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El modo de subjetivación masculino y los tiempos feministas: ¿cambios o estancamiento?

22/02/2020- Por María Gabriela Córdoba - Realizar Consulta

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La condición sociocultural entreteje vínculos con la subjetividad, valiéndose de las representaciones sociales de género, que se constituyen como el principal recurso para plasmar modos de subjetivación enmarcados en cierto consenso social. Por lo tanto, el sistema sexo-género troquela definiciones simbólicas acerca del ser y deber ser de la feminidad y de la masculinidad, al generar normativas que deben ser cumplidas mediante discursos culturales, históricamente situados y políticamente construidos, que han perpetuado la dominación masculina. De ello resulta que lo que socialmente se entiende por masculinidad, actúa como una coordenada que ordena tanto la relación intersubjetiva como la identificación de género de un sujeto. Ahora bien, hoy las mujeres se encuentran abriendo camino hacia una redefinición de su identidad, lo que ha trastocado los viejos parámetros de la masculinidad, y ha dado lugar a un malestar general de los hombres. Será el objetivo de este trabajo mostrar los cambios y las permanencias en la construcción subjetiva masculina, en estos tiempos feministas.

 

 

                                   

                               “Demuéstrale que es un mundo de hombres”  

                                 Publicidad de Van Heusen (década del ’50)  

 

 

 

Introducción

 

  El sistema sexo-género, de carácter aún polarizado, binario y jerárquico, conforma una red con representaciones de género, valores y significados sociales organizados culturalmente para lo masculino y lo femenino a partir de la simbolización de la diferencia sexual, que prescriben desempeños de género, proscriben comportamientos y asignan roles específicos para cada sexo mediante normas, símbolos, uso de espacios sociales, organización productiva y división sexual del trabajo.

 

  La condición sociocultural entreteje vínculos con la subjetividad, valiéndose de las representaciones sociales de género, que se constituyen como el principal recurso para plasmar modos de subjetivación enmarcados en cierto consenso social. Por lo tanto, el sistema sexo-género troquela definiciones simbólicas acerca del ser y deber ser de la feminidad y de la masculinidad, al generar normativas que deben ser cumplidas mediante discursos culturales, históricamente situados y políticamente construidos, que han perpetuado la dominación masculina.

 

  En este sentido, los procesos de socialización de género están orientados a desplegar sobre el cuerpo del recién nacido, acciones de carácter más o menos dicotómico que lo marcarán con una gran fuerza modeladora, inaugurando así un modo de subjetivación singular, efecto contingente de la conjunción de las representaciones sociales de la diferencia sexual y de la particular manera en que un sujeto las vuelve propias, en la interacción con los otros significativos de su historia.

 

 

El modo de subjetivación masculino

 

  La construcción identitaria de los varones implica un proceso de metabolización, descualificación y recomposición de las representaciones genéricas hegemónicas de la virilidad, que se instaura mediante una operación de atribución e implantación de género, en la que la pareja parental proyecta sobre el varoncito ‒gracias al mecanismo de identificación proyectiva (Dio Bleichmar, 2002)‒ representaciones y significados sociales de masculinidad que generarán en él un modo de subjetivación en el que se interiorizarán e instituirán maneras de hacer, sentir y pensar asociadas socialmente a lo masculino.

 

  Desde la teorización freudiana pareciera que la identidad masculina es algo dado, que responde a una evolución natural, simple y lineal, lo que limita la posibilidad de deconstrucción que todo fenómeno requiere para su mejor comprensión, generando una operación intelectual que intenta dar un fundamento esencialista a algo que, en realidad, es instituido socialmente. La masculinidad es algo construido, algo a conquistar y a lograr, y su desarrollo no tiene una trayectoria lineal y continua, sino que es una construcción que se significa y resignifica constantemente, en función de la trama de relaciones que el sujeto establece con los otros y con la sociedad.

 

  Una vez unificado en el yo del niño el género atribuido desde lo parental, este proceso continuará constantemente de modo intersubjetivo, ya que a ello se sumará el deseo del infante de identificarse al semejante del propio género. Esto lleva a sostener que el niño, en un primer momento, se identifica con la masculinidad social, encarnada en el padre (Dio Bleichmar, 2005), adscripta socialmente y aprendida cognitivamente con el lenguaje.

