» Psicoanálisis<>Filosofía
Ese problemático Freud29/03/2007- Por Silvio Juan Maresca - Realizar Consulta
En este texto, el filósofo Silvio Maresca realiza un interesante análisis de las críticas recientes dirigidas al creador del psicoanálsiis y muestra de qué manera esa impiadosa visión negativa, el encarnizamiento pasional, testimonian que la potencia revulsiva del pensamiento de Freud permanece intacta y sus ideas siguen siendo indigestas para una sociedad no menos hipócrita que la suya.
En los últimos tiempos, el pensamiento de Sigmund Freud es objeto de crecientes críticas. Podría decirse, es cierto, que las impugnaciones al psicoanálisis lo acompañan desde sus propios orígenes. Pero al período de las resistencias iniciales le sucedió otro de amplia difusión y aceptación general logrados muchas veces, también hay que decirlo, a expensas del rigor.
Debo admitir que los renovados ataques producen en mí una mezcla extraña, difícil de explicar, de indignación y alegría. Indignación por la pobreza y opaca intención de la mayoría de los argumentos esgrimidos. Alegría porque la impiadosa visión negativa, el encarnizamiento pasional, testimonian que la potencia revulsiva del pensamiento de Freud permanece intacta, y sus ideas siguen siendo indigestas para una sociedad no menos hipócrita que la suya. Más sutilmente hipócrita, eso sí.
Pero vayamos a las críticas. Algunas de las principales objeciones son: dudosa cientificidad de las teorías elaboradas por Freud, poca efectividad de la terapia analítica, tinte conservador de la vida y la cosmovisión freudianas.
Las teorías freudianas serían escasamente científicas -por no decir acientíficas o anticientíficas- conforme a un patrón de cientificidad dictado por una epistemología dominante, demasiado apegada a rutinas de conocimiento que encuentran un lejano precedente en algunos procederes de la física clásica. En los comienzos del siglo XXI vale preguntar una vez más, sin embargo, en qué radica el carácter científico de un discurso. ¿Bastará con obedecer servilmente a paradigmas epistemológicos construidos siempre después del acontecimiento científico o se tratará antes bien de abrir al conocimiento territorios vírgenes, mutando así la naturaleza misma de la racionalidad, que no puede permanecer indemne a los nuevos descubrimientos? Si, como creo, la ciencia en sentido eminente radica en esto último, Freud y la disciplina que él fundó son científicos por excelencia.
Un subcapítulo de esta problemática es la acusación, lanzada contra Freud, de sus excesos especulativos, a propósito, por ejemplo, de la “pulsión de muerte”. Pero pregunto: ¿existe algún gran científico que haya dado las espaldas a la especulación? Alcanza con mencionar a Descartes, Leibniz, Darwin, Einstein. Es que la ciencia, en sentido propio, nunca se ha separado totalmente de la filosofía. Lo harán acaso sus practicantes rutinarios, jamás sus artífices.
Poca efectividad de la terapia analítica. Si es cosa de suprimir síntomas molestos, poner lo más rápidamente posible a un sujeto en condiciones de retomar el automatismo ciego de la vida actual, reintegrarlo al mercado como productor exitoso y -sobre todo- consumidor voraz e insaciable, reactivando sus apetencias, es plausible que el tratamiento psicoanalítico no sea el camino más indicado. Mejor Prozak o la reeducación cognitivista. Y si esto no resulta todavía quedan, llegado el caso, los budismos prêt-à- porter, para conducirnos a un Nirvana idiota.
La práctica analítica es en cambio altamente efectiva si se trata de emprender una de las pocas aventuras aún accesibles al hombre de nuestro tiempo, en un mundo ya totalmente explorado y donde incluso los viajes han sido expropiados por la industria del turismo. Claro que, según pienso, los psicoanalistas deberían sincerarse en este aspecto aun a costa de perder clientes y retroceder en el mercado, cosa que de todas maneras sucederá si permanecen fieles a la palabra de Freud. Porque el psicoanálisis no tiene que ver fundamentalmente con una hipotética cura, que nunca fue el interés prioritario de Freud, Colón de la vida anímica, sino con la posibilidad de construir un sujeto a la altura de la época, un sujeto que al ampliar y redefinir el campo de la subjetividad, sea apto para desenvolverse digna y humanamente en los tiempos de la muerte de Dios. Es decir, en el trance de la devaluación de los valores más altos que identificaron a Occidente, del derrumbamiento del orden tradicional, de la pérdida de toda referencia y, por ende, de la errancia planetaria.
