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Los varones y el narcisismo. Algunas reflexiones psicoanalíticas con perspectiva de género25/01/2020- Por Claudia Campo - Realizar Consulta
Este artículo se deriva de una investigación más amplia que estudia las masculinidades y su incidencia de la violencia hacia las mujeres. Se realiza una relectura del texto freudiano “Introducción del narcisismo” (1914) a la luz de los estudios de género. Se considera que algunas de las postulaciones de dicho texto son difíciles de sostener en el contexto socio cultural actual. Se pone en tensión las afirmaciones del autor en relación a las características de las elecciones de objeto que diferencia según se trate de varones o mujeres. Se cuestiona la mirada patriarcal que adjudica al género femenino un lugar de inferioridad y al masculino el del poder. Desde una perspectiva diferente a la de Freud, se conjetura que quienes tienen mayores dificultades para lograr una salida del narcisismo, son los varones. Ello en función de las escasas posibilidades que manifiestan para dejar de lado la omnipotencia, para salir del lugar de dueños de la verdad y para aceptar que algunos deseos pueden ser postergados. Esta idea surge de la observación del colectivo de varones en la sociedad actual, que a pesar de los intentos de cambio, se siguen considerando a sí mismos como el género dominante y de los privilegios.
“Júpiter y Tetis” (1811)*
Abordar “Introducción del narcisismo” (Freud, 1914) implica necesariamente rescatar el enorme valor del concepto. Realizar una relectura desde los estudios de género, constituye un desafío complejo. Se podría considerar que es un texto que al creador del psicoanálisis le ayudó a comprender situaciones clínicas como las psicosis lo cual, sin esa herramienta teórica no hubiera sido posible.
Sin embargo, algunas de sus postulaciones son difíciles de sostener, en el contexto socio cultural actual. Se detecta que a partir de las mismas, se avala una construcción patriarcal cuya ideología sostiene que el lugar de las mujeres es el de la maternidad, de las elecciones de objeto de amor narcisistas y del deseo del otro. Desde esta mirada, los varones tienen asegurado su poder y su superioridad prácticamente de modo natural, en oposición a la inferioridad femenina.
Las grandes transformaciones epocales, invitan a pensar el lugar del narcisismo entendido como amor a sí mismo, engrandecimiento del yo y omnipotencia. En este sentido, hoy resulta muy compleja la adjudicación por género a la dificultad de una salida de ese estado que implique un camino hacia el altruismo, es decir a la consideración del/la otro/a como sujeto tal como fue postulado por Freud (1914).
Si bien se podría afirmar que las afecciones narcisistas son trastornos característicos del momento actual, no es posible ubicarlas como específicas del género femenino.
En función de los objetivos de este estudio, se vuelve significativo el planteo que Freud (1914) realiza cuando enuncia que una tercera vía para la comprensión del narcisismo, se encuentra en la vida amorosa del ser humano. Si bien el autor considera que un cierto grado de amor a sí mismo es necesario, entiende la salud mental del lado de la capacidad de amar al otro/a.
Afirma que el niño elige sus objetos sexuales tomándolos de sus vivencias de satisfacción. Es decir que adjudica de modo exclusivo la satisfacción de las pulsiones de auto conservación a la madre. Sería ella quien por una disposición natural, se transforma en cuidadora. Al referirse a un sustituto, siguiendo su pensamiento patriarcal, se trataría de una persona del género femenino.
Para la masculinidad las consecuencias de seguir el modelo de la madre implican una paradoja importante a tener en cuenta. La subjetivación por este camino ¿implica para el varón quedar en el lugar de niña? Tendrá que emprender entonces un proceso de desidentificación de esa figura femenina para subjetivarse como varón.
Resultan de gran utilidad los aportes de Irene Meler (2019), quien conjetura que las nuevas prácticas de crianza que incluyen la participación de los padres desde el nacimiento, producen las masculinidades por otros medios, a entender de la autora, más saludables. Al desempeñar ellos esta función aportan un modelo de forma directa, lo cual marca una diferencia del que se deduce a través del relato de la madre, de los discursos de los medios, de la escuela y sólo en pequeña medida del contacto con el padre real.
De igual modo, se podría considerar como relevante la propuesta de Benjamin (1996) quien conjetura que ambos progenitores pueden ser figuras de separación, de apego y de contención para sus hijos/as. En este sentido, los varones y las niñas pueden identificarse con ambos padres, sin quedar confundidos acerca de su identidad genérica.
