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El desarrollo de la escritura en la historia de la humanidad: del pictograma e ideograma al fonograma y su correlato en la historia de cada sujeto16/05/2015- Por Nys Bassi - Realizar Consulta
Son necesarias en la historia de cada sujeto operaciones equivalentes a las producidas en la historia de la humanidad: pasando del pictograma e ideograma al fonograma, movimiento en donde la grafía pierde su valor de significado y su conexión al referente. En esta articulación, queda ubicada también, la relación entre escribir y deseo del analista: ambas requieren como condición una pérdida a nivel del Ser.
Abelardo Castillo me dijo una vez, en una charla que tuve el gusto de sostener con él telefónicamente, que para escribir, primero hay que haber leído bastante. O sea que toma a la lectura como una antecedencia de la escritura.
Sabemos que el hablante para serlo primero tubo que haber sido leído por el Otro, es la madre la que decodifica y en su demanda cifra el llanto del infante. Podemos decir entonces, que toda lectura –desde ese primer tiempo inaugural– es a la vez una escritura, ya que no hay lectura sin interpretación ni interpretación sin la puesta en función de la posibilidad de cuestionar la relación de las palabras con las cosas. Sin esta posibilidad, sin esta dimensión del cuestionar en función, no hay lectura ni entonces escritura.
En la estructura del sujeto, para que sea posible esta función es necesario que se haya logrado la articulación de la negación. No es sin esta operación que pueda establecerse con respecto al objeto la afirmación que dirá que “no es lo que es”. Una negación a nivel del ser que permite una posición otra con respecto a la primera identificación. En este sentido, es en la constitución del narcisismo, como efecto de la sanción significante proveniente del Otro –siendo en ese tiempo la madre quien va al lugar del Otro–, en donde se produce el reconocimiento de la imagen en el espejo y se hace posible la asunción de la misma como propia por efecto de la significación fálica. A partir de este momento, las imágenes tendrán para el hablante “la marca de ser asumidas en el sistema como significante” (Seminario 16, “De Otro al otro”).
No es posible escribir sin una perdida a nivel del ser, sin cierta operatoria con respecto a esa primera identificación. Sin la pérdida de esa identificación –que viene a velar la castración en la madre– no es posible la escritura, transmutación a nivel del ser que también tendrá que producirse para poner en función el deseo del analista.
Acá vemos la relación entre escribir y deseo del analista, ambas requieren como condición una pérdida a nivel del Ser, de ese Ser que se encuentra como efecto del ingreso al lenguaje y que hace a la constitución del narcisismo, conformando –en la serie de identificaciones– al yo, el cual, para velar la castración es puesto a recubrir el a. Así, aparece en lo real de la transferencia, el yo ofrecido como objeto, demandando ser tomado como tal. Es por esto que sólo en la transferencia y como efecto del encuentro con el analista y su acto, que puede producirse la pérdida de esa identificación que vela el vacío, la hiancia estructural que introduce el significante al pasar la necesidad por el campo del Otro. Sin esta renuncia no hay posibilidad de pasar de analizante a analista y tampoco sin la puesta en juego de esa pérdida hay posibilidad de escribir.
Continuando con las operaciones fundantes de la subjetividad, un niño debe denegar la primera identificación que se le atribuyó para no situarse solamente en el Otro y permanecer extraño a sí mismo, pero esta primera represión no anula el lugar que se le impartió. Sin darse cuenta, ese lugar se lo sigue ocupando mientras se lo deniega –acá encontramos el valor de la negación–, si se diera cuenta que sigue ocupando ese lugar volvería a sentirse extraño a sí mismo.
La significación fálica, primera que tuvo nuestro cuerpo constituyéndolo como cuerpo psíquico –y que hace a su imagen– se reprime, pero a la vez se reproducirá constantemente. La repetición aparece como el modo de ser sujeto frente a lo que se vivió como objeto, pero también de recapturar algo de ese goce primero perdido del cuerpo. La escritura tiene esa doble cara, así lo sitúa G. Pommier (1) en su libro Nacimiento y Renacimiento de la Escritura, recorrido que estoy siguiendo en lo que vengo trabajando hasta aquí, y es en base también a su desarrollo que continuaré.
