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Cosmología pitagórica y origen significante

12/10/2021- Por Juanjo García - Realizar Consulta

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El recorrido por el pensamiento de Parménides en contrapunto con los pitagóricos permite explorar el trasfondo de lo que permitiría a Platón constituir su doctrina del Ser y el Uno presente en su diálogo que lleva de título el nombre del filósofo de Elea y que Lacan explorará en Ou pire... El texto indaga las implicancias lógicas en la tradición occidental, pero al mismo tiempo, dibujar un suelo sobre el que meditar sobre la lógica del significante, la noción de vacío y algunas nociones presentes en la última enseñanza de Lacan.

 

                             

 

                                   Pitágoras de Samos (496 a.C.)

 

 

 

“¿Y qué necesidad le habría agitado, partiendo de la nada, para nacer antes o después?” (Parménides, Sobre la naturaleza, VIII – 10)

 

 

  Acaso no sea excesivamente pretencioso afirmar que buena parte del pensamiento occidental se sostiene sobre los principios lógicos de identidad y no-contradicción. No obstante, cabría preguntar si el supuesto, casi omnipresente, de que toda afirmación que aspire a ser verdadera debería ajustarse a ellos, no debería considerarse más que un mero prejuicio.  

 

  La misma idea de que el pensamiento humano responde a tal racionalidad, y por tanto, se ajusta decididamente a tales principios podría interrogarse e incluso imputársele cierta (y no completa) falsedad. La identificación misma de pensamiento con esta lógica deja traslucir una sospechosa aspiración que ha sido propia del mundo moderno especialmente, pero que ha tenido su génesis en los orígenes de la filosofía occidental, particularmente en la escuela eleática.

 

  No obstante, cabría explorar otra vía, aquella a partir de la cual podría conjeturarse que, si el principio de identidad se cumpliera en términos absolutos, el pensamiento humano, y lo humano mismo no sería posible.

 

  Fue Parménides quien con su sentencia “El ser es”[1] erigió la necesidad lógica de un Uno absoluto, cuya pétrea identidad no habilitaba la posibilidad de lo otro. Suele ser ya clásica la contraposición del filósofo de Elea con el oscuro de Éfeso. Sin embargo, vale internarse por el sendero que nos lleva a un contrapunto con otra escuela itálica: la de los pitagóricos.

 

  De éstos ya es clásicamente conocida su concepción que privilegiaba al número como naturaleza de las cosas. Es su cosmología la que deja extraer una lógica a partir de la cual conjeturarse las condiciones de posibilidad del pensamiento y el lenguaje.

 

 

Pitágoras. Hay Uno luego… Dos

 

  Según Aristóteles a diferencia de los jónicos que hallaban el principio en la materia, las escuelas itálicas lo buscaron en la forma, el límite. Es así que los pitagóricos fijaron el origen en el Uno divino, al que por otro lado se dirige como culminación de perfección el todo del cosmos.

 

  Elevaron como principio de todo el Uno limitado. De esta auténtica piedra angular deriva el Dos ilimitado. Es así como a partir de estos opuestos primordiales surgen como manifestación las otras nueve (completan 10) oposiciones: par-impar, unidad-pluralidad, masculino-femenino, etc.[2]

 

  De los dos principios fundamentales lo Limitado y lo Ilimitado surge la unidad numérica. La unidad numérica no es número sino el principio de los números, en tanto éstos son pluralidad de unidades: todos están compuestos por la suma de la unidad. La unidad aritmética está constituida por lo par e impar en tanto sumándola a un número par da un impar y sumándola a un impar da un par.

 

  Entonces, todo el edificio pitagórico se construye sobre dos columnas: Lo Limitado y lo Ilimitado se combinan formando la unidad primera y de la unidad primera provienen los números[3].

 

  De los números surgen las demás cosas: del número surge el punto, de este la línea. Las líneas dan origen a los planos que, a su vez hacen posibles las figuras sólidas. De estas se engendran las cosas sensibles.