 

  El varoncito se quiere parecer al padre por identificación al doble que quiere imitar, por lo que incorpora las normas y reglas que prescriben lo adecuado para el género masculino, mientras que se diferencia del otro género, el femenino, no sólo en sus prácticas, sino respecto de su identificación primaria con la imago materna.

 

  El desvalimiento que produce en el varoncito la discontinuidad con la madre es negado gracias a la identificación con la omnipotencia a la que aspira, y que atribuye al padre ideal (Benjamin, 1996). El ser como papá instaurará en el varoncito el amor identificatorio con el padre, verdadero motor que permite la separación con la madre, al sostener en el niño su balance narcisista frente al desvalimiento, a la vez que construye su identidad masculina autónoma.

 

  Pero este amor identificatorio precisa de mutualidad, esto es, que la identificación se promueva por parte de los progenitores, como orgullo narcisista por parte del papá cuando se identifica con el hijo, y como orgullo narcisista de la mamá cuando valida esas identificaciones.

 

  Ya en la fase edípica, cuando el niño comprende que puede sólo ser una u otra cosa, se elabora una representación rígida de la complementariedad, a la vez que se produce la diferenciación respecto del sexo opuesto, un proceso potenciado por la intensa angustia de castración, lo que llevará al varón a renunciar a sus aspiraciones edípicas y a abandonar las cargas de objeto, aniquilando las fantasías amorosas orientadas a la madre y resignando los deseos hostiles dirigidos al padre, para identificarse con él.

 

  Todo esto produce un proceso de escisión en complementariedad (Dio Bleichmar, 1991) que convierte a los hombres en sujetos y a las mujeres en objetos, a lo que se suma la socialización generizada: existe un universo de representaciones sociales donde las distinciones femenino/masculino están claramente instituidas, lo que implica que cada sujeto tiene que interiorizar las pautas necesarias para satisfacer las expectativas culturales de género que se le asignan.

 

  Por ello, en la infancia, la socialización apela a la diferenciación, en conformidad con la definición social que se hace de los signos sexuales exteriores. Los códigos que se despliegan son rígidos, e implican actividades, apariencias y modelos a realizar y otras a evitar, por considerarlos inadecuados para el desempeño de su rol genérico. En el varón, la actividad aparece avalada en los deportes, el cortejo y la sexualidad, y se le exige que inhiba el llanto, por ser una señal “pasiva”.

 

  Tanto los adultos, como los propios pares de género, cuidarán que se muestre masculino, apelado incluso a prácticas como el castigo y la injuria, que operan para incorporar los mandatos hegemónicos viriles en los varones. A partir de allí, las diferencias no hacen más que profundizarse, y las desigualdades entre los sexos comienzan a desplegarse. El varón se interesará en enriquecer su masculinidad basándose en los modelos sociales que tiene a su alcance, y apartarse implica ser censurado.

 

  Lamentablemente, estos modelos aún suponen que el varón se masculiniza repudiando la feminidad, rechazando la dependencia amorosa, y enmascarando las necesidades de proximidad e intimidad a través de una actividad genital muchas veces compulsiva.

Esto se completará en el sujeto, a posteriori, con identificaciones secundarias referidas a qué clase de hombre elige ser, de acuerdo con nuevas interacciones con otros círculos y compañeros, lo que se articulará además con prohibiciones y mandatos derivados de la conciencia moral y los ideales.

 

  Lo que se observa en todo este recorrido es que la “metodología” de masculinización actúa aún a partir de procesos de diferenciación, exclusión y negación, por lo que los varones deben “limpiar de sí” todo aquello que evoque o se asocie a la pasividad, como si se tratasen de prescripciones de “obediencia debida” ‒en el sentido de ser acríticas al imperativo genérico‒, que los hombres deben cumplir para ser confirmados como capaces.

