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Los coletazos del patriarcado: contramovimientos y resistencias frente a profesionales que trabajan con la problemática del abuso sexual

07/10/2020- Por Romina V. De Lorenzo - Realizar Consulta

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El presente trabajo pretende ‒desde una lectura psicoanalítica con perspectiva de género‒ abordar el fenómeno del Backlash que se produce en el colectivo de profesionales que trabajan con la problemática del abuso sexual, rastrear sus raíces, el contexto actual a nivel de sociedad e instituciones, sus efectos en el ejercicio profesional y los recursos con los cuales se cuenta para poder hacer primar el interés superior de las infancias sin que ello implique vivenciar violencias del sistema opresor con el cual se está luchando constantemente.

 

                     *

 

 

Backlash o los coletazos del patriarcado

 

  Resulta pertinente comenzar enunciando el contexto en el cual se hace visible dicha problemática para, a posteriori, lograr el análisis propuesto ut supra. Uno de los disparadores iniciales del presente trabajo ‒quizás el más inesperado‒ tuvo que ver con lo emergente en un estudio comparativo que se realiza en Barcelona y en Santa Fe (Argentina), a los fines de identificar las particularidades del acceso a la justicia de niñas y niños víctimas de abuso sexual. (De Lorenzo, 2019).

 

  En dicha oportunidad se entrevistó a 17 profesionales que trabajaban en ambas ciudades con la problemática del abuso, situación en la cual comienza aparecer una preocupación vinculada con cierto temor respecto de las repercusiones que podrían darse si se visibilizaban las identidades de las/os entrevistadas/os.

 

  En aquella ocasión, un/a colega indicaba “Hay mucho miedo, a veces no se actúa también por eso”, por lo cual ‒a los fines de garantizar el cuidado‒ se sostuvo en el anonimato a los/as participantes del estudio.

 

  Esto nos lleva a preguntarnos ¿Qué origen tenía ese miedo a enunciar los obstáculos de las prácticas vinculadas a la asistencia y atención a niñas/os y adolescentes víctimas de abusos? Allí fue cuando nos encontramos con la realidad del fenómeno del Backlash en primera persona.

 

  La Federación de Psicólogos/as de la República Argentina (FePRA), se ha manifestado puntualmente en dos ocasiones (2014, 2019) repudiando estas estrategias de violencias contra los/as profesionales, advirtiendo de sus efectos para con la comunidad, las/os usuarios/as y la profesión.

 

  Sostenemos que es importante poder responder a la pregunta enunciada no sólo desde lo estrictamente propio de nuestro campo psicoanalítico, sino transversalizando en dicho trabajo, la perspectiva de género, de modo que ponga en contexto la problemática y las prácticas que se pretenden trabajar.

 

  Por ello, se plantea al Backlash como parte de “los coletazos del patriarcado” en el sentido de que es una tendencia social que busca legitimar ciertas violencias contra diferentes colectivos que buscan visibilizar, denunciar y enunciar la problemática de las violencias y ‒puntualmente en lo que nos atañe‒ del abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes.

 

  Es una respuesta a todo el marco de DDHH que se viene promoviendo con colegas de diversas disciplinas en la atención integral de las infancias y personas en situación de vulneración. Respuesta que, a veces disfrazada de “pseudo teoría”[1] (como es el caso de lo planteado por Gardner respecto del denominado Síndrome de Alienación Parental o SAP) y otras veces sin tantas mascaradas, busca desacreditar a las víctimas de las violencias y ‒por consiguiente- a todas/os aquellas personas que trabajan con las mismas.

 

  Más puntualmente en el campo que nos interesa reflexionar, “… la relación entre backlash y abuso sexual infantil emerge cuando empieza a evidenciarse que este tipo de maltrato no solo se daba en sectores pobres o populares” (Pauluzzi, 2007, p. 113).

 

  De este modo, comienzan a desestimarse informes psicológicos, sociales, intervenciones profesionales de diversas disciplinas, argumentando equivocaciones, manipulaciones, intereses personales o falsedad ideológica tanto de las/os profesionales como de aquellas personas que acompañan a las víctimas (principalmente estigmatizando el rol de madres y/o tutores que llevan adelante las denuncias y subsiguientes instancias). En muchos casos se han producido  persecuciones de profesionales, bajo diferentes modalidades y en diversos ámbitos.