El retorno de la imagen reprimida es evidente por ejemplo en la letra “A”, tras el valor fonético está olvidado su valor pictórico, la letra “A” proviene de “Alef” que significa “Buey” en fenicio; la letra “A” es entonces un dibujo estilizado e invertido de la cabeza de un buey, de la imagen de una parte del cuerpo del mismo. La letra “B” proviene de “Bet”, que significa casa y el modo en que la escribimos es el resto del dibujo de la imagen de una casa. Esa imagen es la que queda perdida tras la fonetización, pero a su vez, un resto retorna en la escritura.
Es habitual que al escribir haya algo del orden del reconocimiento en el Otro que se ponga en juego, pero si no es posible dar por perdido ese reconocimiento, no se puede escribir. Es en este sentido que la página en blanco es el encuentro con la castración.
Dar por perdido ese reconocimiento establece un desconocimiento acerca de lo que puede quedar reconocido por lo que se escribe en el decir, no se sabe qué es lo que va a quedar reconocido en aquello que se dice, de hecho –por ejemplo– alguien hasta podría declarar en contra de sí mismo. Entonces, sin dar por perdido el reconocimiento de esa imagen en la cual se soporta una identificación y que la constituye como la propia imagen, sin la pérdida de esa imagen –que va al lugar del objeto perdido– no es posible escribir. La escritura es efecto de la doble cara que conlleva la denegación de la identificación primera, operatoria que el sujeto efectúa para no sentirse extraño a sí mismo y del retorno de lo reprimido como intento de recaptura de ese lugar primero en el Otro. Entonces, es en el pasaje del deseo de ser reconocido al reconocimiento del deseo, al reconocimiento de un sujeto en tanto deseante, en donde es posible la escritura.
Este movimiento puede quedar claramente ubicado en el sueño de una paciente y su dificultad en la escritura. Intenta corregir una y otra vez en sus escritos lo que en el sueño dice que no dice: “no sé que es lo que no puedo decir, pero es claro que algo no puedo decir, porque en el sueño no podía decir que estaba locamente enamorada de él (refiriéndose a un subrogado paterno), ¿Ves cómo hay algo que no puedo decir? ¿Qué será?”. Es claro –entonces– cómo lo que dice que no puede decir, está dicho. No podía decir que estaba locamente enamorada de él –lo dice– y sin embargo sigue preguntándose acerca de qué será lo que no podía decir. Ella tacha, corrige, intenta borrar lo que de su deseo no puede evitar que se revele en sus obras, como un escrito en lo que dice. Cuanto más intenta corregir, más devela ya que escribe con lo mismo que intenta corregir.
En cualquiera de las formaciones del inconsciente, en un lapsus, en un olvido o en el sueño es claro que algo se escribe, en el decir algo se escribe y esto que se escribe hace al reconocimiento de un deseo, siendo esa escritura el acto del significante, es decir, acto significante, por eso el acto es un decir. Ahora, esto es posible por un tratamiento con respecto a la imagen, cierto tratamiento de la imagen es necesario para poder acceder a la escritura en el decir, es necesaria esa primera represión que ya mencioné y el retorno de la misma.
Con respecto al sueño –en el análisis del sueño– el tratamiento de la imagen es claro. Esta misma operatoria fue necesaria en el desarrollo de la escritura en la historia de la humanidad, pasando del pictograma e ideograma al fonograma y es necesaria también en la historia de cada sujeto. Así lo trabaja extensamente Gérard Pommier en el libro mencionado anteriormente.
