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Moffat, la experiencia renegada. Orillas de los manicomios05/12/2003- Por Marcelo Percia - Realizar Consulta
Moffatt no se sorprende de que algunos se vuelvan locos, sino de que muchos permanezcan cuerdos. Moffatt casi no será leído en medios académicos y psicoanalíticos. Muchos, antes de atender a una idea, se fijan en el collar que cada uno lleva en el cuello. Moffatt no tiene las marcas esperadas; a veces, anda decapitado; algunas de sus ideas están de la cabeza; otras, salen ahogadas, sofocadas, urgidas.
“-la yerba usada/ viene
a ser/
como la cenisa/ ‘el
mate...”
Leónidas Lamborghini.
1. Encuentro
1. 1
Casualidad
Alfredo
Moffatt entra en Las Violetas a las veinte horas del viernes diecinueve de
mayo. Lo observo mientras busca mesa. Me acerco a saludarlo. Dice sobre su
último libro. Lamenta no ser leído. Bromea: “¡Soy
un renegado! ¡Me niegan y después niegan que me niegan!”. Me regala En caso de angustia rompa la tapa. En la
dedicatoria me llama compañero de ruta.
Cuando levanta la vista, se pregunta “¿Somos
compañeros de ruta, no?”.
¿Diferentes
viajes de un mismo camino? ¿Similares angosturas en los márgenes? ¿Ilusión de
una ruta? ¿Compañeros de extravío? ¿O de un método
para poner en camino o parir un acceso? Raíz que dice, también,
éxodo, episodio; o que transporta idea de oda, melodía, parodia.
No se si nos
encontramos en la entrada o en la salida de algo. Si giramos alrededor, medimos
pisadas o celebramos breves concilios en los costados. No pronunciamos las
mismas palabras, ni bebemos admiraciones o burlas idénticas. Escribir sobre
otro necesita distancia. Puede ser la muerte. O puede ser la admiración, el
desprecio, la soledad.
1. 2.
Años de la revuelta
Los sesenta-setenta no indican sólo un contexto histórico, sino la
furia y ternura de un escándalo que no termina. Para mí, primero intelectual,
después político; por último, profesional. El primer nombre de acogida para ese
itinerario (que agrupa a Marx con Freud, a Freud con el poeta montevideano de Los Cantos de Maldoror y, a él mismo,
con Macedonio Fernández) es Enrique Pichón Rivière.
En aquellos
años, escuché hablar, en su escuela, de la Peña
Carlos Gardel no como innovación institucional sino como peste que llega a los psiquiátricos. No
como comunidad terapéutica sino como revuelta de locos, pobres y perdedores. No
como reforma o desmanicomialización sino como desarraigo buscado. No como
experiencia rehabilitadora sino como refugio para ángeles abatidos.
Se objetaba
al psicoanálisis fuera de los hospitales
como privilegio de pocos. Como fórmula desentendida del sufrimiento de las
mayorías. Circulaba un chiste sobre un tartamudo que hace reeducación. Un amigo
le pregunta por el tratamiento. El otro responde que va “Bi bién! Me me mejor!”. Hace una demostración: “Subo a la palmera, bajo un coco, dejo el
coco; subo a la palmera bajo otro coco, tengo dos cocos; subo a la palmera bajo
otro coco, tengo tres cocos; subo a la palmera, bajo otro coco, tengo cuatro
cocos; subo a la palmera bajo otro coco, tengo cinco cocos...”. Así,
fluido, relajado, sin trabarse ni repetir sonidos, sílabas, palabras. El amigo
está admirado, pero el tartamudo explica desanimado: “Lo que pa pa pasa es que que que no puedo me me meter esto en ningu
ninguna conver conver sación”.
Se
cuestionaba un aprendizaje que no servía. O se interrogaba si la teoría estaba
al servicio de las clases dominantes o del pueblo trabajador. Mientras algunos
imaginaban que el psicoanálisis curaría a la sociedad; otros, cultivaban un
cerrado código introspectivo, en una institución onerosa, segura, dogmática y,
en apariencia, libre de sospechas políticas.
Pensar una experiencia renegada es hacer arder
aquellas izquierdas entre nosotros: el ideal de justicia, la empatía con los
abandonados, el progresismo clínico, la ética estoica de los iluminados, el
optimismo compensatorio de la resistencia, la promesa catártica del testimonio,
las disputas por el mercado.
1. 3.
