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La represalia es al deseo: estrategias de control a la autonomía feminista

11/05/2026- Por Camila Pereyra de la Sovera - Realizar Consulta

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El deseo constituye un terreno privilegiado de disputa política en el que se juegan las condiciones mismas de la autonomía feminista. En este marco, el activismo feminista contemporáneo nombra su lucha como revolución del deseo: una revolución que se vale de la potencia del deseo como motor y que reivindica el derecho al mismo como bastión de la autonomía feminista. Precisamente por ello, el mercado del deseo se erige como campo privilegiado de despliegue de mecanismos de control. En tanto el deseo masculino se instituye como punto de referencia, las mujeres deben renunciar a sus deseos o adecuarlos a los de los varones para no quedar excluidas del mercado. Mientras el despliegue del deseo como pilar de la autonomía feminista se traduce en prácticas de desacato, cobran forma diferentes estrategias particulares de ejercicio de la violencia ejemplificadora patriarcal como el desapego y la indiferencia sistemática masculina, que permiten a los varones perpetuar su autoridad en el campo sexoafectivo. Violencias que hacen uso de la misma potencia inherente al deseo para despotenciarlo y convertirlo en un elemento de dominación y sometimiento que contribuya a destejer la autonomía feminista.

 

                                                         “De la malicia y del odio” (1940), de Mariette Lydis*

 

 

 

 

“Es necesario reeducar al deseo. Enseñarle al deseo

a desear, a desear mejor, a desear más, y sobre todo

a desear de un modo diferente”.

 

                           Subcomandante Marcos

 

 

  Judith Butler en Vida precaria: el poder del duelo y la violencia (2006) denomina «condición precaria» a una dimensión existencial de la vida: en tanto cuerpos en sociedad, todos los seres vivos estamos expuestos a la muerte, la enfermedad o los accidentes, pero también al contacto con los otros y es eso mismo lo que nos hace dependientes y vulnerables precisamente por ser seres sociales.

 

«La condición precaria designa la dimensión de vulnerabilidad de los cuerpos compartida existencialmente», escribe Isabell Lorey (2016: 27).

 

  Esta situación existencial, material e histórica de interdependencia puede traducirse en cuidado hacia los demás o en distintos tipos de violencia. Si solo se concibe la vulnerabilidad en términos negativos y como peligro, la precarización jerarquizadora –en tanto mecanismo de poder– ocupa un lugar primordial, distinguiendo entre las vidas que deben ser preservadas y las que representan una amenaza y, por lo tanto, deben ser precarizadas.

 

  De esta forma, la condición precaria existencial se vuelve la precarización de lo otro, del no semejante, quien ha de ser rechazado y aniquilado en nombre de la protección de las demás personas. Protección de aquello de lo que nadie puede protegerlas: de la contingencia de ser seres sociales.

 

  Tamara Tenenbaum recupera esta teorización en El fin del amor. Querer y coger (2019) para pensar cómo la imprevisibilidad del deseo lo vuelve potencia subversiva pero también, y principalmente, necesario de ser dominado y controlado. Es así como se precariza y extermina la vida de aquellas personas que exhiben y develan la multiformidad del deseo en acto, habilitando otras posibles modalidades deseantes. Hay quienes visibilizan el carácter arbitrario de las normas que regulan el deseo en tanto construcciones sociohistóricas, y quienes desafían el rol que les fue asignado históricamente como objetos de deseo.

 

  El neoliberalismo intenta combatir lo que los cuerpos exponen cuando se revelan en su vulnerabilidad e interdependencia, bajo el «imperativo contradictorio» de mostrarnos autónomos mientras se destruyen socialmente las posibilidades de esa autonomía, extendiendo la precarización como condición existencial generalizada.

 

  No obstante, es también esa condición precaria la que nos lleva a componernos, a realizar alianzas colectivas, a potenciarnos en las afectaciones, tal como analiza Verónica Gago en La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo (2019). Por tanto, propone considerar la vulnerabilidad y la posibilidad de dejarse afectar como parte de la capacidad de resistencia, dejando de lado el paternalismo masculino que opone poder a vulnerabilidad.

 

  No podemos pensar los modos de subjetivación en una época y cultura determinada, es decir, la relación entre «las formas de representación que cada sociedad instituye para la conformación de sujetos aptos para desplegarse en su interior y las maneras en que cada sujeto constituye su singularidad» (Tajer, 2009: 47) sin tomar en cuenta los imaginarios sociales que los atraviesan y organizan.

