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Sor Juana Inés de la Cruz. Lectura y sueño de Octavio Paz29/10/2020- Por Carmen González Táboas - Realizar Consulta
Con la singularidad de su estilo, la autora despliega una lectura de “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, de Octavio Paz, y a través de la misma, nos introduce en la escritura poética de la nativa de la Nueva España. Estableciendo las coordenadas de la época ubica con precisión la erótica presente en la escritora jerónima.
Melancolía 1 (grabado de 1514). A. Durero*
Un mundo premoderno
Octavio Paz se interna en la Nueva España del siglo XVII, cortesana, barroca, ortodoxa –premoderna– en cuyo cielo poético, que no es otro que el gran cielo del barroquismo español, luce una estrella: Sor Juana Inés de la Cruz, según ella misma, “virgen preñada de divinos conceptos”.
Pero el largo y documentado viaje que emprende (el índice de autores citados contiene unos 1.200) no tiene otro motivo que el enigma que para él constituye esta mujer, enigma que si su erudición no disipa su fina lectura, por momentos, casi sin saberlo, cierne.
Sorprende la amplitud de la investigación, que toma la dimensión de una contribución a la historia de México. Más aún el recorrido que elige para acercarse a Sor Juana Inés. Parece no dejar fuente por interrogar.
La imagina infante, la encuentra quinceañera en los aires perfumados de la corte virreinal. La sigue desde los veinte monja letrada y mundana “dada al tráfico de influencias”, por muchos amada, por otros aborrecida, hasta los tiempos de un doloroso ocaso –tiene poco más de cuarenta años cuando muere en 1695 a causa de una epidemia– en el que, asceta y penitente, entierra, “con su nombre su entendimiento”.
Toda corte, desde Versailles, es un hecho moral, literario, estético, político, que impone las maneras de vivir, amar y morir. Instrumento de la monarquía absoluta, excluye la modernidad si esta se define –sea fruto de la Reforma protestante o de algún otro despertar– por su oposición a los sistemas absolutos entre los que debe incluirse a la Iglesia Católica. Esta oposición, cree Paz, no sólo aparece tardíamente en el mundo hispano; habrá de presentarse frágil si no con los caracteres de una religión, caso del marxismo en México.
En la Nueva España, donde la entrada en un convento puede presentarse como un inapelable destino para gentes sin fortuna o rango suficientes, prosperan las Congregaciones de criollos y españoles como la peste, corona de lirios que nimba la escena palaciega, pero a la vez potentes empresas por donde circulan todo tipo de negocios.
En materia sagrada, las monjas repiten lo que los teólogos recomiendan. En materia profana los locutorios son salones donde se parlotea con finura cortesana, reverberación segunda de los galanteos de palacio. Existen entre el claustro –deben ponerse en lugar aparte los de las órdenes monásticas como la carmelitana– y el palacio infinidad de pasos, pasajes y pasadizos de toda índole.
La Corte y la Iglesia son dos caras de una ortodoxia, un ojo siempre puesto en la Inquisición, a su vez omnivoyeuse, (si se me permite evocar aquí a Jacques Lacan y el mundo onmivoyeur), sin embargo ciega frente a los retorcimientos del poder. ¿Quién lo detenta? ¿El príncipe o el jesuita? Ambos poderes están en banda de Moebius.
El barroquismo, español o novohispano, que Octavio Paz compara con las vanguardias, es el subterfugio de los excesos en la lengua por el cual el poeta quiebra un orden al que sin embargo le interesa pertenecer. Es conocida la condición clerical de Lope, Calderón y varios otros. Para el letrado, la Iglesia o la Corte, de cualquier manera que sea, es toda la opción. O la Inquisición.
Sor Juana Inés, la escritora
Para Juana Inés, nacida probablemente en 1648, que llevaba el apellido materno, la carencia por el lado de la prosapia se convertía en abundancia por el lado de la belleza, los modales, el talento. Para ella, que mucho anhelaba estudio, ser admitida como damita de Leonor Carreño, mujer del Virrey, le valió la ulterior posibilidad de su acceso al importante convento de las Jerónimas, cuya disciplina relativamente laxa convenía a sus propósitos. El dinero era el problema menor, pues no faltaban meritorios donantes de dotes.
Confortable celda, nutrida biblioteca, –seno materno, biblioteca, caracol, interpreta Paz[1]– sin más compromisos comunitarios que la Misa y el breve rezo de las Horas en lo religioso y su función de ecónoma en el plano de los dineros; con servidumbre propia, tal como usaban las señoras monjas, puede dedicarse a escribir, casi siempre por encargo.
