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Sobre la dieta. Segunda parte23/09/2004- Por Silvio Juan Maresca - Realizar Consulta
Casi cien años después de Kant, Nietzsche aborda el tema de la alimentación en un capítulo de Ecce homo de titulado “Por qué soy tan inteligente”. No es una pregunta, es una afirmación. El capítulo anterior se denomina “Por qué soy tan sabio”; el posterior “Por que escribo tan buenos libros”. ¿Exagerado aprecio por sí mismo, sobrevaloración, megalomanía? Con mayor seguridad, desafío a la hipócrita modestia propia de la moral cristiana, en su versión pequeño-burguesa. Un protestantismo finisecular, suerte de kantismo para las masas, dominaba el panorama, por lo menos en Alemania.
II. NIETZSCHE: DE NO SER EL CUERPO,
¿QUÉ EXISTE?
Mejor que Dios, aprender a
alimentarse bien
Según
creo, las últimas referencias de Federico Nietzsche a la alimentación aparecen
en su otoñal autobiografía, penúltima obra escrita por Nietzsche para su
publicación, entre octubre y noviembre de aquel frenético y conclusivo 1888, año
cuando en imparable seguidilla el autor del Zaratustra
redactará El caso Wagner, los Ditirambos de Dioniso, el Crepúsculo de los ídolos, su tremendo Anticristo y finalmente, después de Ecce homo -tal el título de su
autobiografía-, Nietzsche contra Wagner.
La exuberante producción sugiere que tal vez Nietzsche intuyera la inminente
cercanía de su catastrófico final. En efecto, en los primeros días de enero de
1889 Nietzsche sufre en Turín el colapso del cual nunca se recuperará. Ecce homo vio la luz recién en 1908,
ocho años después de la muerte del filósofo.
Casi
cien años después de Kant, Nietzsche
aborda el tema de la alimentación en un capítulo de Ecce homo de titulado “Por qué soy tan inteligente”. No es una pregunta,
es una afirmación. El capítulo anterior se denomina “Por qué soy tan sabio”; el
posterior “Por que escribo tan buenos libros”. ¿Exagerado aprecio por sí mismo,
sobrevaloración, megalomanía? Con mayor seguridad, desafío a la hipócrita
modestia propia de la moral cristiana, en su versión pequeño-burguesa. Un
protestantismo finisecular, suerte de kantismo para las masas, dominaba el
panorama, por lo menos en Alemania.
¿Por
qué tan inteligente? Porque no ha reflexionado sobre problemas que no lo son, como
las cuestiones “genuinamente religiosas”, por ejemplo. No tiene la más pálida
idea de qué significa ser “pecador” o padecer “remordimientos de conciencia”.
En todo caso (y en todos los casos), es preciso completar una acción luego de
haberla emprendido, desentendiéndose de sus consecuencias “buenas” o “malas”,
esto es, exitosas o no. Un desentenderse de las consecuencias que no guarda
relación alguna, claro está, con análoga afirmación kantiana: no es cuestión de
acatar mandatos emanados de lo suprasensible, declarándose impotente respecto
de sus efectos en el mundo sensible, regido por causalidades fenoménicas,
ajenas a la moral. Nada de eso. Más bien la presencia acuciante del fantasma
religioso-moral, de la interpretación religioso-moral: “cuando las cosas salen
mal, se pierde con demasiada facilidad la visión correcta de lo que se hizo”. Importa respetarse en el fracaso.
“Respetar tanto más en nosotros algo que ha fallado porque ha fallado -esto, antes bien, forma parte de mi moral”. Se
entiende por qué cargar las tintas en la acción fallida; es allí donde desde
siempre encuentra su oportunidad la malvada interpretación religioso-moral;
Nietzsche recomienda desembarazarse de conceptos tales como “más allá”,
“inmortalidad del alma”, “redención”, “Dios”. Por lo demás, contrasta la
naturalidad con que Nietzsche utiliza la primera persona singular con la
reticencia kantiana al respecto.
En
cambio de los mencionados devaneos religiosos -dice Nietzsche- le interesa un
problema del cual sí depende la “salvación de la humanidad”: el de la alimentación. La cuestión es: ¿cómo hay
que alimentarse para alcanzar el máximo de la fuerza, o sea, la virùú? Nietzsche escribe la palabra “virtù” en italiano, en el idioma de su
admirado Maquiavelo. Virtù, es decir,
virtud renacentista, exenta de moralina, aclara nuestro filósofo. Pero la
pregunta se orienta hacia un ámbito estrictamente personal, interpela a cada
quién. Por eso Nietzsche la reformula así: “¿cómo tienes que alimentarte precisamente tú para alcanzar el máximo de
tu fuerza (...)?” (el subrayado es mío).