Conservadurismo de Freud. Ciertamente, Freud no era un “progresista”, ni en lo que atañe a su vida personal ni a su pensamiento. Como su gran contemporáneo, Federico Nietzsche, jamás fue un apologista de la liberación sexual, el feminismo y otras confusiones similares que hoy nos aquejan. Buena parte de las críticas actuales provienen de estas equívocas comunidades de goce. Políticamente hablando, nunca simpatizó con el movimiento revolucionario, o sea, con el nazismo y el comunismo, los dos terroríficos experimentos criminales en gran escala que signaron la primera mitad del siglo XX. Discípulo de Schopenhauer y explorador del inconsciente, a la par de Nietzsche, los dos sabían con certeza que no todo es mejorable y que los esfuerzos desesperados por implantar el reino de Dios en la Tierra -peculiar desmentida de la muerte de Dios que hermanan al nacional-socialismo y al bolchevismo- culminan necesariamente en la masacre.
Sigmund Freud era conservador si por ello se entiende alguien que juzgó que el animal-hombre había sido forjado a sangre y fuego en la prehistoria -tiempo inmemorial repetido en cada niño arrojado a la luz del mundo- y que entonces ciertas estructuras son difícilmente modificables. Desconfiaba de ideologías y utopías. Sus incursiones solitarias por zonas escabrosas le impedían creer en el “hombre bueno” de Rousseau, corrompido por una civilización perversa, que inspiró por igual a Hitler y a Lenin. Pero no por eso prestaba más crédito a la supuesta corrupción radical de la naturaleza humana, dogma de Lutero, heredado de Pablo de Tarso y de Agustín de Hipona.
Sin embargo, fue el conservador Freud quien redujo la moral hipócrita de su época (insisto, la de la nuestra no lo es menos, a pesar de las apariencias) a un avatar de los destinos pulsionales y también quien explicó la religión como una rémora de la infancia de la humanidad que tal vez -con los debidos recaudos- pudiéramos empezar a abandonar sin traumas ni tragedias.
Y volviendo por un instante al tópico de la cientificidad del psicoanálisis, ¿el desarrollo de la ciencia no es acaso directamente proporcional a la crítica de la moral y la religión?
No es infrecuente en la historia de la cultura el compromiso entre conservadurismo y vanguardismo, al decir de Graciela Maturo. Pensemos en nuestros Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges, sin ir más lejos.
Para terminar, dos palabras sobre el impacto de Freud en la filosofía, después de todo es mi especialidad y mi pasión. No diré nada demasiado nuevo, pero a veces -ante olvidos escandalosos- se impone repetir ciertas obviedades. En filosofía, hay un antes y un después de Freud. Antes y después que no se mide en términos cronológicos, ya que hay filosofías posfreudianas, como la de Nietzsche, que se formularon en años anteriores, y filosofías prefreudianas construidas muchos años después de que Freud enunciara sus descubrimientos.
Sabido es que la filosofía moderna se centra en la subjetividad. Hasta Freud la subjetividad se identificaba -a grandes rasgos- con la conciencia y con el yo, con la autoconciencia si se quiere, esfera predominantemente racional capaz de edificar libremente el mundo natural y social. ¿Se puede seguir pensando así después de Freud? De hecho sí; ahí está la fenomenología de Husserl para probarlo. Cierto existencialismo, también. Y distan de ser las únicas corrientes. Personalmente estoy convencido, sin embargo, de que no tiene vuelta atrás la descomposición y naturalización de la subjetividad moderna debida al positivismo y el descubrimiento de la dimensión pulsional por parte de Schopenhauer, Nietzsche y Freud, únicos positivistas -los dos últimos- que lograron extraer de las ruinas del sujeto moderno, del ocaso del hombre cristiano-moderno, el esbozo de una nueva figura de lo humano.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