Quisiera dar aquí al menos la idea del volumen de esta proliferación literario-cortesana de piezas de teatro y poesía destinadas a servir en homenajes, agradecimientos, agasajos, despedidas, onomásticos. Escribe romances, endechas, décimas, glosas, sonetos, villancicos, sátiras, comedias, etc., etc.
El densísimo y rebuscado “Neptuno alegórico”, arco de triunfo (así lo llamaba) escrito por encargo del palacio para la llegada a México del nuevo Virrey Don Tomás de la Cerda, casado con María Luisa Gonzaga, ofrece ocasión para un admirable estudio del autor sobre las entradas de los reyes, ceremonial que desde la Edad Media se transforma profundamente. No podría ser de otra manera si se trata de “ritos políticos”, siempre indisolublemente unidos a las fiestas populares. “La historia de la fiesta mexicana está por escribirse”.
Sabiamente, la poesía erótica, los poemas de amor y los de amistad amorosa de sor Juana son considerados lo mejor de su obra y deben recortarse de ella. Son fuegos encendidos para dos mujeres, las dos virreinas (por llamar así a las esposas de dos virreyes), ambas pertenecientes a las más encumbradas familias.
Era reconocida la predilección de Leonor Carreño por su Juana Inés. Leonor será Laura en la obra poética que evoca de este modo la de Petrarca. La relación iniciada en palacio se prolonga sin inconvenientes en el marco del claustro hasta 1674. La dolorosa despedida provocará un torrente epistolar durante el virreinato de Fray Payo –fraile y célibe– que evidentemente no se ha interesado en la monja escritora.
En estos años Sor Juana interviene en la educación de las niñas de la aristocracia. Para ellas compone música y canciones; con ellas pone en escena sus obras.
La llegada de María Luisa, la exquisita esposa del nuevo virrey en 1680, ilumina con un fulgor irrepetible la existencia de Sor Juana Inés de la Cruz. Como no se cansa de repetir Sor Juana embelesada, el amor asciende del cuerpo al alma y el alma no tiene sexo.
El amor es aquí, puede decirse, fantasmal, pues el poeta, en la corriente medieval del amor cortés que subyace a esta poesía, al ver a su amada se ve a sí mismo viéndola (imagen, sueño, fantasma en su interior).
Ya que de fantasmas hablamos, tal vez no sea este un mal lugar para decir que el psicoanálisis no falta en estas páginas. Diría que está por doquier. Pero, más allá de esta tácita presencia, el encuentro –desafortunado– tiene lugar en la severa y tal vez justa crítica que Paz dirige al libro del psiquiatra Ludwig Pfandl, quien parece reducir el enigma de Sor Juana a la envidia peniana, resultado de analogías e interpretaciones caricaturescas.
“¿Cómo, en una civilización de hombres y para hombres puede una mujer, sin masculinizarse, acceder al saber?”. Creo que la pregunta no es retórica y que hace al meollo de este libro.
En verdad, O. P. no deja de dirigirse al psicoanálisis para solicitarle un saber que parece suponerle, una respuesta. Se trata de un punto preciso al que llamativamente vuelve cien veces en el texto para empantanarse cien: Sor Juana es la hija ilegítima de un vasco noble por ella desconocido e inolvidable. De esta que le sirve como una clave-para-todo, O. P. obtiene poco. Creo que sabe que esta vía muere ahí donde –si bien toca un resorte esencial– nada puede hacer con él. Casi parece jugar el psicoanálisis el juego de “adivina adivinador”.
Deseo citar un párrafo que inesperadamente irrumpe cuando se está refiriendo a la actualidad que en el siglo XVII tiene la antigua teoría de la simpatía, regida por la influencia de los astros y los cuatro humores. Allí –según dice, a riesgo de escandalizar– afirma que las modernas teorías psicológicas no son sino el disfraz de las del renacimiento. Principios fantásticos (humores, astros, espíritus, afinidades) son reemplazados por otros seudocientíficos (complejos, pulsiones, inconsciente, arquetipos). Entelequias, se burla, más que teorías.
“Apenas si necesito aclarar que no me refiero a la verdad”, –subrayo– “si es que esta palabra tiene algún sentido cuando se habla de los hombres y de su naturaleza cambiante, sino a la consistencia de sus ideas”.
Excluido (por una operación realizada esta vez con información retrasada y sin aparato crítico o erudito) que el psicoanálisis tenga algo que decir en la cuestión de la verdad de los hombres ¿a qué interrogarlo? Ya se lo ha destituido.