Enseguida
Nietzsche nos hace partícipes de amargas confesiones. Manifiesta haber llegado
tarde, muy tarde, a la esencial pregunta por la alimentación, debido a la educación alemana y su idealismo, que
para el caso no significa otra cosa que perder de vista las realidades. En pos
de metas “ideales”, los alemanes se empeñan, por ejemplo, en proveerse una
cultura clásica, cosa que les está vedada por definición. Resultado, se lamenta
Nietzsche, hasta bien entrado en la adultez ha comido mal, es decir,
“impersonalmente”, “desinteresadamente”, “altruísticamente”, “a la salud de los
cocineros y otros compañeros en Cristo”.
La cocina alemana es la primera que debe
comparecer ante la mirada crítica. En ella no hay nada que ande bien, nada
rescatable: la sopa antes de la comida, las carnes demasiado cocidas, las
verduras grasas, los dulces degenerados, beber después de comer (costumbre
bestial, la define Nietzsche). ¿Consecuencias? El espíritu alemán procede de
intestinos revueltos, es una verdadera indigestión, no acaba con nada.
Apenas
menos repugnante es la comida inglesa. No es desatinado compararla con el
canibalismo. Su efecto es dotar al espíritu de “pies pesados”, pies de mujeres inglesas, concluye Nietzsche.
Sin
discusión la mejor cocina es la del Piemonte, por lo menos para Nietzsche. ¿Por
qué? El filósofo no da explicación alguna y pasa de inmediato a considerar las
bebidas. Nos revela que las bebidas alcohólicas le caen mal; un solo vaso de
vino o de cerveza bastan para arruinarle el día. ¡Hasta en esto desacuerda con
Kant! Nietzsche -es cierto- no ha llegado (ni llegará) a la vejez
(recordemos que Kant recomendaba beber vino a los hombres de edad
avanzada). Creer que el vino alegra, sigue Nietzsche, es signo inequívoco de
una espiritualidad cristiana de la cual, por enésima vez, sin perder ocasión,
el padre de Zaratustra se declara ajeno. Sin embargo, hay que hacer una
salvedad: “Cosa extraña, mientras que pequeñas dosis de alcohol, muy diluidas,
me ocasionan esa extrema destemplanza, yo me convierto casi en un marinero
cuando se trata de dosis fuertes”.
Pero esa experiencia remite al pasado estudiantil, a noches de ejercicios de
latín, regadas con grog.[1]
Sobre la mitad de su vida, según sus propias palabras, Nietzsche tomó la
decisión de prescindir por completo de
bebidas alcohólicas. “El agua
basta...” Preferentemente, extraída de “fuentes que corran”. Nietzsche descree
de la conocida aserción in vino veritas,
nueva oportunidad para manifestar y manifestarnos su radical desacuerdo con
quienquiera sea respecto del concepto de verdad.
Pero
todavía falta. Una comida fuerte es más fácil de digerir que una pequeña. No
tomar nada entre comida y comida. No beber café (ofusca).Té, sólo por la
mañana, poco y muy cargado. Pero ha de tenerse en cuenta la variable del clima:
“en un clima muy excitante el té es desaconsejable como primera bebida del día:
se debe comenzar una hora antes con una taza de chocolate espeso y
desgrasado”. A pesar del uso
predominante de la primera persona singular y del apego a su propia
experiencia, Nietzsche parece deslizarse peligrosamente hacia prescripciones
universales. Por cierto, siempre en menor medida que Kant, cauteloso no
obstante en este aspecto. Quizá por eso Nietzsche interrumpe por un momento la
catarata de prescripciones y aclara: “cada
uno tiene en estos asuntos su propia medida, situada de ordinario entre
límites muy estrechos y delicados”.
