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El exilio interior de Sándor Ferenczi08/08/2002- Por Juan Tubert - Oklander -
La
historia del movimiento psicoanalítico está llena de episodios en los que la
expresión de una disidencia llevó a una exclusión implícita o explícita del
disidente. Esto equivalía a un “exilio interior”, por el cual el transgresor
resultaba desterrado por la comunidad psicoanalítica, perdiendo así todo
contacto posible con sus anteriores colegas y amigos. Algunos de ellos, como
Jung, optaron por cortar su relación con el psicoanálisis. Otros como Lacan,
declararon que ellos eran los únicos verdaderos representantes del pensamiento
freudiano. Finalmente, hubo otros, como Ferenczi, que simplemente se
marchitaron y murieron. Este trabajo analiza el caso de Sándor Ferenczi,
intentando identificar las causas intrapersonales, interpersonales y
transpersonales de su exilio. Mucho se ha escrito acerca de los rasgos
autoritarios de la personalidad de Freud y de la infantil exigencia de Ferenczi
de recibir atención y reconocimiento por parte de una figura paterna, al mismo
tiempo que se rebelaba ante la misma, pero considero que las verdaderas causas
eran mucho más profundas. Desde mi punto de vista, el desacuerdo de Ferenczi
con Freud no fue fundamentalmente teórico o técnico, sino filosófico y
epistemológico. Ambos representaban dos concepciones de mundo diferentes e
incompatibles. El
concepto de “concepción del mundo” (Weltanschauung, en alemán) puede tener
varios significados. A veces se lo utiliza para referirse a un sistema teórico
derivado de alguna intuición general sobre la naturaleza del universo, que le
sirve como fundamento. Este tipo de concepción del mundo pretende dar respuesta
a todos nuestros problemas e inquietudes sobre el mundo y la vida. Cabe señalar
que éste es el significado en el que Freud utilizó el término, en su trabajo de
1933 sobre la Weltanschauung, en el que afirmaba terminantemente que el
psicoanálisis "“siendo una ciencia especial, una rama de la Psicología
–psicología abisal o psicología de lo inconsciente-, será absolutamente inadecuado
para desarrollar una concepción particular del Universo y tendrá que aceptar la
de la ciencia”. Un
segundo significado del término es, según Ferrater Mora: “Una visión del mundo
que puede incluir elementos de muy diversas clases: resultados científicos,
creencias religiosas, intuiciones poéticas, racionalizaciones de hábitos
sociales, ideales, aspiraciones, etc.” Éste es el sentido en el que he de
utilizarlo en este trabajo. Cabe destacar que este complejo ideativo no
contiene sólo descripciones, conceptos y explicaciones, sino también valores,
ideales y aspiraciones, los que constituyen una guía para la acción en la vida. Reyna
Hernández de Tubert ha planteado, en varios trabajos, la hipótesis de que toda
nuestra experiencia y conocimiento del mundo se basa en el conjunto de
presuposiciones, creencias y valores que constituye nuestra concepción del
mundo. Ésta es una estructura psicológica real, en su mayor parte inconsciente,
no un sistema de pensamiento consciente, y se adquiere a partir de las primeras
identificaciones. La
concepción del mundo es una estructura a la vez personal y colectiva. Se deriva
tanto de las primeras experiencias del individuo, vividas en el seno de la
familia, como del entorno social e institucional en el que se forma y posteriormente
vive. Por lo tanto, la organización mental de una persona lleva siempre la
marca de la concepción del mundo propia de la cultura y la sociedad que le
dieron origen. Dado que
la mayor parte de la concepción del mundo es inconsciente, obedece a las leyes
del proceso primario, que permite la coexistencia de ideas mutuamente
incompatibles. Por lo tanto dicha visión del mundo no es lógicamente coherente.