El Esteves
Esa experiencia me viene como olvido (años
después) cuando trabajo en el Esteves. Aunque tal vez no se trate de olvido, sino
de cosas apartadas, en desuso, caídas, succionadas.
Había dejado de pensar en la peste, la revuelta, el desarraigo buscado, el
refugio para ángeles abatidos. Y, de pronto, el archivo se prende fuego. Las
noticias guardadas en espera de algo se quitan la vida o intentan volver.
Moffatt estuvo por morir muchas veces.
En el
Esteves, el Centro Piloto[1]
permanecía como en esas películas en las que llegamos a un pueblo en el que
ocurrió un hecho del que nadie habla.
Cosas que, sin embargo, existen no dichas, en estado de rezago. Cosas que quedaron separadas, desconectadas, pero no
perdidas del todo. Cosas que, si se tocan, abren los ojos como contingencia de
una voluntad dormida.
Del mismo
modo, los saberes del rechazo no
ingresan en los manicomios o cuando entran se aíslan, se compartimentan, se
clandestinizan, se embrutecen, se traicionan. A veces, la duplicidad de
trabajar en el espanto contra el espanto produce una especie de deslealtad o
autoengaño: creemos hacer algo diferente cuando repetimos lo mismo que
cuestionamos. La fuerza negativa es
todo vigor fuera de los muros o entrando de visita a supervisar residentes o
internos.
1. 4. El no
de la impugnación
¿Qué
significa experiencia renegada? ¿Una Verneinung (negación) en la que no
admito algo que me pasa o se me atribuye; una especie de autoengaño que
desconoce lo que no puedo dejar de expresar? ¿O una Verleugnung (renegación) que rechaza algo que a la vez reconozco
(como ocurre en fetichismos o en la llamada pérdida
de realidad en las psicosis)? ¿O una Verwerfung
(forclusión, repudio, revocación) por la que se excluye de simbolización un
significante clave que, no obstante,
se impone como voz que delira o imagen alucinada? Ni negación, ni renegación,
ni revocación. Tampoco represión. Esos sustantivos no agotan el juego. En este
texto, Experiencia no supone algo que
entra por los sentidos dejando huellas adecuadas en una conciencia disponible. Experiencia es instalación política,
intervención cultural, relato insurgente. Experiencia
renegada, entonces, como historia
sublevada. Protesta de la cosa
desdicha. Desobediencia del sentido.
No comparto
sospechas de Moffatt que supone que lo reniegan
como si fuera fruto prohibido, visión insoportable o significante crucial. Tal
vez Moffatt sea un renegáu. A la manera
del personaje de Fontanarrosa, el desesperanzado Inodoro Pereyra, que se resguarda lejos de ciudad.
Experiencia renegada como no
que se opone y discrepa. Como acción colectiva disidente. Como acto de ética negativa. [2]
1. 5.
Argamasa identitaria
El Moffatt
arquitecto utópico que proyecta un mundo habitable. El que publica en 1967 Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires.
El psicólogo social por siempre discípulo de Pichón Rivière. El de los
hospicios: el de la construcción de la Plaza
del Hospital con un equipo de internados en 1968 en el Borda, el de la
experiencia de la Peña del Fogón en
el Esteves del 69, el de la
rehabilitación en un Hospital de New York en el 70, el de la Comunidad Popular Peña Carlos Gardel del
Borda entre el 71 y el 74, el de la Cooperativa
Esperanza (Cooperanza) otra vez
en el Borda entre 1983 y el 2001. El de El Bancadero, centro de asistencia que
creó en el 82; o el los mendigos que dirigió el Felix Lora (1984-1986), un lugar
para gente sin hogar en la ciudad de Buenos Aires; o el de los chicos de la
calle que impulsó en el 2001 el comedor Club
Bancapibes. El fotógrafo de pobres, crotos, últimos gauchos urbanos. El
antropólogo de las exploraciones en zonas degradadas de Perú, Paraguay, Brasil
(en una de ellas acompañado por Basaglia). El de los viajes a la India, a
Malasia, a Cuba. El de los curanderos que estudió terapias populares
(costumbres de campo, circenses, paganas) de manosantas y curadores (Pancho
Sierra, Jaime Press, Don Desiderio, Tibor Gordon, la Escuela Científica
Basilio, la Madre María, la Secta Flor de Lis, el Ejército de Evangélico, el
Dr. Schirilo). El de la psicología criolla y nacional, el del manual de primeros auxilios psicológicos
o de defensa personal para gente
desesperada y en crisis. El del borde: el bicho raro, opositor, náufrago,
místico, pragmático, zen, provocador, ilusionista, misionero, transgresor,
raleado, outsider. El que en el subterráneo de las siete se siente como una
oveja en un corral, el porteño de Almagro, el de las orillas sufrientes y
creativas, el asceta generoso, el de la familia inglesa, el de los cables
pelados, el de las micro políticas, el contracultural, el que confunde la
urgencia de una ocurrencia con la insurgencia de una idea, el ignorado por el
círculo académico (aunque Moffatt consideraría exagerada la figura de círculo). El que diría que Prestigio es una marca de pinturerías.
