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El Sujeto y El Síntoma23/09/2020- Por Francisco Roque Reos - Realizar Consulta
A partir de una parábola tomada de la tradición zen, el autor explora la extimidad del síntoma. El territorio extranjero en el interior del yo encuentra, en su lectura retroactiva, hace posible el hallazgo de la responsabilidad del sujeto en relación a su deseo.
“El Zen habla” de Tsai Chih Chun*
Esta enseñanza reviste un interés particular para el pensamiento psicoanalítico ya que en ella es posible apreciar al síntoma en su estatuto ético.
El monje se encuentra contrariado, perturbado, por la imagen de una araña que en pleno momento de meditación ‒de conexión consigo mismo‒ irrumpe en su escena desconcentrándolo. ¿No es acaso este monstruo una sublime metáfora del síntoma? Justamente, los síntomas se presentan al individuo como una molestia la cual debe llevar a cuestas en su vida.
Un rasgo llamativo, es que la araña no se encuentra presente todo el tiempo sino que aparece en determinados momentos pero su justa y medida presencia es suficiente para desmoronar la integridad del meditador. En suma, dicha figura amenazante es percibida como una entidad externa y ajena al individuo. Es decir, un agente invasor imposible de liberarse dispuesto a dificultarle su camino hacia la iluminación.
El monje no posee herramientas para poder enfrentarla y decide consultar con su maestro. Es muy interesante que el consejo que recibe no tiene nada que ver con combatir o destruir la araña para hacerla desaparecer sino que simplemente apunta a descubrir quién es, su verdadera naturaleza.
Como muestra la parábola, la inesperada conclusión devela que al pintar la perturbadora presencia arácnida se estaba pintado a sí mismo.
Lombardi (2009), al referirse a los síntomas, sostiene que “hay en el síntoma algo que resiste a la particularización, y que despunta ya en el comienzo del psicoanálisis como un cuerpo extraño que sin embargo concierne al sujeto íntimamente, por fuera del reconocimiento yoico”. En otras palabras, los síntomas son elementos del sujeto que poseen una raíz inconsciente la cual es percibida por el Yo como un agente externo que nada tiene que ver con él.
Por otro lado, este final sorpresivo devela que hay una lógica temporal en la parábola que no responde al pensamiento cronológico habitual en el cual, como es sabido, hay un momento seguido por otro posterior y así sucesivamente. Muy por el contrario, la temporalidad planteada aquí es diferente ya que el tiempo que funda y le da un sentido a toda la escena se encuentra al final y no al principio. Si uno sustrajera ese último momento, la trama sería completamente diferente. Por lo tanto, el encuentro del monje con el círculo en su propio cuerpo es el que funciona como ordenador de toda la enseñanza.
Entonces, este momento cronológicamente último es lógicamente primero ya que es fundante de la verdad que teje la historia. Lacan (1967) sostiene: “[...] el verdadero original sólo puede ser el segundo, por constituir la repetición que hace del primero un acto, pues ella introduce allí el après-coup propio del tiempo lógico...”
El entender los tiempos de forma lógica es un método que está presente desde el comienzo del psicoanálisis formulado en término de Freud como Nachträglich. Este concepto es entendido como: “experiencias, impresiones y huellas mnémicas son modificadas ulteriormente en función de nuevas experiencias o del acceso a un nuevo grado de desarrollo.
Entonces pueden adquirir, a la par que un nuevo sentido, una eficacia psíquica” (Laplanche y Pontalis, 1967). Es decir, un tiempo segundo que le imprime a un tiempo primero un significado que al principio no tenía revelándole, así, su verdadera naturaleza.
En este sentido, Slavoj Žižek (2014) al referirse al modo de entender la lógica temporal de los fenómenos psíquicos, sostiene: “Los síntomas son huellas sin sentido y su significado no se descubre excavando en la oculta profundidad del pensamiento, sino que se construye retroactivamente”.
Michel Fariña (2000) presenta un esquema que permite claramente ubicar todos los tiempos y sus relaciones entre ellos:

“En el Tiempo 1, el personaje lleva adelante una conducta con determinados fines, en el supuesto de que su accionar se agota en los objetivos para los cuales fue concebida. En un Tiempo 2, recibe de la realidad indicadores que lo ponen sobre aviso respecto de que algo anduvo mal. Las cosas fueron más allá –o más acá– de lo esperado. El sujeto se ve interpelado por esos elementos disonantes. Algo de esa diferencia le pertenece” [el resaltado pertenece al autor] (Fariña, 2000) Es de esta manera que se pone en marcha el denominado circuito de la responsabilidad.
