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La identidad de género en la infancia: entre la constitución del psiquismo y la producción de subjetividad

10/01/2025- Por Agustín Brusquini -

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El presente artículo se propone indagar si es posible la inclusión de desarrollos provenientes de los Estudios de Género en la teoría psicoanalítica sin dilapidar sus fundamentos metapsicológicos. Siguiendo el modelo teorético desarrollado por Silvia Bleichmar, se recuperan algunas coordenadas principales en torno a las variables universales de la constitución psíquica en la infancia, con la intención de aportarle espesor metapsicológico a la noción de identidad de género al interior de una tópica que se halla aún en constitución. Por último, se subraya la importancia clínica y ética de situar el estatuto que adquieren los modos de presentación identitaria en la infancia, con el fin de evitar patologización es a priori y sosteniendo una praxis psicoanalítica que conserve en su horizonte la mitigación del sufrimiento psíquico.

 

                            

                                                                       Fotografía de Kisha Bari*

 

 

La noción de subjetividad en psicoanálisis

 

  Partimos de la consideración de una distinción fundamental para los fines de este análisis: la constitución del psiquismo y la producción de subjetividad. Tal como lo plantea Silvia Bleichmar (1999a) la producción de subjetividad es un concepto sociológico y se refiere al modo en que una sociedad determina las formas por las cuales un sujeto puede insertarse en ella. Por lo cual, nos encontramos en el terreno de los movimientos históricos e ideológicos, el plano en el que se articulan los enunciados sociales  −siempre en mutación− con respecto al yo.

 

  Debemos considerar que esta materialidad no es simplemente enunciativa, sino que constituye el fundamento de la sociedad misma. En esencia, la producción de subjetividad tiene que ver con formas históricas situadas, cuyas configuraciones van mutando continuamente a consecuencia de los devenires histórico-políticos.

 

  Pero según Bleichmar, la subjetividad no es, ni puede ser, un concepto nuclear del psicoanálisis, aun insertándose en el corazón de su práctica. Esto en razón de que la subjetividad no puede remitir al funcionamiento psíquico en su conjunto, no puede dar cuenta de las formas con las cuales el sujeto se constituye ni de sus constelaciones inconscientes.

 

  La propuesta de Bleichmar no descansa en desechar aquellos aspectos que no remiten al edificio teórico psicoanalítico, sino en pensar la singularidad humana en el entrecruzamiento de las condiciones necesarias y universales para la constitución del psiquismo así como los engranajes históricos-políticos-sociales que generan las condiciones del sujeto social en una cultura determinada.

 

  Por lo tanto, se produce en este punto la apertura de todo un programa de trabajo que podemos situar en dos ejes: por un lado, depurar aquellos puntos nodales de la teoría psicoanalítica de las capturas ideológicas a las cuales quedan coagulados, y que sólo encuentran una justificación en las raíces patriarcales, androcéntricas y heterocéntricas que moldean el sentido común; por el otro, definir de qué modo las relaciones sociales mediatizan y pautan los intercambios primarios que hacen a la producción de representaciones al interior de los intercambios sexualizantes del cachorro humano en determinada época.

Es decir, bajo qué mediaciones se inscriben circulaciones libidinales que metabólicamente transformadas operan en sistemas de representaciones que se articulan en el psiquismo infantil.

 

  Es una propuesta que apunta entonces a considerar la singularidad humana en el entrecruzamiento de universales necesarios que hacen a la constitución psíquica así como también a los modos históricos que generan las condiciones para el despliegue de relaciones particulares que instauran al sujeto social (Bleichmar, 2019).

 

 

El estatuto metapsicológico de la identidad de género

 

  La sexualidad en términos psicoanalíticos no se reduce a los modos de ordenamiento masculino/femenino y mucho menos a las formas de ensamblaje de la función sexual con la genitalidad. Podemos separar con fines analíticos dos aspectos que atañen a la constitución del psiquismo: por un lado, los movimientos pulsionales, deseantes y anárquicos que atraviesan la vida psíquica; y por el otro, aquellos modos con los cuales el sujeto se reconoce como perteneciente a un sector en los cuales, no sin dificultades, se ubican la mayoría de los seres humanos, y que denominamos “identidad sexual” o “identidad de género” (Bleichmar, 2008).