El oral chispeante llano. El que hace alarde de simplicidad (como si algo así
fuera posible). El que confunde verdades
de la vida con estereotipos de la cultura. Como cuando cita a Pichón: “La vida es bastante complicada como para
complicarla más al explicarla”. O cuando dice que Martín Fierro es un héroe
que “se las tenía que arreglar solito
debajo de un ombú”. O cuando resume que “caminamos
la vida con dos pies: la familia y el trabajo”. O cuando opone la cara de
Sarmiento al Buda que sonríe. O cuando sugiere que el verso del Himno que dice “juremos con gloria morir” debería decir “juremos con gloria vivir”. O cuando
cuenta que un chico de la calle explica que “la
televisión nos enseña todo: cuando viene la tanda nos muestra qué tenemos que
tener, y cuando viene la serie policial nos dice cómo conseguirlo”. O
cuando advierte distorsiones semánticas: “en
la Argentina no hay más oprimidos ahora, son carecientes”. O cuando observa
el lema de los americanos en el dólar: “In
God we trust” (En Dios, nosotros
confiamos). O cuando afirma que el
loco bate la muerte. El metafísico espontáneo, el que dice que la angustia
existencial se termina cuando te mandan a hacer una biopsia de próstata, el que
disimula lecturas (Berkeley, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Wittgenstein,
Heidegger, Sartre) diciendo que es un tipo de barrio. El que cree inventar
cosas que escribieron otros. El de las voces kierkegaardianas. El que reconoce
haber aprendido algo de Fiasché, Ulloa, Pavlovsky. El que se priva de Foucault
o se declara en contra sin conocerlo. El que junta piezas dispersas y las
acomoda como si no hubieran sido ya observadas y clasificadas. El que ilusiona
ver algo por primera vez. El que cerró su valija de libros hace veinte años. El
que admite no entender media página de Lacan. El que no se preocupa por
Deleuze. El que dice haber resuelto la paradoja de Zenón en la Pizzería Tuñín.
1. 6. Marx, Freud y Pancho Sierra[3]
Son tan
dispersos los relatos; tantos los enunciados que se ignoran; que trazar una
historia es alarde de memoria. Reunión exclusiva de influencias. Rescate de
sobrevivientes de un naufragio. Colección de datos sedimentados. Referencias
aquietadas, sin la agitación ni el fervor que tuvieron en el ánimo de quienes
las vivieron.[4]
Por Moffatt
pasan los hilos de la modernización psiquiátrica que representa Maxwell Jones;
los de la denuncia de la institución
total que testimonia Goffman; los de Basaglia y la antipsiquiatría; los de
la lucha anticolonial de Fanon. También las cuerdas que lo separan del acople
entre marxismo y psicoanálisis que representa, en nuestro medio, el grupo Cuestionamos, o el torbellino que desata
Masotta tras su encuentro con Lacan.
El manifiesto Cuestionamos, firmado por
Marie Langer en octubre de 1971 (que reúne entre otros a Pichón, Bleger, García
Reinoso, Dubcovsky, Rodrigué, Ulloa, Baremblitt, Bauleo, Pavlovsky, Kesselman,
De Brasi, Galende, Volnovich) estaba precedido por este epígrafe: “Freud y Marx han descubierto por igual,
detrás de una realidad aparente, las fuerzas verdaderas que nos gobiernan:
Freud, el inconsciente; Marx, la lucha de clases”. Moffatt (1974), en
cambio, presenta esta fórmula: “...es
necesario realizar un puente o la síntesis de Pancho Sierra con Freud”.
En cuanto a
Masotta, lo menciona (1995) para decir que eran amigos, que él le enseño (a
Masotta) teoría de la comunicación y que Pichón le sugirió (a Masotta y no a
él) que leyera a Lacan. Como resultado de esa lectura, en marzo de 1964,
Masotta lee en el instituto de Pichón su ensayo Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía.[5]
1. 7.
