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Nietzche y la ética del psicoanálisis29/10/2008- Por Juanjo García - Realizar Consulta
Juanjo García, confronta la ética del psicoanálisis con la moral, que Nietszche resalta como la moral filosófica. Es Nietzsche quien advierte la correlación entre la posición moral y el pensamiento filosófico. Para él todo el andamiaje de la filosofía no es otra cosa que el modo de sostener un modo universal del valorar en términos de “bueno para todos y malvado para todos”. Tras los rigurosos razonamientos de la filosofía se esconde la moral a la que pretende llegar el filósofo. La moral que engendra tal concepción es la de la cobardía, el resentimiento, la debilidad y la venganza. Es la moral del camello que “se arrodilla y quiere que lo carguen”. Esta es la posición del neurótico camélido de Nietzsche: El Otro lo determina. Él ofrece sus gibas en ofrenda. Se trata de admitir lo real y no segregarlo ni aspirar a reducirlo a lo simbólico: hallar en lo más singular del “sí-mismo”, aquello a partir de lo cual crear y crearse, inventar e inventarse. En una idea cercana, Nietzsche nos habla de la mutación de las pasiones, aquellas que “llamabas malvadas”, condenadas por los despreciadores del cuerpo, en “tus virtudes”.
La posición del neurótico y su moral
Sabemos que el psicoanálisis supone una ética. Esta es relativa a la posición que asume el sujeto con respecto a lo otro, esto es a lo Real. En tal sentido la creencia en el Otro se constituye en una defensa. El intento de reducir lo real a lo simbólico es la estrategia del neurótico. El síntoma es el fracaso de tal maniobra y el testimonio de tal imposibilidad de consumación. En la búsqueda de respuesta a la pregunta por su ser y el deseo del Otro, no escatima sacrificios. El horror a la castración no es otra cosa que el horror a la existencia, a la soledad del desamparo. Creer en la posibilidad de un ser consumado, dado, que es necesario descubrir, permite la ilusión de eludir el silencio, ese rincón afónico del Otro. El fantasma juega su papel, armando la escena, ubicando cada protagonista en su lugar, dándole un papel al sujeto y un libreto predecible al Otro. Todo en procura del ansiado y desdichado final feliz que el síntoma se empeña en interrumpir.
En su tragedia el neurótico sufre, pero su sacrificio no es desinteresado. Sometiéndose o rebelándose a la demanda del Otro busca hacerse lugar pero también controlarlo. Rellenar ese silencio que angustia, que lo enfrenta a la responsabilidad de decidir sin red, sin la brújula del Otro.
Ofrecer su castración al Otro, como modo de asegurárselo completo, es la esencia de la religión del neurótico y el fundamento de su moral. Es Nietzsche quien advierte la correlación entre la posición moral y el pensamiento filosófico. Para él todo el andamiaje de la filosofía no es otra cosa que el modo de sostener un modo universal del valorar en términos de “bueno para todos y malvado para todos”[1]. “Las intenciones morales (o inmorales) han constituido en toda filosofía el auténtico germen vital del que ha brotado la planta entera”. [2] El puente que conduce de la garante sumisión a lo que llama, en Más allá del Bien y del Mal, el espíritu libre, supone transformaciones.
El Otro, Dios y el camello
La filosofía occidental ha sido un laborioso esclavo que perdió el sueño para poder, con finas y rigurosas estrategias, sepultar todo indicio de lo real. La premisa de la identidad entre el ser y pensar en Parménides encuentra en la versión canónica de Platón su consumación. Sabemos que en esta concepción habitamos en las mazmorras construidas en una mugrosa caverna, inmersos en una realidad que hoy llamaríamos virtual. El Otro Mundo, el inteligible, el de las Ideas es el autentico mundo, el mundo Real. Cada idea es única, atemporal, inmutable. Este mundo inteligible es el fundamento del sensible (las mazmorras) y encuentra su basamento último en la idea de Bien. El filósofo ama a
Pero tras los rigurosos razonamientos de la filosofía se esconde la moral a la que pretende llegar el filósofo. La moral que engendra tal concepción es la de la cobardía, el resentimiento, la debilidad y la venganza. Es la moral del camello que “se arrodilla y quiere que lo carguen”. [4] Esta es la posición del neurótico camélido de Nietzsche: El Otro lo determina. Él ofrece sus gibas en ofrenda. Su obediencia al “Bueno para todos y malo para todos” es absoluta. Quiere soportar el peso. En ese sufrimiento encuentra su ser y su goce. Su pasión son las doctrinas de la fatiga y la renuncia. Viven apasionados y anhelando su calvario, “sus placeres continúan siendo auto laceración”[5]. En tal posición hay una oposición a todo lo que pueda significar aliento vital, a lo corporalmente vital.