 

  Esta distinción tiene un carácter fundamentalmente ordenador de nuestras intelecciones para arribar a una comprensión acabada de los procesos y vicisitudes con los que se enfrentan niños, niñas y niñes en la conformación de la identidad de género.

 

  Como lo ha planteado Bleichmar (1993), el gran descubrimiento del psicoanálisis radica en el descubrimiento de la existencia no sólo del inconsciente sino de “pensamientos sin sujeto’’. Es decir, pensamientos que son pre y para subjetivos, y del cual el sujeto se ve sometido a un trabajo de apropiación a lo largo de toda su vida. Esto implica reconocer que el “sujeto psíquico”, aquel que se reconoce siendo, no se halla en el inconsciente, sino en la instancia yoica.

 

  Almagro señala que “El yo, en primer lugar, es una instancia efecto de un conjunto de enunciados identificatorios, que una vez inscriptos articulan en el interior del aparato psíquico un conglomerado representacional que tiene existencia y que también otorga sentido a la vida de aquel en el cual está instalado” (Almagro, 2009. p.5).

 

  ¿Cómo pensamos entonces la categoría de “género’’ enclavada en la problemática de la identidad? Y más específicamente, ¿cómo podemos pensar los avatares de tal problemática en el devenir de infancias y adolescencias? En primera instancia, la identidad sexual tiene un estatuto tópico, se posiciona del lado del yo. En el inconsciente no hay sujeto, lo que lo caracteriza justamente es que no “para mientes” en el carácter masculino o femenino del objeto, pero cuando esos deseos emergen es el yo quien puede cualificar y significarlos de tal modo que resulten intolerables.

 

  A su vez, el yo no se sostiene al margen de la matriz de normas sociales y mandatos culturales que lo asedian y crean las condiciones de potencial conflicto. Piera Aulagnier nos propone pensar el advenimiento del yo bajo el “contrato narcisista”:

 

“Al adherir al campo social, el sujeto se apropia de una serie de enunciados que su voz repite; esta repetición le aporta la certeza de la existencia de un discurso en el que la verdad acerca del pasado está garantizada, con el corolario de la creencia en la posible verdad acerca de las previsiones sobre su futuro”. (Aulagnier, 1975, p. 162)

 

  El contrato tiene como signatarios al niño y al grupo. Desde su llegada al mundo, el grupo catectiza al infans como una voz futura a la que solicita que reproduzca los enunciados que garanticen la permanencia del grupo. Para esta autora,

 

“… la psique y el mundo se encuentran y nacen uno con otro, uno a través del otro; son el resultado de un estado de encuentro” (Aulagnier, 1975, p. 30).

 

  Por lo tanto, estos aportes permiten pensar que las condiciones para el advenimiento del yo están moldeadas inmediatamente, fundando su materialidad de existencia misma, por los enunciados del conjunto social. Esto no implica dejar de lado la consideración que aquello que ingresa no será jamás una copia fiel en términos lineales sino que lo hará metáfora mediante.

 

  Ello implica que se produzca un proceso de descomposición, descualificación y recomposición posterior de algo que pasará a formar parte de la realidad psíquica, un real libidinal (Bleichmar, 1999b). Es decir, que la forma en la que la realidad ingresa será altamente individual, sometida a modos de procesamiento interno y se entramará de modos diversos con lo histórico vivencial de cada sujeto.

 

  Los movimientos inaugurales de la vida psíquica son el terreno sobre el que se van edificando las representaciones que un sujeto se forja sobre su propio género y el de los otros, pero a medida que se producen complejizaciones en la estructuración psíquica se propician complejos reensamblajes en la problemática identificatoria.

 

  En los primeros tiempos de la vida, no hay nada sino inscripciones y formas de pasaje de cantidad, organizaciones básicas bajo el par ligado y no ligado. Cuando el yo se instala, el otro pasa a ser el idéntico, el semejante en sentido estricto. El yo presenta la parodia de ser lo más íntimo y al mismo tiempo una alteridad, en la medida es que es efecto de una identificación.

 

  La tiranía del yo no está constituida por el imperativo categórico: el adulto lo plantea bajo la forma de un imperativo categórico, pero el niño lo recibe bajo el modo tiránico de “lo que a mamá/papá le gusta o no le gusta”. Tiranía que es amortiguada por la dependencia y el amor al otro. (Bleichmar, 2016).

