La escalera indica un pasaje hacia otro sitio, hacia otro territorio que se oculta y se pierde en su propia profundidad. ¿Es el ocultamiento de lo que debería iluminarse? ¿Es el ocultamiento de lo que jamás pasará a un estado de desocultamiento? ¿Es la no verdad que sitúa Heidegger lo que permanece en ese estado de oculto, sustraído a la mirada pero sugerido? La escritura de lo oscuro está en la tela. La escalera en su recorrido de Nautilus o de número de oro, asciende (o desciende) de o hacia lo oscuro. He aquí la luz, lo oscuro, lo visible, lo no-visible, lo que se muestra y lo que no. El mundo transcurre a un costado, la vida corriente también tiene un lugar en la escena. El filósofo como hombre histórico, es de este tiempo. Como “hombre teórico”, como lo llamaría Rickert, es a-temporal, a-tópico. Aunque está la modernidad en ciernes, no está aún presente el sujeto moderno mostrado en Las Meninas, que será posterior y que Michel Foucault se encargará de leer en esa tela.

 En este caso, la luz no es la del sujeto que piensa. El pensar en sí mismo no aporta luz alguna, por lo menos en el cuadro. El pensar es iluminado desde afuera, desde una instancia diversa, desde una alteridad, quizás de la divinidad o de la misma physis. Ignoramos la intención del pintor. Lo que hay es lo que está escrito en la tela.

En la escena vemos a dos personas, una iluminada por el sol mientras medita, la otra iluminada por el fuego, en su quehacer cotidiano, iluminada por el escaso fuego del mundo podría uno decir, también quizás más familiarizada con lo inauténtico, esa modalidad ineludible del Dasein en el mundo. Ahí también, en la vida corriente hay un pensar, pero se trata un pensar que afinca en la utilidad y en el acceso corriente al ente. En “Carta sobre Humanismo”, Heidegger relata en un breve pasaje una semblanza de Heráclito. El de Rembrandt no es un fuego regido por el Logos. Es un fuego útil, a la mano, manipulable, un fuego de este mundo. Pero el filósofo permanece alejado de esa escena y a su vez, forma parte de ella, el fuego familiar no es el que aporta la luz que está en primer plano. El filósofo es de este mundo, pero su acto se orienta hacia lo trascendente. La verdad acá es luz, se des-oculta, ilumina y también por ese mismo efecto de luz, se oscurece, el ente se eclipsa. Se desvanece en lo oscuro. El oscurantismo, sin ir más lejos, en este momento de la subjetividad, en este momento del ser o de la metafísica, también era real. El oscurantismo era, formaba parte de lo real. Spinoza podría dar cuenta de ello.

Este es un modo de tratar la verdad. La verdad como des-ocultamiento y ocultamiento, porque recordemos, según lo anteriormente tratado, que la no verdad forma parte de la esencia de la verdad. El Dasein se sirve de la libertad en su apertura, libertad que no es autorreferenciada, no es una posesión, dicen Heidegger y Vattimo, para acceder al ente.

La otra obra es un poema, del escritor argentino Francisco “Paco” Urondo, poeta, periodista y militante de la Organización Montoneros nacido en Santa Fe 1930 y asesinado por la dictadura militar en una emboscada, en Mendoza, 1976.

El poema se llama “La verdad es la única realidad”. Es, como se sabe, una intervención sobre el aforismo de Perón “La única verdad es la realidad”.

 

 

La verdad es la única realidad

 

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o

de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos,

aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía

cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente

el presente, pero pertenecen a la realidad.

La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso

cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad,
como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia

estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro

como los designios de todo un pueblo que marcha

hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,

 a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única

mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

                          Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973 [12]

 

La palabra verdad solo aparece en el título, jamás la nombra nuevamente y tampoco la define, el poema solo menciona lo irreal y lo real. Además en el título está invertida la predicación original de Perón, lo cual es un hallazgo del poeta.

La verdad no está definida, pero hay aproximaciones, iluminaciones. El poeta sitúa una dicotomía no entre verdad y no verdad, dicotomía de la que sí se sirve Heidegger. No se trata en este contexto de hacer esa diferencia, pero sí instala la siguiente diferencia ontológica:

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja

De un lado la realidad, que es todo lo que no es la reja, que no es real. Recordemos que la verdad solo está del lado de lo real en el escrito de Heidegger. Es la verdad como correspondencia entre el enunciado y la cosa. Pero acá el poeta se sirve de su libertad de nombrar las cosas con nombres que no son los que aplican en el modo banal de leer el mundo. El dice, la reja es irreal. El soporte material no aporta entidad a la cosa y no es una negación. Es una clasificación de otro orden, donde la realidad es un campo donde inscribir los cuerpos, las cosas que forman parte del mundo de “este lado” y del “otro lado” de la reja, que es irreal. Realidad de la que forman parte los gritos humanos del dolor y la tortura, los vasos que colmó el amor, el grito emancipatorio de un pueblo en su lucha, la memoria de una gesta. El poeta le resta entidad a su propia privación de libertad (según el discurso del poder, el discurso jurídico). El que nombra es libre. Ejerce una libertad de hecho que el poder no puede legislar, no puede prohibir, no puede negativizar. El nombra, libremente al ente y produce un cierto efecto de verdad.