 

  Como anticipan Calmels y Santángelo (2013) lo peligroso de este coletazo reaccionario tiene que ver con que “...tienden a producir un retroceso en los derechos de la infancia, afectando los procesos de develamiento mencionados y produciendo un fuerte impacto en los profesionales que asisten estos casos” (p. 24).

 

 

Sus raíces

 

  Aún hoy la problemática del abuso sexual contra niñas/os y adolescentes cristaliza todo aquello que las sociedades se niegan a reconocer: que sus abusadores son producto de las sociedades patriarcales, que deciden sobre los cuerpos y psiquismos de otras/os como si se trataran de objetos de consumo/propiedad, autorizados por un sistema que avala en su silencio por no estar dispuesto a dejar caer al “pater” y al modelo hegemónico de familia nuclear tradicional (Giberti, 2014).

 

  Más aún, puntualmente el incesto “... es un imposible simbólico, pues produce tres situaciones imposibles de soportar: la presencia descarnada de la sexualidad, la eclosión de la familia como institución social ‒por el abuso que de ella hace el incesto‒ y el estallido de la estructura de parentesco como sistema nominativo por la adherencia que éste tiene a una de sus formas posibles, la familia moderna (...) resulta un imposible (...) por perpetrar una transgresión a los límites que ordenan nuestro universo simbólico” (Calmels, 2001, p. 51)

 

  En esta línea, esta explosión o desintegración de los nombres parentales que plantea la autora (Calmels, 2001) “... no ocurre solamente en los protagonistas del acto sexual, sino también en quienes nos enfrentamos al incesto como figura real, existente en nuestra cultura” (p. 53).

 

  Trabajar estas situaciones transversalizando los estudios de género, nos da un plus de comprensión en torno a la raíz de una problemática que ‒de otro modo‒ nos resulta incomprensible. Aún cuando pareciera que el objeto es atentar en términos personales/profesionales contra prácticas concretas, es decir, aún cuando se impugnen nuestros planteos, categorías de trabajo, informes e intervenciones, así como cuando se cuestionan los relatos de niñas/os y adolescentes que han sido víctimas, el trasfondo que siempre está en juego son las relaciones de poder/saber en un nivel macro social.

 

  Esto permite comprender mejor el escenario que se nos presenta y habilita un abordaje distinto de aquellas situaciones en que -aún presentando todo un marco de trabajo profesional, científico y ético, con pruebas contundentes y sólidamente fundamentadas- no pareciera alcanzar para la visibilización de la problemática de los abusos. 

 

  En suma, consideramos que advierte acerca de dónde poner el foco, y en qué lugares/discusiones evitar caer, en el sentido de que por más tecnocracia que se nos exija, de trasfondo circula una ideología con sesgos patriarcales muy fuertes que ‒siendo interpelada‒ genera estos movimientos reactivos.

 

  Por último, conviene estar advertidas/os de que el sistema patriarcal que se denuncia cada vez que se visibiliza la problemática del abuso contra niñas/os y adolescentes, nos atraviesa también a todas/os las/os profesionales que trabajamos con la problemática. A fin de cuenta, las instituciones deben sus movimientos instituidos/instituyentes a las/os trabajadores que forman parte de ellas, a los movimientos sociales y a las sociedades que las alojan.

 

 

Efectos en las instituciones y en nuestras prácticas

 

  En el campo institucional que trabaja con la problemática de los abusos, muchas de las intervenciones se sostienen en un doble estándar respecto de las víctimas. Es decir se plantean ciertos cuestionamientos para aquellas víctimas de “delitos sexuales” que difieren notoriamente de aquellos que se dan en las actuaciones con víctimas de “delitos contra la propiedad” y resultan altamente discriminatorios y violentos (Rozanski, 2003). Insisto en que es violento porque les hacemos saber a las víctimas todo el marco normativo que las protege pero, luego no lo podemos garantizar.

 

  En el campo profesional, el efecto más notorio puede rastrearse en la producción de desgaste, burnout o desimplicación de las prácticas respecto de las infancias. En cada caso, dependerá del histórico vivencial de cada profesional; pero sin dudas podríamos generalizar diciendo que se tratan de efectos indeseados para profesionales que se ubican en lugares de compromiso con las infancias y adolescencias con las que trabajan.