Se acuerda con esta autora en el planteo que realiza en relación a que los niños y las niñas necesitan por igual ser reconocidos/as como semejantes tanto por el padre como por la madre.
Si se toma en cuenta esta perspectiva, se podría estimar que existe otra manera de subjetivar a los varones y por consiguiente, de desarrollar en ellos el sentido de empatía y de cuidado. Su propuesta es la de un reconocimiento mutuo que supere a la idea de subordinación. Se podría pensar la posibilidad que disminuyan las manifestaciones de violencia masculina.
En su texto de 1914 además de la elección de objeto por apuntalamiento, Freud postula un segundo tipo de elección, que es el narcisista.
Resulta significativo señalar que establece diferencias en las elecciones de objeto según el género. En el varón sería característico el amor de objeto, según el tipo de apuntalamiento.
Sin embargo, no queda claro cómo se realizaría en el varón ese pasaje de la sobreestimación de sí al amor de objeto. Se advierte en este caso una dificultad para explicar la salida del narcisismo.
Por otra parte, cabe el interrogante en relación a qué denomina elección por apuntalamiento. Es sabido que desde su perspectiva es la alternativa más evolucionada. Se podría señalar que si bien al varón le reserva este lugar, no se constata clínicamente que ellos elijan de modo predominante siguiendo esa modalidad. En sus elecciones, toman como modelo la madre nutricia, que sería un amor de tipo infantil y de esa manera seguirían siendo niños buscando una mujer que los asista al igual que sus madres.
Esta idea se contrapone con lo que la sociedad le exige al varón en lo público, es decir que responda a los mandatos de ser proveedor y con mucho poder para proteger a quienes considera en subordinación.
Según las teorizaciones de Freud (1914), el aumento de la autoestima de las mujeres es aportado por un varón que las desea. Tener el poder de hacerlas sentir amadas, podría relacionarse con el ejercicio de distintas modalidades de violencia, ya que si un varón las abandona la autoestima de las mismas quedaría muy disminuida.
Es conocido que el autor expresa que la belleza física de la mujer acentúa su narcisismo. Se podría pensar que dichos atributos son valorados por el patriarcado para consumo de los varones. Esta promoción de la hermosura corporal estaría siendo utilizada para mantener intacta la dominación masculina.
Enfatiza que existe un modelo masculino que es el que provee la norma y que si alguna mujer logra el verdadero amor de objeto, lo realiza siguiendo dicho patrón. El mismo se relaciona con el ejercicio del poder, la autoridad y la ausencia de emociones. La protección constituye también un emblema masculino, el coraje físico, enfrentar los peligros así como los conflictos. Ese modelo es para Freud lo incuestionable, lo que está en el campo de la normalidad, aquello que no le preocupa.
Advierte en la mujer un intenso sentimiento de inferioridad como consecuencia de la fantasía de estar castrada, lo cual le impediría la sobrestimación del objeto. Sólo en el caso del varón es posible realizar este logro. Se podría inferir que para Freud aquél tiene la capacidad de realizar una elección de objeto más evolucionada, como lo es la elegida por apuntalamiento.
Es decir que se trataría de un género sobrevaluado, al que le otorga verdaderas posibilidades de elecciones del objeto amoroso y de la salida del narcisismo. Por otra parte, la elección en la mujer estaría más cerca de la patología, por la articulación que realiza entre narcisismo y psicosis.
En estas apreciaciones, Freud (1914) alude a que el destino de la mujer es la maternidad, sin dudar sobre ello. A través de la posibilidad de tener un hijo, alcanzaría el verdadero amor de objeto, su realización y su adultez ya que de lo contrario sería incompleta. Este mismo camino no está trazado para el varón, dado que éste no necesitaría de la paternidad para poder amar al objeto de modo auténtico.
Resulta altamente significativo que el autor no haga ninguna alusión al deseo del hombre de tener un hijo varón para sentirse completo. Esta situación se detecta con mucha frecuencia tanto en la clínica como en la observación cotidiana. Dicha aspiración se relaciona con la fantasía de perpetuar, a través de ese hijo varón, las características masculinas, comenzando por el apellido de la descendencia e incluyendo todas las condiciones de poder que les otorga el pertenecer al colectivo de varones.
Realiza una diferenciación por género al referirse a que los hijos cumplen el sueño de los padres. Expresa: “(…) el varón será un gran hombre y un héroe en lugar del padre y la niña se casará con un príncipe como tardía recompensa para la madre” (Freud, 1914, p. 88).