 

  Por lo tanto, el varón que se ajusta al ideal de su género es alguien más preocupado por el logro que por los afectos, y más eficaz que tierno (Meler, 2017), lo que provoca que el ejercicio del poder y de la dominación, al igual que la competencia y el control, sean características de “verdadera” masculinidad.

 

  La violencia, la represión del miedo y una cierta tendencia al desprecio por la propia vida se considera como deseable para la masculinidad, a la vez que los varones aspiran a ser parte de un colectivo transindividual que avale su masculinidad por el simple hecho de su pertenencia. Aparece así la homosociabilidad, como deseo de validación masculina de hombres reconocidamente heterosexuales, y de la misma condición social del sujeto (Meler, 2009), lo que conlleva un costo para el varón: la dependencia narcisista de la imagen masculina que supone que debe encarnar.

 

  Lo antes dicho muestra que la masculinidad es más preocupante para los hombres que lo que es la femineidad para las mujeres, pero, en la medida en que se siga definiendo a la masculinidad por oposición a la femineidad, es inevitable que tanto la homofobia como la misoginia sean elementos fundamentales en el sentimiento de identidad masculina. Al aceptar el repudio de la femineidad como algo común, se lo normativiza y se deja de ver el daño que produce en la psique masculina, por más que se lo disfrace de dominio y de invulnerabilidad.

 

 

Los tiempos feministas: ¿cambios o estancamiento masculino?

 

  Actualmente el ámbito  sociocultural está marcado por la incertidumbre y por acelerados cambios que enfrentan a las subjetividades a un trabajo de construcción de estrategias para resolver las problemáticas vitales y las que imponen los vínculos con los otros.

 

  Los cambios fomentados desde los movimientos Feministas y LGTTBIQ+, muestran cómo las certezas preestablecidas que brindaba la tradición pierden peso frente a lo nuevo. Es notorio el modo en que, frente a mujeres que se encuentran abriendo camino hacia una redefinición de su identidad, los varones continúan apuntalándose en el modelo hegemónico viril y acatando las exigencias del imaginario social masculino, frente a las incertidumbres difíciles de tramitar que traen aparejadas para ellos estos tiempos feministas.

 

  Los varones se aferran a las representaciones genéricas viriles tradicionales porque requieren de sobrecompensaciones exteriores que, a modo de armazón, los estructuren, a causa de una carencia interna, producida por la ausencia de una relación continua, persistente y personal con el padre.

 

  Ante este “hambre de padre” (Blos, 1984), ante la ausencia de un holding paterno (Ibarra, 2011), muchos varones se identifican con las imágenes culturales machistas, temerarias, homofóbicas y misóginas que circulan acerca de la hombría en la sociedad, empleándolas como modelos y construyendo así una ilusión de supremacía, una identificación posicional con la masculinidad, a fin de lograr la cohesión psíquica perdida, negando en el mismo momento las identificaciones femeninas tempranas, pues la frontera de la masculinidad tradicional se sitúa en la mujer y en lo femenino.

 

  Si el varón transgrede, si atraviesa esa frontera, corre el riesgo de ser considerado como abyecto, siendo marginado y tratado como inferior, o lo que la cultura patriarcal considera su equivalente, como mujer. De ello ha resultado un hombre profundamente ambivalente, que, al amputar de sí todos los elementos que culturalmente se asocian a la femineidad ‒debilidad, miedo, sensibilidad emocional y empatía‒, se volvió, de modo forzoso, rudo, beligerante, maltratador y machista.

 

  Los comportamientos considerados como masculinos por la cultura, entonces, constituyen en realidad maniobras defensivas: así, un hombre será peleador y rudo por temor a parecer tierno y pasivo; odiará a los homosexuales, por temor a desear a otro hombre, y maltratará a las mujeres para no demostrar que se preocupa por ellas.

 

  La lógica del todo o nada domina en la masculinidad, y todos estos mandatos acerca de cómo ser un verdadero hombre se ponen en juego en las prácticas sociales que los varones llevan adelante en su vida cotidiana. La mayor independencia, la agresividad, la competencia y las conductas violentas y temerarias son características que entorpecen el auto cuidado masculino, “hasta donde aguante el cuerpo”, dicen.

