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Lyotard lector de Kant08/05/2003- Por Diana María López -
El cambio más crucial en la concepción de Lyotard con respecto a su propia crítica y a lo que está criticando sobrevino con su final abandono de un marco marxista para la crítica en la década del '60. A partir de ese momento se lo puede ver primero explorando el trastorno que lo figural produjo en lo discursivo; luego se dedicó a examinar la violencia de la intensidad libidinal que irrumpía en el orden sistemático; luego varió nuevamente dirigiendo su estudio hacia la disolución de la gran narrativa; y sus últimos años centrándose en el juicio y su capacidad para desplazar a los géneros del discurso vigentes.
a. Presentación.
Lyotard rechaza un rol legislativo para la crítica y
considera que su mayor deuda con Kant se halla en sus
escritos sobre el juicio político y estético. A lo largo de toda su obra, se
interesa por el problema acerca de cómo resistir los órdenes dominantes, tanto
el discursivo como el económico. Desde sus primeros escritos políticos sobre
Argelia hasta sus últimas obras sobre arte, tiempo y lenguaje, permanece
filosóficamente comprometido con el desafío que ofrece el capitalismo de la
última parte del siglo XX. No obstante, esto no equivale a decir que la obra de
Lyotard no ha variado, los cambios pueden reconocerse
tanto en el modo en que concibe su meta como en las formas en que considera que
su obra, disidente y no conciliadora, puede abrirse un espacio en el debate
contemporáneo.
El cambio más crucial en la concepción de
Lyotard con respecto a su propia crítica y a lo que
está criticando sobrevino con su final abandono de un marco marxista para la
crítica en la década del '60. A partir de ese momento se lo puede ver primero
explorando el trastorno que lo figural produjo en lo
discursivo; luego se dedicó a
examinar la violencia de la intensidad libidinal que irrumpía en el orden sistemático; luego
varió nuevamente dirigiendo su estudio hacia la disolución de la gran narrativa; y sus últimos años
centrándose en el juicio y su
capacidad para desplazar a los géneros del discurso vigentes.
Lyotard
desmarca la cuestión del terreno de una discusión puramente política, para plantear la dialéctica entre “tradición” e
“innovación”, “conservación” y “renovación” cultural como problema político y estético, en el que los segundos
términos ya no quedan automáticamente por encima de los primeros. Este campo de
tensión ya no puede ser comprendido a través de catagorizaciones
del progreso contra la reacción, la
izquierda contra la derecha, el presente contra el pasado, el modernismo contra
el realismo, la abstracción contra la
figuración,... Más aún, si tales dicotomías –que después de todo son
fundamentales para las valoraciones clásicas del modernismo-, se han
desmoronado frente a los profundos cambios producidos en el último siglo y en
todos los ámbitos de la cultura, es menester además, incorporar el sentido
paradójico e inconmensurable de las posibilidades del lenguaje: “...Si la supuesta filosofía francesa de los
últimos años ha sido de algún modo posmoderna –expresa- es por haber
centrado su interés en las inconmensurabilidades, al reflexionar sobre la deconstrucción de la escritura (Derrida),
el desorden del discurso (Foucault), la paradoja
epistemológica (Serres) y la alteridad (Levinás)
.”[1]
b. Condición posmoderna y
pensamiento paralógico.
La Condición Posmoderna pretende presentar una visión
general del estado del conocimiento en las sociedades occidentales modernas,
signado por la incapacidad de cualquier teoría universal de dar sentido al
mundo natural o social. El desafío que presenta el libro se refiere a cómo
legitimar el conocimiento en un mundo en el que ya no existe una creencia en
fundamentos comunes o una dirección común hacia el desarrollo humano. Lyotard halla su respuesta a esta pregunta en su particular
concepción de los juegos de lenguaje. “La
mayoría de la gente siente nostalgia por la narrativa perdida. De esto de
ningún modo se sigue que están reducidas de la barbarie. Lo que los salva de
esto es su conocimiento de que la legitimación sólo puede surgir de su propia
práctica lingüística e interacción comunicacional”[2].