Pero tanta abnegación, tanta mansedumbre, no es inocente. Esconde la más sutil, silenciosa voluntad de poder. El ser sometido al poder permite ejercerlo, incluso sobre aquel a quien se reverencia. Grilletes pesados carga el hombre para internarse en la aridez del desierto en que se transforma su vida. La hiel de los pesados valores, “Bien y Mal”, constituyen su tranquilizador valle de lágrimas. Tal es el espíritu de la pesadez. En esa crueldad a la que se somete se regocija. “El hombre es consigo el más cruel de los animales; y en todo lo que a sí mismo se llama «pecador» y dice que «lleva la cruz» y que es un «penitente», ¡no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en ese lamentarse y acusar!”[6] .
¿Por qué ese empeño en lo transmundano? ¿Por qué las ideas platónicas y las mutaciones filosóficas que le sucedieron suponen tal gozoso martirio? El camello prefiere las seguras arenas del desierto, con el destino cierto que le otorga su carga, que aventurarse a la transformación y atravesar el abismo de su decisión. Crear y danzar no es cosa para quien se pone ropas de camello. El mundo es demasiado cambiante, demasiado carente. Lo perecedero no brinda barandas ni traza rutas ciertas. Si hay Otro mundo, el de los dioses, el de las ideas, el de lo lleno, lo inmóvil, lo imperecedero[7], ese habrá de marcarnos el camino[8]. Allí son posibles verdades definitivas y claras, las que no dejan grietas ni dudas: platónicas Verdades atemporales, inmutables y válidas para todos. Señalar las ideas como la máxima realidad supone regular todo (porque el Mundo Supra terrenal, y sus diferentes versiones a lo largo dela historia de la filosofía, implica la regulación y normativización del sensible) desde la supremacía de aquello que agrupa los elementos como iguales. La singularidad queda descartada, desechada como espejismo. La diversidad es segregada como algo inmundo.
El camello brinca de alegría: afortunadamente hay un saber dado que determina qué debe hacer y qué le está prohibido. Ha sido mesiánicamente redimido de la peligrosa, riesgosa y angustiante tarea de decidir.
Pero la carga, “El Bien y El Mal”, el espíritu de la pesadez estrangula la vida del hombre hasta secarla. Es una serpiente. No la que invita a comer el fruto prohibido. Ella es la prohibición misma. Es Dios: el dios de los transmundanos, de los mortificadores del cuerpo, aquel que encarna la doctrina de lo Uno. En él son “todos” los valores que determinan el pecado. La invención del “Pecado”[9], como en la visión del pastor de Zaratustra, se desliza por la garganta del hombre ahogándolo. No es posible arrancarla de allí. Sólo un grito emerge ante semejante visión : “«¡Muerde! ¡Muerde! ¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!» - éste fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito... Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente -: y se puso en pie de un salto.”[10]
El león y la filosofía del martillo
Sólo quien se transforma y viste piel de león puede morder con fuerza arrancándole la cabeza al rastrero reptil. El rugiente animal “quiere conquistar su libertad”[11]. Se alza contra la oscura bestia portadora del espíritu de la pesadez. Es así que Nietzsche levanta su demoledor martillo. Este es quizá su aspecto más conocido. Toma su maza y comienza a demoler las ruinas del fundamento vacío de Occidente: lo que llamó “la muerte de Dios”. Ésta, como sabemos, no es simplemente el crecimiento de un ateismo craso. Así designa la putrefacción de las raíces del árbol de Occidente, es decir, el platonismo, la doctrina del mundo suprasensible como fundamento de lo real. La referencia a la muerte de Dios (que es diferente al asesinato del Padre) surge en tanto el cristianismo se apropia de las doctrinas de lo transmundano, así como de lo Uno, lo inmóvil, lo inmutable, lo lleno que identifica con la deidad. Así es que puede comprenderse la afirmación de Nietzsche según la cual el cristianismo es el platonismo para el pueblo[12].
Es por eso que Dios condensa lo Uno, lo dado. Constituye el Otro completo, consistente, frente al cual el hombre entrega su cuerpo, su obediencia, su humillación.
“¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».”[13]Pero el trasmundo se presenta como fundamento definitivo, donde todo ya ha sido dado.
“«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy - todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero!”» Así habla el dragón.”[14]El espíritu del león alza sus garras para desgarrar ese Otro mundo. Abre sus fauces contra “Yo Soy”.
Por eso el espíritu libre es el del niño: “¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño? Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.”[19]
El si, el niño, el juego y la danza
“Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente -: y se puso en pie de un salto.