 

  A esto se agrega una dificultad real propia de los varones, relacionada con comunicar sus problemas de salud, ya que consideran que implicaría una demostración de debilidad, de feminización frente a los otros, por lo que a ellos “nunca les pasa nada”. Y como la socialización masculina inhibe en los varones la capacidad de registro de los malestares, esto produce serias dificultades a la hora de detectar los primeros avances de una enfermedad.

 

  En lo atinente a la sexualidad, entre los hombres sigue presente la idea de que el deseo sexual es un instinto, determinado biológicamente, que les resulta difícil controlar. Así, el comportamiento erótico esperado por parte de un varón que se precie de tal, debe estar dirigido sólo a las mujeres, vinculado estrictamente al “poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse” (Badinter, 1993).

 

  Se trata de una necesidad de dominación erótica que es resultado de la intensificación de la angustia masculina (Meler, 2009), que, como defensa contra la posible pérdida de la diferencia ante la madre, lleva al varón a invertir la relación de poder en el vínculo con las mujeres, haciendo equivalente al objeto femenino con el cuerpo materno repudiado.

 

  Aunque las prácticas eróticas hoy no precisan de un vínculo amoroso que las avale, ¿cuáles son las modalidades que despliegan los varones cuando una mujer acepta tener relaciones sexuales sin compromiso afectivo? Hay varones que usufructúan de las mujeres y las usan para obtener placer propio únicamente, mientras otros huyen atemorizados ante su avance.

 

  Los varones encuadrados en el primer caso ven a la mujer sólo como objeto y solícito partenaire de su guión erótico, y a la sexualidad como el espacio perfecto para poner en juego la pulsión de dominio, el deseo de poseer y controlar al objeto. Son “los que van a los bifes”, y después “queda ahí”. No hay rituales amorosos, simplemente han satisfecho su deseo con celeridad en ese encuentro de pura descarga. Los varones que huyen, encubren el desconcierto que les genera el hecho de que ellas ya no se presenten como a la espera de la conquista, sino que la ejerzan activamente.

 

  Los hombres buscan que sus compañeras eróticas reconozcan y aprecien su virilidad mediante expresiones de satisfacción, porque así confirman su masculinidad y evitan la posible amenaza de descalificación de la estima de sí. Sin embargo, la actitud femenina que estaba más pendiente de la satisfacción del varón que de la propia, ya no es el común denominador de todas las mujeres, que hoy exigen que su propio placer sea tenido en cuenta, lo que genera en ocasiones un importante desasosiego en el varón, ante la dificultad que tiene para pensar en el deseo de su compañera erótica, e incluso, para atreverse a decir no, envuelto aún en los emblemas de la masculinidad hegemónica.

 

  En cuanto a las responsabilidades del hogar, como el ámbito de lo privado es considerado como un espacio femenino, los varones participan o muy poco o nada de las actividades domésticas cotidianas. Aquí es posible pesquisar cómo los varones aún tienen expectativas de servicio por parte de las mujeres en lo atinente a lo doméstico, es decir que, a partir de su auto percepción aprendida de superioridad, los hombres esperan que las mujeres los sirvan y atiendan en la mesa y se ocupen de su cuidado, en una clara maternalización del vínculo de pareja.

 

  Si el varón se debe ocupar de lo importante, esto es, de aquellas actividades que pertenecen simbólicamente al orden masculino, el corolario de esta consigna es que todo lo que pertenece al orden de lo femenino no es significativo, y entonces, se lo evita, por temor de “contaminarse” y poner en peligro la masculinidad. La creencia naturalizada acerca de la supremacía masculina permanece arraigada en ellos como representación y como práctica.

 

  Ahora bien, aunque los varones perciben que actualmente el contrato vincular tradicional se tambalea, sólo algunos de ellos se adaptan a la complementariedad que les demandan las mujeres, o sea, no les interesa involucrarse en los cuidados del hogar. Ante la insistencia de sus parejas, y, como manera de evitar un conflicto mayor, “ayudan”, pero con un carácter eventual, sujeto a las ganas del momento, lo que muestra cómo sigue presente la segregación de tareas y de espacios por género en la subjetividad masculina.