Incluye una serie de presuposiciones, valores, creencias, códigos de
representación y procedimientos, derivados de una serie de identificaciones con
los objetos primarios, que manifiestan las contradicciones de estos, así como
las de los diversos estados de ánimo en los que se realizaron estas
internalizaciones. Por lo tanto, la concepción del mundo no es una estructura
meramente representativa, sino que incluye también poderosos elementos
emocionales. Sándor
Ferenczi y Sigmund Freud provenían de un medio cultural muy semejante. Ambos
eran judíos europeos, de clase media, cultos, con formación médica y
científica. Manifestaban, por lo tanto, una firme creencia en la ciencia como
fuente de conocimientos confiables acerca de la realidad. Pero también se
encontraban influenciados por el movimiento romántico alemán, con su énfasis en
las intensas experiencias emocionales,
en la naturaleza, en la intuición, en lo inefable y en lo sobrenatural. Freud
desarrolló durante toda su vida una lucha sin cuartel contra este aspecto
místico de su personalidad, al que denominaba “el ocultismo”. Ferenczi, por lo
contrario, aceptaba mucho más su lado místico y romántico, oscilando entre
enormes saltos intuitivos y un riguroso análisis intelectual. Todos
sabemos que Sándor Ferenczi fue el discípulo predilecto de Freud, con quien
llevaba una profunda relación emocional, en términos de padre e hijo. El
alejamiento entre ellos suele ubicarse a fines de la década de 1920 y comienzo
de la siguiente, cuando Ferenczi se declaró partidario de una teoría
psicopatológica que atribuía las neurosis a las experiencias traumáticas de la
infancia, como consecuencia de situaciones de abuso, maltrato o desamor. Ello
lo llevó a importantes modificaciones técnicas, que favorecían una relación más
cercana, abierta y afectuosa con los pacientes, lo cual resultaba inaceptable
para su maestro. Sin embargo,
los primeros desacuerdos entre Freud y Ferenczi surgieron unos diez años antes,
en 1923, cuando Ferenczi y Rank publicaron su libro de técnica El desarrollo
del psicoanálisis, en el que enfatizaban los aspectos terapéuticos y
emocionales del tratamiento analítico. En particular, afirmaban que la única
fuente posible de convicción, tanto para el paciente como para el analista,
respecto de los hallazgos de un análisis, consistía en la experiencia emocional
allí vivida. Esto los llevó a privilegiar la repetición transferencial, como
vía de acceso al inconsciente, en vez del recuerdo y la comprensión intelectual
del sentido de los síntomas. Esto lo plantean en los siguientes términos: En la diferencia que aquí planteamos, entre buscar
los recuerdos con el fin de alcanzar los afectos y provocar los afectos al
servicio de la develación del inconsciente, podemos ver las causas más
profundas por las que psicoanálisis como ciencia debió primero pasar por una
fase de entendimiento, antes de que pudiera llegar a una apreciación plena del
factor de la experiencia. (...) La tendencia, que nosotros también buscamos,
de provocar la repetición en la situación analítica, finalmente acaba creando
para el paciente nuevos recuerdos (...) que ocupan el lugar de los complejos
patológicos aislados del resto del contenido mental (mi
traducción). Este
punto de vista no podía dejar de irritar a los primeros psicoanalistas, quienes
luchaban por lograr el establecimiento del estatus científico del
psicoanálisis, diferenciándose netamente de toda forma de ocultismo. A Freud
tampoco le gustó el libro; sin embargo, adoptó una posición más tolerante y
conciliadora al respecto, como lo muestra en su carta a Ferenczi del 4 de
febrero de 1924. Allí dice: En cuanto a su esfuerzo para coincidir
constantemente conmigo, lo aprecio enormemente como una expresión de su
amistad, pero ese objetivo no me parece ni necesario ni fácilmente alcanzable.
Sé que no soy muy accesible y me resulta difícil asimilar las ideas ajenas que
no van por el mismo camino que las mías. Tardo bastante tiempo en formar un
juicio sobre ella, de modo que en el ínterin debo abstenerme de juzgar. Si
tuviera usted que esperar tanto en cada ocasión, se acabaría su productividad.