 

  Pero ya desde el inicio de la pluralidad brota un espacio hétero. La emergencia del dos hace necesario un tercer elemento: el intervalo, lo que está entre dos términos. Al mismo tiempo debe subrayarse que la unidad es sin intervalo. El Uno, mientras esté erguido como tal, está imposibilitado de darle lugar.

 

  La génesis de lo existente requiere al menos dos, el par de opuestos, que no se suprimen sino que persisten en cada una de las cosas. Todas constan de un Uno y una Pluralidad y están conformadas por lo Limitado y lo Ilimitado. La mismidad, el uno, se diferencia de la otredad, el dos, que en Aristóteles adquieren el sentido de constituirse en la oposición entre forma y materia.

 

  Fue también el célebre Estagirita quien sostuvo que la dificultad que surge en tal cosmogonía es el paso del uno al dos y en correlación con esto, de lo geométrico a los cuerpos sensibles. Sin embargo, tal dificultad emerge a partir de suponerle al número la calidad de una mera abstracción, un carácter puramente formal.

 

  En realidad, los pitagóricos habrían concebido al número como algo dotado de espacialidad física, por lo tanto, el salto de los cuerpos geométricos a los sensibles no es tal. Fue Aristóteles quien al no admitir que el número consistiera en una unidad espacial indivisible el que termina estableciendo un abismo entre lo puramente formal (los números) y lo sensible (que supone también materialidad).

 

  Es el mismo Aristóteles quien al explicar el proceso cosmogónico plantea que la primera Unidad con magnitud estaría compuesta por una “semilla” (spérma). Tal concepción implica la identificación del mundo con una criatura viva. Al mismo tiempo permite entender la ubicación de lo masculino en la columna del Límite, en contraposición a lo femenino en la columna de lo Ilimitado. Cabe subrayar la asociación del Fuego o Luz con la Unidad y el límite, por un lado, y la del Aire oscuro ligado con el Vacío ilimitado como contrapartida, por el otro.

 

  El proceso por el cual se multiplica la unidad originaria supone el encuentro del Límite con este Vacío, cópula que introduce separación y división entre las cosas. Este último luego se diferenciará del aire y en Demócrito advendrá no-ser como contrapartida del ser: “éste afirma que lo Vacío y lo Lleno se dan igualmente en cualquier parte, aunque uno de éstos es Ente, y el otro, No-ente.”[4]

 

  El fuego adquiere un carácter privilegiado. Es el elemento fundamental que constituye el átomo ígneo que, de forma piramidal, conforma el sólido mínimo. La generación de los números y de una pluralidad de cuerpos será la multiplicación del primer átomo de fuego; todos los cuerpos serán agregados a tales átomos. El aire o vacío se limita a mantener separadas las unidades. El fuego sería el único cuerpo elemental. El agua y la tierra se podrían obtener apretando más los átomos, dejando menos vacío entre ellos.

 

  Pero, si bien todo se construye sobre las dos columnas, el mundo que concebían los pitagóricos no era el reino gobernado por pólemos, la lucha entre los opuestos, sino más bien el cosmos armonioso, ordenado según los intervalos de la escala musical. Lo divino era el principio y aquello a lo que todo se orientaba. También guiaba los austeros pasos de los fieles del pitagorismo.

 

  De esta forma, así como aquellos que se mueven en función de sus apetitos y ambiciones mortales se alimentan de mortalidad, de la misma forma, los que se dirigen a la sabiduría verdadera, alimentándose de lo inmortal y divino, poseerá, en la medida posible de lo humano, la inmortalidad.  

 

  De este modo el propósito de alcanzar el orden armonioso del mundo revela la aspiración de la filosofía: procurar tal inmortalidad. En tal sentido la devota creencia de los pitagóricos en la realidad cierta de un estado cósmico de equilibrio bien podría ponerse en correspondencia con lo que Freud, más de dos milenios después, identificó como aspiración de la psyché humana: el principio de placer, a quien él mismo otorgó, en sus inicios, un carácter todopoderoso.

