» Género y Psicoanálisis

Sobre la banalización del término binario y la crítica de Joan Copjec a Judith Butler

11/01/2021- Por Sergio Zabalza - Realizar Consulta

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En este artículo se aborda la banalización del término “binario” devenida de la lectura de El género en disputa de Judith Butler, para luego, a partir de un comentario sobre una serie de ficción, señalar las consecuencias negativas que para Una mujer supone reducir la diferencia sexual al plano meramente imaginario.

 

                    

                                          Joan Copjec y Judith Butler

 

 

¡Cancelemos lo binario!

 

  Como muestra de los vertiginosos deslizamientos que el lenguaje imprime en el significado de las palabras, en los últimos tiempos el término binario ha cobrado un protagonismo rutilante en diferentes ámbitos y escenarios de la vida cotidiana. Actualizado por el discurso de la diversidad, que critica el encierro de la sexualidad en el estereotipado redil de la oposición entre macho y hembra, el término se ha instalado en otros campos discursivos tales como el análisis político, sociológico, psicoanalítico, etc.

 

  Nada para objetar hasta aquí salvo por la banalización con que en algunos casos se emplea el vocablo para desestimar o rechazar el valor de la contradicción, posición que termina por alentar un esencialismo igualitario que poco favor le hace al lugar de la Diferencia: si la diversidad no acepta convivir con su opuesto, el totalitarismo nos espera a la vuelta de la esquina.

 

  De hecho, sin binarismo no hay conflicto y sin conflicto no hay vida. Desde la dialéctica hegeliana hasta la oposición entre pulsión de vida o muerte en Freud, sin la contradicción que aporta la oposición binaria no hay lenguaje ni pensamiento posible: amor/odio, bueno/malo, lindo/feo, rápido/lento, alto/bajo, son polos indispensables sin los cuales el hallazgo de los matices sería imposible.

 

  En todo caso, la cuestión radica en qué posición se adopta ante el planteo binario, es decir: si los agentes –desde un pensador hasta los contendientes que animan una disputa política– se instalan en la lucha a muerte por el puro prestigio, o si la dialéctica habilita una salida propiciatoria para una hegemonía puntual, siempre precaria y dispuesta a ser revisada.

 

  En el terreno social y político, esta última posición admite la existencia de antagonismos irreductibles con los que toda posición seria y honesta debe convivir. La pretensión de eliminar los binarismos sin más, conduce a una diversidad engañosa y totalitaria, la misma que de la mano de la globalización no ha hecho más que incentivar las guerras, la vigilancia generalizada y la paranoia bajo el mandato unívoco del mercado.

 

 

Una crítica a El género en disputa

 

  En el plano filosófico y psicoanalítico se hace interesante citar las críticas que formula en su libro El Sexo y la eutanasia de la razón, la filósofa feminista Joan Copjec al famoso texto de Judith Butler El género en disputa, uno de cuyos ejes consiste en considerar la diferencia sexual en el mismo plano que las razas, las clases sociales o la pertenencia a distintas culturas.

 

  Según Copjec, Butler se propone deshacer “la estabilidad del sexo binario” en virtud de que la misma impone una heterosexualidad obligada. Tras precisar que este argumento surge de considerar la masculinidad y la feminidad como complementarios, esto es: reducir la diferencia sexual al plano imaginario, donde lo absoluto de la unión asegura la agresividad, Copjec se pregunta:

 

“Pero ¿qué es el sexo? Mi primera pregunta es también la pregunta que da comienzo a la indagación de El género en disputa. Cuando se hace eco de la afirmación de Freud de que la diferencia sexual no está determinada de manera unívoca ni anatómica, ni cromosómica, ni hormonalmente, es decir, cuando cuestiona la existencia prediscursiva del sexo, Butler supone automáticamente, como señalé antes, que el sexo se construye discursiva o culturalmente.

 

Pero el propio Freud evitó limitarse a estas alternativas: fundó el psicoanálisis sobre la negativa a elegir entre ‘anatomía o convención’[1], argumentando que ninguna de ellas podía dar cuenta de la existencia del sexo. Así como para el psicoanálisis el sexo nunca es simplemente un hecho natural, tampoco es reducible a ninguna construcción discursiva, al sentido, en última instancia. Pues lo que tal reducción ignoraría es el radical antagonismo entre el sexo y el sentido. En términos de Lacan, ‘Todo cuanto está implicado en el abordaje analítico del comportamiento humano indica, no que el significado refleja lo sexual, sino que lo compensa’[2]. El sexo es el traspié del sentido.