La presencia de Sor Juana en su poesía no es nunca la de una religiosa. Es la de una mujer de clase alta. La de una viuda por momentos. Por momentos la de una mujer libre. (Como dice: ella no quiso nada con el matrimonio). A veces, habla un hombre.
¿Cómo ocurriría que su confesor jesuita o su Prelado dejaran fluir esta vena poética de la pasión erótica tan poco religiosa?
1) Porque ella –que adora ser adulada– encarna la lisonja viva de la Iglesia hacia María Luisa. La complacencia tiene una razón política. Aquella desaparecerá cuando esta ya no exista.
2) Porque está dentro de los cánones literarios vigentes y forma parte de una obra que, gracias a los empeños de la virreina, circulará por España y América en cuidadas ediciones.
Desde la poesía provenzal desplegada en la primera corte de Occidente (siglo XII), nutrida en la erótica árabe-andaluza, hasta sus herederos Dante y Petrarca (stil novo), se configura una estética que lleva al rojo vivo la función idealizante del amor sobre el arquetipo de la relación de vasallaje.
Como el vasallo se ve atraído por el caballero y señor, y este lo llama a esa sublime amistad entre hombres libres que borra las diferencias, así la dama es elevada en el magnetismo del amor.
Guillaume XI, poeta, llamaba a su amada mi dons, mi señor. Así Dante a Beatriz. Paz cree que allí se le devuelve a la mujer su albedrío.
El conocimiento erótico de Sor Juana –la observación es sagaz– es el resultado de un saber recibido que es “una retórica, una casuística y hasta una lógica”. No estamos en el romanticismo; los poemas son conceptos y arquetipos que se reiteran.
El poeta no se expresa, construye objetos verbales, emblemas de una visión del amor. Pero esta va a entrar en una conjunción bien llamada fatal con el neoplatonismo más florido en la Florencia de Cosme de Medicis. Allí Pico de la Mirándola y Marsilio Ficino, un especialista en los temas del amor y del sumo bien, son los primeros contagiados de la epidemia egiptomaníaca recibida de la obra de Hermes Trismegisto, mítico “padre” de Platón y Plotino.
Tal conjunción, inoculada en la sangre católica, produce a fines del siglo XVII voluptuosos productos. El asceta delira como un amante. El amante licencioso se flagela como un asceta. No abundan místicos ni teólogos, sí penitentes y flagelantes. Los relatos del contemporáneo de Juana Inés, el ex jesuita Sigüenza y Góngora “parecen a veces capítulos desconocidos de Justine ou les malheurs de la vertu”.
El jesuita Kircher, genio interpretante que fascinó a Sor Juana y a su siglo, llegó a afirmar que la Roma Católica era la gloriosa consumación de las visiones herméticas. Suma del sincretismo jesuítico, loca embriaguez del sentido.
De la producción escrita de Sor Juana Inés se decanta una verdadera obra poética y Paz sabe encontrar las perlas.
“óyeme con los ojos
óyeme sorda pues me quejo muda”.
Universalidad en la perfección de la forma; singularidad del acento, del tono, que la vuelve única. En una ocasión escribe Juana Inés: digo sobre mis versos “que a estos aborrezco en forma tal que no habrá para mí penitencia como tenerme todo el día haciéndolos”. Ellos son lo que, irreprimible, brota en su espíritu.
Sin embargo en el libro de O. P. va a surgir una Juana Inés sabia, casi teóloga, nueva Hepatia novohispana tras las huellas de la Hepatia alejandrina.
El saber y la inocencia
El vuelco se produce en el bello y apasionado comentario al “Primer Sueño”. Allí sitúo el pasaje de la lectura al sueño. La obra de Paz, entrando en su fase final y conclusiva se extravía, para quedar –trataré de mostrarlo– en contradicción consigo misma.
Sin duda escritora. Lectora casi nunca crítica (la célebre Crítica al Sermón del Padre Vieyra sobre las finezas de Cristo es, a sabiendas de Sor Juana, instrumento de un enredo eclesiástico), inmersa en las corrientes de ideas de su época, ella, que no quiere líos con la Inquisición, no tiene otro horizonte que el muy variado de los saberes profanos por los que puede discurrir sin la obsesión del nihil obstat eclesiástico y con las ventajas –hay que decirlo– que ofrece el oscurantismo alegórico a la moda.
