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La novela familiar de los psicoanalistas04/09/2015- Por Patricia Fochi - Realizar Consulta
La verdad tiene estructura de ficción dice la cita, en esta escritura la autora nos devela la verdad del mito, donde el padre no es tan padre y el enigma de parir implica una mujer oculta bajo el culto a un padre enaltecido.

“El inventor del psicoanálisis, no es Freud, sino Anna O., como todos saben”
Jacques Lacan, La Identificación.
La amistad entre ambos estaba rota, aún así, Breuer acepta la publicación del libro “Estudios sobre la histeria”[1] junto a Sigmund Freud. Breuer, esperaba divulgar ante la comunidad científica que era él (y no Janet), el autor del método catártico. Freud, (mientras se beneficiaba por publicar con un colega muy conocido) le ofrecía la ocasión de difundir un caso en el que éste había aplicado la catarsis entre los años 1880 y 1882. Janet la había anunciado como “su descubrimiento” en 1887. La mención insistente y agotadora de fechas en el caso remite a esta disputa por la autoría entre Janet y Breuer.
Así es como Anna O. aparece inaugurando la serie de casos de los “Estudios...” ubicándose como el primero, el único y, definitivamente, el último de Breuer, en la historia del psicoanálisis. Resulta curioso que en más de una centuria, se haya privilegiado, o bien la data biográfica de tal modo que hay más información sobre la famosa Berta Pappenheim de lo que podamos imaginar; o bien, relatos novelados que se transmiten entre psicoanalistas sin apoyatura en la materialidad de la letra de Breuer. Ambas vertientes pasan por encima de la trama de Ana. O. como texto, arrasándolo como “caso” aunque conservándolo como mojón inaugural.
Tradición propiciada por Freud, quien hablando oblicuamente de “lo que le ocurrió a Breuer”, instaló lo que podríamos llamar, sin ambages, un secreto familiar.
“(...) y ciertamente existe una gran brecha entre los retratos de Berta Pappenheim, filántropa y promotora del trabajo social, y Anna O., la misteriosa histérica de Breuer”[2]. Sin embargo, esa brecha se ha ido obstruyendo ya que se habla de ellas como si se tratara de la misma.
En su “Presentación autobiográfica”,[3] Freud afirma: “respecto del final del tratamiento hipnótico había un punto oscuro que Breuer nunca me iluminó, tampoco podía yo comprender por qué había mantenido tanto tiempo en secreto su conocimiento, inestimable a mi parecer, en vez de enriquecer con él a la ciencia”
¿Freud le estaba reprochando a Breuer algo que no hubiera revelado, o estaba mostrando que era él quien se guardaba algo de valor inestimable?
Ernest Jones en 1953[4] ¿“aclarará”? ese punto oscuro tejiendo un texto que hace novela: “Conociendo Freud mismo el relato mucho más extenso del que éste hiciera en sus obras acerca de las peculiares circunstancias en medio de las cuales llegó a su fin este noble tratamiento, parecería ser que Breuer desarrolló lo que hoy llamaríamos una poderosa contra transferencia frente a su interesante paciente. En todo caso se dejó absorber de tal modo que su mujer terminó por sentirse fastidiada de no oírle hablar de otro tema que éste y al poco tiempo, además, celosa (…) el descubrimiento [los celos] provocó en él una violenta reacción, mezcla de amor y de culpa que lo llevó a la decisión de poner fin al tratamiento. Se lo hizo saber así a Anna O. que entonces ya se sentía mucho mejor y se despidió de ella. Esa misma tarde tuvieron que traerlo nuevamente a la casa de la paciente a quien halló en un estado de grave excitación y al parecer más enferma que nunca. La paciente, que en su opinión se había mostrado como un ser asexual y durante todo el tratamiento no había hecho la menor alusión a tan escabroso tema, estaba sintiendo ahora los dolores de un falso parto histérico, pseudociesis, culminación lógica de un embarazo imaginario que se había iniciado y había seguido su curso inadvertidamente en respuesta a la atención médica de Breuer”. Jones va por más, agregando que Breuer huye despavorido, haciendo un viaje a Venecia con su mujer en el que conciben a la última hija que tuvieron, que, a su vez, (¡Oh peculiar destino!) se suicida en Nueva York cuando cumple 60 años.
Años más tarde, alrededor de 1970, hubo una serie de publicaciones basadas en documentación histórica[5] que revelan algunas diferencias fuertes con la versión de Jones. Sin embargo, aquella historia permaneció intacta. Emilio Rodrigué se nutre de esos textos, y conjetura que el lugar tan fundamental que se le dio a esta versión del caso se convirtió en una influencia tan grande que nadie ha cuestionado la versión oficial de la historia, es decir, la de Jones (con quien discute).
Comentará que en el año 1882 –último año del tratamiento con Anna O.– la hija de Breuer, aquella presuntamente concebida en Venecia, ya había nacido y, además, sí se suicidó pero en Europa y cuando la Gestapo[6] estaba entrando a su casa.
Sobre los inicios del psicoanálisis también se erige una novela familiar. En ella se lee enfáticamente la huida de Breuer al modo de un pusilánime, y se deja a Freud como quien se atrevió allí donde Breuer huyó. El viejo profesor pudo “domeñar la transferencia” justo allí donde Breuer declinó. Versión con la que el psicoanálisis descansa oficialmente en la potencia del padre.
