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La hipnosis, los albores del psicoanálisis y su prehistoria: el magnetizador26/10/2011- Por Vita Escardó - Realizar Consulta

En el presente texto, la autora analiza el lugar de la hipnosis (y su antecedente más directo, el magnetismo animal) en el abordaje de la histeria a fines del siglo XIX. Al mismo tiempo, reconstruye dos aspectos importantes del contexto cultural en donde esas prácticas se insertan: por un lado, el positivismo imperante en el dominio epistemológico; por otro lado, la literatura y las producciones artísticas que se interesan por los fenómenos histéricos e hipnóticos. De esta manera, contribuye a reconstruir el campo de problemas en el que el psicoanálisis encontrará algunas de las condiciones de posibilidad para su emergencia.
En los finales del siglo XIX, como inevitable condimento de la ávida curiosidad científica propia del positivismo, dos escuelas utilizan un método similar, acuñado por un misterioso personaje protorromántico: Mesmer. Se trata de la hipnosis, investigado en
El Fin de Siglo 1880-1900 en Europa nos muestra una época de nacimiento de nuevos estados nacionales y la reconfiguración de otros, a partir de las guerras napoleónicas y la expansión colonialista de Gran Bretaña. El ambiente científico era floreciente, centrado en las pautas racionales y empiristas propias del positivismo naturalista. Gran Bretaña dejaba atrás la férrea moral victoriana y era aún el centro económico del mundo, con una moneda fuerte y una inmensa expansión colonial. El predominio de la raza blanca, encargada de “civilizar” al resto del orbe –aún a costa de la desaparición de etnias enteras- era indiscutible. El filósofo social Herbert Spencer, tomando la teoría de Darwin, denominaría a esto: “la supervivencia del más apto”. La expansión industrial arrastraba grandes masas de campesinos a las ciudades, deteriorando las culturas folklóricas rurales. El aumento de la mano de obra y las duras condiciones de trabajo derivaron en la organización de movimientos de trabajadores, en los albores del socialismo y el anarquismo.
Alemania destacaba por su desarrollo en el campo de las ciencias. Cualquier publicación científica que pretendiera ser considerada en el mundo se escribía en alemán. También en Viena, Budapest y Praga, bajo dominio austrohúngaro, se hablaba alemán con acento y giros propios. En París se concentraba la actividad intelectual de toda Francia, en un estilo más espontáneo y librepensador que el del modelo germano.
A pesar de que orden y seguridad daban medida a la época, será especialmente en las disciplinas artísticas donde comience a expresarse un decaimiento de este optimismo científico a través de un movimiento que convivirá críticamente con el positivismo: el neorromanticismo. Poetas alemanes como Rainer Maria Rilke, los simbolistas franceses y los prerrafaelitas ingleses alimentaron este espíritu del fin de siècle. El leit motif del movimiento será el concepto de “decadencia”, asociado a la del Imperio Romano, Bizancio o la corte de Luis XV. En plena expansión mecanicista de los grandes centros urbanos, estos neorrománticos, a diferencia de los primeros, no se identificaron con el espíritu de
Este concepto de decadencia se correspondía en el ámbito científico con el de “degeneración mental”, sostenido por Morel, Magnan y Janet, popularizado a través de las novelas de Zola. Todo el clima se abonaba con la condena de Nietzche al narcisismo de la especie humana, un punto perdido en el cosmos, patéticamente persuadida de ser el centro del Universo.
La literatura utilizó el recurso del monólogo interior o corriente de pensamiento. Los contenidos de la mente pasaron a primer plano; los personajes de corte psiquiátrico aparecían en las obras casi paralelamente a los casos clínicos en consultorios y hospitales. El teatro estaba presente hasta en el modo de comportarse socialmente, tal como expresa Proust en su obra literaria. El cuadro histérico y el trance hipnótico comparten esa teatralidad espectacular. Con las culturas folklóricas en retirada, el neorromanticismo no tenía una fuente de mitos tan rica como tuvo su predecesor romántico. Aún así, hubo recreaciones de vampiros y una variante interesante: la mujer vampiro, vampiresa, mujer fatal. A esto se correspondía una organización patriarcal del poder y la familia, donde el rol de la mujer era secundario y subordinado a la decisión del varón, tanto en el hogar, como en la vida pública, donde, por lo general, no tenía voz ni voto. Los movimientos feministas que avanzaban lentamente desde hacía casi un siglo, renovaron sus bríos y con ellos, la polémica acerca de la igualdad de los sexos.
Este pesimismo, en algunos casos atribuido a la filosofía de Schopenauer y Von Hartmann, resultante de la vida burguesa, con tiempo libre de sobra, repercutirá en la vida cotidiana. Los males de la época serán la neurastenia, el trastorno nervioso y la histeria.
Así como los románticos se habían vuelto hacia Mesmer, los neorrománticos se asomaron a la hipnosis, el sonambulismo y la enajenación mental.
La psiquiatría, atravesada ya una etapa de tratamiento de los enfermos basado en el miedo y la represión física, investigaba ahora la casuística, apoyada por el método empírico y el espectro de investigaciones que iluminaban desde diversas ópticas el tema de la salud mental. Charcot, neurólogo, se obsesionaba por desentrañar la única enfermedad cuya etiología se le escapaba: la histeroepilepsia. Los síntomas eran aleatorios, fingidos, imposibles de ligar con los eficientes estudios anatómicos de la época. Contrariamente a la corriente cientificista alemana, que consideraba a la histeria una enfermedad poco seria como para dedicarle un campo específico de investigación, en
La escuela de Nancy, en cambio, daba la espalda a París, centro excluyente. Fundada por discípulos de Liebàult, un médico rural muy apreciado en la comunidad por su trabajo de campo, también utilizó la hipnosis como método de investigación. Finalmente la descartó, no sin antes determinar su inexistencia. Su discípulo, Bernheim, la consideró un estado inducido por el hipnotizador mediante la sugestión. Se trataba de un agente externo capaz de instilarse en mentes “sugestionables”. Dependía de la maestría y poder del médico actuante. Esta escuela también aportó un elemento básico para el posterior desarrollo de la teoría freudiana: el poder de uso de la palabra sobre un estado psicológico, más que fisiológico.