El poeta no necesita nombrar un catálogo de las cosas que hay. Solo nombra las que le conciernen en una ontología mínima. No es una lista exhaustiva al modo aristotélico, al modo de John Wilkings, el del cuento de Borges que cita Michel Foucault en el Prefacio de Las Palabras y las Cosas. No hace falta. Nombra lo que hay por fuera y por dentro de esa frontera irreal de la reja. Es como una línea trazada en la arena para pensar el ser. Algo tan irreal como una reja no podría negativizar su propia libertad. El poema mismo, la escritura, ese testimonio en sí mismo es la libertad. Una libertad ejercida en un lugar, la cárcel y en un tiempo, porque está fechada.

Vemos, leemos, entendemos, que esta modalidad de aproximación a la verdad –no nombrada por el poeta, salvo en el título- puede ser leída desde el texto de Heidegger en el punto en que acá está presente lo que no se ve. Lo oculto está nombrado. Nombrar es un acto libre. Esta ontología mínima solo puede ser nombrada poéticamente. La metáfora entonces es un artificio que consideramos esencial para situar la dimensión de la verdad Y ese artificio montado para localizar un efecto de verdad, no es un acto heroico. El discurso poético de Urondo no es un elogio de la pulsión de muerte como en otras gestas revolucionarias. El intenta cernir la vida, el vino, la belleza, la mujer, los compañeros. Lo otro son las sombras. Las sombras. O la no-verdad, diría Heidegger.

 

Nota: La foto que tomamos como referencia es un wallpaper del sitio http://infoshop.org/AnarchistFAQIntro

 

 

                         

 

 

 

La foto, como se podrá observar, es simple. Un orificio practicado por un disparo de obús en un muro y una etiqueta en la esquina inferior derecha con el sintagma “kill capitalism before capitalism kill you

La primera pregunta que nos hicimos es qué hace de esta imagen una obra (de arte). Por qué razón un orificio cualquiera en cualquier muro del mundo (quizás esta foto esté tomada en el Muro de Gaza, o en Bosnia, o en Libia, en Vietnam o en Afganistán, poco importa). Ese referente se convierte en obra como efecto de una mirada y de un marco. La leyenda nombra lo que aparece en la imagen, la letra no forma parte del marco, pero enmarca lo que se muestra. Es el testimonio de que se trata de una mirada sobre la guerra, pero por supuesto, no hay necesidad de des-ocultar lo que ella misma sugiere. El horror, que no tiene velo, no es necesario desalojarlo de su condición de oculto. Está velado. El testimonio es el orificio.

Lo que el impacto atravesó es un muro y otro más. Entre ambos, la oscuridad apresada. Lo que resguardaban los muros: una modalidad del misterio. No se sabe. Pero se puede leer, casi sin lugar a dudas, que el dispositivo técnico, científico al servicio de la carrera armamentística atraviesa muros y atenta contra el misterio. Para situar el horror concomitante no es necesario mostrarlo, des-ocultarlo. La verdad solo puede ser dicha a medias, diría Jacques Lacan. Un rasgo es suficiente y la foto respeta ese pudor. No hace falta más.

Es la razón capitalista y neoliberal actual: nada puede permanecer en cualidad de misterio, debe ser atravesado, anulado, perforado, sentenciado. Asesinar el misterio es el paradigma de la razón neoliberal dominante. Es lo mismo que, salvando las distancias, temía Heidegger. El futuro anunciado por el filósofo alemán está entre nosotros, nos habita de modo inquietante y aterra. No hay, en esta lógica, modo alguno de preservar al ente de la aniquilación. Quizás esto quizo decir Nietzsche con el fin de la metafísica y que Gianni Vattimo destaca: la aniquilación del ser. El horizonte es inquietante. La verdad como des-ocultación es ultrajada con estos dispositivos del cálculo técnico. El futuro es de pulsión de muerte y desamparo frente a la voluntad de poder (que no es la voluntad de voluntad que pensaba Heidegger).

En conclusión, tres modos de aproximarnos al problema de la verdad, recurriendo al pensamiento de Heidegger. Quizás lo que tengan en común sea la metafísica que las atraviesa. La modernidad en el primer caso, la poesía como práctica estética emancipadora respecto a una modalidad abusiva del poder político en el segundo y en la tercera el despliegue impúdico de esa maquinaria capitalista al servicio de la voluntad de poder contemporánea, que en verdad, se trata de una voluntad de opresión. Quizás el discurso filosófico aporte nueva luz sobre este estado de cosas, una luz que des-oculte una versión del ser que no haga de la pulsión de muerte su horizonte.

 



[1] Heidegger, M. ¿Qué es metafísica? Y otros ensayos, Buenos Aires, Siglo XX, pag. 111.

[2] Vattimo, Gianni, Introducción a Heidegger, México, Gedisa, 1987, pags. 70-71.

[3] Heidegger, op.cit., pag. 113.

[4] Ib. Id., pag. 113.

[5] Ib. Id., pag. 118.

[6] Ib. Id., pag. 118.

[7] Ib. Id., pag. 123.

[8] Ib. Id., pag. 124.

[9] Vattimo, op. cit. Pag. 70.

[10] Ib. Id., pag. 73.

[11] Ib. Id., pag. 79.

[12] Urondo, Francisco. Obra poética, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006, pág 475. 


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