Así que ése no es el camino. Me parece fuera de toda duda que ni usted ni Rank
abandonarán el terreno del psicoanálisis en sus vuelos independientes. Así,
pues, ¿por qué no habían de tener ustedes el derecho de ver si existe una
solución por una camino diferente al seguido por mí? Si se extravían al
hacerlo, ustedes mismos lo descubrirán antes o después, o yo me tomaré la
libertad de señalárselo tan pronto como esté seguro de ello. Sin
embargo, esta razonable actitud por parte de Freud cambió pocos años después,
cuando Ferenczi afirmó explícitamente su convicción acerca de la génesis
traumática de las neurosis y modificó su técnica para brindar al paciente un
resarcimiento actual de los sufrimientos y carencias vividos en la infancia.
Esta propuesta apareció por primera vez en su artículo de 1929 “El niño no
deseado y su instinto de muerte”. En él, Ferenczi mostraba como los niños no
deseados se tornaban autodestructivos –tanto en su pensamiento, como en su
conducta y en sus síntomas psicosomáticos- y planteaba que la única salida
terapéutica para esta grave situación consistía en “permitirle al paciente que se comportara durante un tiempo como un
niño” (mi traducción). Lo que
Ferenczi estaba proponiendo en este trabajo era una nueva teoría de la
curación, basada en lo que luego se conoció con el nombre de “regresión
terapéutica”. La idea era cuidar a estos pacientes como si fueran niños, para
permitirles vivir, en la relación con el analista, experiencias emocionales
constitutivas que les faltaran durante la infancia. El autor llegaba incluso a
afirmar que esta nueva crianza permitiría incluso una transformación del
substrato pulsional de la personalidad. Esto está claro cuando dice: “Por medio
de esta tolerancia se le permite al paciente –por primera vez estrictamente
hablando- disfrutar de la irresponsabilidad de la infancia, lo cual equivale a
introducir impulsos de vida y motivos positivos
para su existencia posterior” (mi traducción, itálicas del autor). Obviamente,
esta propuesta suponía una ruptura significativa con la concepción del ser
humano contenida en la teoría pulsional de Freud, para quien las pulsiones eran
un fenómeno primario e irreductible, el verdadero núcleo de la vida psíquica.
Sin embargo, la divergencia abierta entre ellos surgió a partir de dos puntos,
uno teórico y otro técnico. El primero fue el replanteo, por parte de Ferenczi,
de las ideas acerca del papel patogénico desempeñado por el abuso sexual de los
niños, originalmente propuestas por Freud en 1896, en “La etiología de la
histeria”. Freud había abandonado su mal llamada “teoría de la seducción”,
claramente ambientalista, reemplazándola por las de la sexualidad infantil y el
complejo de Edipo. A partir de entonces, la afirmación de la etiología endógena
de las neurosis se había transformado, para los primeros psicoanalistas, en le
criterio de demarcación entre lo que era psicoanálisis y lo que no lo era.