“Ya no pastor, ya no hombre, ¡un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!
“Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.
“Mi anhelo de esa risa me devora...”[20]
El estrangulador llamado “Pecado”[21] ahoga al pastor, pero éste al morderle y arrancarle la cabeza se transfigura. Ríe, pero esa risa no es de hombre. ¿En qué consiste esa transfiguración? ¿Qué es esa risa?
La serpiente clava sus dientes en el cuerpo envenenándolo. Si un efecto tiene el pecado es que el cuerpo queda relegado al lugar de lo eyecto. Esa mordida del pastor aniquila los valores del trasmundo y restituye el cuerpo como fuente de vida.
Para Nietzsche es, precisamente en lo pulsional, en lo relativo al cuerpo, y no en lo transmundano que pretende segregarlo, donde se encuentra la fuente y la verdad del ser[22]. No es en el apolíneo sol de Platón sino en la tierra de Dionisio. “El despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegramente y ninguna otra cosa”... En el cuerpo soy. Los artilugios y refinamientos de la razón son la elucubrada máscara que esconde tal verdad. El mismo yo es un engaño, un collage que solo habla del ser “si, este yo y la contradicción y confusión del yo continúan hablando de su ser”[23]. Detrás de la fábula del yo y la razón se halla “esa cosa aun más grande, en la que tu no quieres creer tu cuerpo y su gran razón: esa no dice yo pero hace yo”[24] El mismo es la raíz de la creación, la valoración, la voluntad. De él nace el pensar. “hay mas razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría[25]. La sabiduría, la razón los el instrumento del si mismo. El yo es su siervo. “El sí mismo domina y es el dominador del yo”[26] Los artilugios, los rodeos del yo están a su servicio. El sí mismo... “en tu cuerpo habita, es tu cuerpo”[27] Es el sí mismo el que moviliza la creación.
¿Qué transformación opera en aquel que se ha puesto de pie y ríe? Las pasiones, aquello separado expulsado por inmundo y malvado, engendran la virtud. Ésta hunde sus raíces en el cuerpo. “Al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes y todos tus demonios en ángeles.”[28] Rechazado El Bien, entendido como ley de Dios, ahora la virtud es mi bien, lo absolutamente singular. En ella “lo que menos hay es la razón de todos.”[29]
Pero el camino del creador no carece de tribulaciones. “Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones.”[30] Atravesar la soledad es sostener la propia ley. Supone “ser riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.”[31] Debe experimentar el devenir, lo perecedero, la contingencia, la ausencia de garantía y ese pensamiento abismal que en Nietzsche remite a eterno retorno. El canto, la danza, el juego del niño, la risa del transfigurado, el vuelo, son figuras del modo de elevarse sobre todo ello. Ponerse de pie, caminar, correr y volar son las figuras de la transformación. “Crear, ésa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida.”[32]
La creación, en tanto fundada en las pasiones, en tanto se nutre albergando lo pulsional, desemboca en la mutación de la moral del camello en una estética. Ya no es “bueno o malo para todos” sino “mi gusto” el que opera. Éste es el compás que orienta la experiencia del que se aventura en la mar, del caminante. “Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, ¡esto repugna siempre a mi gusto!” Prefería preguntar y someter a prueba a los caminos mismos.
“Un ensayar y un preguntar fue todo mi caminar: ¡y en verdad, también hay que aprender a responder a tal preguntar! Éste es mi gusto:
“ no un buen gusto, no un mal gusto, pero sí mi gusto, del cual ya no me avergüenzo ni lo oculto.
“«Éste es mi camino, ¿dónde está el vuestro?», así respondía yo a quienes me preguntaban «por el camino». ¡El camino, en efecto, no existe!”[33]
La transformación del Zaratustra y la ética del psicoanálisis
Sostener que “el camino no existe” es ir Más allá del Bien y el Mal , lo cual no es otra cosa que aventurarse más allá de la moral. Ésta, en tanto universal, es un modo de dar consistencia a un Otro completo, que todo lo determina. Por eso, el psicoanálisis no es una moral, ni una cosmovisión, pero sí implica una ética. En Introducción al método psicoanalítico Jacques – Alain Miller afirma que el psicoanálisis supone una ética en tanto apunta a un sujeto[34], es decir, a algo no representable. Pues si fuera representable se trataría ya de un objeto, esto es, simplemente un ego. El psicoanálisis apunta a un sujeto con la tarea de hallar su ser en un modo de hacer singular con el propio goce. Tal apuesta supone, precisamente, aventurarse más allá de lo universal.