Aunque esta cita recuerda a Habermas, Lyotard insiste en que
la práctica lingüística y la interacción comunicativa son fundamentalmente
pluralistas, entendiendo por tal, la ausencia de cualquier juego subyacente del lenguaje. Llegar a este punto equivale a un giro
hacia lo que denomina “pensamiento paralógico” en el
que la constitución de las prácticas lingüísticas se redescubre y se reinventa[3],
al punto que, el localismo de los juegos
de lenguaje se trasciende y los inconmensurables se piensan en conjunto y
abiertos a nuevos horizontes y posibilidades.
Es
el marco de esta articulación de lo posmoderno con la paralogía,
lo que le permite relacionar su perspectiva de la trascendencia e invención de
reglas con el concepto kantiano de “lo sublime”. “Llamamos sublime –dice Kant- a lo que absolutamente grande. (...) Sublime es aquello en
comparación con lo cual
todo lo demás es pequeño (...) Sublime es aquello cuyo sólo pensamiento
da prueba de una facultad del ánimo que
excede toda medida de los sentidos.[4]”
Lo sublime es aquel sentimiento que acompaña la
presentación de lo que es impresentable, y,
por ende, el fracaso de la imaginación,
pero también de “nuestra facultad de representar”. No se trata del
juicio reflexivo tal cual se concibe en relación con la Belleza, en que las
facultades se encuentran en armonía, sino del juicio de lo Sublime: de la
inadecuación de cualquier intento por salvar la brecha entre lo real y lo
imposible, lo presente y lo impresentable. Frente a la mesura de lo bello lo
sublime aparece más bien como des-mesura. Por eso Kant
vincula la belleza al entendimiento y lo sublime a la razón, la facultad de lo
ilimitado. Mientras el sentimiento de lo bello remite al libre juego de
entendimiento e imaginación. Lo sublime hace violencia a la imaginación: la rebasa.
Más que de juego habría que hablar aquí de conflicto, un conflicto de razón e
imaginación que es, sin embargo, armonioso por su mismo contraste.
En El
Entusiasmo. Crítica kantiana de la historia[5], Lyotard retoma esta noción de Kant
al considerar que aquí precisamente es posible reconocer un sentido de “lo
crítico” como lo “reflexivo” (desmarcado del terreno teórico por proceder de
una cuasi
facultad “como si”, la facultad de juzgar), a la vez que se revela la
inconmensurabilidad de las diferentes familias de proposiciones (de la
experiencia, de las ideas, de la práctica) sugiriendo “pasos” entre regiones de
objetos respectivamente sometidas a reglas que son, sin embargo, heterogéneas.
En definitiva, es en el “entusiasmo” tal cual lo concibe Kant (KUK-184/185), donde para Lyotard
se halla presente esa tensión de fuerzas que obra de una manera mucho más
perdurable que el impulso de las representaciones sensibles: si bien carece de
validez ética puesto que la ética exige la liberación de todo phatos motivador,
conserva en su desencadenarse, en su “darse”, ...una
validez estética que le confiere universalidad cuando es comunitariamente
compartido. “..No es universal –dice Lyotard- como puede
serlo uno proposición bien fundada y validada; un juicio de conocimiento tiene
reglas de determinación ‘antes de él’, en tanto que la proposición sublime
juzga sin reglas. Pero lo mismo que la proposición del gusto (el sentimiento de
lo bello), aquélla tiene así y todo un a priori que no es una regla ya universalmente
reconocida sino que es una regla de espera, de expectación, de“promesa” de su
universalidad” (EE-77).
A esta universalidad en suspenso es a la que apela inmediatamente el juicio
estético. Si debe ser legítima, esa apelación requiere el principio de un sensus communis, de
un “sentido comunitario”, el cual no garantiza que “cada cual dé su asentamiento a mi juicio sino que cada cual debe darle
su consentimiento” (KUK-79). Trátase simplemente
de “una norma ideal, una norma
indeterminada”(ibid. 79 y siguientes).