Condenados de la tierra
Moffatt
(1973) forma un grupo esclarecido con Jones-Goffman-Fanon-Cooper. Escribe sobre
el aporte del primero que “no basta con
una democratización de los roles y una sensata administración dentro de los
hospitales mentales”, aunque admite el avance de la comunidad terapéutica en cuanto a que “el paciente se siente ‘ciudadano’ de la comunidad, es decir, persona
que decide qué es lo que se hace”. O menciona que Goffman demuestra que el
confinamiento hospitalario es responsable del metódico y progresivo deterioro
del enfermo. O se apoya en ideas Cooper y Laing para concluir en que la esquizofrenia
es etiqueta social. O destaca que Fanon “cuenta
cómo lo profesores de la facultad de medicina de París demuestran
‘científicamente’ que el argelino (no sólo el enfermo psiquiátrico) tiene una
mentalidad biológicamente degradada y carece del uso de los lóbulos frontales;
llegan a demostrar que ‘el africano equivale a un europeo lobotomizado’.”.
Estas
coordenadas zigzaguean en desorden. Cuando Jones visita Buenos Aires (1966 y
1969) muchos reconocen experiencias iniciadas por Pichón. Las conclusiones del
informe de Goffman se parecen a testimonios recogidos por Vicente Zito Lema y
Moffatt[6].
David Cooper estrecha relaciones durante el tiempo que en el que vive en Buenos
Aires.[7]
En cuanto a Los condenados de la tierra
se traduce en 1963. Franz Fanon se pregunta sobre los estados de subjetividad
de hombres y mujeres maltratados por injusticias colonialistas. Piensa que la
violencia colonial se interioriza. Relata cómo se vive aterrado y aturdido por
el miedo. Fanon les dice a los psiquiatras franceses que los trastornos
mentales del pueblo argelino son también efecto de la expansión cultural,
económica, militar, de Francia. En el texto presenta un capítulo con notas de
psiquiatría. Fanon afirma que la opresión colonial, el terror, la humillación,
producen patología mental. Durante
muchos años tuve el libro en mi biblioteca, pero sólo había leído el prólogo de
Sartre.
1. 8.
República de locos
Moffatt
(2003) recuerda la experiencia de Raúl Camino en Colonia Federal, Entre Ríos.
Dice que transforma el inconveniente en ventaja. En un hospital con más de
trescientas personas internadas, casi sin personal, organiza una comunidad terapéutica. Deciden cosas en
asamblea. La Colonia logra autoabastecerse en alimentos y vender sus
excedentes. Moffatt dice que en esa república
de locos la gente comienza a tener ganas de vivir. Muchas de esas personas,
desencerradas de la psiquiatría manicomial, pueden salir de la Colonia.[8]
Camino (1983)
relata parte de la primavera sesentista de la psiquiatría argentina.[9]
Dice que estuvo motivada, entre otras cosas, por la irrupción de un equipo clínico formado por enfermeros, médicos, psicólogos,
trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, sociólogos, antropólogos,
artistas, auxiliares, mucamos, choferes, operarios, peones, y (sobre todo) pacientes. Escribe: “El nuevo cambio consistió en permitir y
estimular la participación directa y activa, libre y responsable del mismo
paciente en asuntos relacionados con la marcha del hospital (comida, ropa,
limpieza, horarios, trato, etc.) y aspectos diferentes vinculados con su propio
tratamiento y el de sus compañeros (consejos, ayuda al más necesitado,
formación de grupos espontáneos, liderazgo en actividades laborales y otras).
Se pretendía la integración y participación activa del internado en la
estructura administrativo-técnica del hospital psiquiátrico, como un objetivo
terapéutico de gran importancia: la terapia efectuada por los terapeutas
profesionales se suma y potencia con aquellas acciones terapéuticas llevadas a
cabo por el personal no profesional y los pacientes más recuperados. Este
sistema organizado en base al vínculo de todos con todos es lo que se denominó
comunidad terapéutica”.[10]
1. 9. El
Lanús
En ese
comienzo están las ideas de Mauricio Goldenberg. La convicción de que las
psicosis, a veces, sólo necesitan internación por un tiempo limitado en
situaciones agudas. Un programa para transformar psiquiátricos en comunidades hospitalarias. El proyecto
de una red de salud mental que
integra servicios de psicopatología en hospitales generales con unidades
asistenciales en los barrios.