 

  Con la instalación del superyó, el ideal del yo y la conciencia moral, el aparato se ve sometido a una reestructuración que no es sin consecuencias en la economía libidinal y en la problemática identificatoria. Si la identificación primaria constituye al yo, articulando algo que previamente no existía, bajo la lógica de “ser amado” para ser identificado, la identificación secundaria modifica algo de lo ya existente sobre la base de incluir elementos de los objetos con los cuales tiene relación.

 

  No se puede constituir la identificación secundaria sin un enlace libidinal previo que propicie la identificación a partir de ello. Con lo cual, si la identificación primaria alude a la organización que define la existencia misma, la identificación secundaria define el cómo de esa existencia.

 

  Distinciones metapsicológicas que nos permiten ubicar la identidad de género en las invariantes universales que permiten una comprensión de la arquitectura del aparato psíquico y sus modos de funcionamiento, sin desconocer las formas en las que cada sociedad pauta los modos, siempre en cambio, por los que un sujeto puede ser reconocido en su interior. Es central considerar la responsabilidad ética de lxs analistas de ser capaces de producir una evaluación que contemple la fragilidad y los riesgos de fractura psíquica que someten a los sujetos a un intenso sufrimiento psíquico.

 

 

Infancias trans: aportes para su despatologización

 

  ¿Puede el psicoanálisis enriquecerse de los aportes de los Estudios Interdisciplinarios de Género sin dilapidar sus fundamentos metapsicológicos? ¿Es posible introducir preguntas y problemáticas de otros campos disciplinares que generen nuevas comprensiones en torno a los procesos de constitución del psiquismo atravesados por la perspectiva de género? Silvia Bleichmar señala que:

 

“Si la producción de subjetividad es un componente fuerte de la socialización, evidentemente ha sido regulada, a lo largo de la historia de la humanidad, por los centros de poder que definen el tipo de individuo necesario para conservar al sistema y conservarse a sí mismo. Sin embargo, en sus contradicciones, en sus huecos, en sus filtraciones, anida la posibilidad de nuevas subjetividades.” (Bleichmar, 2019, p. 96)

 

  El desafío es el de construir críticamente un psicoanálisis que no desconozca los avatares de nuestro tiempo, que se permita incorporar en sus reflexiones al contexto en el cual está inmerso, sin que ello implique renunciar a la especificidad de su campo ni reducir sus postulados a una sociologización del psiquismo.

 

  El intento de abordar estas problemáticas desde una postura exclusivamente social, priorizando en su análisis las coordenadas históricas y culturales como fundamento explicativo de la noción de identidad de género, resultaría una desestimación del potencial heurístico del psicoanálisis como método para la mitigación del padecimiento psíquico. 

 

  El psicoanálisis no puede desconocer el escenario en el que está inmerso, debe permanecer permeable a estos fenómenos “externos” que lo interrogan para articular una respuesta en su “interior”. En un debate epistemológico, S. Bleichmar (1994) plantea que el psicoanálisis puede alojar conceptos provenientes de otras disciplinas, pero deben estar siempre en los límites, con el fin de propiciar articulaciones que lleven a nuevas respuestas a las preguntas que sólo pueden surgir del campo específico.

 

  Desde la perspectiva que sostenemos, las formas de travestismo y transexualismo infantiles no pueden ser sancionadas como procesos patológicos en sí mismos, ni determinan la totalidad de la estructuración del psiquismo.

 

  Nuestra brújula metapsicológica, que nos orienta en la comprensión de los mecanismos que se ponen en juego en los tiempos reales de estructuración del psiquismo, en un complejo engranaje en el que se producen diversas articulaciones entre las inscripciones erógenas primarias, las representaciones de género, la sexuación articulada por la diferencia de los sexos y las modalidades dominantes de la orientación del deseo, pueden resultar en una estructuración lograda de la identidad, sin que ello implique una acomodación forzada a las formas que tradicionalmente se ha intentado normativizar identidad y elección de objeto.

 

  Niñas y niños transgéneros presentan una estructuración yoica en la que los atributos genéricos se enraízan en la representación de sí y sostienen la estabilidad identitaria satisfactoriamente. Esto se debe a que la identificación opera metabólicamente configurando un tejido representacional que cada sujeto posee de su propio yo, como producto de las identificaciones primarias. Posteriormente, las identificaciones secundarias permitirán la incorporación de atributos que enriquezcan la representación yoica, así también como legalidades e imperativos que moldearán las instancias ideales.