 

 

Parménides. El Seruno

 

  El filósofo de Elea se alzó crítico frente a sus otros colegas itálicos. Dos aspectos le resultaban inadmisibles: que de Uno adviniera la multiplicidad del mundo y que, por otro lado, en éste coexistieran opuestos contrarios que derivaran, a su vez, de un par originario. Es evidente que tal par remite, en última instancia, a la oposición ser-no ser, siendo éste imposible por consistir en una contradicción en si mismo.

 

  Parménides lleva la lógica de la identidad y la no contradicción al absoluto y saca sus consecuencias: Si el Ser es tomado en su unidad y su ser nunca puede devenir en dos y luego en muchos. La pluralidad del mundo nunca puede devenir del Uno. Esta, el devenir y el cambio y el movimiento son de cierta manera irreales. Lo real es uno, compacto, limitado y permanece en reposo.

 

  Como sabemos, en su poema una diosa tiene la sospechosa gentileza de mostrarle la Vía de la Verdad. Quien sabe por qué fatalidad nuestro filósofo tuvo la torpe ingenuidad de creer que tenía razón. Con su decisión, arrastró siglos de pensamiento y de vidas.

 

  Dicha Vía de la Verdad es la que sostiene que el Ser es y no puede ser que no sea. Como un sacerdote que sigue devotamente a su diosa, Parménides arremete contra todo aquello que pueda dejar traslucir la más mínima señal de contradicción, la más mínima afrenta al sagrado principio de Identidad. Lo real es racional. Lo que es, es, y no puede no ser. Lo que no es, no es y no puede ser.

 

  Las consecuencias de pergeñar un Ser absoluto no se dejan esperar: lo que es no puede advenir del no ser ni hacia el no ser. Solo hay dos posibilidades que emergen luminosas en una disyunción exclusiva: es o no es. No hay grados de ser, ni transición, ni cambio. Lo que no es no puede pensarse ni nombrarse. Solo lo que es, lo real, puede pensarse, conocerse y decirse o nombrarse. Lo real se identifica con lo pensable racionalmente.

 

  Lo que para los hombre bicéfalos es y no es sólo son meras palabras, convenciones, “nombres sobre los que los mortales se han puesto de acuerdo creyendo que son verdaderos: generar y perecer, ser y no-ser, cambio de lugar e intercambio de color brillante”[5]. En tales condiciones no puede quedar otra alternativa que la abolición del tiempo mismo porque “es ahora todo a un tiempo, uno y continuo.”[6]

 

  Lo que es uno no puede ser muchos. Su unicidad es absoluta y por lo tanto también su unidad: es indivisible, no contiene una pluralidad de partes. No puede existir la imperdonable herejía de una pluralidad de cosas que sean. El ser no puede dividirse en partes ni consistir en la reunión de tales partes. Tal división hubiera implicado la admisión del vacío como lo otro presente entre las unidades discretas.

 

  La negación de la posibilidad del vacío solo puede traer como consecuencia la imposibilidad del movimiento, en tanto el desplazamiento supone dirigirse hacia un lugar vacante, dejando, a su vez, vacío el espacio antes ocupado. Pero también es negada toda posibilidad de cambio.

 

  Para Parménides la inmovilidad implica necesariamente perfección: no necesita ni carece de nada. Un ser perfecto no tendría motivos para moverse o cambiar. Esto implicaría alguna falta. Sin embargo, este Seruno de Parménides no es un dios. También se cuida de presentarlo como un ser vivo tal como podría aparecer en otras cosmogonías. No podemos menos que reconocer que es consecuente con su pensamiento. En última instancia negar todo movimiento es negar la vida.