Godenberg se
hace cargo, por concurso, del Servicio de Psicopatología del Lanús en 1956.
Relata (1983). “Yo dirigí este servicio
durante dieciséis años; cuando comencé éramos seis personas, cuando me fui
éramos más de ciento cincuenta”. Primero se propone trabajar en el frente interno para, después, sacar el hospital a la calle. La idea es
no quedar encerrados en el servicio
recetando píldoras o haciendo psicoterapias. Quiere integrarse con el resto de
la institución, dar acogida emocional a todos los enfermos, atender necesidades
del personal del hospital. Se forman grupos con residentes de otros servicios,
se dictan cursos para enfermeras y médicos, se atienden conflictos en cirugías
y terapias intensivas, se trabaja con pacientes en unidad renal. Se procura un
servicio al servicio de todos los
pacientes y trabajadores que transcurren por la institución.
Se forman
departamentos: el de internación tuvo treinta y dos camas (“Se implantó a pleno el sistema de comunidad terapéutica, los pacientes
participaban como autores y actores del funcionamiento del servicio; se hacían
grupos, asambleas, psicoterapias individuales, se utilizaban los más modernos
psicofármacos, todos o casi todos participaban en terapia ocupacional,
expresión corporal y actividades recreativas”); el de hospital de día para
treinta pacientes (coordinado por un psiquiatra, con la participación de
médicos residentes, psicólogos, terapistas ocupacionales y trabajadores
sociales); el de niños, adolescentes, adultos mayores (habían veinte
consultorios externos), grupos (en un momento funcionaron cuarenta grupos
semanales); el de alcoholismo; neurología; docencia e investigación (contaron
con dos cámaras Gesell y aulas para clases).
Se crea,
también, un departamento de psiquiatría
social que trabaja en una villa
cerca del hospital. Un equipo formado por antropólogos, sociólogos, psicólogos,
trabajadores sociales, psiquiatras con formación en salud mental. Una
habitación en el barrio sirve de sala de primeros auxilios. Se hacen grupos con
líderes del lugar, con mujeres promotoras
de salud, con representantes religiosos. Se arman patrullas para construir zanjas para que corran aguas servidas,
programas para embarazadas, para dependientes del alcohol, para recién nacidos.
Se establecen acuerdos con curanderos del lugar: algunas demandas son atendidas
y aliviadas con sus recursos, pero las que no tienen resolución son derivadas
al hospital. Recuerda Goldenberg: “Algunos
empezaron a mandar pacientes al servicio, cosa que antes no ocurría, por el
riesgo de cronificarse o agravarse. Gracias a esta modalidad de trabajo,
contamos con un personal para-profesional que hacía atención primaria”.
1. 10. A los
desharrapados del mundo
El libro de
Paulo Freire[11] Pedagogía del oprimido no sólo es un
método de alfabetización. Representa una política. Una mirada de la educación como práctica de la libertad.
Una crítica de los instrumentos que gobiernan las conciencias de los que
trabajan. Una denuncia de la apropiación del pensamiento de los dominados.
Se trata de
una pedagogía para que los marginados de la cultura aprendan a decir su
palabra. Una intervención que objeta la educación
bancaria. Un modelo que piensa el enseñar como depositar, llenar o archivar
conocimientos en cabezas vacías. Una instalación de resistencia cultural contra
el empleo de la educación como anestésico que pasiviza, inhibe la creación,
encierra a los alumnos en un código que les es ajeno.
Freire piensa
una educación en la que el oprimido pueda reflexionarse, descubrirse,
conquistarse, como sujeto histórico. Una antropología en la que hombres y
mujeres se reconozcan a partir de sus formas culturales degradadas. Una
experiencia en la que cada uno se encuentra con sí mismo y con los demás (“nadie libera a nadie, nadie se libera solo:
los hombres se liberan en comunión”). Un humanismo pedagógico implicado en
la crítica de las condiciones de existencia y en la aventura de transformación
social. Una práctica concientizadora que, a través de la propia vida
pronunciada y escrita en situación de diálogo con otros, humaniza al mundo.
El punto de
partida son palabras del vocabulario cotidiano del hablante. De esas palabras
propias, se eligen algunas que son llamadas generadoras
porque a través de la descomposición y combinación de sus posibilidades
silábicas propician la formación de otras.
Freire
termina su texto esperando que los oprimidos rediman el mundo: “Si nada queda de estas páginas, esperamos
que por lo menos algo permanezca: nuestra confianza en el pueblo. Nuestra fe en
los hombres y en la creación de un mundo en el que sea menos difícil amar”.