Desde este punto de vista, Ferenczi estaba sufriendo una “regresión teórica”,
que lo llevaba a abandonar el camino del psicoanálisis. Una tal desviación en
el pensamiento de uno de los más grandes maestros del psicoanálisis sólo podía
explicarse como resultado de una enfermedad. De allí surgió el infundio,
posteriormente sostenido y publicado por Ernest Jones (1953-57), de que
Ferenczi estaba psicótico. La
divergencia sobre la técnica surgía de los intentos de Ferenczi de brindar a
sus pacientes en regresión el cariño que les faltara durante su infancia. Esto
lo lleva a un contacto físico con ellos, que hacía temer a su maestro una caída
en situaciones de acting out sexual, sobre todo en la medida en que sus ideas
fueran abrazadas por analistas más jóvenes e inexpertos. Así lo expresó, en
duros términos, en su famosa carta del 13 de diciembre de 1931, en la que
cuestionaba el hecho de que Ferenczi besara a sus pacientes. Los aspectos
más escandalosos de esta discusión ocultaron el hecho de la divergencia era
mucho más profunda que lo que Freud llamó, sarcásticamente, “una cuestión
menor, un detalle de la técnica”[1]. Las
diferencias entre ambos analistas no eran solamente técnicas, sino también
epistemológicas, axiológicas, teóricas, de concepción del ser humano y de
experiencia de vida. Comenzaré por esta última, ya que considero que todo
pensamiento, todo conocimiento y toda teoría se derivan, necesariamente, de las
experiencias vividas, particularmente durante la infancia. Sigmund
Freud era, indiscutiblemente, el hijo favorito de su madre, una madre que era,
no obstante, bastante absorbente y posiblemente narcisista. Sin embargo, él
adhirió siempre a la visión oficial de la familia, que afirmaba que el amor
incondicional de ella hacia él, reprimiendo seguramente sus conflictos con su
madre. Jeffrey Rubin sugiere que “su
intento de acomodar su confusa y perturbadora relación con su madre lo llevo a
un deseo de saber, combinado con un miedo de saber, lo que creo que es un punto
ciego del cual el psicoanálisis todavía está recuperándose” (mi
traducción). En otras palabras, Freud tendía a negar todas las posibles
situaciones de desamor por parte de los padres –muy particularmente, la madre-,
con el fin de evitar enfrentarse con sus propios conflictos con la suya. Sándor
Ferenczi, por lo contrario, siempre sintió que su madre no lo quiso.
Precisamente, uno de sus desacuerdos con Freud, durante su análisis con él,
derivaba del hecho de que su analista tomó esta creencia como un síntoma, que
ocultaba sus verdaderos conflictos internos. Al respecto, escribió lo
siguiente, en una carta a Groddeck, fechada el 25 de diciembre de 1921: No cabe duda de que como niño recibí muy poco amor y
demasiada severidad por parte de mi madre. (...) Los sentimientos y las
caricias eran desconocidos en nuestra familia. Los sentimientos tales como un
modesto respeto por los padres, etc., eran tanto más celosamente cultivados. A
partir de una tal educación, ¿qué otra cosa podía resultar que no fuera
hipocresía? Lo más importante era mantener las apariencias, para mantener
ocultos los “malos hábitos”. En consecuencia, me volví un excelente estudiante
y un masturbador secreto (mi traducción). Sus incansables experimentos con la técnica pueden ser vistos, por lo
tanto, como un intento de elaborar la herida emocional que le genera la falta
de respuesta de su analista, ya que esta herida reavivaba los antiguos traumas
derivados de su relación con su familia de origen. Por otra parte, estas
experiencias infantiles lo tornaron exquisitamente sensible ante los
sufrimientos vividos por sus pacientes, como consecuencia de situaciones de
abuso, maltrato, rechazo, abandono, desamor. Es bien sabido que Freud nunca se sintió del todo médico o terapeuta.