La transfiguración de la dietética
De Kant a Nietzsche la dietética parece no
sólo ganar en importancia sino ajustarse cada vez con mayor rigor a las
peculiaridades de cada quien, a las exigencias y conveniencias de la
singularidad. La dietética crece en significación en la misma medida en que las
costumbres pierden vigor y declinan las morales universalistas. La vida humana
necesita darse un orden que los instintos le han mezquinado. La institución de
un régimen de vida (dietética) procura reemplazar la normatividad perdida. Pero
la decadencia de las costumbres y de la moral, su pérdida de poder vinculante,
corren parejas con un progresivo proceso de singularización. Al mismo tiempo
pues que la dietética aumenta su peso se ve obligada a abandonar toda
pretensión de universalidad, ya que debe adecuarse cada vez más a los
requerimientos de la pujante singularidad. Claro que esta singularización puede
ser auténtica o inauténtica (el individualismo masificado). Idénticos caminos
recorrerá la dietética. Ajustará sus preceptos a una auténtica singularidad,
autora autónoma de los mismos, o dictará sus normas a un simulacro de
singularidad, tornándose así una dietética paródicamente singular.
En
las antípodas de Kant, que desaconsejaba
pensar y caminar simultáneamente, Nietzsche abomina del pensamiento que
se elabora sentado. En este rechazo encontramos la matríz de algunas de sus
teorías más originales y sorprendentes, como sabe todo lector de La genealogía de la moral. “Estar sentado el menor tiempo posible,
no prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo
nosotros movernos con libertad, -a ningún pensamiento en el cual no celebren
una fiesta también los músculos”. A la obsequiosa consideración de sus
intestinos por parte de Kant, Nietzsche contrapone su abierto desprecio por
ellos, retomando quizá sin tenerlo en cuenta una noble costumbre peripatética.
“Todos los prejuicios proceden de los intestinos”, concluye solemnemente.
Pero
la dietética nietzscheana -como era de suponer- no se restringe a la
alimentación. Hay que traer a colación el lugar y el clima. Al hecho de que las
prescripciones alimentarias nunca fueron más que un capítulo de la dietética
filosófica (lo mismo sucede en la medicina antigua), se suma ahora la creciente
importancia que adquieren sus variados tópicos al calor de la disolución de las
costumbres y de la moral, como recién decíamos. Desde un ángulo complementario,
religioso, metafísico, podríamos agregar que con la “muerte de Dios” y la
implosión del sujeto cristiano-moderno (cartesiano, kantiano, hegeliano),
sustituto del alma inmaterial, el sujeto posmetafísico se identifica con el
cuerpo, cada cuerpo. Ya no existe un reducto espiritual, indiferente en el
fondo a cualquier determinación empírica. Si el sujeto es el cuerpo (comoquiera
se lo entienda), alimentación, lugar de residencia, clima, sexo, edad y
numerosas variantes análogas condicionan decisivamente el pensamiento. ¿Cómo no
interesarse entonces por todo ello? Dime qué y cómo comes y bebes, dónde
resides, qué clima padeces o eliges, cuál es tu preferencia sexual, la edad que
tienes y te diré cómo piensas. Por eso puede decir Nietzsche en La gaya ciencia (par. 7): “Hasta ahora
carece aún de historia todo lo que ha dado color a la existencia: ¿dónde podría
encontrarse una historia del amor, de la codicia, de la envidia, de la
conciencia, de la piedad, de la crueldad? (...) ¿Se han hecho ya objeto de
investigación las diferentes divisiones del día, las consecuencias de un
establecimiento reglamentado del trabajo, la fiesta y el descanso? ¿Se conocen
los efectos morales de los alimentos? ¿Existe una filosofía de la alimentación?
(...)¿Se han recopilado ya las experiencias acerca de la vida en común, por
ejemplo, las experiencias de los conventos? ¿Se ha expuesto ya la dialéctica
del matrimonio y de la amistad? ¿Han encontrado
ya su pensador las costumbres de los eruditos, los comerciantes, los
artistas, los artesanos? (...) Todo lo
que hasta ahora los hombres han considerado como sus ‘condiciones de
existencia’ y toda la razón, pasión y superstición que hay en esta
consideración -¿ha sido investigado esto hasta el final?”. La historia es la
historia del cuerpo.
