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El inconsciente como defensa epicúrea

25/08/2003- Por Silvia Ons - Realizar Consulta

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La defensa es epicúrea ya que quiere la reducción del estímulo, la calma hedonista, la salud conservada y ella es movilizada por una cantidad, proveniente de la vida sexual, que amenaza por su exceso disolver la ley de la constancia. El síntoma como exigencia de la pulsión (Zwang) derrota a la defensa, indicando que la carga no puede ser debilitada por el placer negativo. Vuelve imposible a la ataraxia, subvierte el ideal de salud.

El placer es pensado en el origen de la obra de Freud en términos fundamentalmente negativos: cesación de un dolor, sustracció

El placer es pensado en el origen de la obra de Freud en términos fundamentalmente negativos: cesación de un dolor, sustracción de un estímulo, disminución de una cantidad .Los grandes descubrimientos freudianos parten de la formulación de los obstáculos hacia la realización de este principio y llevan a reformularlo.

El deseo introduce una nueva forma de satisfacción -el cumplimiento, la realización- que no coincide con el placer entendido como reducción de la tensión. Porque no conlleva la disminución de la excitación, ni conduce a la descarga. Enmarcándose en la búsqueda infructuosa de la identidad de percepción,  abre repetitivamente la brecha  entre la huella y el objeto, radicalmente perdido.

Así, el deseo hace caer el marco homeostático vinculado con la reducción de la cantidad. Se impone, en todo caso, una nueva forma de placer que no se iguala con el principio de placer: el placer de desear, la tensión del anhelo. El principio de placer es el placer como puro descenso, clara liberación, mientras que al deseo Freud prefiere nombrarlo como lo que impulsa el trabajo psíquico, como su  más intrínseco motor.

Pero, el verdadero quiebre del principio de placer es introducido con el concepto de pulsión. El fracaso de la  función del sueño ilustra de qué modo el deseo no recubre a la pulsión. Para Freud, el sueño cumple su misión cuando logra enlazar el deseo de dormir, con el cumplimiento de deseo inconsciente. Así, la labor onírica, realiza el trabajo de ligar la excitación a las huellas nmémicas desiderativas, al modo de la vivencia de satisfacción. Mientras esa tarea se realiza eficazmente, cabe pensar al sueño como guardián del reposo. La conjunción entre la pulsión y el deseo garantiza el dormir y atempera la perturbación. Y el placer,  aún conllevando una cuota de displacer, no está cuestionado, las ficciones del anhelo suministran satisfacciones.

 En la “29 conferencia” considera la falla de esta función y no es casual  que esta formulación surja con posterioridad al explícito descubrimiento del más allá del principio de placer . 

“Al par que el durmiente se ve precisado a soñar, el relajamiento de la represión permite que se vuelva activa la pulsión aflorante de la fijación traumática, falla la operación de su trabajo de sueño, que preferiría trasmudar las huellas mnémicas del episodio traumático en un cumplimiento de deseo”.

Si el sueño mismo implica ya una modificación del principio de placer en la medida en que el deseo impone un nuevo placer que es el de desear, la pulsión introduce un franqueamiento mayor, haciendo que el mismo deseo sea traspasado. La pulsión freudiana es un concepto que se articula, de modo privilegiado, con esta dimensión. Nunca fue pensada por Freud como puramente psíquica (sí, en todo caso, como concepto límite entre lo psíquico y lo somático), y siempre planteó exigencias  a la tramitación representacional, haciendo caer cualquier pretensión de equiparar el psicoanálisis con el idealismo. Evoquemos esta  contundente cita como una :

“En la medida en que esta exigencia pulsional es algo real ( Real) puede reconocerse también a la angustia neurótica un fundamento real”.

Lo real, entonces, quiebra el principio de placer como reducción de la excitación,  y hace fracasar al placer articulado con las ficciones del deseo. La sexualidad es disarmónica,  irruptiva, traumática y antihomoeostática. En contraposición a ella, Freud vinculó siempre a la defensa con la ley de la constancia, es decir,  ante  la emergencia de la sexualidad, aquella intenta mantener “lo más bajo o al menos constante la suma de excitación”. De ello se extrae una consecuencia capital, el principio de placer es la defensa frente a la sexualidad. Y su fracaso, el síntoma. Tal deducción conduciría a otra aún más sugerente, ya que si el inconsciente está regulado por el principio de placer, se infiere que el mismo inconsciente es defensivo respecto a la sexualidad. Recordemos que Lacan piensa la identificación al síntoma en el fin de análisis como una identificación que va más lejos que la de aquella dirigida al inconsciente.