 

  Despatologizar las diversidades sexuales, y no dar por sentado que son por sí mismas indicadores de fallas o trastornos en la constitución psíquica, no conlleva suprimir la psicopatología ni las conceptualizaciones psicoanalíticas para dar cuenta del sufrimiento psíquico y sus causas, sino someter a prueba metapsicológica nuestras formulaciones para evitar su ideologización.

 

  Los casos de travestismo primario infantil, anteriores al establecimiento de la represión originaria, muchas veces revelan modalidades restitutivas de aspectos fallidos en la organización del yo. Se trata de fracasos en la organización representacional del yo, que podrían ser pensados metapsicológicamente en términos de trastornos (Bleichmar, 2008).

 

  A estas formas fallidas de restitución le subyacen profundas angustias de desintegración, fragmentación y despedazamiento corporal que expresan déficits precoces en la constitución subjetiva (Blestcher, 2017).

 

 

Algunas conclusiones

 

  El desafío de nuestros tiempos está en poder incluir un marco onto-epistemológico que haga lugar a transformaciones en las subjetividades sexuadas y en los emplazamientos deseantes e identitarios que delimitan nuevas constelaciones individuales, familiares y sociales que alteran el régimen heterosexista, heteronormativo y falocéntrico, sin caer en segregaciones y patologizacionesa priori.

 

  El turbulento devenir de las infancias y adolescencias agitan siempre las aguas, arrebatando nuestras certezas e invitándonos a repensar nuestras teorías. ¿Están lxs psicoanalistas dispuestos a abandonar las teorías que sólo confirman sus prejuicios? Que los nuevos existenciarios no encajen en nuestros esquemas conceptuales, y que desafíen las categorías con las que abordamos el sufrimiento humano, no es un problema de los sujetos sino de nuestras teorías.

 

  Nuestra responsabilidad ética como analistas implica corroborar la vigencia de nuestros paradigmas y su fecundidad, con el fin de repensar la implicación de nuestra práctica en el horizonte de las lógicas colectivas que, en lugar de denunciar las formas de malestar subjetivo y social actual, refuerce las operaciones de segregación y exclusión. La metapsicología da cuenta de legalidades del funcionamiento psíquico, pero no de generalidades ahistóricas respecto a las constelaciones que posibilitan o no ese funcionamiento.

 

  La identidad de género indefectiblemente se corresponde con la creencia de los enunciados compartidos con los cuales toda sociedad establece sus premisas, por lo que sería de una gran pobreza teórica suponer que son fácilmente descartables. Debemos poder ser capaces de respetar los modos contemporáneos que han adquirido presentaciones identitarias, deseantes y de goce, sin renunciar a nuestra tarea de analítica, que nos ubica en una responsabilidad diferenciada con respecto a nuestros pacientes, y ante lo cuales debemos ser capaces de producir una evaluación que contemple la fragilidad y los riesgos de fractura psíquica que someten a los sujetos a un intenso sufrimiento psíquico.

 

 

Bibliografía

 

Almagro, F. (2009). “El estatuto de la creencia en el sujeto psíquico”. II Congreso Internacional de Investigación. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Psicología.

Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Amorrortu.

Bleichmar, S. (1993). La fundación de lo inconsciente. Destinos de pulsión, destinos del sujeto. Amorrortu.

Bleichmar, S. (1994). Temporalidad, determinación y azar. Lo reversible y lo irreversible. Paidós.

Bleichmar, S. (1999b). Clínica psicoanalítica y neogénesis. Amorrortu.

Bleichmar, S. (1999a). Entre la producción de subjetividad y la constitución del psiquismo. Revista del Ateneo Psicoanalítico, (2).

Bleichmar, S. (2016). Vergüenza, culpa, pudor. Relaciones entre la psicopatología, le ética y la sexualidad. Amorrortu.

Bleichmar, S. (2018). Paradojas de la sexualidad masculina.Paidós.

Bleichmar, S. (2019). La subjetividad en riesgo. Topía.

Blestcher, F. (2017). “La sexualidad infantil más acá del género y la sexuación: extravíos y encaminamientos de la teoría sexual”. En Sobre o infantilismo da sexualidades. Porto Alegre. Sulina.

 

 

Arte*: fotógrafa italo-fiyiana de Australia que vive en Nueva York.

https://www.womenphotograph.com/news/2018/10/13/women-talk-kisha-bari  Kisha Bari (@kishabari)

 

 


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