Síguese de ello
que la universalidad a la que apelan lo bello y lo sublime es solamente una
idea de comunidad, para la cual nunca se hallará una prueba, es decir, una
presentación directa; aquí sólo caben presentaciones indirectas. El sensus communis es pues
en la estética lo que la totalidad de
los seres racionales prácticos es en la ética,
si se los compara juntos con la comunidad cognitiva. Ese sensus funda una
apelación a la comunidad que se realiza a priori y que tiene lugar sin
determinación, sin ningún concepto que subsuma una presentación directa. En
este sentido, si la comunidad ética está posibilitada por un concepto de la
razón, la idea de libertad, la
comunidad estética está inmediatamente inscripta como exigencia en el
sentimiento que ha de compartirse a priori. “Dicha
comunidad es ´solamente´el objeto de una idea que se
señala en este caso ´solamente´ por el sentimiento”(EE-82).
Lo sublime es pues un signo. Constituye una presentación “como
si” de la idea de sociedad civil y hasta cosmopolita, es decir, de la idea de
moralidad en la experiencia cuando en realidad ésta no puede ser presentada. En
este sentido, si bien es tan sólo el “indicador” de una causalidad libre –la
finalidad que se revela en el juicio estético es indeterminada y se manifiesta
en un hecho subjetivo, el sentimiento-, tiene el valor de “prueba” para la
proposición que afirma el progreso, puesto que es menester que la humanidad
espectadora haya progresado ya en la cultura para poder reconocer ese signo.“...El ´Hay progreso´de Kant –dice Lyotard- no hace
sino reflejar el ´Hay
progreso´ de los pueblos, progreso necesariamente
implícito en el entusiasmo de los pueblos” (EE-86).
Lo que está en juego aquí es la
posibilidad de redefinir “lo político”, abandonando el plano
teórico-doctrinario de metanarrativas que
pretendieran en el pasado hegemonizar el discurso
acerca de la historia humana como un desarrollo único. Todas estas teleologías
han sido refutadas, según Lyotard, por los propios
hechos históricos. Pero, además, de lo que se trata es de mostrar los límites
de una “filosofía política” que pretendiera legitimar las familias de
proposiciones heterogéneas restableciendo una unidad de “lo histórico-político”
exigida por la angustia ante lo
inconmensurable. Ni el teórico-político, ni el moralista-político, ni el
historiador, en la medida en que se mueven en un ámbito de reglas, definiciones
y conceptos (las cuales tienden a devaluar las paradojas y el azar) habrían
sido “lo bastante sutiles para extraer
del curso anterior de las cosas” esa capacidad para lo mejor en la
naturaleza humana descubierta por el entusiasmo.
Esto se manifiesta en el entusiasmo de
los espectadores de la Revolución Francesa, la cual posee una validez ejemplar. Este sentimiento
es un “signo” de la historia y provee una especie de modelo de lo que son los
signos de la historia y cómo deben comprenderse. Para Kant,
según Lyotard, el juicio de los espectadores de la
Revolución Francesa puede leerse como evidencia del progreso de la historia
hacia un fin: la ley moral. Para
ambos, los signos de la historia liberan el juicio, pero mientras para Kant el cultivo del juicio involucra su orientación hacia
la ley moral , para Lyotard,
compromete su inclinación hacia la exploración de una pluralidad de ideas. “Pues no es sólo la idea de un único fin lo que se manifestaría
en nuestro sentimiento, sino ya la idea
de que ese fin consiste en la formación y la exploración libre de las ideas, de
que ese fin es el comienzo de una infinitud
de finalidades heterogéneas”(EE-125).
Aspecto que según el autor francés,
Kant no logró explicitar: la tercera Crítica es el marco teórico dentro del
cual, el “sentido comunitario”
preserva la idea de “conmensurabilidad”. El “sensus communis” no podría
concebirse sin la aceptación de que lo heterogéneo, en su necesidad y en su
contingencia, finalmente es subsumible en una unidad producto de la concatenación por
afinidad. Lo crítico reconoce la legitimidad de las respectivas pretensiones de
las diversas familias de proposiciones y, por ende, su inconmensurabilidad.
Pero no se detiene allí: sugiere “pasos” (“hilo conductor”, dice Kant) precisamente entre regiones de objetos sometidos a
reglas que son, sin embargo, diversas e inconmensurables. Estos “pasos”, signos
de todo tiempo, restablecen la “unidad de
la histórico-político”: “La idea de conmensurabilidad –dice Lyotard-, en el
sentido de afinidad sin una regla que pueda servir de criterio establecido, es
decisiva en el pensamiento kantiano, especialmente en el pensamiento de lo
histórico-político. Para nosotros hoy dicha idea atenúa fuertemente, demasiado
fuertemente, el hecho de la fisión (...) En el caso del juez kantiano, separar
no basta, hay que hacer justicia a la coexistencia de los heterónomos...” (EE-129).
