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Una mirada antropológica del género como estatus de poder. El Mandato: “Disciplinar Violando”

17/06/2019- Por Graciela E. Booth Haedo - Realizar Consulta

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La Antropología de Género diseña mapas sobre las maneras en que los géneros toman formas en las diversas culturas y sus contenidos. Es base a estudios comparativos concluye que ninguna sociedad trata a sus mujeres de modo tan favorable como a sus hombres... La representación cultural de la diferencia sexual, carga con el peso ancestral de un imaginario colectivo que ha sostenido la asimetría. Las relaciones de género son posiciones de poder jerárquicamente dispuestas. Tomamos el ejemplo de “La Violación Cruenta” donde la víctima es elegida al azar, el victimario elige un cuerpo con signos de femineidad, que puede no ser bello y también puede no ser de una mujer… Un cuerpo cosa. Las diferencias de poder, continúan siendo formadoras de la gramática en la que se construyen las subjetividades.

 

 

              

                                                    Lucía Pérez, 16 años*

 

 

  La Antropología de Género, como un área de estudios específica, quedó instituida por obras colectivas fundamentales como: Woman, Culture and Society (1974)[1]; Towardan an Antropology of Women (1975)[2]; Sexual Meanings. The Cultural Construction of Gender and Sexuality (1981)[3].

 

  Rita Laura Segato, antropóloga social de la Queen’s University of Belfast, profesora e investigadora en Brasil, encuentra ya, un antecedente de la construcción cultural de género en la publicación de Margaret Mead de 1935 Sexo y temperamento en tres sociedades melanesias.

 

  A partir de entonces se han diseñado mapas de las maneras con que los géneros toman forma en los diversos grupos humanos. El punto de partida han sido las diferentes entidades “mujer” y “hombre”, asociadas con contenidos variables de las culturas.

 

  Las sociedades acentuadamente patriarcales muestran una fijación ideológica en el dimorfismo anatómico jerarquizando las diferencias existentes entre los sexos, en otras sociedades en las que las tareas de las mujeres se consideran sumamente importantes, los tratos entre los sujetos femeninos y masculinos, son mucho más igualitarios, e incluso los hombres comparten los trabajos con las mujeres, son sociedades más participativas y abiertas.

 

  Sin embargo, “en la observación antropológica de los hábitos más arraigados de la vida comunitaria y familiar de los pueblos del mundo, se observa claramente, que ninguna sociedad trata a sus mujeres de modo tan favorable como a sus hombres”.[4]

 

  Se hace un trabajo minucioso y detallista para comprender los significados de estas diferencias y se encuentra que están profundamente arraigadas, sosteniendo jerarquías de poder. El Poder, es el entramado sobre el que se tejen las relaciones sociales. No existe relación humana que no se inscriba en un interjuego de Poder. Poder es potencia, poder es deseo. Hay que interactuar con el poder para luchar contra lo que se considera injusto, para fortalecer la vida, para crear.

 

  “Toda relación de poder deja al descubierto las diferencias sexuales, étnicas, culturales, sociales, económicas, profesionales, lingüísticas, generacionales”. Díaz, Esther (2014).

 

  Para entender la ideología de género vigente en cada sociedad, hay que investigar el nivel de los discursos o representaciones y el nivel de las prácticas. Prácticas que a la vez, son encuadradas, permitidas o restringidas por el discurso instituido sobre las relaciones de género.

 

  La organización del campo simbólico, viene desde la prehistoria de la humanidad. Una estructura que fija y retiene símbolos.

 

  La idea del hombre protector y de la mujer nutricia, deja a la mujer del lado de la naturaleza criando a los hijos y coloca al hombre en un hacer cultura como proveedor. Allí comienza la jerarquización del hombre y la dependencia de la mujer.

 

  El varón deposita sus aspectos más sensibles y vulnerables en su compañera, renunciando a los mismos para endurecerse y hacerse más agresivo en la búsqueda de recursos. Y la mujer, haciéndose cargo de lo afectivo y contenedor, sumado a los aspectos religiosos y valores morales, educa a los niños y sostiene la unión de la familia muchas veces realizando verdaderos sacrificios personales, naturalizados como virtudes femeninas en las tradiciones judeocristianas.

 

  El potencial religioso que impregna la idea de sacrificio arrastra, para la religión judeocristiana, la asociación bíblica con la culpa de la mujer en la gestión del pecado original. Como si en la subjetividad de las mujeres de esta cultura se infiltrase la presencia de alguna culpa ancestral, que sería capaz de permear, facilitándola, la inclusión del sacrificio como tendencia “natural”. Meler Irene (comp. 2017)

 

  Que la crianza recaiga en las mujeres, es tal vez, uno de los acuerdos más estables e inmodificables del occidente y del oriente contemporáneo.