Para él, el psicoanálisis era fundamentalmente un método de investigación de lo
inconsciente y sus efectos terapéuticos debían considerarse como un subproducto
deseable de su verdadera labor. Marialzira Perestrello afirma que “(...) en
Freud el investigador era lo
primordial. El indagador predominaba (...) no había en Freud un deseo primario de “hacer algo por aquel
paciente”, de “tratar de aminorar su sufrimiento” (mi traducción, itálicas de
la autora). Y agrega “contrapongo (aquí) la tendencia epistemofílica a la
terapéutica-sacerdotal-reparadora”. En Ferenczi, por lo contrario, esta última tendencia era lo
fundamental. De él dice su discípulo y amigo, Michel Balint que “fue un médico
en el mejor y más rico sentido de la palabra. (...) Lo único que podía mantener
permanentemente su interés, y en lo que su inquieto espíritu podía hallar
reposo, era ayudar, curar. (...) Su única meta, la cual jamás perdía de vista,
era aliviar los sufrimientos de las personas mentalmente enfermas” (mi
traducción). Por lo tanto, entre Freud y Ferenczi se daba una divergencia
fundamental en el terreno de los valores: para el primero de ellos, los valores
fundamentales eran el conocimiento y
la verdad, mientras que para el
segundo lo eran la curación y, en
última instancia, la felicidad. La divergencia epistemológica entre estos dos analistas era igualmente
profunda. Freud adhería a lo que él llamaba la “concepción científica del
mundo”, a la que definía en los siguientes términos: (...) la concepción científica del universo (...) acepta (...), desde
luego, la unidad [itálicas del autor] de la explicación del Universo, pero sólo
como un programa cuya realización está desplazada en el futuro. Aparte de eso,
se distingue (de otras concepciones del mundo) por caracteres negativos, por la
limitación a lo cognoscible en el
presente y por la repulsa de ciertos elementos ajenos a ella. Afirma que la única fuente de conocimiento
del Universo es la elaboración intelectual de observaciones cuidadosamente
comprobadas, o sea, lo que llamamos investigación, y niega toda posibilidad de
conocimiento por revelación, intuición o adivinación [Freud, 1933, “Nuevas
lecciones introductorias al Psicoanálisis”, las itálicas son mías]. Pretendía describir al ser humano en términos “objetivos”, es decir,
desde la visión impersonal de un observador externo. Pero todos sus
descubrimientos lo llevaban, inevitablemente, a considerar la perceptiva
interna de la experiencia subjetiva, lo cual generó inevitablemente un
conflicto, ya que esta nueva visión era mucho más afín a la poesía o al
misticismo, que al modelo científico al que adhería conscientemente. Esta
contradicción puede encontrarse en toda su obra. Ferenczi, en cambio, no tenía mayores inconvenientes en asumir la
perspectiva eminentemente personal de la experiencia subjetiva, y no entraba en
conflicto con la dimensión mística de su trabajo. Para él, no había
contradicción alguna entre la práctica científica y la indagación de la
fenomenología de la experiencia emocional, propia de la practica analítica.
Estaba convencido de que el psicoanálisis era un caso único en el desarrollo de
las ciencias, ya que oscilaba entre las perspectivas científicas y psicológica.
A esto lo llamó el método “ultraquista”. Los ultraquistas eran una secta
religiosa que insistía en compartir el pan y el vino en la comunión, por lo que
Ferenczi utilizó el término para referirse a la investigación psicoanalítica,
ya que ésta presentaba siempre dos lados. La teorización psicoanalítica debería
oscilar entre el uso de analogías físicas para la mejor comprensión de lo
mental, y de analogías psíquicas, para la mejor comprensión de lo físico. Así
lo explica en un trabajo de 1926, en el que dice: Cuando (...) intenté esclarecer en forma crítica la forma en que trabaja
nuestra ciencia actual, me vi obligado a suponer que, si la ciencia ha de
mantenerse realmente objetiva, deberá operar
alternativamente como psicología pura y como ciencia natural pura, y
deberá verificar tanto nuestra experiencia interna como externa, a través de
analogías tomadas de ambos puntos de vista; esto supone una alternancia entre
la proyección y la introyección. A esto lo denominé el “ultraquismo” de todo
trabajo científico verdadero [Ferenczi, 1926 “the problem of accetance
unpleasant ideas – Advances in knowledge of the sense of reality”, mi
traducción] En su concepto de “psicología pura” incluye al conocimiento “por
introyección”, es decir, la empatía,
como una forma de intuición directa de lo psíquico. Esta propuesta entraba en
franco conflicto con la postura racionalista y cientificista de Freud. En cuanto a su concepción del ser humano, las divergencias eran
asimismo patentes. Freud pretendía transformar toda nuestra comprensión
psicológica del ser humano en una teoría explicativa impersonal, formulada en
los términos propios de las ciencias naturales. De allí que postulara la
existencia de un “aparato psíquico”, formado por estructuras por sí mismas
inertes, que debían ser puestas en movimiento por la acción de una energía
psíquica que las activaba. Esto permitiría plantear explicaciones mecánicas e
impersonales, afines a las de la física. Por lo tanto, el yo era para él un
subsistema del aparato psíquico, una organización de neuronas o
representaciones, que se constituían como una estructura funcional, comparable
al “homúnculo cerebral” de los anatomistas. Para Ferenczi, por lo contrario, el yo es una persona total capaz de
experimentar, aprender, relacionarse y vivir. Es un self, un sujeto que interactúa dialécticamente con los objetos y se
conforma a partir de dicha relación. Las pulsiones no serían otra cosa que el
aspecto dinámico de la relación, caracterizado por el vínculo emocional. En
ello anticipa a los posteriores desarrollos de la teoría de las relaciones
objetales. Resulta llamativo que los protagonistas de esta polémica no
identificaran cuán profundas eran realmente sus diferencias. Es posible que el
afecto que se tenían los haya llevado a minimizarlas o negarlas, en un intento
finalmente fallido de preservar la relación. Pero también hay otra explicación.