La defensa  es epicúrea ya que quiere la reducción del estímulo, la calma hedonista, la salud conservada y ella es movilizada por una cantidad, proveniente de la vida sexual, que amenaza por su exceso disolver la ley de la constancia. 

El síntoma como exigencia de la pulsión (Zwang) derrota a  la defensa, indicando que la carga no puede ser debilitada por el placer negativo. Vuelve imposible a la ataraxia, subvierte el ideal de salud. La primer idea freudiana de la cura es bien diferente de aquella final, enunciada en “Análisis terminable e interminable”.

Freud cree en una primera instancia en una tramitación completa, lograda gracias al lenguaje, mediante el cual la carga puede ser “abreaccionada”, y la idea despojada de intensidad, olvidada. En este sentido, el tratamiento quiere lograr lo mismo que la defensa, que impere el principio de placer, liberación del afecto, ataraxia epicúrea. Abandonado este método por el del desciframiento inconsciente, el intento de todos modos  se mantiene. Y así como el síntoma testimonia del fracaso de la defensa, las resistencias en el análisis testimonian del fracaso de la cura entendida como dominio de lo simbólico sobre lo real.

En “Análisis terminable e interminable”, hay un Freud más advertido acerca del obstáculo, con una  desconfianza relativa al fin de análisis apoyada en los empujes del factor cuantitativo que se pueden desencadenar, pudiendo entonces resurgir la neurosis. Lo que lo inquieta, es la pulsión. Afirma que no es deseable hacerla desaparecer, entonces habrá que pensar en un yo capaz de admitirla. No obstante, si éste se relaja, las pulsiones domeñadas presentarán sus exigencias, aspirando a su satisfacción por caminos anormales.

Reconociendo entonces “el poder incontrastable del factor cuantitativo en la causación de la enfermedad”, el punto crucial será el de la relación entre el yo y la pulsión. Así, la temática del fin de análisis, no puede pensarse sin considerar la identificación y el goce.

Freud se pregunta si el análisis no producirá un estado que nunca preexistió de manera espontánea en el interior del yo, y cuya neocreación constituye la diferencia esencial entre un hombre analizado, y uno no analizado. Denomina operación genuina de la terapia analítica, a una modificación en el yo, que conduciría a una rectificación del proceso represivo originario.

Tal  “rectificación” tendría hondas consecuencias en la economía del placer. Para comprender este punto subrayaré que la defensa es amiga del principio de constancia. Esta conclusión no se circunscribe a los primeros textos de Freud. En  “La represión” afirma:

“...recordemos que  la represión no tenía otro motivo ni propósito que evitar el displacer ”.[...] “Por tanto, si una represión [...] no consigue impedir que nazcan sensaciones de displacer o angustia, [...] ha fracasado aunque haya alcanzado su meta en el otro componente, la representación”.

En “Inhibición, síntoma y angustia”, profundiza el punto concerniente a la satisfacción. Afirmando que por obra del proceso represivo el “placer de satisfacción que sería de esperar” se muda en displacer, se pregunta cuál es el mecanismo por el cual  una satisfacción sufra tal desenlace. A consecuencia de la represión, el decurso excitativo del “ello” es inhibido o desviado, para conseguirlo, al “yo” le basta: “emitir  una señal de displacer ...con ayuda de la instancia casi omnipotente del principio de placer”.

Se infiere que la represión apela al principio de placer para inhibir o desviar ese “placer que sería de esperar” y que no cae bajo el imperio del placer negativo, la rectificación del proceso represivo mentada por Freud debería consistir en la posibilidad de admitirlo. Tal consentimiento implica una necesaria modificación en el yo que conduce a que pueda albergar el placer antihomeostático de la pulsión. Considero que este punto tiene una clara relación con la identificación al síntoma como identificación a lo más real, a su cara más rezagada, a su aspecto más pulsional. Este desenlace no sería posible sin la perturbación de la defensa a la que se refiere Miller como lo más intrínseco de la interpretación analítica.  En el seminario “La experiencia de lo real...” nos dice que tal  turbación es la que introduce la presencia misma del analista, haciendo resonar la pulsión. Miller diferencia allí dos aspectos de la interpretación, aquel ligado al desciframiento y aquel ligado a contrariar la defensa. Ellos se articulan con el doble trabajo de la interpretación al que  se refiere Freud en  “Análisis terminable e interminable” cuando dice que  en un caso se trata de hacer consciente lo inconsciente y en el otro, corregir algo del yo. Si tal rectificación es fundamental para que éste pueda conciliarse con la pulsión, ¿no nos anticipa Freud, acaso la importancia de una nueva identificación en el fin de análisis.

 

El mail de la autora es filosofia@elsigma.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           

 


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