 

  El modelo de Nancy Chodorow (1974; 1978), que hace converger el psicoanálisis con la antropología, explica la subordinación femenina en las más diversas sociedades, por el fenómeno de la socialización en proximidad con la madre, por el cual la mujer emerge como un ser social sin llegar a quebrar completamente esa identificación primaria y por eso mismo, sin transformarse jamás en un ser autónomo. Segato, Rita (2010)

 

  El hombre, ha defendido la paternidad como autoría; los niños salen del padre y llevan su apellido, incidentalmente nacen del cuerpo de una mujer; lo que cuenta es el reconocimiento del padre porque si no, son espurios: spurium es palabra latina que significa Falso o Indebido, por lo tanto al no ser reconocidos por el padre no eran legítimos.

 

  Lo que no varió es esa continuidad de que quienes nos parieron nos criaron, esto remite a la imposibilidad de transgredir mandatos superyoicos.

El superyó es muy conservador. De las Instancias que integran el aparato psíquico, es la más reaccionaria, porta la ley de nuestros ancestros, una realidad muy atrasada en el tiempo.

 

  La representación cultural de la diferencia sexual, carga con el peso ancestral de un imaginario colectivo que la ha transformado en una asimetría jerárquica, desconociendo de hecho el concepto mismo de diferencia.

La ley, entonces, desde un principio se formula, dentro de este sistema ya existente de status prevalente de lo masculino.

 

  Las diferencias de poder, que en el pasado fueron legitimadas, continúan siendo formadoras de la gramática en que se construyen las subjetividades.

El logro colectivo de una representación de las diferencias está aún por advenir.

 

  A partir de una praxis particular de la crianza, el cuerpo adquiere la condición de sujeto de la semiosis, por el significado del signo, pero el signo no tendría efecto sin la praxis y el discurso en el que el sujeto está involucrado. Compleja relación recíproca entre el sujeto y la realidad, intercambios que producen una continua modificación de la conciencia y efectos en el inconsciente.

Los discursos atraviesan al sujeto con sus significados, aportándole sus representaciones y construyendo su identidad.

 

  Finalmente para explicar nuestra conclusión, de que las relaciones de género no son, ni cuerpos de hombres, ni cuerpos de mujeres, sino posiciones de poder, jerárquicamente dispuestas y que acorde a su distribución, afectan las subjetividades, queremos tomar el ejemplo de la “Violación Cruenta”, delito que se presenta como un acto violento en estado puro, una agresión por la agresión misma.

 

  En la violación cruenta, el victimario no tiene ningún tipo de vínculo con la víctima, la elije al azar, porque ésta muestra signos o gestos de femineidad. El perpetuador tomando emblemas del género masculino, hace uso y abuso del cuerpo del otro, que no es necesariamente una mujer sino un cuerpo objeto, un cuerpo cosa, que puede ser también un cuerpo masculino.

 

  La violación cruenta tiene una incidencia relativamente baja en las culturas, pero ofrece pistas valiosas para analizar el fenómeno de la violencia en general.

De imprevisto, un acto violento aparentemente sin sentido, atraviesa a un sujeto y sale a la superficie de la vida social, como revelación de una latencia, una tensión que late en el sustrato de ordenación jerárquica de una sociedad. Segato, Rita Laura (2010)

 

  De un estudio estadístico de patrones de violación en la ciudad de Filadelfia de Menachen Amir en 1971, en un revelador análisis de Schifter de 1999, sobre casos debidamente documentados de violadores encarcelados en prisiones de Costa Rica y en el cotejo de datos de prontuarios y declaraciones de violadores en cárceles de Brasil 1994, un equipo investigador, rescatando entrevistas y discursos, concluye, que son relevantes dos contenidos: uno es el desafío del sujeto agresor, dirigido hacia otro hombre, sin identidad definida y el otro, es el disciplinamiento de una mujer genérica, no concreta.

 

  Por lo que se vislumbra que, la estructura de género reaparece como estructura de poder, articulándose especialmente en los agresores sexuales como un mandato masculino en su universo intrapsíquico, que se pone en juego en ese entorno social, en ese preciso momento.

 

  La violación responde al imaginario del perpetrador, figuras genéricas que lo apremian y le exigen restaurar una jerarquía dañada, en una mostración de virilidad como valor de prestigio personal y social.

En el discurso de los violadores se reitera la idea de que, cualquier cuerpo puede ser el elegido, muchas veces sorprendentemente, no un cuerpo bello o deseable desde lo estético.

