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Identidad femenina: ¿Un cambio de paradigma?20/11/2024- Por Beatriz M. Rodríguez - Realizar Consulta
Exploro aquí este cambio de paradigma en las representaciones contemporáneas de la identidad femenina ‒expresado en sus prácticas, expectativas y deseos‒, a partir del rechazo a la maternidad como imposición de vida, suponiendo disposiciones, valoraciones y percepciones específicas en lo que respecta a los modos posibles de ser mujer. El viraje, de pasivo (ausencia de deseo) a activo (rechazo de la maternidad), podría implicar un pasaje de la posición «femenina» a la «masculina», desde la perspectiva psicoanalítica tradicional. Empero, ¿se trata de un genuino cambio de paradigma, o acaso el “empoderamiento”, la mayor libertad, y el protagonismo el aducidos, no son sino configuraciones deseantes que someten a la mujer a nuevas imposiciones culturales?
Turandot
Resumen
La construcción histórica de la identidad femenina, que culminara en la modernidad con la institución matrimonial como proyecto y la maternidad como destino, resultó de una cadena de significaciones forzadas: el mito del “amor romántico”, la pasividad erótica, y la certeza de ser mujer, en tanto madre.
Pero si entonces se distinguía al «deseo de hijo» y de maternidad, como inherentes a la mujer misma; progresivamente, el cambio de siglo desafió la legalidad de semejantes representaciones, conmoviendo la rigidez de los roles de género asignados.
Empero, ¿se trata de un genuino cambio de paradigma, o acaso el “empoderamiento”, la mayor libertad, y el protagonismo el aducidos, no son sino configuraciones deseantes que someten a la mujer a nuevas imposiciones culturales?
Exploro aquí este cambio de paradigma en las representaciones contemporáneas de la identidad femenina ‒expresado en sus prácticas, expectativas y deseos‒, a partir del rechazo a la maternidad como imposición de vida, suponiendo disposiciones, valoraciones y percepciones específicas en lo que respecta a los modos posibles de ser mujer.
El viraje, de pasivo (ausencia de deseo) a activo (rechazo de la maternidad), podría implicar un pasaje de la posición «femenina» a la «masculina», desde la perspectiva psicoanalítica tradicional.
Un cuento chino, para comenzar...
A mediados de 1920, Giacomo Puccini comenzó a trabajar en la que sería su última ópera: Turandot. Estrenada durante los “años locos” de la primera posguerra, su argumento tiene antecedentes en antiguos relatos persas, que pueden rastrearse hasta el siglo III.
Su tema ‒la lucha del hombre por conquistar a la mujer que desea‒, no era novedoso en absoluto; pero sí lo era la propuesta de Puccini, quien imaginó este drama lírico como una especie de cuento de hadas, donde ‒en una atmósfera sombría y cruel‒, Turandot, “princesa de hielo” (Rodríguez, 2005, pp. 50-53), expresa la resistencia femenina a la dominación del varón, implicando con ello una resistencia a todo su entorno cultural.
La trama se desarrolla en la antigua China, donde Turandot, la hija del emperador que no desea ser desposada, exige de cada uno de sus pretendientes que descifre tres enigmas; y, de no hacerlo, que pierda la vida. Muchos príncipes han pagado ya con su cabeza el precio de tan osada ambición, cuando de incógnito, el hijo de un rey desposeído, se acerca a la ciudad imperial maldiciendo a la princesa; pero ante la aparición fugaz de ésta en lo alto de una terraza, pierde el habla, la fuerza y la voluntad. Obsesionado por su belleza, el joven se propone superar la inútil prueba, de lo que hasta el mismo emperador procura hacerlo desistir.
Entretanto la princesa evocando el espíritu de una antepasada que fuera raptada y violada cruelmente por un “bárbaro” en tiempos remotos, afirma que jamás se someterá al poder de varón alguno, y que en cada hombre que la corteja, ella venga el desesperado fin de aquella reina.
