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Lo personal es político: El campo psicoanalítico interpelado ante las violencias machistas29/03/2023- Por Verónica Cardozo y Jésica Ramírez - Realizar Consulta
Nuestro trabajo partirá de realizar una intersección entre el feminismo, los estudios de género y el psicoanálisis en relación a las violencias de género, en particular con relación al campo de las violencias sexuales. Se pondrá en cuestión el postulado de que le psicoanalista en el espacio del análisis es neutral. Pondremos en tensión la pretensión de posiciones neutrales, ahistóricas, abstraídas del contexto socio histórico y cultural en cual se ejercen las prácticas. Desde allí interpelaremos el concepto de responsabilidad subjetiva que pesa sobre le analizante para proponer esta vez una inversión: en lo atinente a las violencias sexuales tanto las narradas por les analizantes como las ejercidas por les mismes analistas, no pediremos a le analizante que se responsabilice subjetivamente y de cuenta de su implicancia en lo dicho, sino que apelaremos a que como analistas nos responsabilicemos de nuestra práctica dando cuenta ética y políticamente de la misma.
Cristóbal Colón. Estatua derribada en Minnesota, EE.UU. (2020)*
Decimos “Lo personal es político” y ello se erige en cimiento sobre el cual consideramos es pertinente y menester interpelar nuestra teoría e interpelarnos como psicoanalistas. La idea aquí, tal como muches autores vienen ya postulando, es poner en cuestión el concepto de neutralidad en el campo del ejercicio clínico-teórico del psicoanálisis enunciando que detrás de ello se esconde de forma no ingenua una posición tomada pero invisibilizada para les analistes.
Consideramos que es imposible habitar una posición absolutamente neutral, si por ello se entiende una especie de estadio espiritual o la desimplicación del profesional en su acto. La supuesta neutralidad en la clínica psicoanalítica, refuerza una posición patriarcal que invisibiliza las violencias convirtiéndose en sostén fundamental de la cisheteronorma bajo el disfraz de una terapéutica.
Dicha posición tal como ha sido señalada por múltiples autoras (Luce Irigaray, Ana María Fernández, Irene Meler, entre otras) esconde una lógica falogocéntrica, donde el sujeto es asimilado al varón y donde la mujer es el objeto, lo otro, el continente negro nunca comprendido y siempre subordinado. Así las cosas, la subalternidad otorgada a la mujer encuentra justificación teórica en la diferencia sexual anatómica.
Hablar de violencias machistas en el campo del psicoanálisis hegemónico es imperativo. Consta que en los consultorios de muches, las violencias patriarcales se dicen, se gritan, pero también se silencian, trauman, se reprimen, se reniegan… se acallan.
La preocupación aquí es ética, política y técnica. Cabe preguntarnos ¿cómo hacer lugar a aquello que quien ejerce la práctica no puede ver/ significar/ escuchar tomado por su neutralidad anhelada? Los hechos que en un contexto patriarcal son propios y esperables adquieren una significación distinta cuando hacemos lugar a la interpelación quitando el velo de la neutralidad analítica que así se revela constituyendo y reproduciendo violencias desde el dispositivo.
La constitución subjetiva y el proceso de generización no se producen en un marco abstracto, puro, sino que la construcción de las representaciones que nos conforman y determinan están imbricadas en el universo simbólico que nos aloja, que para esta sociedad occidentalizada es patriarcal y cisheteronormativo. Nos constituimos y tratamos con representaciones simbólicas insertas dentro de un imaginario hegemónico que las produce y las reproduce tornándolas eficaces, naturales, funcionales y respetadas.
¿Podemos entonces obviar que las sucesivas identificaciones que conforman la identidad subjetiva son creadas o forzadas por el propio simbólico en el que se constituyen? ¿Podemos obviar que este modo particular de expresarse lo simbólico en juego, el Patriarcado, responde a un tiempo y un lugar determinados, que está asociado a una sociedad y cultura específicas, a un contexto socio-político-cultural-económico donde el género se ofrece como un sistema de poder estratificado jerárquicamente? Se puede sí, siempre que se haga uso de la función de “neutralidad” en el análisis, pero sepamos que la misma oculta que en modo dominante y naturalizado, lo que está en juego es el punto de vista de los varones devenido estructura.
La epistemología de la diferencia sexual sustancializada deviene ontología, naturaleza, estructura para todo tiempo y espacio. El psicoanálisis contribuye así activamente a la naturalización de “una” perspectiva, como instancia objetiva, universal y natural. Así subyace a toda teorización psicoanalítica tradicional un punto de vista patriarcal, androcéntrico cistheteronormativo y falogocéntrico. La dominación masculina se naturaliza bajo la forma de un estándar objetivo, legitimándose, y volviéndose invisible.
Desde hace tiempo los feminismos y los estudios de género, los estudios lesbianos y gays han interpelado al psicoanálisis entre otras cosas en su ambición de neutralidad, pero el psicoanálisis y los psicoanalistas amparados en su hegemonía poderosa no acuden al llamado y/ o aún más sostienen de modo reaccionario el no verse interpelades.