Y esto supone para Lyotard,
resolver la heteronomía en la afinidad, la diversidad
en la unidad, la fisión en una integración que remite, en última instancia, a
la idea de un sujeto que “sin ese impulso volaría en pedazos...”
y a una razón que “sin él entraría en conflicto consigo mismo
y ya no merecería el nombre de razón”.
La posmodernidad
es el sentimiento de que la fisión alcanza también a aquel sujeto y a aquella
razón, al punto que, mientras el entusiasmo de 1789 estaba suscitado por la
idea de un fin: el ideal moral; nuestra propia época, piensa Lyotard, sólo se explica desde la aceptación y el
reconocimiento de varios fines, o hasta, podría decirse, de fines tan heterógeneos como contradictorios.“... Tal vez el ideal de la reflexión no sea solamente, como pensaba Kant, transformar las controversias en litigios, sustituir
el “campo de batalla” por la sala de audiencias y los idiomas por la
argumentación. Si por lo menos hemos de persistir en perseguir ese ideal, lo
haremos seguramente sin el auxilio de la idea de que la naturaleza persigue en la historia el fin de la libertad humana,(...) Tal vez la responsabilidad reflexiva sea hoy también
discernir, respetar y hacer respetar los diferentes pareceres, establecer la
inconmensurabilidad de las exigencias trascendentales propias de las familias
de proposiciones heterogéneas y encontrar otros lenguajes que hoy existen. Eso
será ser fieles, sin paradoja, a la idea kantiana de la “cultura” entendida
como rastro de la libertad en la realidad...”(EE-130/131).
c. El filósofo: lector de los signos de la
historia.
Es desde
Le Différend
(1983), traducido al castellano como La
Diferencia[6], que
Lyotard reconcilia la legitimación del conocimiento
en la condición posmoderna , con el interés por una
concepción de la justicia elaborada a partir de la conmensurabilidad de los
“juegos de lenguaje”. El horizonte de esta formulación será la práctica de una
política deliberativa que coloca al filósofo en el rol de un vigilante crítico nocturno, confiriéndole
la custodia de la guerra entre los géneros del discurso.
En Le
Différend, Lyotard se
desplaza desde un planteo de la teoría y la práctica en términos de juegos de
lenguaje hacia uno en el que el elemento básico es la frase. En este contexto, la frase se convierte en la unidad del
discurso en el sentido de que, todas y cada una de ellas, están
abiertas a la unión con otras frases en el futuro y son el producto de uniones
pasadas. Según la naturaleza de las uniones realizadas con cualquier frase
dada, el régimen de fraseo pertenecerá a un género de discurso diferente (juego
de lenguaje). El género establece los medios mediante los cuales cualquier
frase dada o grupos de frases puede ser legitimado.
Esto significa que el juicio de disputas sólo puede alcanzarse dentro de un
género dado. Un diferendo tiene lugar
no sólo cuando surge una disputa, sino además, cuando los medios de litigio
para resolverla son inapropiados para una de las partes, es decir, pertenecen a
un género diferente.
El desafío para Lyotard,
afrontado en particular en esta obra, tiene que ver con circunscribir más de
cerca los contornos de una facultad que tenga la posibilidad de poner en comunicación géneros de discurso radicalmente
distintos, sin dañar o afectar su singularidad[7].
“Cada uno de los géneros de discurso
sería como una isla; la facultad de juzgar sería, por lo menos en parte, como
un almirante que enviara de una isla a otras expediciones destinadas a
presentar a una lo que encontraron (inventaron, en el antiguo sentido) en la
otra (...) Esta fuerza de intervención no tiene objeto, no tiene su isla, pero
exige un medio, el Arkhepelagos” (LD-152/153).