Luego enuncia sucesivamente los enigmas, que el príncipe extranjero devela sin dificultad.
Turandot, declara furiosa preferir la muerte antes que perder su libertad y, desesperada, ruega a su padre la libere del cumplimiento de su promesa; pero éste no accede. Entonces el desconocido, que no pretende la mano de la princesa por derecho, ni por la fuerza, ofrece declinar su victoria y propone a ésta un nuevo trato: si antes del alba descubre su nombre, ella recuperará su libertad y él morirá.
Durante esa noche reinan la tortura y el horror; nadie duerme, pues la princesa procura por todos los medios conocer el nombre del extranjero.
De pronto ambos jóvenes se encuentran frente a frente, solos en un jardín; él le arranca el velo y la besa; ella se defiende en vano. Convencido el príncipe de que Turandot ya no es dueña de sí, le confía su secreto, poniendo una vez más su vida en manos de la altiva princesa. Por la mañana ésta declara conocer la respuesta al enigma del forastero: “¡Su nombre es... Amor!”.
Este argumento comprende mucho más que la oposición entre pasión y orgullo. Mientras su padre se debe a la solidaridad masculina, distintiva de una cultura feroz y violenta; Turandot, antagonista del varón, expresa tanto el horror ante la escena primaria, como el disgusto por la servidumbre en que era tenida la mujer en una sociedad que la consideraba un ser inferior, apenas un objeto de satisfacción para los hombres.
Pero, esencialmente, Turandot debe ser relacionada con la tradicional “princesa encantada” a la que el beso de un hombre habrá de liberar, transformándola en una mujer lo suficientemente humana como para reconocer ‒y aceptar‒ su propio deseo.
La urgencia del deseo
La construcción histórica de la identidad femenina, que culminara en la modernidad con la institución matrimonial como proyecto y la maternidad como destino, resultó de una cadena de significaciones forzadas: el mito del “amor romántico”, la pasividad erótica, y la certeza de ser mujer, en tanto madre.
De ello se desprende que, en el imaginario del siglo XX, la femineidad solo puede ser habilitada a partir de la participación del varón. Señala Elizabeth Badinter, que “… el despertar de la vagina a su plena función sexual no está en... poder [de la mujer], dado que depende enteramente del hombre”, en tanto destaca que la “… ausencia de actividad vaginal espontánea constituye el fundamento fisiológico de la pasividad femenina” (Badinter, 1980, pág. 257).
Añade luego que, vinculado a la pasividad, el masoquismo resulta otro rasgo esencial de la mujer; pero, “… mientras... la agresividad masculina puede dirigirse fácilmente hacia el exterior, se asegura que en la niña debe volverse hacia adentro” (Badinter, 1980, pág. 258).
Resulta claro entonces, que en función de estas características, el mito del amor romántico quede indisolublemente enlazado al mito del amor maternal, y un singular deslizamiento de la función biológica de la procreación a la función de crianza, opere de tal suerte que asimile la responsabilidad a la culpa.
Premio consuelo ante la propia deficiencia e inferioridad, el «deseo de hijo» se erigirá como la elección femenina por excelencia, dando lugar a la constitución de una femineidad normal. Todas las miradas se dirigirán a la mujer: única responsable de la crianza y educación de los niños. Los psicoanalistas de la segunda posguerra pasarán de lo descriptivo a lo normativo, trazando el retrato de la buena madre y dando consejos a las mujeres.
Ahora bien, induciendo o forzando este deseo a cualquier costo, la fecundación asistida permitió a muchas mujeres, en las últimas décadas, convertirse en madres sin necesidad de involucrarse sexual ni afectivamente con un hombre. Amazonas de la posmodernidad son, en su expresión extrema, mujeres que conciben hijos reduciendo la participación del varón a formar parte de un archivo genético; transformándolo en un simple semental, la mujer parece reapropiarse de aquello de lo que el patriarcado históricamente la despojara.