 

  El patriarcado opera no solo a través de la fuerza represiva y de los discursos del orden, sino también a través de prácticas extradiscursivas que moldean los deseos, sueños y aspiraciones (Tenenbaum, 2019).

 

  Eva Illouz (2012) llama «mercado del deseo» al modo en que las relaciones sexoafectivas que imperan hoy en día –y que parecen tan libres e individuales– responden en realidad a la lógica del mercado. El concepto permite pensar hasta qué punto el modo en que tratamos un intercambio mercantil puede servir también para entender los encuentros eróticos; y mostrar que, detrás del aparente caos en torno a las relaciones sexoafectivas, tal vez no haya un orden –ya que en parte la característica más destacable de nuestra época, según la autora, es el desorden–, pero sí fuerzas operantes, asimetrías y dinámicas que se repiten.

 

  Siguiendo a la autora, la competencia sexual generalizada transforma la estructura misma del deseo, que asume las propiedades del intercambio económico y comienza a regularse según las leyes de la oferta y la demanda; la cual, al igual que en el mercado de bienes y servicios, está inclinada de forma clara en una dirección.

 

  Las lógicas de este mercado sexoafectivo promueven que los encuentros sean tratados como transacciones, donde los vínculos no necesitan ser construidos con esfuerzos prolongados, sino que de ellos se espera una satisfacción inmediata. Esta dinámica, si bien atraviesa las relaciones de manera general, dentro del ámbito sexoafectivo cobra cierta marca de género particular.

 

  La masculinidad, entendida como una mezcla particular de autonomía, autoridad y solidaridad intragénero, hoy se ejerce predominantemente en el ámbito sexual y, principalmente, mediante un tipo particular de violencia que es la indiferencia, según Illouz (2012). Los varones transfirieron a la sexualidad y a las relaciones sexoafectivas el control que tuvieron antes en el hogar.

 

  Esta estrategia masculina dentro del mercado sexoafectivo produce efectos en los modos de subjetivación femeninos –entre otros–:

 

«Entendimos que ser mujeres modernas y autoafirmadas implica dejar de estar pendientes de los varones, pero de una forma bastante curiosa» (Tenenbaum, 2019: 91).

 

  En el contexto actual las mujeres asocian «no estar pendientes de los varones» a no sentirse interpeladas por el modo en que son tratadas y no demandar nada que los varones no ofrezcan. Es decir, amoldarse a los deseos masculinos sin pedir de más ni dar de menos.

 

  En un contexto signado por el neoliberalismo, la precariedad y la fragilización de los vínculos, puede parecer que la autonomía tendría que ver con valerse por una misma o no esperar nada de los demás, pero por el contrario, una ética de la autonomía no implica negar los lazos de dependencia sino más bien…

 

«lograr una consciencia lúcida acerca de cuán dependientes somos para poder crecer rompiendo con las dependencias que nos vuelven sumisos, hacia una actitud de creciente liberación» (Rebellato, 1997: 100).

 

  En muchos casos los cuerpos feminizados y disidencias no se limitan a amoldarse a los mandatos que se imponen a sus deseos y subjetividades o a adecuar sus deseos a los deseos masculinos y a los poderes; no se limitan a ocupar el histórico lugar de objetos de deseo, sino que se habilitan a desear –de forma diversa, múltiple y rizomática–, ejercen su capacidad de sujetos deseantes, aun cuando la mayoría de las veces no sea legitimada por los demás.

 

  Ante ese deseo de autonomía de los cuerpos feminizados y disidencias, ante esa potencia feminista, aparece la impotencia masculina que encuentra el camino de la represalia y el control como instrumentos para intentar recuperar su lugar histórico de dominación y privilegios.

 

  Se castiga de diferentes formas: violencia machista tradicional, violencia machista exacerbada y nuevos mecanismos de violencia y control más pasivos e invisibles. Violencias –como la indiferencia y el desapego– que hacen uso de la misma potencia inherente al deseo, para despotenciarlo y convertirlo en un elemento de dominación y doblegamiento que contribuya a debilitar la autonomía feminista.

 

  También ciertas violencias que no pueden caracterizarse como íntimas, que son dinámicas de violencia «ejemplificadoras», «moralizantes » (Segato, 2017), ante el desacato a la ley patriarcal.