Es observable en los niños, el pasaje de la representación del cuerpo en el dibujo a ser representados por un nombre y la escritura del sonido significante que los nombra. Una de las primeras cosas que un niño escribe es su propio nombre, su firma, que, si se la observa –en principio– suele ser figurativa del cuerpo o de alguna parte del mismo. Este es el pasaje de lo pictográfico a lo fonemático, como sucedió con la historia de la letra “A” y de la “B”.
El jeroglífico, por ejemplo, tiene una propiedad de pasaje de lo pictórico a lo fonemático, es una escritura que además de ser ideográfica es silábica, puede soportar una o más silabas y además designar más de un término por homofonía. Por ejemplo, “cesto” y “señor” se pronuncian igual, entonces se puede dibujar un cesto para decir “señor”. Pero también es factible combinar ideogramas por su valor fonético y así formar un rebus. En nuestra lengua, un ejemplo clásico para ubicar este pasaje sería combinar el dibujo de un sol con un dado para formar “soldado”. Entonces la grafía pierde su valor de significado y su conexión al referente, pasando el sentido a ser efecto de una combinatoria de signos que soportan sílabas. Es en el sueño en donde claramente la escritura se produce al modo del rebus.
Volviendo entonces a las formaciones del inconsciente –nombre que Freud da al pasar en su texto acerca del chiste y que Lacan recorta y subraya– es en el caso del olvido de nombres propios, más precisamente, en el caso en donde Freud olvida el nombre de Signorelli, donde claramente podemos ubicar la ligazón entre la imagen, la identidad, el escrito y su lectura. Freud puede leerse en lo que dice hasta el momento en el cual la identidad de percepción se produce, y su lectura no avanza. Es porque Lacan lee este impasse, es decir, porque en otro –en este caso en él con respecto a Freud- se apoya esta función de lectura, que puede revelarse el Sig –de Sigmund– como escrito. No puede revelarse el verdadero efecto de sentido sin esa apoyatura en el otro, debido a que se ha efectuado una identidad, revelada en la imagen del yo de Freud, es esto lo que se le representa en el retrato de los frescos de Orvieto, frente al blanco –al vacío del olvido– se presenta esa imagen, allí está el retrato de Signorelli. El Sig aparece como un soporte del objeto, como la imagen del yo de Freud, es en cuanto a su ser de sujeto del inconsciente, que él está implicado en esta formación que es el olvido.
Lo olvidado es Signorelli pero lo reprimido es el “Signor”, que contienen el “Sig”, siendo lo reprimido lo que se revela como escrito. Es con eso con lo que se escribe, el retorno de lo reprimido escribe en el dicho el decir, escritura que se detiene en la identidad, impasse de la escritura que requiere de una lectura apoyada en otro. Si Lacan hubiera podido decirle a Freud “Sig”, si le hubiese arrimado la lectura de ese significante, posiblemente Freud hubiera asociado y su discurso, proseguido.
Las formaciones del Inconsciente encuentran su lugar en la medida en que puede hacerse una lectura de las mismas. Es posible leer un sentido en algo que aparentemente no lo tiene, siendo que encuentra su determinación por provenir del inconsciente. Pero sin una lectura que se apoye en el otro, el escrito no se revela, el efecto de sentido no se produce y el análisis se detiene por la presencia del yo tomado como objeto y ofrecido como tapón para velar la castración. Esto es lo que constituye al Ser, en tanto el mismo intenta consistir como garante de la ignorancia acerca de su verdad: que su deseo es inexorablemente el deseo del Otro. Esta es la estrecha determinación que entiendo, se establece como efecto de la existencia y realidad del inconsciente entre escritura y psicoanálisis, no es sin la lectura soportada en otro que el escrito puede revelarse y la verdad semidicha en ese texto hacerse oír. No es sin esa lectura que el discurso psicoanalítico puede proseguir. En este caso –en acto– frente a mis palabras, no es sin ustedes que de lo que retorna podrá hacerse escrito.
(1) Pommier, G., Nacimiento y Renacimiento de la Escritura, Nueva Visión, Bs. As., 1993.
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