Para Kant,
según Lyotard, las facultades encuentran su objeto en
el campo, unas delimitan en él un territorio, las otras un dominio, pero la de
juzgar no encuentra ni lo uno ni lo otro, sino que asegura los pasos entre
ellas. Esto le permite dar forma a una
concepción para la cual las “regiones” estéticas y las histórico-políticas se
disponen a la misma modalidad de comprensión; se abren a una perspectiva que,
antes de proceder por predeterminaciones o categorizaciones, se esfuerza por
salir de la hegemonía del discurso cognitivo para poder recoger la singularidad
y la diferencia de aquello que sucede.
Así, es ilusorio e inadecuado poner en acto el juicio determinante
frente a un acontecimiento: anticipar el sentido de aquello que sucede a través
de una pre-comprensión que lo introduce en la cadena
de la relación causa-efecto, es tan inviable como la posibilidad de eximirnos
de la “responsabilidad” de tener que dar, vez por vez, una respuesta a los
casos en los que se impone juzgar “el caso” sin el auxilio de criterios
establecidos.
Si la conciencia del espacio existente
entre lo ideal y lo real en el juicio sublime ha sido transmutada al juicio de
la historia como progreso, en su republicanismo kantiano y en su utilización de
la idea kantiana de la razón, Lyotard sigue a Kant hacia el
momento del juicio del filósofo como que salva la brecha entre la historia real
y la ideal.
En el caso de Kant
es la ley moral, en el de Lyotard el principio de
respeto por la otredad
que ejerce una obligación absoluta sobre la práctica del filósofo político. La
tarea del filósofo es presentar lo impresentable y leer lo ilegible: juzgar y
ser testigo. Por consiguiente, el republicanismo no equivale para Kant ni para Lyotard, a una
práctica filosófica que respeta la diferencia en el débil sentido del mero
reconocimiento de la pluralidad. Ambos pensadores ven la diferencia como
subscripta y subordinada a otra cosa, la razón práctica pura del juego de lo
justo, insubsumible a cualquier género. El despotismo
y el terror se definen como la identificación ilegítima de una soberanía real
con lo que sólo puede entenderse idealmente. Pero como conservador de la idea,
el filósofo sostiene el ideal de conocer lo incognoscible, de comprender la ley
como un posible final de la historia que puede leerse en los sucesos mismos.
Las ideas e ideales de la razón juegan un
rol fundamental en la filosofía crítica de Kant.
Respaldan la capacidad legislativa del entendimiento en la razón teórica y
representan la posibilidad de moralidad y derecho en el reino de la razón
práctica. Lyotard considera útil al concepto de la
idea de razón porque es un principio de juicio que no es un concepto y que
puede subsumirse sólo como si fuera
un concepto. En la filosofía moral kantiana, las ideas de la razón proveen
nociones como si de un orden ideal
que puede utilizarse en el juicio de máximas/acciones dentro del mundo real. No
existe ningún sentido en el cual estos fundamentos hipotéticos para el juicio
puedan conocerse como verdaderos. Estos juicios son inherentemente
indeterminados y deben comprenderse de forma diferente en relación con los
juicios cognitivos.
Lyotard
entiende la brecha entre los juegos de lenguaje descriptivo y prescriptivo como igual a
la inconmensurabilidad fundamental de las ideas y conceptos. Por lo tanto, se
ve a sí mismo como enfrentado al mismo problema que Kant
en lo que hace al juicio y su lugar relacional entre el mundo empírico y el
ideal. Para Lyotard, las ideas de la razón
representan la respuesta a este problema, en cuanto son la ocasión de la
invención de formas de atravesar el “puente” entre el entendimiento y la razón.
No obstante, al mismo tiempo, las ideas de la razón como intentos de
representar lo irrepresentable, juegan otro rol, el de orientar el juicio en la
dirección particular del objetivo del fin ideal de la historia como pluralidad,
invención y heterogeneidad. Se ha
interpretado –dice Lyotard- el
término de Idée[8]
en el sentido de idea de la razón. Queda excluida la posibilidad de que ella
sea una idea de la imaginación? (...) La idea de la
imaginación es “una representación de la
imaginación que da mucho que pensar sin que ningún pensamiento determinado
(es decir, de concepto) pueda serle
adecuado; y en consecuencia ninguna lengua puede expresarlo completamente y
hacerlo inteligible” (KUK, pág. 143). (...) la
idea de la imaginación, es “imposible de exponer” en el sentido en
que “exponieren” significa “reducir una representación
de la imaginación a conceptos” (Ibid, pág. 167)”[9]
(EE-105/106).