1.11. El
papel protagónico del espectador
Augusto Boal
un dramaturgo brasileño, que a principios de los setenta reside en nuestro
país, desarrolla, inspirado en Freire, experiencias de teatro popular que
denomina teatro del oprimido.
Presenta (1974) sus ideas así: “Ya se ha
dicho que el teatro de Aristóteles es el teatro de la opresión: el mundo es
conocido como algo perfecto o por perfeccionarse y todos sus valores se imponen
en la platea; los espectadores delegan poderes pasivamente a los personajes
para que estos actúen y piensen en su lugar. Se produce entonces la catarsis
del ímpetu revolucionario: la acción dramática sustituye a la acción real. El
teatro de Brecht es el de las vanguardias esclarecidas; el mundo se revela
transformable y la transformación comienza por el teatro mismo: el espectador
no delega poderes para que piensen por él pero continúa delegando para que
actúen en su lugar. La experiencia es reveladora en el plano de la conciencia,
pero no a nivel de la acción. La acción dramática esclarece la acción real. El
teatro del oprimido es, esencialmente, el teatro de la liberación: el
espectador no delega poderes para que piensen o actúen en su lugar. Se libera y
piensa y actúa por sí mismo. Teatro es acción. En ese sentido, entonces, se
puede decir que el teatro es un ensayo de la revolución”. [12]
Oprimido es el participio pasivo de la sujeción. Nombre
para el que tiene el pie sobre el cuello. Oprimido
es el colonizado, explotado, excluido, marginado, desheredado, pasivizado.
El sustantivo del escándalo. La bulla de los que protestan. El ruido de los
miserables. El alboroto que anuncia que el pasaje de la condición de hablados (alumnos, espectadores,
enfermos) a la de hablantes supone
participación en el poder.
2. Arquitectura existencial de los hospicios
2. 1.
Redistribuir la locura
El libro Psicoterapia del oprimido de Moffatt, se
conoce en 1974. En aquellos días se piensa el manicomio como parte de la
injusticia y la opresión social. Moffatt denuncia complicidad entre explotación
material y degradación mental; entre pobreza y locura. Razona que las personas
encerradas se han hecho cargo de un desvarío social. Agita esta consigna: ¡redistribuir la locura, redistribuir la
riqueza! Por momentos, piensa al loco como un disidente mental. Descalifica teorías divorciadas de las penurias
de los explotados. Se declara partidario de un pensamiento popular. [13]
Para la misma
época, Vicente Zito Lema (1974), recupera creaciones culturales de los
internados. Compara la reclusión en neuropsiquíatricos con las cárceles.
Recuerda que los pacientes están privados de libertad, de la posibilidad de
cuidar de sus hijos, del derecho de disponer de sus bienes, de la oportunidad
de participar en política. Los menciona como muertos civiles. Escribe: “El
llamado ‘enfermo mental’ sufre una doble situación de opresión. En primer
lugar, una opresión que se entronca con la de la propia clase social a la que
generalmente pertenece: la casi totalidad de los internados provienen de los
sectores más sufridos de la clase trabajadora. El segundo grado de opresión
tiene que ver directamente con la situación que se padece dentro del propio
hospicio”.
Testigo de
esta situación (que observa en el Melchor Romero, Borda y Moyano): malos tratos
y torturas, médicos que no van nunca o aparecen sólo para medicar, pocos
enfermeros y sin formación, comida mala, moscas que invaden todo, olores
nauseabundos, cabezas afeitadas, personas semidesnudas, bocas desdentadas,
duchas sin agua caliente, edificios con techos que se caen, paredes agrietadas,
puertas clausuradas, ventanas sin vidrios, y todas las formas de abandono
imaginables); Zito Lema se pregunta ¿cómo hacen los oprimidos para resistirse a
esa muerte?
2. 2. La
palabra, del otro lado de la frontera
Transcribo
algunas voces recopiladas por Alfredo Moffatt (1974). Son cosas dichas por
personas internadas. Momentos de una expresión desanudada. Fogonazos
delirantes. Conexiones inauditas. Palabras que deambulan, casi siempre, sin
recepción. Formas de humanidad caídas de la comprensión.
Un internado
explica a un grupo de psicólogos que visita el hospital:
- Yo me llamaba Lopecito y una vez me morí,
pero a ustedes todavía les falta morirse... (pausa) No hay que hacer llorar los mares con fusiles de manteca.