Freud: “Si el niño llega a aprehender que el padre siempre es incierto, mientras la madre es certísima, la novela familiar experimenta una curiosa limitación, a saber: se conforma con enaltecer al padre (...) de suerte que el niño en verdad no elimina al padre, sino que lo enaltece”[7]
¿En qué grieta de esta historia novelada oficial de Jones o en qué fisura del olvidado (reprimido sería más preciso) caso de Breuer se cuela, entonces, la caída de un padre para que se vuelva necesario enaltecerlo? Vayamos al caso.
Si leemos Anna O. como cabe hacerlo según la posterior enseñanza freudiana, como un historial[8], nos encontramos con que a medida que el lazo entre médico y paciente se hace más intenso, los síntomas se volvían más serios, más persistentes, más floridos, más graves. Tanto empeora Anna O. (quien había consultado por una tos nerviosa) que amenaza con suicidarse. Breuer le prescribe una internación en una clínica del campo. La relación entre ambos se vuelve más estrecha, más dependiente, más exigente. Dos citas:
“Si ya antes había tomado mínimas porciones de alimentos, ahora se rehusaba por completo a comer; pero permitió que yo la alimentara, de suerte que su nutrición fue en rápido aumento” y “El modo de prevenir estas contingencias harto desagradables fue que yo (a su pedido) cada anochecer cerrara los ojos con la sugestión de que no podía abrirlos hasta que yo mismo lo hiciera por la mañana”[9]
La posición del médico se transforma en un lugar desconcertante, mientras ella habla (sólo en alemán, para él), sus conocimientos se despedazan, y su actitud se vuelve claramente materna. La alimenta, la duerme, la despierta... Nada calma la exigencia de su paciente.
La flagrante huida de Breuer ante el brutal llamado de Anna O. a un padre por la vía de la pseudociesis, deja sin padre a la criatura por nacer. Precisamente allí donde Breuer abandona, Freud acude. Momento en el que escribimos el nacimiento del psicoanálisis.
“No hay padre del psicoanálisis, a pesar de las numerosas novelas edípicas narradas por los psicoanalistas, aunque en efecto, no hay psicoanálisis sin Freud”.[10]
Novelamos un nacimiento (y un suicidio excedido de sentido ¿qué otro destino iba a tener aquella niña?) mientras encubrimos una huida, la freudiana, ante el horror de aquello que le pasó a Breuer.
En Tributo a Freud[11], Hilda Doolitle, relata que en el transcurso de su análisis con Freud, él le había confesado: “Y –debo decírselo (usted siempre fue franca conmigo y yo lo seré con usted)– no me agrada ser la madre transferencial; siempre me sorprende y me molesta un poco. Me siento muy masculino”
Anna O. ¿La madre certísima?
¿Dónde situar “el punto oscuro”? ¿En el peligro que para un analista implica el lugar de “la madre transferencial”? ¿O en soportar aquello que de “lo femenino se cuela en los entresijos del decir de las histéricas”[12]? ¿O en todo aquello que amenace cualquier forma de integridad del analista?
Alivio el de la pseudosiecis eterna de Anna O.
Alivio cuando las transferencias golpean los cuerpos de los analistas, alivio contra amenazas que no dejamos de expulsar, masivamente identificados al ideal de dominio que inventa el poder freudiano ante el temor de Freud. ¡Uh lo que le pasó a Breuer! Ese otro, ese yo que ya no velamos de alteridad.
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[1] Freud, Breuer. Obras Completas. Estudios sobre la histeria [1893 -95] T II Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1985.
[2] Ellemberger. Cuadernos clínicos de actualidad psicológica "La historia de Ana O. Estudio crítico con documentos nuevos", pp 66 - 81, Bs. As., Actualidad psicológica editorial, 1983
[3] Freud, Sigmund. Obras Completas. "Presentación Autobiográfica" [1925] TXX pp 1 - 70. Buenos Aires, Amorrotu Editores, 1987.
[4]Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud. T I Buenos, Aires. Lumen Hormé Editores, 1996.
[5] AAVV. Cuadernos clínicos de actualidad psicológica. Bs. As. Editorial, Actualidad psicológica, 1983
[6] Contracción de Geheime Staatspolizei: "policía secreta del estado" policía secreta oficial de la Alemania nazi.
[7] Freud, Sigmund. Obras Completas. "La novela familiar de los neuróticos" [1909] TIX pp 213 - 220 Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1989.
[8] Es justamente esa historia de una relación transferencial lo que nombramos “historial”. Aunque sólo haya habido historiales freudianos, podemos permitirnos tomar prestado el término en esta ocasión.
[9] Breuer, Freud. Estudios sobre la histeria... op. cit. pp 52 y 61, respectivamente.
[10] Jinkis, Jorge. ¿Tú también, hijo mío? Conjetural. Revista psicoanalítica. Número 41 Ediciones Sitio. Mayo del 2004.
[11] Doolitle, Hilda. Tributo a Freud (cartas) Buenos Aires, Shapire Editor SRL, 1979, p 37.
[12] Ritvo, Juan. Fundamentación del programa de un seminario dictado en el marco de la Maestría en Psicoanálisis, UNR, 2015.
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