Esa imagen que acuña para el varón, relacionada con la heroicidad, tiene un costo muy elevado para ellos. Esta situación fue investigada por Tajer (2009) quien sostiene que el desencadenante de la morbilidad en general refiere en su mayoría a situaciones ligadas a la auto exigencia relacionada con el éxito o el mantenimiento de una imagen de sí distorsionada. Esto se articula con una autoconstrucción en torno a la idea de ser excepcional.
Freud (1914) puntualiza que el narcisismo originario del niño y de la niña está expuesto a perturbaciones, en el caso del varón por la angustia de castración y en el de la niña por la envidia fálica. Sin embargo, el varón tiene la posibilidad de superar el complejo de castración, mientras que la niña sufre por esa carencia toda su vida.
Se refiere a la formación de un ideal y sostiene que sobre ese yo ideal recae ahora el amor de sí mismo de que en la infancia gozó el yo real. Expresa que el hombre, como sinónimo de ser humano, es incapaz de renunciar a la satisfacción de la que gozó alguna vez, no quiere privarse de esa perfección narcisista de la infancia.
Cabe señalar que Freud (1914) no hace una diferenciación ni por sexo ni por género en la conformación de los ideales. De todos modos, se podría inferir que la mujer sólo se sentirá valorada por su belleza física, a partir de la cual podrá constituir una pareja con un hombre que le garantice sentirse amada y que a su vez la convierta en madre, lo que la completaría.
Los ideales de masculinidad hegemónica están relacionados con elegir libre y verdaderamente a un objeto de amor con el ejercicio del poder, con la realización de grandes aportes culturales, con el éxito laboral y el prestigio social.
Destaca que los ideales tienen también un componente social. En la actualidad, se podría pensar que las luchas feministas propugnan como ideales sociales, tanto para varones como para mujeres, la igualdad y la equidad. Para ello, se vuelve necesario contar con varones dispuestos a renunciar a los privilegios que les otorga la construcción patriarcal.
De igual modo, sería imprescindible el reconocimiento del impacto del daño producido por dicho sistema a través de ellos como efectores de la violencia hacia el género femenino.
A modo de conclusión
En función de las conceptualizaciones analizadas, se considera que este trabajo de Freud (1914) avala y acentúa las relaciones asimétricas entre los géneros masculino y femenino, propias de un sistema androcéntrico, binario y heterosexista. Ello se detecta en función de que describe las subjetividades de varones y mujeres, adjudicándoles una serie de valores, características, y roles sociales desde una mirada patriarcal acrítica.
Si bien en el texto en general aparecen más claramente postulaciones de Freud en relación a las mujeres, se coincide con Errázuriz Vidal (2012) quien afirma que investigar sobre ellas es también indagar sobre los varones. La perspectiva de género implica estudiar las relaciones entre los unos y las otras para dar cuenta de la asimétrica de poder.
Se podría pensar, desde una perspectiva diferente a la de Freud, que quienes tienen menos posibilidades para lograr una salida del narcisismo, son los varones. Ello en función de la dificultad que manifiestan para dejar de lado la omnipotencia, para salir del lugar de dueños de la verdad, para aceptar que algunos deseos pueden ser postergados. Esta idea surge de la observación del colectivo de varones en la sociedad actual, que a pesar de los intentos de cambio, se siguen considerando a sí mismos como el género dominante portador de los privilegios.
Cabe señalar que el movimiento de mujeres organizadas está dando la lucha correspondiente para intentar que puedan incorporar algunos límites a su propio narcisismo, por ejemplo a partir de la frase “no, es no”.
Nota: Este trabajo ha sido distinguido con una mención en las XIV Jornadas Internacionales del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
Imagen*: es un cuadro del pintor francés Jean Auguste Dominique Ingres (1780-1867). Realizado en Roma en 1811, se conserva en el Museo Granet de Aix en Provence.
Bibliografía
Femenías, M. (2013). Violencias cotidianas (en las vidas de las mujeres). Buenos Aires: Prohistoria Ediciones.
Freud, S. (1914). “Introducción del narcisismo”. En J. L. Etcheverry (trad.), Sigmund Freud. Obras Completas (Vol. 14).(pp. 65-98) Buenos Aires: Amorrortu. 2003.
Meler, I. (2017). (comp.) Psicoanálisis y género. Escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia. Buenos Aires: Paidós.
Meler, I (2019). “Varones en análisis. La perspectiva de una analista mujer”. Artículo publicado en Página 12.
Tajer, D. (2009). Heridos corazones. Vulnerabilidad coronaria en varones y mujeres. Buenos Aires: Paidós.
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