Montando este circuito a la parábola, en el tiempo 1 el monje pinta el lomo de la araña en el afán de descubrir cuál es su verdadera naturaleza y así poder liberarse de su perturbadora presencia. El tiempo 2 es el encuentro con el círculo en su propio cuerpo en donde algo de esa diferencia le pertenece. Es posible apreciar que sin este momento 2 no habría circuito de responsabilidad posible y es por ello que el tiempo 2 está lógicamente antes que el tiempo 1.
¿Cuál es esa verdad encarnada en el tiempo 2? Entre el monje y la araña hay una relación de responsabilidad. Esta idea es crucial en el pensamiento psicoanalítico. Desde Freud es posible entender que los síntomas y padecimientos de los que el individuo se queja no son meras manifestaciones fortuitas sino que hay una causa para ellas y en dicha causa el sujeto tiene responsabilidad.
Al hablar de las manifestaciones inconscientes, Freud sostiene en “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños” (1925) que el sujeto debe hacerse responsable por el contenido de sus sueños, de sus actos fallidos y de sus síntomas. A diferencia del pensamiento médico, el agente causal del padecimiento es el sujeto y sus determinaciones inconscientes de las cuales el Yo nada sabe.
En el fragmento del historial del caso Dora, Freud interpela a la paciente con una pregunta que permite llevar adelante una inversión dialéctica generando un desarrollo de verdad (Lacan, 1951): “¿Qué tienes que ver tú en eso que te quejas?”. Lejos de dejar conformar al yo con su política de avestruz (Freud, 1914), el pensamiento psicoanalítico responsabiliza al sujeto por su padecer.
Ahora bien, podría confundirse el concepto de responsable con el de culpable ya que los dos, a simple vista, parecerían apuntar a señalar al individuo como aquel que debe ser juzgado o condenado por sus padecimientos y que, por lo tanto, le corresponde una pena o castigo. Muy por el contrario, responsabilidad proviene del latín “respondere”: aquel que puede responder.
Es decir, responsabilizar al sujeto equivale a sostener que él es el único que puede dar una respuesta por aquello que se queja ya que está implicado en su causa. Por lo tanto, esta lógica es completamente diferente a la de culpabilizar ya que al entender al sujeto como responsable se le devuelve una cuota de dignidad y determinación que no tendría lugar si se lo considerara como un mero agente pasivo que debe sufrir resignadamente.
Es muy clara la experiencia del monje en este punto: el encuentro con el círculo en su propio cuerpo lo pone ante las puertas de la responsabilidad. Deja la araña de estar enunciada como puro enigma sin saber su origen: “Para que el síntoma salga del estado de enigma todavía informulado, el paso a dar (…) es que el sujeto se perfile algo tal que le sugiera que hay una causa para ello” (Lacan, 1963).
Desde ese momento, el monje advierte que hay una causa para la presencia de la araña y que él es el responsable. La angustia invade tras este encuentro –del sujeto con su propio círculo- porque se enfrenta a un punto de desestructuración, de no integridad, el cual estaba velado.
Es en este punto donde se puede apreciar la verdadera grandeza de esta parábola: el encuentro con su propio círculo lo deja a las puertas de la responsabilidad sobre su propio deseo que está más allá de su anhelo de alcanzar la iluminación como monje budista.
En otras palabras, de lo que aquí se trata no es de entender la enseñanza limitados sólo a la figura del monje –ideal al cual está alienado el yo– sino de ver más allá de esos parámetros imaginaros para contemplar al sujeto del inconsciente que no se rige por ideales sino por deseo. Es por ello que al final, el síntoma deja de estar formulado como una incógnita perturbadora para ser marca en el sujeto.
Como conclusión, es necesario hacer un comentario final sobre el tercer personaje: el maestro. Su indicación es clave para que el encuentro posterior adquiera la dimensión ética ya mencionada. Todo hubiera sido diferente si el maestro le hubiera advertido desde un principio sobre la verdadera naturaleza de la araña ya que se hubiera perdido la potencia singular que tiene el encuentro del monje con su propio círculo.
Esto se debe a que la dimensión de la responsabilidad subjetiva nada tiene que ver con un saber o con una episteme sino con un encuentro. El intento de aprehender al síntoma –o cualquier otra manifestación del inconsciente– por el lado del saber solo provocará un cierre a la dimensión ética y singular ya que sería el yo el que intentaría limitar la situación a un saber previo presente en su universo particular.
Es por ello que el efecto sorpresivo de dicho encuentro es el que posee la potencia ética de convocar al sujeto por su propio deseo.
Imagen*: Tsai Chih Chung (1948) es uno de los más destacados ilustradores de Asia oriental de origen taiwanés.
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