 

Esto no significa que el sexo sea prediscursivo; no pretendemos negar que la sexualidad humana sea producto de la significación sino, más bien, afinar esta posición afirmando que el sexo se produce a partir del límite interno, la falla de la significación. El sexo encuentra su lugar sólo allí donde las prácticas discursivas tropiezan y en modo alguno donde logran producir significado” [3].

 

  En otros términos, por obviar el estatuto real de la diferencia sexual –cuyo origen radica en las irresolubles antinomias de la lengua y no en los caprichos culturales de cada época y lugar–, el criterio historicista que anima la perspectiva de género termina por neutralizar al sexo mismo, de esta manera “… la deconstrucción termina plegando la diferencia sexual a la indiferenciación sexual”[4]    

 

 

La indiferenciación que perjudica a Una mujer

 

  Me gustaría brindar un ejemplo de las consecuencias negativas que para una mujer acarrea esta indiferenciación a través de una famosa serie de ficción. Al comentar las consabidas exigencias a la que es sometida una mujer en el poder, un artículo sobre la serie danesa Borgen –cuya protagonista es una mujer que ocupa el cargo de primera ministra de Dinamarca– señala:

 

“… aparece en Birgitte [la protagonista] esta idea femenina de ser más papistas que el papa. Se les pide tanto, que a veces conceden excesivamente con altos costos. Ejemplo, en vez de hacer renunciar a un ministro que se lo merecía, le pide un sacrificio más a su marido que termina de quebrar la autoestima masculina hegemónica del mismo que iba flexibilizando, flexibilizando, hasta que se quiebra. Lamentablemente estos son los varones que aún hay para estas generaciones. Y él se lo cobra: no queriendo quedarse con ella. Un poco antes, se lo había cobrado desexualizando el vínculo, no queriendo tener sexo con ella”[5] .

 

  Por empezar, el texto –que intenta ser feminista– hace responsable a Birgitte de ponerle presión al marido, como si éste fuera un niño que no puede decidir sobre su vida y prioridades. De esta manera, por considerar que la diferencia sexual es meramente cultural, el artículo no advierte que su crítica ubica a la primera ministra en papel de madre de su esposo (resorte estructuralmente neurótico, si los hay), es decir: además de cargar con la sobredimensionada responsabilidad que le adosan por su condición femenina, se le exige a Birgitte privarse de solicitar tal o cual acción a su pareja.

 

  La cuestión aquí es que Philip [el marido] se ubica en lugar de hijo, retrocede en su rol de adulto y sobre todo cede ante su deseo: para en este caso, conservar su preciado trabajo. Desde luego que si Philip se plantaba, el conflicto hubiera estallado y allí cada uno hubiera visto qué hacer ante la contingencia. Pero el hombre (¡ay!) se coloca en un papel de víctima y se va.

 

  Se trata de un varón progre que cae en la trampa de la corrección política, obedece a la dama. En realidad es un macho prendido en su fantasma a la teta de mamá, renuncia a su responsabilidad por el poder que le otorga a su esposa que, en este caso, si bien gobierna el país, comparte el rumbo de su casa y familia con su pareja (¡precisamente!). 

 

  En este punto, Philip reproduce la posición del hombre que –tal como refiere Lacan– cree allí[6] en el poder de La Mujer con mayúscula, punto clave de la impotencia masculina que, a veces, termina en violencia o en abusos.

 

  Por otra parte, es falso que  la desexualización de este matrimonio sea responsabilidad de Philip, en todo caso es de ambos. Claramente se ve en la ficción las noches que Birgitte elige (con todo derecho, por si fuera necesario aclararlo) quedarse trabajando antes de estar con su marido.

 

  Para terminar: un comentario sobre esta frase en el artículo: “Lamentablemente estos son los varones que aún hay para estas generaciones”. Se ve aquí la posición propia de abordar las relaciones entre los sexos desde una perspectiva identitaria: es decir, hombres versus mujeres. Se trata de un punto de vista eminentemente binario que, por descuidar la subjetividad y el discurso en el que estamos todes inmersos (aquí y en Dinamarca), simplifica, moraliza y empobrece el análisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Freud, “La feminidad”,  A. E. Tomo XXII, p. 106.

[2] Lacan, J. El Seminario: libro 21, clase del 11 de junio de 1974. Inédito.

[3] Joan Copjec. El Sexo y la eutanasia de la razón, Paidós, 2013,  p. 23.

[4] Joan Copjec, op. cit. pp. 38 y 39.

[5] https://www.pagina12.com.ar/297295-borgen-house-of-cards-y-cristina-kirchner. La autora es Débora Tajer.

[6] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 22, “RSI”, clase del 21 de enero de 1975


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