Lo que Nietzsche llama La Muerte de Dios está ligado a la disolución de la consistencia del Otro y la garantía que le presta al sujeto. Tal operación es correlativa de una experiencia: aquella donde se evidencia el punto de indeterminación. Este no hace otra cosa que mostrar la imposibilidad de una regulación universal del goce. Tal regulación es la que aparece personificada en la figura del padre como portador de la ley que segrega lo pulsional y que en Nietzsche recibe el nombre de “transmundanos” y “despreciadores del cuerpo”. Pero, para este pensador, detrás de toda sabiduría se encuentra un sabio desconocido, el autentico dominador: el sí mismo, el cuerpo. Precisamente, si hay algo en lo que hace hincapié Freud en “Análisis terminable e interminable” es en el carácter díscolo del “factor cuantitativo de la intensidad pulsional”[35]. El yo intenta someter tal fuerza pero los diques son desbordados por la marea poniendo de manifiesto el fracaso de la defensa. La neocreación de la que habla Freud, como estado interior del yo que nunca preexistió y que diferenciaría al hombre analizado del que no lo es[36]¿en que consiste? No aparece una respuesta clara de parte de Freud. Pero si se pueden identificar los términos del conflicto: la pulsión y el yo. Párrafo tras párrafo el factor cuantitativo y su hiperpoder retorna en el texto como marcando la imposibilidad de controlarlo tras cada intento de hacerlo. Algo escapa necesariamente a la representación. Freud está dando cuenta del fracaso de pretender controlar la pulsión por parte del yo y la represión, así como de reducir lo real a lo simbólico como camino de la cura. Esta imposibilidad, cuya marca es la barradura que cae sobre el Otro, abre, a su vez, la posibilidad de crear a partir de ella. Es la posibilidad obligada de inventarse. Pero tal invención no es la de un ente angelicalmente desencarnado. No se trata de suprimir lo pulsional sino de admitirlo, darle lugar. En tal sentido supone operar una auténtica transformación. La rectificación del proceso represivo implica alojar lo pulsional transformando al yo en uno capaz de hacerlo[37]. Se trata de admitir lo real y no segregarlo ni aspirar a reducirlo a lo simbólico: hallar en lo más singular del sí mismo, aquello a partir de lo cual crear y crearse, inventar e inventarse. En una idea cercana, Nietzsche nos habla de la mutación de las pasiones, aquellas que “llamabas malvadas”, condenadas por los despreciadores del cuerpo, en “tus virtudes”[38]. Tal transformación supone hallar en lo pulsional, lo más propio, tu areté, lo que te identifica, aquello que te eleva y te distingue.
Referencias
[1] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Del espíritu de la pesadez)
[2] Nietzsche, Friedrich. Más allá del Bien y el Mal. Pag. 26
[3] Nietzsche, Friedrich. Más allá del Bien y el Mal. Pag. 17.
[4] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las tres transformaciones)
[5] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra.. Predicadores de la muerte.
[6] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. ( El convaleciente)
[7] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra.. (En las islas afortunadas)
[8] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Del espíritu de la pesadez)
[9] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Del gran anhelo)
[10] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De la visión y el enigma)
[11] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las tres transformaciones).
[12] Nietzsche, Friedrich. Más alla del Bien y el Mal. Pag 19.
[13] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las tres transformaciones).
[14] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra (De las tres transformaciones).
[15] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra (En las islas afortunadas) .
[16] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (En las islas afortunadas) .
[17] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las mil metas y la “única” meta).
[18] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Del camino del creador).
[19] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las tres transformaciones).
[20] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra (De la visión y el enigma).
[21] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Del gran anhelo).
[22] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De los transmundanos)
[23] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De los transmundanos)
[24] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De los despreciadores del cuerpo)
[25] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. ( Los despreciadores del cuerpo)
[26] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Despreciadores del cuerpo)
[27] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (Despreciadores del cuerpo)
[28] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las alegrías y de las pasiones)
[29] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra (De las alegrías y de las pasiones)
[30] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (En las islas afortunadas)
[31] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De la superación de si mismo)
[32] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De la superación de si mismo)
[33] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra (Del espíritu de la pesadez.)
[34] Miller, Jacques-Alain. Introducción al método psicoanalítico. Nueva Biblioteca Psicoanalítica. Pag.13.
[35] Freud, Sigmund. “Análisis terminable e interminable”. En Obras completas. T XXIII. Ed Amorrortu. Pag. 232.
[36] Op.cit. Pag. 229.
[37] Ons, Silvia. “El inconsciente como defensa” en La mujer como síntoma de un hombre. Ed. Tres haches. Pag. 56.
[38] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. (De las alegrías y de las pasiones)
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