No descuidar el clima
Lugar
y clima, sobre todo el clima, influyen sobre el metabolismo y éste a su vez
incide en la tarea. El retardo o la aceleración del metabolismo pueden incluso
alejar del cometido o hasta hacerlo perder de vista por completo. Enseguida
reaparecen los intestinos, órgano al cual Kant y Nietzsche son tan afectos,
aunque con distintas ópticas, como hemos visto. Una pequeña “inercia
intestinal” es capaz de convertir a un genio en un mediocre, o sea, en un alemán, sostiene Nietzsche. El clima alemán
debilita hasta los intestinos más robustos. En suma, el ritmo del metabolismo
guarda una estrecha relación con la ligereza o pesantez de “los pies del espíritu; el ‘espíritu’ mismo,
en efecto, no es más que una especie de ese metabolismo”. Después de lo dicho
más arriba, se entenderán estas metáforas (“pies
del espíritu”) y afirmaciones de Nietzsche. Agotada la tradición
cristiano-metafísica de Occidente, el sujeto es el cuerpo, cada cuerpo. Las
funciones anímicas se corporifican, sin perder por ello especificidad, como sí
sucede en el viejo y grosero materialismo metafísico, que domina todavía hoy en
gran medida nuestras ciencias naturales al uso.
Todos
los hombres de gran espiritualidad, los genios, se han desarrollado en climas secos. Nietzsche nombra París, la
Provenza, Florencia, Jerusalén, Atenas. La emergencia del genio, sus
posibilidades de prosperar, están condicionadas por el aire seco y el cielo
puro. ¿Por qué? Por el metabolismo rápido que implica “la posibilidad de
recobrar una y otra vez cantidades grandes, incluso gigantescas, de fuerza”.
Fisiología, dietética y filosofía
posmetafísica
Junto con la dietética se acrecienta la
consideración fisiológica, que parece abarcarlo todo. Moral, metafísica,
religión son sólo malas lecturas del funcionamiento corporal. El régimen de
vida no puede establecerse con acierto dando las espaldas a un auténtico saber
sobre ese funcionamiento. Pero la fisiología que propugna Nietzsche coincide
sólo parcialmente con los desarrollos científicos corrientes. Tiene mucho de
escucha atenta a los impulsos que alientan en la propia naturaleza singular.
Por eso Nietzsche habla, aquí y allá, de “mi” fisiología.
¿Cómo
no recordar aquí que Aristóteles denominaba “fisiólogos” a los tempranos
pensadores griegos, escolarmente conocidos como “presocráticos”? “Fisiólogos”:
esto es, estudiosos de la phýsis.
“Ahora bien, ¿qué dice la palabra phýsis?
Significa lo que sale o brota desde sí mismo (...); el desplegarse que se
manifiesta, lo que en tal despliegue se hace manifiesto y se detiene y
permanece en esa manifestación; en síntesis, la fuerza imperante de lo que, al
brotar, permanece (...) La phýsis,
entendida como salir o brotar, puede experimentarse en todas partes (...) Pero phýsis, la fuerza imperante que brota,
no significa lo mismo que esos procesos que todavía hoy consideramos como
pertenecientes a la ‘naturaleza’” (Heidegger). Fisiología: finos oídos para la
fuerza imperante que brota, sin despreciar por ello los conocimientos
procedentes de la ciencia positiva.
Nietzsche
se queja amargamente una vez más de su ignorancia juvenil en cuestiones
fisiológicas. Endilga todas las culpas al “maldito ‘idealismo’”. Idealismo y
cuidado de sí se contraponen nítida y
violentamente. El súbito repliegue sobre el cuerpo (más que a su
filosofía, Nietzsche lo atribuye a su enfermedad), permite escuchar algo de la
lejana voz del instinto, aliado
imprescindible de la dietética, por difícil que sea reencontrarlo y descifrarlo.
Alimentación,
clima y lugar no agotan el objeto de la dietética: “la tercera cosa en que por
nada del mundo es lícito cometer un desacierto es la elección de la especie propia de recrearse”.
Las incumbencias de la dietética parecen
extenderse sin encontrar límite alguno, abrazando todos los aspectos de la
vida. Tradicionalmente, digamos, en la modernidad, aunque la dietética
filosófica comprendía un campo mucho más
vasto que el referido a la alimentación (lo vimos en Kant), permanecía acotada
por la moral, la religión, la metafísica. Las pautas de conducta eran
instituidas por la moral, cuando no todavía por la costumbre (o una transacción
entre ambas). El cuerpo representaba una modesta porción de la subjetividad. Al
disiparse la tradición moderna, la dietética pasa a ocupar los lugares
vacantes. Sustituye a la moral, la religión, la metafísica.
