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Sobre la docta ignorancia: Más allá, el saber que no se sabe01/03/2004- Por Stella Maris Aguilera -

Trataré de cernir lo que orienta nuestra práctica. Se trata de un psicoanálisis que exige que el analista ponga algo de su parte. Es decir que más allá de la teoría que formalmente debe poseer el practicante en términos de saber, debe pagar con su propia persona. Esto es algo que efectivamente se verifica en la pedagogía en tanto es una formación que conduce a la dominación del goce por parte del saber.
1
– De nuestros antecedentes
Trataré
de cernir lo que orienta nuestra práctica. Se trata de un psicoanálisis que
exige que el analista ponga algo de su parte. Es decir que más allá de la teoría
que formalmente debe poseer el practicante en términos de saber, debe pagar con
su propia persona. Esto es algo que efectivamente se verifica en la pedagogía
en tanto es una formación que conduce a la dominación del goce por parte del
saber. Es lo que también podemos ubicar en el discurso universitario que
entrega bajo las especies del sujeto barrado un sujeto formado. Sin embargo
esto no nos convierte en analistas. Si así fuera, el número de ellos se
multiplicaría en proporción a la adquisición de saber de los universitarios que
han concluido su formación.
Esta
formación es la que Lacan considera que debe ser puesta entre paréntesis hasta
triturar el sentido que precede a la experiencia analítica. El saber que se
trata de adquirir en la experiencia no está constituido por anticipado, lo cual
señala una diferencia respecto del discurso universitario. Razón suficiente
para que el análisis didáctico sea descartado.
Si
puede hablarse de formación del psicoanálisis es porque el saber requiere, para
que haya un analista, que ponga de su parte una suerte de certeza anticipada de
lo que llamamos apuesta. Esto de por sí marca un trayecto hacia el más allá de
la neutralidad, porque lo que aporta el analizante es la materia misma en lo
azaroso de su decir, que se enlaza a este lugar del analista que le da la forma
a este material y le permite conducir la cura.
Un
analista es aquel que por el hecho de estar desligado se separa de los
fenómenos que se producen. Por eso se muestra capaz de “recorrer el teclado de
la cuestión clínica”[1],
por haber arribado, como resultado de un análisis, al punto al cual arribó respecto
de cierto saber hacer. Aunque esto no es suficiente si no está acompañado de
una condición: saber también de qué manera está atrapado en el asunto. Y de eso
está advertido.
Es
decir que el mismo analista como operador de la experiencia forma parte de ese
teclado que recorre. En ese sentido, “no se puede decir que el psicoanalista
sepa gran cosa”…la cuestión es no lo que él sabe, sino la función de lo que él
sabe en el psicoanálisis”[2].
El
analista debe saber que en su posición
está “el único sentido que podríamos dar a la
neutralidad analítica”, esto es, “que no participa de esas pasiones”[3]del
ser. Ya en La dirección de la cura Lacan
efectúa una crítica a los analistas de la IPA al denunciar los estragos que
produce la relación dual en la contratransferencia. “No hay resistencia al
análisis sino la del analista mismo”[4],
declara. La resistencia es sólo el efecto de las propias pasiones del analista,
atrincherado en la seguridad que le facilita el standard. De nada sirve entonces la neutralidad que conduce a la
inercia y que promueve el lugar de un analista con el rasgo de la asepsia de un
científico de laboratorio. Lacan se opone a este dogma y nos propone una
neutralidad diferente, orientada en un retorno a Freud, cuando proclama “introducir al
paciente a una primera ubicación de su posición en lo real”[5],
dando lugar a la contingencia en la experiencia analítica.
2
- De la ignorancia del sujeto supuesto saber
Si
la ignorancia está en la égida de las pasiones del ser, ¿cómo entender el lugar
central que, paradójicamente, Lacan le adjudica al no saber del analista?
De
las tres pasiones, la ignorancia es la única que se ubica en el eje del saber,
pues las otras dos, el amor y el odio, están en el registro del sentimiento. La
ignorancia es el estado de un sujeto que no sabe lo que demanda, y en ese
sentido tiene un núcleo de indecible. No obstante, podemos plantear dos
vertientes de la pasión de la ignorancia. Una por la cual es sinónimo de
ausencia de deseo de saber, un no querer saber nada. Es la ignorancia
emparentada con la pereza y la cobardía del neurótico.