Los principios fundamentales de nuestra concepción del mundo no son solamente
inconscientes, sino que pasan desapercibidos, precisamente porque impregnan
toda nuestra experiencia de la realidad. Esto los torna muy difíciles de
identificar como presuposiciones o creencias, ya que todo lo que vivimos parece
confirmarlas. El resultado es que no las consideramos en absoluto como
pensamientos, sino simplemente como “la forma en que son las cosas”. Además,
algunas de estas presuposiciones son tan fundamentales para la estructura de
nuestros sistemas de pensamiento, que tendemos a defenderlas denodadamente ante
cualquier posible cuestionamiento. Resultan, por lo tanto, prácticamente
inmodificables por la experiencia y por la discusión racional. Reyna Hernandez de Tubert ha planteado, en un trabajo presentado en
nuestro último Encuentro, realizado en Versalles, la hipótesis de que muchas de
las polémicas aparentemente irresolubles entre psicoanalistas se deben a que lo
que se está realmente discutiendo no es en absoluto algún punto de la teoría o
de la técnica, sino las presuposiciones propias de las concepciones del mundo
de quienes en ellas participan. El estudio de la polémica Freud-Ferenczi
pareciera confirmar este punto de vista. Finalmente, existe tal vez otra razón que puede explicar la gran
predominancia del pensamiento dogmático en las discusiones entra analistas. El
psicoanálisis representa un cuestionamiento de todas nuestra aparentes
certidumbres. Ello genera un impacto tan grande para nuestro funcionamiento
mental, que todos tendemos a aferrarnos a algunas de ellas, por miedo a
volvernos locos, y esto engendra el dogmatismo. La actitud dogmática se
deposita a veces en nuestras teorías o rituales técnicos psicoanalíticos preferidos
y otras, en nuestras creencias filosóficas, científicas o ideológicas. En el
caso de Ferenczi, su concepción del mundo, del ser humano y de la naturaleza
última del psicoanálisis era diferente a las de Freud. Pero tal vez el mayor
conflicto con su maestro surgió de su posición epistemológica. Ferenczi
reconoció implícitamente en sus escritos que la propia existencia de la
indagación psicoanalítica había demolido irremediablemente la concepción de la
ciencia del Siglo XIX, con la cual contaban tanto Freud como él mismo, para
encontrar un terreno firme en el cual apoyarse. Ésta ha sido una verdadera
situación traumática para sucesivas generaciones de psicoanalistas, de la cual
todavía no acabamos de recuperarnos. Para tomar
contacto con el autor hacerlo a: juan_tubert@hotmail.com
[1] Masson, J. M. (The Assault on Truth, 1984) analiza en el texto original de la carta en alemán esta frase, que fuera omitida por Jones en su traducción al ingles de la misma.
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