 

  El acto, si bien sexual, apunta a significados de otro orden, que nos llevan a investigar las relaciones entre sexualidad y agresividad y preguntarnos, si es posible separar esos campos. 

 

  Veamos en dimensión psicoanalítica de qué se trata la violación, ya que no solamente es un problema inquietante para nosotros, sino que lo es para el mismo violador.

Un sujeto que no parece dar cuenta de falta alguna, se muestra en la escena narcisista de la degradación y violación de la víctima, como un ser todopoderoso; papel vital para su auto imagen que esconde una masculinidad bajo sospecha.

 

  Seguramente, un progenitor punitivo y cruel, le inoculaba dudas sobre su propio valor e identidad y en este pasaje al acto de la violación, se arroja sobre el cuerpo de su víctima, consumando una especie de suicidio.

No obtiene más que un breve respiro a su angustia, que lo significa en el mismo hecho de violar, igualándolo tanto a la figura parental agresora, como a la persona violada.

Un solo acto de reconquista y castigo, donde predomina el aspecto punitivo y autodestructivo.

 

  El vacío de la falta del objeto a no marca diferencia entre agresor y agredido. Siendo ilegal este acto, el violador es penado con cárcel y todos conocen, que los códigos entre los internos lo llevarán también a ser violado. En vez de autocastigarse, logró hacerse castigar por el representante paterno. Segato, Rita Laura (2010).

 

  Tanto las pruebas históricas, como etnográficas, muestran la universalidad de la experiencia de la violación. Hay sociedades como EEUU, donde la incidencia es máxima y otras, en las que la cultura la reduce a una mínima expresión, acorde a la forma de las relaciones de género de cada tejido social.

 

  En sociedades tribales, ya sea de indios americanos o sociedades polinesias o africanas, la violación principalmente es de carácter punitivo y disciplinador de la mujer, practicada en grupos, por haber ésta, desobedecido a su padre o hermanos y perdido la protección de ellos. También por informarse y revelar secretos de la ceremonia de iniciación masculina. En esas sociedades la violación es una práctica reglamentada. Peggy Sanday (1981)

 

  Vemos que se castiga el desplazamiento de la mujer hacia una posición no destinada a ella en la jerarquía del modelo tradicional.

Violaciones en grupo también se practican en nuestras sociedades actuales y tendrían características idénticas de disciplinamiento de las víctimas.

 

  Es indudable que en todas las culturas, sea una violación grupal o de un solo violador, este acto alardea de marcar una primacía de género y restablecer un orden jerárquico a pesar de las distintas variantes culturales.

 

  De tal modo decimos que, la violación se manifiesta como un mandato ancestral inconsciente que intenta restablecer una jerarquía de poder perdida, en aquellos individuos con características limítrofes de la personalidad.

 

  También nos cabe el interrogante de saber, si ¿sería posible hoy, cambiar el concepto freudiano de sociedad moderna sexuada por una sociedad post-moderna de género? Y si ¿ese cambio estaría determinado por cuestiones imaginarias, fenomenológicas, o provendría de profundas modificaciones del Otro como tesoro de los significantes?

 

  Cierto es que lo femenino y lo masculino adquieren cada día mayor identidad, más allá de lo biológico.

 

 

Nota: el presente material ha sido presentado en el marco del “XXXIV Congreso Argentino de Psiquiatría APSA 2019.” “Concepciones Sociales de Género. Implicancias en Psiquiatría y Salud Mental” ciudad de Mar del Plata, Argentina. Tema: “Diversidad en la identidad de género, controles y segregaciones.”

 

          Imagen*: una de tantas víctimas adolescentes en Argentina, violada y

          asesinada brutalmente en Mar del Plata (2016). Memoria y bandera en infinidad

          de marchas reclamando justicia. Su emblemático caso fue base para el Primer

          paro nacional de mujeres en el pais. ¡Ni una menos!

 

 

Bibliografía:

 

1) Díaz, Esther: Sexualidad y Poder. Prometeo Libros. Editado en Bs.As. 2014.

2) Freud, Sigmund: “Introducción del Narcisismo” (1914)

                             “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915)

                             “Fetichismo”. (1927) Obras Completas. Amorrortu editores.

3) Meler, Irene: “Psicoanálisis y Género. Escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia”. Paidós. Agosto de 2017.

4) Segato, Rita Laura. “Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos”. Prometeo Libros. Editado en Bs. As.2014.

 

 

 

 



[1] Michelle Zimbalist Rosaldo, Louise Lamphere & col.

[2] Rayna R. Reiter

[3] Sherry B. Ortner, Harriet Whitehead & col.  

[4] Tomado del “Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD” de 1997. Segato, Rita Laura (2010)

 

         

 

                


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