No
es ésta la vertiente que sostiene al analista en su posición, que hasta podemos
llamarla positiva, al punto que Lacan durante un tiempo pudo decir que era la
pasión indispensable que animaba al analista. Opuesta a la ignorancia crasa, se trata de la ignorancia docta que se sitúa en la juntura entre el
saber y el no saber. Pero en tanto reacia a la pereza, se sostiene en el deseo
de saber y si bien no lo descuida, no olvida que en su núcleo hay un punto de imposible,
un lugar de reserva respecto de lo no sabido que da su matiz a la
interpretación justa. Lacan dirá al respecto que “el no saber no es de
modestia…es, propiamente la producción en reserva de la estructura del único
saber oportuno”[6].
Es el que le adjudica Descartes en el Tratado
de las pasiones del alma al factor sorpresa que produce el encuentro con aquello
que es lo irreductiblemente Otro. Por lo tanto, la ignorancia tiene una función
operativa que orienta nuestra práctica. Es la ignorancia docta de alguien que sabe pero voluntariamente ignora hasta cierto
punto su saber para dar lugar a lo nuevo que va a ocurrir. Y en este sentido ya
es operativo.
De docta ignorantia es la obra capital de
Nicolás de Cusa y en ella se tratan temas relativos a Dios y el universo. Para
este filósofo, la vía privilegiada de la relación con Dios no se obtiene
mediante el saber sino a partir de lo que denomina la ignorancia metódica que
demarca un límite respecto del conocimiento humano. Esta vía sitúa a Dios sobre
todo lo inteligible y conduce al sujeto a superarse a sí mismo. Cuando el sujeto
abandona el saber, es decir, todo lo que piensa, cree arribar a un saber que es
de otro orden. Coincide con el ingreso “en la sombra y la tiniebla”[7],
a partir del cual es posible su acceso a una relación auténtica con Dios, y para
ello es necesaria una enumeración que agote los significantes en los que se
sostiene ese saber.
Esta
es la línea de pensamiento de Lacan cuando escribe en un punto el saber
supuesto de los significantes en el inconsciente, entre los dos tipos de saber:
“el que sé y el que hay sin que yo pueda decir que sé”[8].
El sujeto supuesto saber se inscribe en la hiancia, en tanto otro modo de escribir el saber en
posición de la verdad. No obstante, “el analista, es en efecto, el sujeto
supuesto saber, sujeto saber todo, salvo en lo que respecta a la verdad del
analizante”[9]
Es
necesario que la docta ignorancia del
analista esté acompañada por un cuestionamiento del ideal. Lacan es fiel a
Freud cuando afirma que el analista debe preservar en el analizante la
dimensión imaginaria de su no-dominio, de su necesaria imperfección, tan
necesario como la consolidación voluntaria de la ignorancia “siempre nueva para
que ninguno sea un caso”[10].
Es
lo que sorprende a Freud cuando relata a propósito de Emmy: “Por algún camino doy
en preguntarle porqué ha tenido dolores de estómago, y de donde provienen…Su
respuesta, bastante renuente, fue que no lo sabe. Le doy plazo hasta mañana
para recordarlo. Y hete aquí que me dice, con expresión de descontento, que no
debo estarle preguntando siempre de donde viene esto y estotro, sino dejarla
contar lo que tiene para decirme.”[11]
Con
esta invitación a callar, Emmy inaugura en Freud al analista, al señalarle el
camino que dejará en suspenso su deseo de saberlo todo sobre el caso. Más allá
de este deseo de saber hay lugar para otro deseo, el del analista, que depone
aquel saber y traspone la neutralidad cuando da lugar a lo nuevo que va a
ocurrir. Freud se convierte así en anticartesiano. La claridad emerge
precisamente cuando hace surgir la duda en lugar de suprimirla, en el punto en
que “lo no sabido se ordena como el marco del saber”[12].
Lo correlativo del sujeto es este lugar del Otro en posición de dejarse engañar,
aún cuando el analista sabe a que se reduce en el transcurso del análisis.