 

  En sociedades en las que los varones fueron subjetivados para mostrar virilidad, potencia y, sobre todo, para mostrarse «hiperdeseantes hasta la violencia» (Tenenbaum, 2019), esa otredad –históricamente desigualada– los interpela con su deseo, produciendo una impotencia y un no saber hacer. Aparece la inhibición, el miedo, la pérdida de privilegios y coordenadas que en muchos casos lleva a diferentes formas de maltrato.

 

  En muchos varones los mecanismos de poder producen ciertas masculinidades que solo reconocen como semejantes a otras masculinidades, mientras que los cuerpos feminizados y disidencias quedan excluidos del campo del semejante por lo que no merecen ni reciben los mismos recaudos éticos. Ante el deseo de cuerpos feminizados y disidencias aparece la violencia machista como forma de venganza, la violación cruenta, el femicidio cada vez más brutal y feroz, tal como plantea Peker en Putita golosa. Por un feminismo del goce (2018).

 

  Una cultura donde no hay reconocimiento del deseo de mujeres abre el camino para que los varones puedan tomar todo lo que está a su disposición y no solo que puedan, sino que deban, siguiendo el mandato de la violación (Tenenbaum, 2019: 170). «La represalia es al deseo». De este modo, la revolución feminista constituye una revolución del deseo que «se opone al abuso, al acoso y a la violencia» (Peker, 2018: 12-14).

 

  El feminismo como un movimiento que trabaja desde los afectos, las pasiones y los placeres, abre el campo del deseo, las relaciones amorosas, el erotismo compañero, la libertad de exploración y elección, el ritual, la fiesta, el goce, el disfrute colectivo y la algarabía como formas de resistencia y contrapoder.

 

  Es una revolución que se vale de razones, cuerpos y luchas apasionadas, donde el contagio de pasiones alegres en los encuentros y en las composiciones produce un aumento de la potencia tanto colectiva como individual y, por consiguiente, de la posibilidad de obrar –desde un linaje spinoziano–.

La potencia feminista refiere al despliegue de un contrapoder…

 

«que es invención común contra la expropiación, disfrute colectivo contra la privatización y ampliación de lo que deseamos como posible aquí y ahora» (Gago, 2019: 14).

 

  Aquella no es el opuesto a la potencia o virilidad masculina que se impone como mandato en la sociedad patriarcal. La potencia feminista parte de un no saber que se expresa en acto colectivo donde se construye potencia en el encuentro.

La revolución del deseo se vale, por tanto, de la potencia productiva y colectiva del deseo como motor que no cesa de trabajar la historia habilitando nuevas modalidades deseantes.

 

  Así pues, visibilizar el carácter arbitrario de las normas que regulan el deseo en tanto construcciones sociohistóricas y reivindicar los deseos deslegitimados, reprimidos y violentados históricamente se vuelve política de resistencia y contrapoder.

 

 

Bibliografía

 

- Gago, Verónica (2019). La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo, Buenos Aires, Tinta Limón.

- Illouz, Eva (2012). Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, Buenos Aires, Katz Editores.

- Lorey, Isabell (2016). Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, Madrid, Traficantes de Sueños.

- Peker, Luciana (2018). Putita golosa. Por un feminismo del goce, Buenos Aires, Galerna.

- Rebellato, José Luis y Giménez, Luis (1997). Ética de la autonomía, Montevideo, Roca Viva.

- Segato, Rita (2017). «La violación es un acto de moralización por desacato a la Ley patriarcal», en La tinta periodismo [en línea].

- Tajer, Débora (2009). Heridos corazones. Vulnerabilidad coronaria en varones y mujeres, Buenos Aires, Paidós.

- Tenenbaum, Tamara (2019). El fin del amor. Querer y coger, Buenos Aires, Ariel.

 

 

Nota: El presente texto es una versión abreviada de: Pereyra de la Sovera, Camila (2026). “La represalia es al deseo: estrategias de control a la autonomía feminista”. En Bazaine, Victoria y Sotelo, Xiana (eds.), Rostros del feminismo. Voces, pensamiento y manifestaciones de resistencia, Madrid, Guillermo Escolar.

 

 

Arte*: Óleo sobre tela.

Mariette Lydis (Viena 1887 – Buenos Aires 1970). Pintora, ilustradora y grabadora. Recibió fuertes influencias del Expresionismo y el Simbolismo, que se caracterizan por su enfoque en las emociones y la representación simbólica de la realidad. Esta influencia se refleja claramente en la presente obra “De la malicia y del odio”.


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