Así el campo psicoanalítico en su vasta mayoría (ubicamos allí al que denominamos psicoanálisis “hegemónico” que es el que detenta a su vez el poderío académico e institucional) colabora y se torna cómplice en consecuencia con la perpetuación de esta dominación masculina invisible por naturalizada. Es momento, tal como propuso Paul Preciado en su presentación en la Escuela de La Causa Freudiana, de preguntarse si el psicoanálisis que Edipo y neutralidad mediante ha funcionado reproduciendo el sistema patriarcal, se digna de una vez a “salir del closet de la norma”.
En este camino no podemos dejar de poner en cuestión, o al menos invitarnos a ejercer una reflexión al respecto de los constructos fundamentales del psicoanálisis. ¿Podemos seguir ubicando al Edipo en los mismos términos que vinimos hasta aquí considerando? ¿Seguiremos ignorando el familiarismo edípico que vía interpretaciones inoculamos en el consultorio y las subjetividades?
Pensado en esos términos, el Edipo se erige como la máquina reproductora y garante de las instituciones del psicoanálisis: el hombre, la mujer, el niño, la niña, la cishetero sexualidad. Se llega a ellos habiendo completado el camino ideal y esperable, de no hacerlo, de detentar la máquina una avería, deviene el desvío. La máquina normativa en un mismo movimiento produce entonces la neurosis como normalidad y determina a su vez lo abyecto, sus desvíos: personas con identidades diversas, trans, travestis, transexuales, no binaries, psicóticos, perversos, niñeces trans, goce femenino masoquista, lesbianismo o complejo de masculinidad, homosexualidad, frigidez, etc.
El sistema cisheteropatriarcal y falocéntrico ha convertido una de las miradas desde donde se construyen significaciones sociales en estructura legítima y dominante, ocultando lo que de socio histórico, cultural y político detenta. Considerar que el psicoanálisis ha sido impermeable a este contexto detrás de una proclama que enuncia que lo social no es atinente a su campo, es una afirmación que le ha permitido considerarse neutral respecto del sistema sexo género y así encubrir la realidad del género como un sistema de jerarquías sociales y subordinaciones producto de la desigualdad binaria de poder.
La neutralidad y “asepsia” que el psicoanálisis y el psicoanalista pretenden mantener respecto del sistema de género y sus efectos de violencias, sostienen el estándar falocéntrico androcentrista. De esta manera no sólo se invisibiliza la jerarquía y desigualdad entre los géneros sino que se lee como causa aquello que es efecto, escritura, producto de la diferencia desigualada. Es decir, se ubica la diferencia de los sexos como causa de las consecuencias psíquicas en lugar de lo que ya nos advirtiera Rita Segato (2017), que el género y la raza no son más que la atribución de biología a una desigualdad, o en definitiva, que la desigualdad se escribe en términos de biología y que ello no es sin consecuencias.
Cuanto más el psicoanálisis se niega a su interpelación, cuanto más se propone neutral frente al sistema de género, más ciego se vuelve a su protagonismo en la reproducción del sistema patriarcal, al punto de vista masculino como paradigma de lo humano y más resistente e impermeable a cualquier cuestionamiento que lo descomplete en su cosmovisión.
Es momento de insistir en sostener como muches venimos haciendo, que el analista está situado/a social y culturalmente y que por tanto la pretendida neutralidad es también una posición ideológica y política. En sociedades donde el poder se organiza jerárquicamente entre los géneros no hay posibilidad de una perspectiva que se diga desinteresada y neutral, desconectada del contexto socio histórico y cultural donde se desarrollan las relaciones y sin embargo así se ejerce la práctica.
Si la práctica se ejerce desde allí nos convertimos en agentes de reproducción de la norma /poder imperante poniendo en funcionamiento el dispositivo de normativización una y otra vez en las intervenciones. Esta normativización a su vez deviene patologización del “desvío” y productora de sufrimiento para quienes consultan. A esta altura, no cabe dudas que un psicoanálisis idealizante de la posición neutral ante el sistema sexo/género es productor de sufrimiento: de ese que es inherente a la jerarquización y la dominación patriarcal vehiculizada como “la perspectiva” estándar.
El psicoanálisis en su creación ha recogido y plasmado en sus constructos teóricos, en sus instituciones, una interpretación de la constitución de subjetividades y del psiquismo pero para un tiempo y lugar, donde la dominación masculina se tradujo en primacía del falo. Hasta el momento el sujeto del psicoanálisis ha sido aportado desde el punto de vista del hombre, y sus otros: el otro del sujeto, el otro del UNO, han sido privados en tanto subalternos de la palabra (la mujer, lo femenino, las disidencias sexo genéricas). La pregunta que insiste es entonces tal como se ha planteado en otro campo ¿Podrá hablar el subalterno? (Spivak, 2011)
Es necesario decir que la pretendida neutralidad analítica suele ampararse en lo que se ha descripto como posición del muerto en la Dirección de la Cura de Lacan. Lo que allí se enuncia es que lo que no puede estar en juego son los sentimientos del analista en la conducción del análisis, que es necesario que la práctica clínica se abstenga de imprimir sobre el sujeto en análisis sus valores, sus prejuicios, su punto de vista ideológico.