Empezamos
a comprender que el capítulo “Por qué soy tan inteligente” de Ecce homo, con su dietética, constituye
un verdadero tratado de filosofía posmetafísica. En la posmodernidad, filosofía
y dietética se confunden: filosofar es construir el propio régimen de vida, en
sus más diversas facetas, el singular modo de llevar la vida. Asistimos, en
cierta forma, a un retorno a lo griego. Bien dice Jaeger: “Los griegos
entienden por ‘dieta’, no sólo la reglamentación de los alimentos del enfermo
sino todo el régimen de vida del hombre
y especialmente el orden de los alimentos y de los esfuerzos impuestos al
organismo” (el subrayado es mío). Sin embargo, en la posmodernidad, el campo de
aplicación de la dietética es todavía más amplio. La dietética griega extiende
sus alcances más lejos que la moderna pero menos que la posmetafísica. Entre
los griegos, la dietética resulta limitada al menos por la ética y la política;
con seguridad, a partir de Platón.
Adivino no obstante la objeción: nada impide entender cabalmente la ética y la
política griegas en términos dietéticos. Platón es un pensador dietético.
Pero
hay algo más importante que los alcances. En abierto contraste con la griega,
la dietética posmetafísica rehuye las prescripciones generales; cuanto más se
desarrolla más se singulariza; no olvidemos que su sujeto es un cuerpo singular.
¿Cómo
se construye pues la dietética posmetafísica? No, desde ya, sometiéndose
servilmente a pautas generales, válidas para todo el mundo. Nuestro único
capital es la propia experiencia, supuesto que apartándonos de lo gregario,
tengamos el coraje de realizarla. La dietética es así la transformación en
regla singular de experiencias personales satisfactorias. Se requiere por
cierto -lo hemos dicho- estar al tanto de la fisiología y la medicina
corrientes pero privilegiar la escucha atenta a los dictados de la propia
naturaleza.
Sabemos
ahora cómo leer las prescripciones nietzscheanas. No se trata de adoptar las
reglas que Nietzsche dicta para sí mismo sino de imitar su ejemplo, su inmensa
libertad de espíritu, edificando las propias. Recordemos su indicación: “Cada
uno tiene en estos asuntos su propia medida, situada de ordinario entre límites
muy estrechos y delicados”.[2]
Recrearse leyendo, pero con
estrategia
¿Cómo
recrearse? En primer lugar, la lectura. La lectura lo aparta de sí, de su
extrema seriedad, le permite “pasear por ciencias y almas extrañas”, que no
toma demasiado en serio. Ahora bien, en los períodos de creación fecunda,
ningún libro cerca, ni siquiera que alguien nos hable, “emparedarse dentro de
sí forma parte de las primeras corduras instintivas del embarazo espiritual” (el subrayado es mío).
¿Qué
leer? Nietzsche nos cuenta que se refugia siempre en los mismos libros,
pocos, que “han demostrado estar hechos precisamente para mí”. No pertenece a su
naturaleza leer ni amar “muchas y diferentes cosas”. Su instinto lo impulsa a
la cautela cuando no a la hostilidad respecto a libros nuevos. Nietzsche
manifiesta otra vez su preferencia por
la cultura francesa en detrimento, claro está, de la alemana. Alimentación,
clima, lugar y tantísimas otras condiciones desfavorables, ¿qué esperar de la
cultura alemana, de la célebre Bildung,
de la cual los alemanes suelen ufanarse?
“A donde llega Alemania, corrompe la
cultura (Cultur)”
Nietzsche
adjudica su elección de alimentos, lugar, clima, recreaciones, a un “instinto
de autoconservación” que se expresa como “instinto
de autodefensa”. Pero la estrategia dietética no es simple. Ante todo es
preciso omitir muchas cosas, “no verlas, no oírlas, no dejar que se nos
acerquen”. “Gusto” es la palabra
habitual con que se alude al instinto de autodefensa. Ahora bien, el imperativo
del gusto obliga a decir no cuando el sí sería perjudicial, pero también a
hacerlo lo menos posible. Para eso conviene alejarse de prisa de aquello ante
lo cual la negativa se vuelve inevitable. El motivo es que cuando “los gastos
defensivos (...) se convierten en regla, en hábito” se produce un
empobrecimiento tan grande como superfluo. El rechazo constante no puede ocupar
el centro de la estrategia dietética. La permanente actitud defensiva debilita
hasta incapacitar para defensa alguna. No es cosa de convertirse en un erizo.
Tener que reaccionar lo menos posible; de lo contrario la reactividad lo invade
y estropea todo. Así sucede con el
erudito, el docto. Su ininterrumpido trato con libros, la manía de leer, hace
que su pensar se transforme en respuesta a un estímulo. “Si no revuelve libros,
no piensa”. Pierde toda capacidad de pensar por sí mismo. Sólo reacciona hasta
agotar el instinto de autodefensa,”caso contrario se defendería contra los
libros. El docto -un décadent”. “Muy
temprano, al amanecer el día, en la frescura, en la aurora de su fuerza, leer
un libro -¡a esto yo lo califico de
vicioso!-“.