 

  Hay otros varones que se asombran y preocupan acerca del modo en que ellas, impulsadas por el feminismo, se atreven a cambiar los arreglos instituidos. Para estos últimos, cualquier avance de la mujer es interpretado como un intento de dominación femenina y una posibilidad de derrota masculina, que los posicionaría como subordinados, feminizados o “gobernados”, pues sólo reconocen dos posiciones posibles: “o yo mando o me mandan”.

 

  Por ello, para poder sostener una posición superior en un vínculo de pareja, los varones más adheridos a las nociones tradicionales de masculinidad se emparejan con mujeres pasivas, dependientes y necesitadas de ayuda, lo que los coloca en una posición sobre compensatoria. Así, los varones esquivan su propia debilidad con una fachada de fuerza, como un intento de eludir sus propias carencias, proyectando lo pasivo en “sus” mujeres.

 

 

Las posibles respuestas masculinas

 

  En este vertiginoso momento de cambios, en estos tiempos feministas, cuando es notorio es que las normas sociales que fueron enseñadas a los varones en las prácticas instituyentes de su masculinidad no coinciden con la vida actual, luego de la perplejidad inicial, se producen tres posibles respuestas masculinas. En muchos se observa un desajuste al que he denominado “impotencia vital” (Córdoba, 2019).

 

  Como manera de evitar el vacío definicional que implicaría alejarse de la posición viril hegemónica y conocida, los varones se atrincheran ‒con más ahínco‒, en un tradicionalismo vetusto frente a la división socio-sexual del trabajo y la organización familiar, continuando con un desempeño de rol conservador y reproduciendo, de modo compensatorio, los mandatos del ser hombre acuñados dentro de la hegemonía viril.

 

  Esto da lugar a mayor desigualdad y a una perpetuación del machismo, a la vez que trae otras dificultades, pues, por ejemplo, si un varón ya no puede seguir siendo dominante, que es “lo que se debe”, se produce una herida narcisista que no siempre se puede tolerar, sobre todo si no hay soportes alternativos para la estima de sí.

 

  Victimizados y resentidos, los varones se vuelven poco saludables para sí mismos y para otros. Los indicadores de violencia de género y de femicidios empeoraron significativamente en los últimos tiempos, como si se tratase de una “llamada al orden” a las mujeres. Cuando las mujeres no cumplen con las expectativas genéricas, cuando engañan o abandonan, los varones viven estas situaciones como golpes directos a su sentimiento de masculinidad.

 

  La rabia que estas situaciones les genera, en ocasiones se manifiesta como violencia, que en momentos es mostrada abiertamente, para encauzarlas y ponerlas “en el lugar que les corresponde” o, en otros casos, con cuidado, porque ahora “te meten denuncias por cualquier cosa”. Si ser varón es ser superior y diferente a la mujer devaluada, esto se convierte en casi imposible frente a mujeres cada vez más empoderadas, lo que los descoloca.

 

  Hay otros varones que adoptan discursos políticamente correctos, se dicen varones deconstruidos, pero, en realidad, lo que hacen es intentar “aggiornar” los elementos estereotipados y tradicionales de los que es “ser hombre” en su cotidianeidad, lo que da lugar a contradicciones entre el discurso manifiesto y lo que se hace.

 

  Aquí se suman dos cuestiones: por un lado, temen transgredir el modelo hegemónico de masculinidad, ya que la censura y la crítica de los pares es muy efectiva, lo que los lleva a reproducir las condiciones patriarcales que contribuyen a su statu quo preferencial, por más que no acuerden del todo con ellas. Por otra parte, como no cuentan con modelos o representaciones que supongan una noción de masculinidad diferente, también temen cambiar, pues consideran que el cambio les supondría tanto un riesgo subjetivo como un declive de sus privilegios.