 

 

La posibilidad del pensamiento. Sin dos, no hay uno

 

  Ya en el siglo XIX un filósofo alemán nos había advertido que si se cumpliera el principio de identidad no podría comerse una manzana. Su reinado presenta la pequeña dificultad de no permitir la pluralidad, el cambio, la acción, la posibilidad contingente, en última instancia, la vida misma y todo lo que existe. 

 

  No es necesario esforzarse demasiado para alcanzar tal conclusión. Es el propio Parménides quien lo viene repitiendo desde hace siglos, aunque quizás se haya sabido escuchar con claridad. Del Seruno, en tanto idéntico a si mismo, no puede advenir un dos y, menos aún, la pluralidad del mundo.

 

  Tal proliferación de seres, el cambio, el tiempo, el movimiento son todas abominaciones de la febril ignorancia de los hombres bicéfalos. Nada de respirar un perfume, de paladear un sabor exquisito, ni extasiarse con una melodía, una voz. Todo eso no podría existir, más que en los sueños vulgares de esos animales que, en realidad, tampoco podrían existir. Nada de eso es real.

 

  En tanto tal imposibilidad no es solo ontológica, sino lógica (pues en todo caso se ha partido del supuesto de que la realidad no puede desmentir tal lógica ya que ésta no se ha separado de la ontología) se pueden deducir ciertas consecuencias: El pensamiento mismo se torna una osadía imposible, en tanto su existencia supone vulnerar la absolutización del principio que dice que el Seruno es idéntico a si mismo y nada puede contradecirlo.

 

  Pero el pensamiento exige el lenguaje y éste requiere, como condición de posibilidad, a menos dos, que inmediatamente se revelan tres: el Uno, el Dos y el intervalo, la diferencia[7]. Si bien el principio puede ser el Uno, éste ni siquiera puede advenir él mismo antes de que se alce un segundo término en oposición. Sin su partenaire el Seruno mismo queda reducido a nada.

 

  Sin embargo, ya los pitagóricos erigieron sus dos principios, lo Limitado y lo Ilimitado, para poder constituir el mundo real que, a su vez, coincidía con el simbólico. Es el encuentro de Uno y otro lo que engendra un cosmos. Lo Ilimitado hace posible la pluralidad que va encontrando el Límite en la conformación de Unidades, cerrando la vía de la indefinición absoluta, de la multitud infinita sumida en un caos sin orden alguno. 

 

  Pero el Límite encuentra en su par el alimento, el aliento de vida a partir del cual ganar cierta apertura de posibilidades a lo multiforme, a la diversidad. Tal como otros inspirados en el espíritu griego, los itálicos intuyeron la necesidad de dos contrarios coexistiendo en un indisoluble lazo de co-pertenencia como condición de posibilidad para que se engendrara el mundo, en los diversos sentidos en que se puede tomar este término.

 

  De esta co-pertenencia también podemos inferir nosotros ciertas consecuencias: El pensamiento no es, sin un doble movimiento contrario, de tensión irreductible. Tal como nos enseña el Funes de Borges, “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”[8], es decir, establecer unidades, pero al mismo tiempo es discernir, diferenciar, separar, discriminar de distintas formas esas unidades.

 

  Pretender una diferencia plena, absoluta conduce a una multitud infinita, de la que nada puede advenir. La pura Unidad preñada de Necesidad lógica tampoco puede engendrar nada.

 

  Este doble movimiento si bien puede ser sucesivo, siempre ya es simultáneo. El proceso mismo de conformación de unidades, de unificar ya ha necesitado abstraer, separar, diferenciar, descomponer un aspecto de otros que conforman la cosa. Analizar, a su vez, es posible en tanto cada componente es ya tomado como un componente de la cosa.

 

  No es ocioso recordar que el par originario que los pitagóricos pergeñaron constituyó un antecedente efectivo del giro de Platón en el Parménides. Ese texto bisagra, en el cual el autor cuestiona en última instancia la inspiración eleática de la teoría de las Ideas, abre paso a la teoría de los géneros y la dialéctica que presentará en el Sofista. Sus momentos de división y reunión son correlativos de sendos movimientos hacia lo múltiple y hacia lo Uno respectivamente.