 

  Es pertinente esclarecer que nos encontramos con un sistema socio-cultural de gran complejidad que atraviesa muchas de las instituciones en las que transitan las infancias y adolescencias para ser asistidas, asesoradas o restituidas en sus derechos vulnerados. Sistema que –como aclara Rozanski (2003)– se pone en acto a través de prácticas de profesionales, empleadas/os, operadores que sostienen una ideología que aún no se han permitido interpelar a partir de las realidades con las que cotidianamente trabajan.

 

  Por otro lado, ello conlleva a otro efecto absolutamente necesario de destacar: la revictimización de niñas/os y adolescentes víctimas de abusos que quedan entrampadas/os en sistemas e instituciones que trabajan desarticuladamente, con profesionales que muchas veces se sienten desbordadas/os y sin recursos para garantizar la restitución de sus derechos. Así, “... a los daños ya sufridos hasta la develación, se suman los que derivan de una intervención meramente circunstancial, no articulada y generalmente revictimizante”. (Rozansky, 2003, p. 110)

 

  En este sentido, más allá de ser concientes de los obstáculos institucionales y de ciertos organismos que aún sostienen la hegemonía patriarcal, resulta absolutamente enriquecedor poder visibilizar y poner a trabajar los propios impedimentos de quienes ya nos posicionamos buscando garantizar los DDHH de niñas/os y adolescentes con las/os que trabajamos –siendo este nuestro objetivo primario (Rozanski, 2003)‒ ... pues “... todos padecemos el entrecruzamiento de haber sido cocidos en el caldo de una cultura patriarcal que llama a la indulgencia en la mirada sobre algunos delitos que padecen mujeres, niñas y niños” (Garaventa, 2019, p. 145).

 

  Podríamos pensar que ciertos discursos hegemónicos machistas nos interpelan porque puede que hagan eco con supuestos, estereotipos y/o prejuicios propios, que han sido construidos en el mismo sistema que estamos denunciando e interpelando constantemente. Aún cuando ya tenemos cierta formación, trayectoria y compromiso con estas problemáticas, sigue siendo necesaria la revisión permanente de nuestros supuestos, estereotipos y roles de género para no caer en sus trampas.

 

 

  Concluyendo en torno a recursos posibles

 

  Trabajamos desde la trinchera, buscando garantizar los DDHH a niñas/os y adolescentes, en un campo vinculado a lo traumático, con una de las vulneraciones más crueles del patriarcado, oscilando continuamente entre la indignación y la esperanza (Toporosi, 2018) y poniendo palabras, pero también el cuerpo. Esto en un contexto de sobre-exposición, cuestionamiento constante de nuestro quehacer, micro violencias y deslegitimaciones; inevitablemente tenderá a producir desgaste en las/os trabajadoras/es.

 

  Todo lo enunciado puede rastrearse en aquellos casos en donde “... profesionales de larga trayectoria en el tema ya no toman casos de abuso sexual, del mismo modo que muchos servicios de salud se resisten a atender casos de este tipo” (Calmels y Santángelo, 2013, p. 25).

 

  ¿Cómo sostenernos, entonces, frente a estos “molinos de viento”? Calvi (2017) indicará que “... es necesaria una capacitación de todos los operadores judiciales tanto en perspectiva de género como en asistencia a víctimas (pág. 4). Poder pensar la problemática con perspectiva de género no sólo nos trae luz en la comprensión de la misma y las herramientas a poner en juego, sino que también debería de ayudarnos a interpelarnos como sujetos pertenecientes a la sociedad que sostiene dichos delitos.

 

  Obviamente que ello implica movimientos y esfuerzos personales que cada profesional hará a sus tiempos y en sus modalidades, pero debe asumirse como compromiso colectivo, para que las formaciones/especializaciones no queden en meros enunciados y se traduzcan en reales buenas prácticas.