Un paciente
que antes de que lo internen era relojero, dice mientras muestra unos papeles
ilegibles:
-En este libro están las piezas con las que
estoy trabajando para inventar un freno para los relojes...porque el tiempo
pasa demasiado rápido.
De pronto
explica su internación:
-Sí, yo estoy aquí porque me caí de un avión.
Delira, pero
de un modo alucinante:
-¿Ves ese que está allí...? Bueno, lo están
preparando para ser un doble mío dentro de diez años. Me observa todo el
tiempo, estudia todos mis gestos, cada uno de mis movimientos. Imita mis manos,
mi boca, mis labios. En diez años le terminan de hacer la cirujía estética y,
en un momento de confusión, me eliminan a mí y lo ponen a él. ¡Mirá! ¡Fijáte
cómo al acercarme disimula, se hace el distraído...!
2. 3.
Linyerismo o robotización
Moffatt
(1973), luego de trabajar un año en Brooklyn State Hospital de New York,
compara esa experiencia con la del Borda. Advierte dos consecuencias de las
psicosis institucionalizadas: Una, hipertecnificada, la fabricación de un paciente robot; otra, de la pobreza,
la producción de un paciente linyera.
Relata que
Brooklyn State trata a los pacientes con respeto. Todo bajo vigilancia. Los
enfermos pierden autonomía hasta en decisiones pequeñas. Necesitan de una orden
para caminar o detenerse. Parecen máquinas controladas a distancia. Escribe: “Los ambientes del hospital son
extraordinariamente limpios, no existe ninguna de las formas de indignidad por la
pauperización, las ropas limpias, la comida limpia (y el cerebro también
‘limpio’). Es un sistema compartimentado en el espacio por cerraduras (cada
pocos metros, todo el personal debe llevar un gran llavero) y en el tiempo por
estrictos horarios. Todo esto junto con una compleja red de reglamentaciones
que definen continuamente el procedimiento para la más mínima acción
(especialmente para el staff) crea la imposibilidad de cualquier cambio, de
cualquier iniciativa”. Moffatt describe este paisaje como “un campo de concentración disfrazado de
nursery”.
Ironiza,
también, sobre los centros comunitarios
que parecen hoteles de lujo. El personal duplica a los pacientes. En las
paredes se cuelgan carteles que dicen: “Love
is all you nedd (Amor es todo lo que usted necesita)”.
Observa que
cuando en nuestro país se habla de reformas, se piensa en mejorar edificios,
pintar frentes, poner agua caliente, limpiar salas, dar de comer, proveer de
ropa y zapatos, tener medicación. En nuestros asilos, el enfermo es un paria:
una criatura ínfima, abandonada, sin nombre. Admite que es un avance lograr
para el internado una vida aceptable. Una exclusión decente.
Moffatt
percibe que, en países pobres, el ideal de modernización es la robotización. Como si la máxima aspiración
fuera salir de la mendicidad, sin poner en cuestión el lugar que el paciente
tiene como cosa en la institución. [14]
2. 4. Las
salas
Advierte que “el paciente no posee nada sentido como
propio, ni siquiera su propia ropa, es un mundo uni-sexual, las salas con las
camas en largas hileras no permiten la reconstrucción de grupos primarios”.
En el manicomio está impedida la privacidad. Asistimos a una vigilancia sin
intimidad. No hay lugar para que alguien esté a solas consigo mismo: a veces,
con la excusa del control necesario, se anulan puertas en los baños.
Las
descripciones de Moffatt, sobre arquitectura y el control de los cuerpos en el
psiquiátrico, suelen privarse de los discursos teóricos del encierro. Entre
nosotros, Enrique Marí (1983) y Fernando Ulloa (1995) piensan las instituciones
como espacios de mortificación.
Marí recupera
la lectura de Foucault. Incluso hace conexiones críticas entre la idea de panóptico de Bentham, la institución total de Goffman y el modelo
de Bettelheim del edificio ortogénico
como establecimiento psiquiátrico perfecto.