3
– De la ignorancia del acto
“Cuando
se compromete a algo en un juego que se lleva entre dos, hay dos apuestas:
vuestra razón y vuestra voluntad es la primera, vuestro conocimiento y vuestra
beatitud es la segunda, que no es puesta, en absoluto, por el mismo partenaire”[13].
No
hay apuesta que no implique una decisión que remita a una causa que ponga en
juego lo que es del orden del azar. Esta decisión forma parte ya de la
estructura, por eso el acto del analista también se haya afectado por la
dimensión de la ignorancia. El acto analítico no se constituye sino en la
transferencia misma ya que el analista está orientado a pesar suyo por el
dispositivo. “Nunca triunfa tan bien como cuando es fallido”[14].
En ese sentido, tiene “de alguna manera, la estructura de la represión; una
suerte de posición al costado”[15].
Por eso su lógica es la de una verdad que por pertenecer a lo reprimido exige la
tachadura del saber. Paradójicamente, lo menos dilucidado y más elidido por el
analista no deja de tener sus consecuencias. Subvierte la posición del sujeto,
en el tiempo en que introduce el corte que produce el vacío, a partir del bucle
que se redobla en la repetición de goce.
El
objeto a, lugar de desecho, es la
apuesta que decide el analista, la cual no es sino un nada de saber. Es de allí
que extrae lo no sabido. Pero sabe que fue preciso interrogar lo real de su
experiencia analítica que lo condujo a su propio desconocimiento. Así es cómo surge
su deseo, el del analista: se sostiene en un amor por la verdad que al vaciarla
de las pasiones que la engendraban la conduce del lado del matema.
Hacer
contable el goce por el significante produce un sujeto distinto del que se
sostiene en la identificación, en el seno mismo de la represión, pero en
términos de pulsión. “Ahora bien: sucede que el objeto a puede trocar su lugar con el significante amo, puede sustituirlo
en el lugar seudo rector, y desde allí funcionar como debe funcionar el
analista… como representante del objeto a”[16].
Es lo que se deposita y se adquiere en
el análisis, poniendo en evidencia que en la soledad del acto no hay saber que
lo justifique ni tampoco otro nombre propio que pueda autorizarlo.
“He
aquí lo que se supone que abre para nosotros la experiencia analítica: saber
hacer algo con lo que se ha obtenido como todo lo que se tiene, esto es, el
objeto a”[17].
Lo
que suceda, más allá de la neutralidad de este lugar que ocupa el analista,
será entonces, producto del azar.
Stella Maris Aguilera
Bs. As., 20.10.03
[1] J. A. Miller – Seminario El lugar y el lazo, pag. 4 ; Inédito, Curso 2000/2001
[2] J. Lacan - Proposición del 9 de octubre de 1967, pag. 18; Ornicar? 1, Ediciones Petrel; Barcelona, 1981
[3] J. Lacan – El Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, pag. 145; Editorial Paidós; Buenos Aires, 1992
[4] J. Lacan – La dirección de la cura, pag. 227; Escritos I, Siglo XXI Editores; Buenos Aires, 1976
[5] J. Lacan – Ibid., pag. 228
[6] J. Lacan – Proposición…, pag. 20
[7] Nicolás de Cusa – La docta ignorancia; Hyspamérica Ediciones; Bs. As., 1984
[8] J. A. Miller – El banquete de los analistas, pag. 338; Editorial Paidós, Bs. As., 2000
[9] J. Lacan _ Seminario XIII, El objeto del psicoanálisis, clase del 2/2/66; Inédito
[10] J. Lacan – La subversión del sujeto, pag. 336; Escritos I
[11] S. Freud – Estudios sobre la histeria, pag. 84; Tomo II, Editorial Amorrortu; Buenos Aires, 1992
[12] J. Lacan – Proposición…, pag. 14; Momentos cruciales de la experiencia analítica, Ed. Manantial, 1987
[13] J. Lacan – Seminario XIII, El objeto del psicoanálisis, clase del 2/2/66; Inédito
[14] J. Lacan – La equivocación del sujeto supuesto al saber, pag. 36; Momentos…, Ed. Manantial
[15] J. Lacan – Seminario XIV, La lógica del fantasma, clase del 8/3/67; Inédito
[16] J. Lacan – Sobre la experiencia del pase, pag. 35; Ornicar? 1
[17] J. Lacan – Los signos del goce, pag. 432; Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998
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