Esta es, para Lyotard,
la perspectiva desde la cual se podría comprender o, por lo menos discernir, la
extraña “manera” en que está escrito el texto publicado en 1786 en la Berlinische Monatschrift
y que se titula “Comienzo conjetural de
la historia de los hombres” (Mutmasslicher Anfang der Menschengeschicht).
El destinatario del opúsculo
kantiano está identificado con el terreno político, en el sentido de la
“política moral”, dado que el texto está colocado bajo la importante
consideración del interés práctico y popular de la razón y no de su interés
especulativo. Lyotard cree ver aquí una anticipación
de su propio pensamiento: se trata de “navegar
en el archipiélago”, de la orilla de una isla a la otra y bañado por lo históricopolítico, sin tenerlo nunca como “objeto”; sólo se
trata de signos. Y críticamente hablando,
el periplo de los pasos es legítimo, con la única condición de que cada uno de
esos signos sea tomado como tal según las heterogeneidades que reúne o, por lo
menos, que conjetura.
Existen , sin
embargo, marcadas diferencias entre el fraseo de lo político que se encuentran
en los escritos de Kant sobre la historia y la
política de Lyotard. La historia de Kant está escrita en términos de una idea unificadora de un
reino de fines demandado por la razón práctica pura. Los héroes y los lectores
de Kant poseen sus sensibilidades y sus capacidades
cultivadas a través del juicio de la belleza tanto como a través del
sentimiento sublime. “.. Kant introduce el principio de una sensus communis como una exigencia en el juicio
estético en la medida en que también incluye una reivindicación de
universalidad. En esta reivindicación reside la diferencia entre el gusto puro
y una preferencia o inclinación meramente idiosincrática,
particular, contingente y motivada.”[10]
Para Lyotard,
sin embargo, la historia debe escribirse en términos de una idea de
heterogeneidad y respeto último por la inconmensurabilidad de los regímenes de
frases. Sólo el juicio de lo sublime captura en forma genuina y cultiva, en
consecuencia, nuestras sensibilidades y capacidades de modo apropiado. Al
parecer del autor francés, el juicio estético ligado a lo bello, lleva consigo
la esperanza de una “integración
armónica” en la cual lo particular se concilia con lo universal: “...
el sentimiento de la belleza, exige ser compartido universalmente (...) la
comunidad estética es sólo, tal como Kant lo expresa,
una Idea, o, como yo diría, un horizonte para un esperado consenso. (...) cada
uno de los juicios reales de gusto lleva consigo la promesa de la
universalización como rasgo constitutivo de la singularidad” (Ibid. 62).
Lo sublime, al contrario, evocando la
desmesura, la inconmensurabilidad, permanece fiel a la no reconciliación, a la
exigencia –de la cual Lyotard se asume como portador-
de que la pluralidad de las voces sea preservada y no reconciliada en el
interior de un discurso unitario y hegemónico. Aquí el acento está puesto en la
imposibilidad de la síntesis, en la inviabilidad de la recomposición de las
contradicciones. Insistir sobre lo sublime, tiene también el significado de
dejar al descubierto la incapacidad del espíritu de producir formas en grado de
“presentificar” lo absoluto.
Para Lyotard,
la cuestión ya no se debate entre “naturaleza” y “libertad” como sucediera con Kant, sino entre “géneros de discurso”, “juegos de
lenguaje”, “islas de proposiciones”,... El contexto es otro pero el propósito
es el mismo: abandonar la dialéctica hegeliana desde un Kant
“post-hegeliano”, es decir, desde una concepción de la historia de la humanidad
que se resuelve en una idea de progreso con final abierto. En este orden, tanto
para Kant como para Lyotard,
si “el género humano está en constante
progreso hacia lo mejor”, esto sólo puede entenderse en el marco de una
concepción que otorgue un lugar privilegiado a la “imaginación” y al triunfo de
“lo sublime” en el ámbito histórico-político, como el único sentimiento capaz
de liberar el entusiasmo y de “absolver” la concepción de la historia kantiana
de toda responsabilidad en las confrontaciones del hegelianismo. Las ideas de
la razón, en su inadecuación respecto de toda representación, tienen, por una
parte, el más ajustado rol de hilos conductores de una narración, y, por la
otra, el deber de transmitir al lector la fuerza para “resistir” a la “perversa
fascinación” del “todo vale” (EE-117).