De hecho, permite comprender la aceptación resignada de la opción por “maternizar en solitario”, cuando los últimos años fértiles de una mujer transcurren sin pareja (Burin y Meler; 2016, pág. 12); pues si históricamente convertirse en madre soltera constituía un atrevimiento o un tropiezo que las mujeres solían pagar con la condena social, hoy aparece como una determinación privilegiada que a nadie escandaliza, y que, por el contrario, se deja ver como un signo de “madurez o autonomía”.
Famosas como “Jodie Foster, Xuxa, Diane Keaton o Madonna, encabezan la lista de mujeres que, por no resignar aspectos narcisistas y omnipotentes de su personalidad, eligieron la maternidad en soledad o al menos sin pareja estable a su lado” (Rodríguez, 2005, pág. 126).
Celebrada como una promesa liberadora, tal vez con tanto entusiasmo como la llegada del primer anticonceptivo oral, las nuevas prácticas tecnológicas aplicadas a la reproducción inauguraron el tránsito hacia una supuesta redención de las mujeres: de los límites de la biología, del “lastre del sexo” y de las barreras de la edad. Y mientras, en principio, fueron festejadas como un modo de liberar de la biología (presunta responsable de su sometimiento) a la mujer; hoy más parecen consolidar nuevas maneras de destrucción de la relación que las mujeres tienen con la naturaleza, con su propio cuerpo y con el resto de la sociedad.
Así, en tanto la mayoría de ellas ya no están desesperadas por confirmar su sentido de sí mismas mediante el recurso al embarazo y el parto; la reproducción tecnológica se impone, en sí misma, como una mercancía, una alternativa a la procreación artesanal que, desdibujando fronteras éticas, ofrece un inventario ilimitado de opciones “a gusto del consumidor”.
Un cambio de paradigma
En un mundo en que los países industrializados señalan a la «sobrepoblación» como el mayor problema de la humanidad, el potencial reproductivo de la hembra humana (de cada hembra humana), deja de ser valioso y antes bien se torna un estorbo. Así se evidencia, en particular entre los grupos sociales de mayor poder económico, que existe un marcado desinterés por tener niños. (Rodríguez, 1996, pág. 10).
Resultando indistinto que se tratara de un deseo genuino, una imposición, o un “ideal romántico”; la maternidad fue otrora el puerto seguro al que la mujer podía recurrir. Pero ya no lo es hoy, ni desde la exigencia social, ni desde el deseo personal; en tanto que el nacimiento de un niño ha dejado de ser una bendición, para convertirse más bien en un estorbo económico, un impedimento. En otras palabras, dado que el ideal cultural ya no se encuentra al servicio de la reproducción, los escenarios actuales desactivan la maternidad compulsiva, habilitando socialmente a aquellas mujeres que no desean maternar.
Un sondeo preliminar en una investigación en curso, acerca del cambio de paradigma en las representaciones contemporáneas de la identidad femenina ‒expresado en sus prácticas, expectativas y deseos‒, permitió relevar disposiciones, valoraciones y cuestionamientos, en cuanto a los modos posibles de ser mujer:
- Hasta los 40 la gente te insiste para que tengas hijos, luego entrás en la parte condenatoria: “te vas arrepentir…”
- Hay un silenciamiento de las historias de mujeres que no son madres. Se las piensa desde un lugar triste,...no han podido formar familia. Hay una invisibilización de mujeres que simplemente pudieron, pero no quisieron. Así va quedando en nuestro imaginario la maternidad como lo exitoso, lo pleno”.
- Asumimos que el útero nos define...
Entre las creencias, opiniones y actitudes que manifiestan a nivel consciente quienes hoy desestiman la maternidad como proyecto vital, se incluye el temor a la responsabilidad; la convicción de que “un hijo ya no es fuente de satisfacción”, o la incertidumbre acerca del futuro:
- No quiero traer un hijo al mundo tal como está hoy. No quiero ser responsable de traer un alma para que sufra, para que esté dominada por la tecnología y no poder darle la atención necesaria por ser esclava de un sistema en el que tengo que trabajar el día entero para sobrevivir.