Distinto es lo que aquí planteamos: que so pretexto de no poner en juego sus valores, el analista no puede dejar de advertir los modos de subjetivación que lo constituyen y que el único modo de poder hacer con ello es reconociendo que siempre su escucha se encuentra atravesada por lo socio histórico cultural generizado, la clase, la raza y otras instituciones que lo atraviesan, es decir inherentemente interseccionado. Y que es allí donde su práctica se inscribe.
Es así como la neutralidad amada y entronizada ha actuado inhibiendo al analista en sus intervenciones, invisibilizando las asimetrías de poder del sistema de género y sus consecuencias en las constitución de subjetividades de quienes consultan así como ha impedido leer los síntomas como el lugar privilegiado donde el sujeto dice finalmente, donde el sujeto resiste e insiste en no subalternizarse, desde donde el sujeto grita su verdad. La dimensión política del síntoma ha quedado olvidada tras una dimensión psicopatológica de aspiraciones clasificatorias más afines al poder médico decimonónico que a la novedad freudiana que inaugura nuestra práctica.
La verdad subalterna habla en el síntoma, porque el subalterno también puede hablar aunque desde el diván se lo intente acallar bajo la excusa de una supuesta suspensión de saberes del analista, que lo único que deja suspendido allí es la toma de posición ante la desigualdad y las violencias.
Así lo expuesto, es de interés poner en cuestión que la respuesta analítica ante situaciones que claramente se encuentran en el campo de las denominadas violencias patriarcales ha sido la de responsabilizar al sujeto por aquel “desorden que trae”. Opera allí la repetida “responsabilidad subjetiva” que condiciona a las subjetividades a dar cuenta, a hacerse cargo de aquello por lo que padece. Estas prácticas en general y ante las violencias en particular tienen consecuencias devastadoras para quienes consultan. Producen así posiciones melancolizadas, superyoicas, en les consultantes, creando paradójicamente la enfermedad que se prestan a curar.
Aun cuando la violencia relatada, es del campo de las violencias sexuales escuchamos repetidamente como les analistas no solo no invitan a denunciar, a interpelar al otro, y a poner en función la terceridad de apelación sino que abruman a dichas víctimas relativizando sus discursos y patologizándolos fundamentalmente detrás de una posición histérica. En términos patriarcales la respuesta al relato es apelar a la pregunta por: “¿qué hizo Ud. para que eso le suceda?”, lo que no hace más que reproducir la manipulación y estrategia de los propios abusadores, no soy yo “mira (vos) como me pones”.
Proponemos esta vez una inversión: en lo atinente a las violencias machistas y en particular con relación a las violencias sexuales, tanto las narradas por les analizantes como las ejercidas por les mismes analistas, no pediremos a aquel que se responsabilice subjetivamente y de cuenta de su implicancia en lo dicho ni en el “desorden del que se queja”, sino que apelaremos a que como analistas nos responsabilicemos de nuestra práctica dando cuenta ética y políticamente de la misma.
La responsabilidad que nos concierne no es entonces la del paciente, sino la propia, la del analista, quien debe interpelarse y reconocer desde donde escucha, interviene e incluso sostiene su teoría y práctica. Debe además asumir su posición ciudadana inserta en un contexto en el cual los asuntos no se vuelven a resolver en el contexto de las “privadas cuatro paredes”, aun cuando estas sean las del consultorio. La privacidad y el secreto son justamente las principales estrategias de las que se sirven dichas violencias para perpetuarse, por tanto si quien pide ayuda vuelve a verse enfrentada a los mismos recursos, lo que resulta es del orden de una revictimización y una nueva situación de posible orden traumático.
La invitación entonces es a ponernos a los, las, les analistas en el banquillo y a dar cuenta desde donde se interviene en la clínica, poniendo en tensión la pretensión de posiciones neutrales, ahistóricas, abstraídas del contexto socio histórico y cultural en cual se ejercen las prácticas ya que toda escucha y todo psicoanálisis siempre es político.
Bibliografía
Freud, S. (1925) “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”, en OC, Tomo 19. Amorrortu Editores.
Irigaray, L. (1992) Yo, tu, nosotras, Madrid: Cátedra editorial.
Lacan, J, (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder” Escritos II, Ed. Siglo XXI.
Segato, R. (2017) Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Ed. Prometeo.
Spivak, G.Ch., (2011) ¿Puede hablar el subalterno? 1ra ed. Buenos Aires: El cuenco de Plata.
Imagen*: https://cooperativa.cl/noticias/mundo/ee-uu/manifestantes-derribaron-estatua-de-cristobal-colon-en-minnesota/2020-06-10/192639.html
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