 

  Más aún, contar con dicha perspectiva nos permite acercarnos a una posición ética que implica reconocer el sufrimiento en el semejante ‒categoría que debemos recuperar luego de años de neoliberalismo despótico‒ pero también implica reconocer nuestros aciertos y nuestras falencias en lo institucional, en lo vincular y en nuestro corpus teórico para ponerlo en juego sin forzar a que las problemáticas y sus sujetos se “ajusten” a teorías que quedaron anquilosadas que sostienen estereotipos de niñeces y adolescencias.

 

  Todo ello, en un intercambio indisciplinar que busque responder a la complejidad de la problemática, que genere sinergias para la construcción de recursos que garanticen un marco de DDHH, un real sostén y acompañamiento a las/os profesionales y ‒en definitiva‒ garantice a niñas, niños y adolescentes el acceso a sus derechos sin violencias institucionales.

 

  Asumir algo que durante años ha sido dejado al margen: nuestro ejercicio es político, que decidamos no pensarlo y trabajarlo es también una posición por la que deberemos responder porque no deja de producir efectos. Más aún, “... nuestro trabajo sobre la subjetividad, es hoy un campo fundamental de resistencia frente a los procesos traumáticos des-subjetivantes” (Calvi, 2018, p. 7) que se han producido durante los últimos años.

 

  En el caso a caso nos queda la gran tarea de “... recuperar la ternura como base del sujeto social, hoy aturdido, banalizado, neutralizado en su capacidad creativa y en su capacidad de transformar una realidad desoladora (Calvi, 2018, p. 1). Poder alojar, contener, dar escucha a las vulneraciones sufridas, puede cortar la cadena de violencias sufridas y garantizar el inicio de procesos restitutivos.

 

 

Imagen*:https://www.elmundo.com/noticia/Este-19-de-noviembre-se-conmemora-Dia-Mundial-contra-el-Abuso-Infantil/362953

 

 

Bibliografía

 

-Calmels, J. (2001) “El incesto como imposible simbólico”. Versión corregida y abreviada de “El incesto como estallido del nombre”. En Marcelo Perdia (comp.) Ensayo y subjetividad. Buenos Aires, Lugar.

-Calmels, J; Santangelo, M.V. (2013) “El discurso judicial ante el incesto: niñas y niños objeto de abuso sexual incestuoso en la ciudad autónoma de Buenos Aires. Un estudio sobre los discursos producidos en los tribunales de familia ante las denuncias de abuso sexual infantil incestuoso”. Informe Final de Investigación.  UCES, Bs As.

-Calvi, B (2017) “Las mascaradas del sistema judicial frente al abuso contra niños y niñas”. Publicado en el portal El Sigma. Recuperado en https://www.elsigma.com/psicoanalisis-ley/las-mascaradas-del-sistema-judicial-frente-al- abuso-sexual-contra-ninos-y-ninas/13217

-Calvi, B. (2018). “El impacto subjetivo de las situaciones extremas”. Revista Crítica. Año III N.o IV, pp. 17-23.

-De Lorenzo, R (2019) “Infancias que interpelan: abusos/violencias sexuales y acceso a la justicia”. Informe de Investigación de Estancia corta, UAB. Barcelona, España.

-Garaventa, J. (2019) “Todo está guardado en la memoria. La evidencia y credibilidad en la evaluación testimonial en Cámara Gesell”. En Cao Gené, M. (comp.) (2019) Abuso sexual en la infancia. Abordaje desde el dispositivo en Cámara Gesell. Buenos Aires, Editorial Li-Bros.

-Giberti, E. (2014) Incesto paterno/filial. Una visión desde el género. Buenos Aires, Editorial Noveduc.

-Pauluzzi, L. (2007). “El Backlash, el síndrome de alienación parental y la co- construcción”. En Cuadernos Mujer Salud 1. Santiago, Chile: Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe.

-Rozanski, C (2003) Abuso sexual infantil, ¿Denunciar o silenciar?. Buenos Aires, Ediciones B Argentina S.A.

-Toporosi, S. (2018) En carne viva: abuso sexual infantojuvenil. Buenos Aires, Topía Editorial.



[1] Se elige calificarla de este modo dado que no encuentra respaldo científico, ni de las colegiaturas de profesionales, pero se enuncia como si lo tuviera, provocando confusión en la sociedad y en las/os profesionales que no se encuentran formadas/os con especificidad en la problemática.

 


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