- No quiero atarme para toda la vida a una responsabilidad de la que no podré salir.
También suponen ‒a partir de la disminución de la censura social hacia quienes no desean maternar‒, que la ausencia de hijos permite otros logros y satisfacciones; mayor libertad de elección; y la apropiación de un cuerpo para el disfrute (de la sexualidad, del deporte, del propio cuidado):
- Será egoísta, pero elijo vivir mi vida, enfocarme en mi carrera, en mis pasatiempos, en lo que disfruto hacer.
- Me siento satisfecha y plena con la vida que tengo sin hijos. Pues ser mujer, va más allá de cumplir con estereotipos de la sociedad. Ser mujer es la oportunidad de dejar huella, ser inspiración para los demás.
- Se puede encontrar mucha felicidad en no tener hijos. No es todo sobre la libertad y el dinero. Es cuestión de elección.
En suma, mientras algunas mujeres han resuelto no traer hijos al mundo “tal como está hoy”; o no desean asumir una “decisión irreversible” ‒y en todo caso “culposa”‒; ni verse obligadas a “lidiar con el esfuerzo de desdoblarse en dos roles, para no resignar ninguno”; otras argumentan que, en la actualidad “los ideales culturales no están al servicio de la reproducción”, entendiendo que una parte relevante de los males sociales son atribuidos a la “superpoblación mundial”.
- ...Miedo es el de dejar la profesión, la pasión, lo que elegí para mi vida.
- No puedo tener hijos y no quiero adoptar, lo cual lo considero una señal de que no sería buena madre.
- Esa «forma de vida» que, para algunas es natural y obvia; para otras es simplemente ajena, lejana e impensable.
- ¿Quién dice que ser madre es lo máximo? No sé, porque simplemente no puedo anhelar algo que no tuve y no sé cómo se siente. Las que no somos madres no perdimos nada, ni nada nos hace falta.
En el horizonte
El cambio de siglo desafió la legalidad del «deseo de hijo» como inherente a la mujer misma, conmoviendo progresivamente la rigidez de los roles de género asignados. De hecho, hay menos uniones y éstas suelen ser más fugaces, al tiempo que ‒en una suerte de venganza retrospectiva‒ se acentúa la exigencia femenina hacia el varón, para que éste asuma un mayor compromiso de parentalidad.
Pero la actitud hacia el rol maternal parece deslizarse hacia una franca repulsa. Este viraje, de pasivo (ausencia de deseo) a activo (rechazo de la maternidad), podría implicar un pasaje de la posición «femenina» a la «masculina», desde la perspectiva psicoanalítica tradicional.
Cuando se advierte que sin dudarlo, nuestra cultura ha reemplazado la intimidad por el consumo, y que estamos obsesionados por poseer, comprar, construir y dilapidar cosas, como un sustituto manejable de las relaciones emocionales y la confianza; es decir, que estamos compelidos a consumir y a ser consumidos... Entonces, cabe la pregunta ¿a qué representación de mujer aluden el “empoderamiento” aducido; la satisfacción a corto plazo, o la mayor libertad? ¿No serían ‒acaso‒, el protagonismo y el éxito, sino configuraciones deseantes que someten a la mujer a nuevas imposiciones culturales?
Bibliografía
Badinter, E. (1980). ¿Existe el amor maternal? Barcelona, Paidós
Burin, M. y Meler, I. (2016). “Mujeres sin pareja que deciden ser madres. Sus motivaciones, condiciones de vida, representaciones y valores. Un estudio exploratorio desde la perspectiva del género y la subjetividad, en la Ciudad de Buenos Aires”. Buenos Aires: Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales.
Rodríguez, B. M. (1996). El hijo inconcebible. Buenos Aires, Tekné.
Rodríguez, B. M. (2005). La femineidad y sus metáforas. Buenos Aires: Lugar Editorial.
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