En sus lecturas no se ve proyecto, dirección ni propósito alguno más allá de una ávida utilización, aunque esta pueda presentarse con los ropajes de la reflexión filosófica, como en “Primero Sueño”.
Sin vacilar Paz anota ciertas licencias que Sor Juana se toma. Tal vez el exceso en la lisonja sea un mal de la época. Pero ¿las otras? Autores copiados sin citar, citas latinas de segunda mano que simulan ser lecturas obviadas, flagrantes retorcimientos de la lógica en beneficio del argumento.
Falsificación de ciertas etimologías, como cuando tira de la Isis griega hasta Is Is –dos veces varón en hebreo– para hacer de la Magna Madre el origen de la sabiduría. ¿Tal vez sólo resabios de sus tiempos que hoy nos hacen sonreír? Sí, pero únicamente si nos mantenemos en el terreno de las bellas letras.
El Primero sueño es “una obra de madurez”. Poco después será la “Carta atenagórica”, principio del fin. Esta es el nudo de una patraña urdida al más alto nivel del clero (incluía al Arzobispo). A pesar de que O. P. pasea su lupa erudita por los rincones, a la hora de sacar las consecuencias tal carta es absolutamente ignorada.
El Primero sueño, vayamos a él, es la visión del alma en un viaje inmóvil, mezcla de escolástica y neoplatonismo en versión hermética. Ella asciende en volutas retóricas hacia la sabiduría profana y cae sin poder alcanzarla. Faetón es un tema del Siglo de Oro; joven osado y transgresor, desafía a Apolo. Conducirá el carro del Sol, se inmortalizará en la caída fatal.
Juana Inés, más cautelosa, se despierta. Su cuerpo siente hambre. Sueños son sueños. Sin consecuencias.
O. P. ve en este “obelisco verbal” (¡!) una alegoría del acto de conocer como tal en su más íntima aspiración. Sor Juana anticiparía aquí la modernidad más moderna; la poesía filosófica. Es la revelación de la no revelación. “Con primero sueño aparece una pasión nueva en la historia de nuestra poesía, el amor al saber”[2]. Este se presenta con aquella violencia y fatalidad propias del erotismo. Asciende y cae al vacío.
La noche geométrica con sus obeliscos y pirámides le parece a Paz la figura misma de la interrogación que atormenta al filósofo. No necesita más para reunir a Sor Juana con Melancolía I, el célebre grabado de Durero.
Recuerdo la diferencia que Jacques Lacan introduce entre el amor al saber y el deseo de saber. El primero, precisamente, está destinado a hacer brillar los ideales en el espejo de la inocencia para, en ese relumbre, escamotear la verdad del sujeto.
Octavio Paz llega a escribir: “Por eso –por una especie de conjura del mal donde los hombres (encarnados en el jesuita confesor) expulsan a esta mujer del saber– “por eso Sor Juana no se convierte en una teóloga o en una doctora de la Iglesia, sino en una penitente”.
Nada en el valioso aporte de esta obra permite semejante conclusión. Sostenerla le vale el precio de una caída final en el claroscuro dramático que sólo consigue revelarnos su desconocimiento de una fuente aquí ineludible. Me refiero a las Reglas de Ignacio de Loyola. Sin ellas es imposible criticar seriamente el accionar de la Compañía de Jesús.
Sola, casi olvidada por María Luisa a quien ocupaban importantes asuntos en España, bajo la ola del retorno a sus propios errores políticos, decide llamar en su ayuda al antiguo confesor –el de su entrada en religión, el de siempre– aquel al que un día había despedido con arrogancia: “mi alma no se perderá, aunque le falte V. R., que del cielo hace (Dios) muchas llaves”; tiempos de todo esplendor, ahora perdidos.
Si la niebla del olvido vela para Juana Inés aquel espejo que eran los ojos de María Luisa; si esos bellos ojos ya no la alumbran espléndida, ¿no habría de buscar la luz en los de su venerado confesor que sólo la amaría SANTA?
Arte*: Alberto Durero (1471-1528), ha sido pintor, grabador, matemático, iluminador, grabador en cobre y teórico del arte alemán, nacido en Núremberg.
Imagen de dominio público. Fuente: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Melencolia_I_(Durero).jpg
[1] Paz, O., Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
[2] En la revista L’Ane N° 34, Paris, 1988, Louis Soler comenta el libro al que me refiero. ¿Por qué escribe désir de savoir donde Paz escribe amor al saber? Porque este amor es aspiración y por lo tanto, anhelo. El comentarista interpreta al autor, al que, por otra parte, sigue con admiración.
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