Las historias que relatan Kant y Lyotard pueden no ser las
mismas, no obstante, lo que permanece igual es el rol peculiar del narrador. En
la obra de Kant, el juicio del espectador de la
Revolución Francesa ejemplifica el progreso, en el sentido de invocar el ideal
de la política como la autolegislación de la razón en
una reino de fines. El juicio del espectador se vuelve
privilegiado tanto con respecto a la legislación de los monarcas legítimos como
a la rebelión violenta de los sujetos en la medida en que no están gobernados
por el respeto de la ley moral. En la obra de Lyotard,
la lectura crítica del guardián nocturno sobre los signos de la historia,
también alude al progreso, en el sentido de invocar un ideal de política como
el respeto y el cultivo de la pluralidad y la heterogeneidad.
Conclusión.
En síntesis, y en su núcleo específico,
la crítica lyotardiana testimonia simultáneamente la insalvabilidad de la brecha entre el reino empírico y el
trascendental, a la vez que sitúa el progreso en una clase particular de
práctica filosófica que se identifica con la ejemplaridad en la política,
apostando a una instancia que trasciende la inmediatez del contexto. La lógica
de este argumento refleja el desplazamiento de Kant
desde las limitaciones de la filosofía del derecho a los recursos del juicio
reflexivo. En cualquier etapa dada del viaje del crítico, la imposibilidad de
sintetizar las disgresiones en las que se basa la
crítica se hace posible a través de su misteriosa capacidad para viajar por los
mares desconocidos. El resultado es una práctica crítica que se mueve entre el
reconocimiento de su propia falta de autoridad y la demanda de ocupar la
ausencia que es el fundamento de la obligación absoluta.
[1] LYOTARD, J. F.: “Reglas y Paradojas” en Los Cuadernos del Norte, Revista Cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, VI, Nro. 33, Septiembre-Octubre de 1985, pp. 48 a 52. (En adelante RP).
[2] LYOTARD,J.F.: La condición posmoderna, Madrid, Cátedra, 1987 (En adelante CP).
[3] El concepto de pensamiento paralógico se refiere directamente a la discusión de Kant sobre los paralogismos de la razón pura (KrV-A: 338-367); (KrV-B: 396-432). Según la concepción kantiana, un paralogismo trascendental es aquel en el que existe un fundamento trascendental, que nos limita a sacar una conclusión formalmente inválida”(KrV-A: 341; KrV-B 399). En consecuencia, los paralogismos son invenciones peculiares de la razón, que son necesarias debido a su ambición de fundamentar las categorías del entendimiento en algo sustantivo. La idea de los paralogismos como invención es central para el uso que hace Lyotard del término “paralógico”.
[4] KANT,E.: Crítica de la Facultad de Juzgar, Venezuela, Monte Avila, 1991, p.162/164 (En adelante KUK)
[5] LYOTARD, J. F.: El entusiasmo. Crítica kantiana de la historia, Barcelona, Gedisa, 1987. (En adelante EE)
[6] LYOTARD,J.F.: La Diferencia, Barcelona, Gedisa, 1988 (En adelante LD)
[7] Solicitado por las críticas generadas por J.L. Nancy (L.Nancy, J.Derrida. V.Descombes, G.Kortian, Ph. Lacove y otros, “La faculté de Juger”, ed. Id., Límperatif Catégorique, Paris, 1983) Lyotard afronta el problema de la redefinición del estatuto de la sibjetividad que debería ser presupuesto por la temática del juicio. En el ensayo Sensus communis, habla en efecto de una “subjetividad mínima”, muy distante del Ich Denke –la síntesis última a la cual todas las representaciones se refieren.
[8] KANT,E.: “Idée
pour une historie universalle
du point de vue cosmopolitique” (1784), La philosophie de l´historie, Paris, Donöel Biblioteque Mèiations, 1947, p.
37. Versión citada por Lyotard en El
Entusiasmo.
[9] En negritas, el texto de Kant.
[10] LYOTARD, J. F.: Peregrinaciones, Barcelona, Cátedra, 1992, p. 61.
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