Pero vayamos un poco al origen de la hipnosis. Nos encontraremos entonces con un enigmático personaje: Franz Mesmer. A pesar de pertenecer cronológicamente a la etapa de
Un año antes, durante una operación de sangría, ha observado que el flujo de la sangre del paciente aumenta o disminuye acorde con su cercanía física. Escribe una tesis médica sobre el “influjo involuntario de uno sobre todo y de todo sobre cada uno”. En contacto con los descubrimientos de Newton acerca de la ley de atracción universal, Mesmer elabora la teoría del magnetismo animal, es decir, la capacidad de influjo de los seres vivos sobre otros seres y sobre los objetos. De este modo surge la figura del magnetizador, cuyo fluído circula a través de la punta de los dedos para curar al paciente. La enfermedad resulta de la distribución inarmónica de este fluido en la persona. Estos conceptos, que podrían resultar extraños para un científico, no lo son tanto si consideramos que Mesmer pertenecía a una hermandad francmasónica,
Otro concepto de la teoría de Mesmer -que también ha observado en las iniciaciones ocultistas- es la idea de “crisis” como concepto de sanación, expresada en una convulsión o agitación del cuerpo y del ánimo. Esta crisis será luego reconocida tanto en el trance hipnótico como en el ataque histérico. Lo ligaremos aquí con el método catártico que adopta Freud, tras dejar la hipnosis.
En determinado momento Mesmer evalúa la necesidad de gestionar la cura más allá de su presencia física, intentando “despegar” la figura determinante del magnetizador, tal vez intuyendo su capacidad de sugestión por encima del fluido animal postulado, tal vez especulando con la posibilidad de tratar (y cobrarle) a mucha gente al mismo tiempo. Es así como concibe el “Baquet”, un dispositivo transmisor del fluido al que los pacientes pueden conectarse en grupo, basado en la botella de Leyden y sobre la que el magnetizador puede influir a distancia. Las sesiones incluyen crisis y convulsiones, gritos y... discretas habitaciones para desplegar tal “catarsis”.
Esta idea es antigua: mucho antes, en el teatro griego, la tragedia y la comedia eran utilizadas para la expurgación de las pasiones del pueblo, una por medio de la risa y otra por medio del llanto. En su Poética, Aristóteles define como el medio de expurgación de los “mejores” a la tragedia y de los “peores” a la comedia. Mejores o peores, la idea que primaba era la de una expresión colectiva de las pasiones y su tramitación a través de la catarsis.
El Bacquet de Mesmer, que atraía especialmente a mujeres, y sus métodos, terminaron siendo duramente cuestionados por sus colegas, científicos racionalistas. En 1784
Tal vez porque el personaje resulta contradictorio en varios aspectos, sus seguidores se dividieron en fluidistas y antifluidistas. Citaré al Marqués de Puysegur entre los primeros, quien destacó las propiedades de los estados sonambúlicos por encima de la “crisis” del trance y entre los segundos a Braid, quien cambia el nombre de magnetismo por el de hipnotismo y lo incorpora como parte de la práctica legítima de la medicina, hacia 1840. El procedimiento consistía en la fijación de la mirada en un punto luminoso y la estimulación físico-mecánica.
No debe sorprender que la literatura encontrara un campo fértil en el terreno de la hipnosis. Figuras como magnetizadores y espiritistas, crímenes cometidos en trance, seducción inducida por sugestión hipnótica y relatos de este tenor pueblan la obra de Poe, Hoffman, Maupassant, Stevenson, Wilde...
El contacto con materiales del inconciente es fundamental para la creación artística. Es posible que los relatos indaguen en la hipnosis y otros hechos aparentemente sobrenaturales, en búsqueda de aquella llave que permita trasponer el umbral entre un estado y otro. Resulta habitual que los autores describan a la inspiración como un estado similar al trance. O la creación de relatos ficcionales que resultan posteriormente reales, a la manera de Verne.
Citaré algunas obras que se inspiran o directamente abordan el tema: “Revelación mesmérica” y “La verdad sobre el caso de del señor Valdemar”, de Edgar Allan Poe. El primero es particularmente interesante por su contacto con la teoría de Carus. “El magnetizador”, de E. Hoffman; “Magnetismo” de Maupassant; “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, éste referido además a la figura del Doble, como correlato siniestro del yo, en la misma línea está “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, de Stevenson.
La imagen de la hipnosis está ya incorporada a nuestra cultura y es tan atractiva que Disney la incluye en “El libro de
Vita Escardó
Lic. en psicología, psicodramatista, actriz.
Bibliografía
-Ellenberger, H. F.: “El descubrimiento del inconciente”, Ed.Gredos, Madrid, 1976.
-Gandolfo, E.: “Incursiones en la Clínica freudiana incipiente: histeria e hipnosis. Ed. Cálamus, Bs As, 1985.
-Saurí, J. J.: “Historia de las ideas Psiquiátricas”, Ed. C. Lohlé, Bs As, 1969.
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