 

  Un tercer grupo de hombres, minoritario  por el momento, privilegian la equidad de género, y definen el ser varón en sus potencialidades y debilidades, lejos de las posiciones forjadas como exclusivas por la masculinidad tradicional. Sin embargo, ser no machista tiene un costo para estos varones: implica el riesgo de ser víctima de actitudes dominantes por parte de otros varones. También los distancia de la fratría, que condena “su traición” dejándolos solos y llamándolos gobernados, al haber dado el salto cualitativo entre una masculinidad asignada e impuesta, hacia una nueva masculinidad.

 

  No existen, por ahora, otros mandatos genéricos viriles que tengan la misma fuerza para construir subjetividad, que la desvalorización y la denigración hacia todo aquello que evoque pasividad y femineidad. Estos son los recursos que hasta el momento emplean los varones a fin de obtener una confirmación personal de independencia y masculinidad.

 

  Por ello, a pesar de los cambios sociales, los varones continúan poniendo en juego en los vínculos ‒en mayor o menor grado‒, características tales como dominio, control, autosuficiencia y distancia afectiva, buscando subordinar a las mujeres y también a otros hombres que no se adaptan a este modelo, lo que termina produciendo desigualdades inscriptas en la estructura misma de la sociedad.

 

  Hoy exigimos equidad. Pero si la identidad masculina está asociada con la posición dominante de actividad defensiva, el descarte de la angustia y la creación de una alteridad despreciable y contenedora, que es la femineidad (Benjamin, 2012), para los varones resulta complicada la idea de igualdad genérica. 

 

  A lo largo de la historia, el varón se ha apropiado del uno universal, pretendidamente neutro, para establecer con ello un parámetro de legitimidad para la dominación. De este modo, los hombres protegen sus privilegios y conservan los beneficios que obtienen desde su posición dominante en las relaciones de género, a pesar del elevado costo que ello les implica.

 

  Considero que los hombres deben ocuparse de reconciliar las nuevas circunstancias sociales con sus ideas generales acerca de la hombría, y así, la transformación será facilitada de modo flexible por la actividad estratégica de los varones.

 

  Como es muy difícil que la realización de estas tareas se produzca y se sostenga sólo desde voluntarismos y cambios individuales, es necesario desarrollar dispositivos grupales, sociales y de políticas públicas, que ayuden a esta transformación, permitiéndoles apoyarse en representaciones sociales alternativas a las de la masculinidad hegemónica, que contribuyan a crear nuevos ideales, lejos del binarismo rígido que desestima otras posiciones.

 

  Esto podría favorecer un posicionamiento subjetivo masculino más reflexivo e integrado, donde todo lo que fue entendido en la masculinidad como fijo y con fronteras inviolables, permita una tensión paradojal que no requiera solución, al modo winnicottiano, lo que podría verse traducido en prácticas novedosas, con formas vinculares construidas desde la ética del afecto y la empatía, y con salidas más saludables que las iatrogénicas propuestas por el modelo patriarcal.

 

 

Bibliografía

 

Badinter, E. (1993). XY, la identidad masculina. Madrid: Alianza editorial.

Benjamin, J. (1996). Los lazos de amor. Buenos Aires: Paidós.

-------------. (2012). “Descifrando el enigma del sexo: pasividad femenina y dominancia masculina, una solución al problema del exceso”. Revista Clínica e Investigación Relacional, 6 (2),187203. 

Blos, P. (1984). Psicoanálisis de la adolescencia. México: J. Moritz.

Córdoba, M. G. (2019). Tesis doctoral: “Varones en conflicto. Impacto de las representaciones sociales de la masculinidad en prácticas sexuales, reproductivas y vinculares de hombres tucumanos (25-45 años)”. Tucumán: Facultad de Filosofía y Letras UNT.

Dio Bleichmar, E. (1991) “La Femineidad: lo que hace falta”. En Alizade, A. (comp). Voces de Femineidad. Buenos Aires: Alizade.

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Ibarra Casals, D. (2011) Subjetivaciones masculinas. Subjetividades, género y poder en lo local. Montevideo, Uruguay: Psicolibros Waslala.

Meler, I. (2009). “La sexualidad masculina. Un estudio psicoanalítico”. En Burin, M. y Meler, I. Varones. Género y subjetividad masculina (2° ed. revisada). Buenos Aires: Librería de las Mujeres.

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