Sócrates, indigesto
La
dietética nietzscheana apunta a disponer las condiciones más favorables para la
creación. Ello incluye un firme imperativo antisocrático. Supuesto que uno esté
destinado a grandes tareas es contraindicado mirarlas de frente, más aún,
procurar conocerse a sí mismo. “El llegar a ser lo que se es presupone el no
barruntar ni de lejos lo que se es”.
Frente a la voluntariosa autorreferencia del sujeto metafísico, la
introspección y la reflexión, se alza ahora el paradigma de la preñez, forma de gestación creativa
inherente a un sujeto corporal, cuyas funciones anímicas deben ser entendidas,
sin sombra de reduccionismo, en términos vitales. Lejos de intentar conocerse a
sí mismo, gesto en definitiva insensato, la dietética aconseja “olvidar-se, malentender-se, empequeñecer-se,
estrechar-se, mediocrizar-se”. Ningún gran imperativo debe empañar la
superficie de la consciencia, en verdad, pura superficie. Mientras se rinde
culto a la enajenación, la idea madura en lo oculto, dispone los medios que
posibilitarán su emergencia dominante. A la hora señalada, nos apartará de los
caminos inconducentes. Lo esencial se funda en el retorno. Se trata pues de dejar
hacer, de confiar en ignotas fuerzas creadoras que habitan nuestro cuerpo. Por
eso Nietzsche puede decir, desafiante, provocador, que no recuerda haberse
esforzado nunca. “’Querer’ algo, ‘aspirar’ a algo, proponerse una ‘finalidad’,
un ‘deseo’ -nada de eso lo conozco yo por experiencia propia”.
El
capítulo se cierra con una rotunda reafirmación. ¿Por qué se ha ocupado de
“todas estas cosas pequeñas y, según el juicio tradicional, indiferentes”? Pues
porque esas cosas pequeñas, a saber, alimentación, clima, lugar, recreación
“son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha
considerado importante”. Se impone entonces cambiar lo aprendido. Lo que hasta
ahora se ha creído importante son irrealidades, ficciones perversas tramadas
por enfermos, a saber, Dios, alma, virtud, pecado, más allá, verdad, vida
eterna. “Todas las cuestiones de la política, del orden social, de la
educación han sido hasta ahora falseadas
(...) por el hecho de haber considerado hombres grandes a los hombres más nocivos,
-por el hecho de haber aprendido a despreciar las cosas ‘pequeñas’, quiero
decir los asuntos fundamentales de la vida misma”.
[1] Sánchez Pascual, traductor de Nietzsche al castellano, nos aclara que el grog es una “bebida caliente, que se hace con agua, azúcar y ron u otro licor”. (No parece tan “fuerte”, después de todo...).
[2] El psicoanálisis tiene mucho que aportar en esta dirección, siempre y
cuando se lo inscriba en un horizonte posmetafísico. Dado el caso, la cura analítica ha de concebirse como
la instauración de un régimen de vida
personal inconmensurable e intransferible por parte del analizante. Eso supone,
cuanto menos, una ampliación del Yo, una reestructuración del Superyo y cierta
benevolencia hacia los requerimientos del Ello. Quizá otra manera de decir lo
que a veces se enuncia, algo confusamente, como “saber hacer con el síntoma”.
La sorda batalla que se libra actualmente en el seno del campo psicoanalítico,
matizada por mil discusiones intrascendentes, concierne a la palabra
nietzscheana sobre la “muerte de Dios”. Los bandos se disponen según se asuma o
se reniegue este acontecimiento crucial. ¿Debe convivir el psicoanálisis, aun
conflictivamente, con la moral, la religión, la metafísica, darlas por buenas a
pesar de su evidente agotamiento, o su verdadera potencia y significación se
despliegan “más allá del bien y del mal”? Conocidos son el poco aprecio y la
reticencia de Freud frente a la moral, la metafísica y la religión, amén del
descomunal trabajo de deconstrucción a que las sometió, poco asimilado todavía
por el grueso de los psicoanalistas, dicho sea de paso. En un horizonte
posmetafísico el psicoanálisis puede pensarse y practicarse muy bien como
estrategia dietética altamente eficaz.
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