 

  Operaciones intelectuales y lógicas, así como matemáticas, bien pueden ponerse en serie con el par originario. Síntesis, inducción, suma, multiplicación, por un lado, y análisis, deducción, resta[9] y división, por otro responderían a esta correlatividad. Todos son movimientos del pensamiento que suponen la tensión irreductible de lo Uno y lo múltiple, de un Uno que, para ser tal, requiere temporalidad y al menos ser dos…y tres. Desde el Seruno absoluto, roca única, inmutable, inmóvil y sin tiempo, ni pensamiento ni mundo pueden brotar. Sólo nada.

 

  Pero la roca viva, origen de todo movimiento, de toda inspiración y todo desvelo es ese pequeño intervalo, ese diminuto vacío, la hiancia que se abre entre Uno y Otro. Por un lado, fuerza una búsqueda hacia delante del Uno dejado atrás transformándolo en principio y fin de toda cosmología, por otro, abre el surco insalvable entre pares que recorren hasta hoy los problemas irresueltos del pensamiento filosófico y científico.

 

  El encuentro beligerante entre lo Limitado y lo Ilimitado engendra no solo la tensión entre Uno y múltiple sino una serie de correlativas oposiciones: universal-particular, necesario-contingente, masculino-femenino. La diferencia entre ambos polos es el abismo del que toda la historia de la filosofía ha tratado de dar cuenta en un tropiezo sin fin con la piedra de lo imposible.

 

  Diversas han sido las soluciones que se procuraron: Se ha buscado armonizarlos haciéndolos conciliables, o suprimir alguno de los elementos del contrapunto. Pocas veces se ha tratado de mantener la tensión.

Pero es evidente que identificar realidad y lógica no pretende otra cosa que reducir lo real a lo necesario, esto es, eliminar la contingencia y con ella, esa pequeña e insalvable brecha, ese abismal vacío.

 

  Frente a él el genio filosófico occidental diseñó su estrategia letal: inventarse un mundo que respondiera a una lógica que lo mostrara determinado, previsible, certero. ¡Lo real es lógico! ¡Ya nada puede angustiarnos! Con la lógica del principio de identidad la bestia civilizada de occidente buscó un mundo pleno de determinaciones.

 

  Se procuró, junto a su existencia lumínica, exterminar toda huella de lo se sustrae a su maquinaria racional: lo indeterminado, lo contingente, es decir, la hiancia que abre el juego de posibilidades que hace que su existencia sea humana. Sin embargo, la huida solo precipita el destino de un modo más brutal. Semejante ambición solo puede traer como consecuencia petrificarlo todo, cerrando el sendero del pensamiento, pero asegurando un paraíso de mortificación.

 

 

 

 



[1] Parménides, Fragmentos, Sobre la naturaleza (Frag. II), Ediciones Orbis, pag. 49

[2] Aristóteles, Metafísica 986ª, 20

[3] Aristóteles, Metafísica 986ª, 18

[4] Aristóteles, Metafísica 1009 a, 25

[5] Cornford, F.M., Platón y Parménides, La via de la verdad de Parménides (VIII, 38-41), Visor, pag 91

[6] Cornford, F.M., Platón y Parménides, La via de la verdad de Parménides (VIII, 6), Visor, pag. 81

[7] Platón, Diálogos V, Parménides (144 a – e), Biblioteca Gredos, pag. 73 – 76.

[8] Borges, J. L., Ficciones, “Funes el memorioso”, Emecé, pag. 172.

[9] Así como la suma es la operación matemática que se correlaciona a la síntesis, la resta se corresponde con el análisis, pues la operación (que también se dice “sacar la diferencia”) implica o bien separar una parte del todo o establecer la diferencia entre uno y otro.

 


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