Marí advierte
una continuidad entre el diagrama del espacio, la vigilancia jerárquica, la
incautación del tiempo, las diferentes formas de desposesión que llegan hasta
la pérdida del nombre del enfermo. Recuerda la ceremonia de admisión que
describe Goffman: fotografías, impresiones digitales, control del peso,
asignación de un número, registro violatorio, despojo de objetos personales,
desnudez completa, baño obligado, desinfección, corte de pelo, ropa de la
institución, una cama en donde dormir, imposición de normas, castigos
arbitrarios. Marí dice que se trata de una colonización programada. No lo
entiende sólo como defecto censurable de la
institución total, sino, según precisa Foucault, como inscripción en los
cuerpos de la lógica del poder. No se trata únicamente de una rutina de la
crueldad sino de una política de control. De la producción de una cultura de
humillación y docilidad. La arquitectura social de una subjetividad monitoreda.
Ulloa, por su parte, ausculta la vida institucional, los corpus
instituidos, las normas administrativas, las rutinas necesarias e innecesarias.
Apoya una oreja en el paisaje de las acciones institucionales. Y, en medio de
ese tremendo barullo, se pregunta: "¿Y
el hombre dónde está?".
Advierte que muchas instituciones tienen forma manicomial. Describe la
tragedia larvada y explícita de los psiquiátricos como espacio de sufrimiento,
estancias de cautiverio, sociedades de prisioneros. Pero, alerta también la
extensión de los encierros en nuestro pensamiento.
Trata de nombrar la mudez sorda y
ciega de la mortificación. Explica que la fijeza de lo instituido, inmune a
la novedad instituyente, configura una cultura monolítica y resignada de los
que trabajan en las instituciones. La mortificación hecha cultura. La
mortificación naturalizada: la pobreza de ideas, la astenia, el mal humor, la
fatiga, el desánimo que no piensa. Describe una práctica institucional de
fraudes cotidianos. No se trata de grandes fraudes, sino de infracciones
permanentes a las normas, pequeñas ventajas, que no llegan a ser una
transgresión porque no fundan nada. Dice que esas infracciones son quejas que
no alcanzan a ser protestas. Considera que esa existencia fraudulenta es parte
de la cultura de la mortificación. La
pasividad resignada de los quejosos. Propone una practica de socialización de los carajos. Inventar
tiempos para que algunos levanten su protesta enojada y dolida.
La idea de encerrona trágica nace
para pensar efectos del terrorismo de estado y la represión ilegal en la
Argentina. Su modelo es la mesa de tortura. Escena de tormento físico y moral.
Experiencia de estar muriendo sin morir. Estar a merced sin tercero a quien
apelar. Y por extensión todas las encerronas. Cada vez que alguien depende para
vivir de otro que lo maltrata. Ulloa explica que, en la encerrona trágica, el
sufrimiento no tiene alivio. El dolor no tiene esperanza. No hay final. No hay
salida. Dice que ese encierro (lo mismo que el infierno) es ilimitado.
2. 5. La cama
Moffatt
observa que la cama es casi el único hábitat íntimo del hospicio. Escribe
(1974): “constituye la única porción de
espacio que es reconocida como suya. El espacio interior de la cama, debajo de
las cobijas, es donde encuentra una forma de privacidad. A veces, para poder
sentirse solo, se tapa totalmente, quedando la cabeza también dentro. Meterse
en cama durante el día, cuando esto está permitido, se parece a irse de la
sala, del manicomio, por unas horas. Debajo del colchón es su ropero, su armario;
guarda revistas y, a veces, hasta comida.”.
Advierte que,
si la identidad se construye como posesión, la desposesión de objetos
personales debilita la representación
de sí. Supone que sin experiencia de propiedad estamos privados de intimidad.
Anota (1974): “es común ver internados
llevando a cuestas un montón de paquetes hechos con papel de diario, burdamente
atados y de los cuales no se separa nunca (...) En general, son objetos sin
ningún valor, pero ayudan a no sentirse desposeído.”. Tener que llevar todo
encima, esa especie de caracolización, no debería confundirse con las supuestas
ventajas del nomadismo identitario,
del desapego, del no estar atados a nada.
A propósito
de los chicos de la calle, Moffatt (2003) vuelve a pensar en la cama como espacio
de subjetividad. La cama como artefacto que alberga una historia. Una barca
segura para que los sueños asomen sus cabezas. La almohada como memoria. Las
mantas como abrazo. Dice respecto de la cama: “es el instrumento de nuestra intimidad, en ella nos podemos ir para
adentro de nosotros mismos”. Es discutible la idea de un adentro de nosotros mismos, pero interesa la experiencia de intimidad (meterse en el sobre) como construcción identitaria a través del
dormir. Como estado de confianza. Como tiempo posible para una representación
de sí.
2. 6. El
destierro
La expulsión
familiar hace causa con la desposesión (o con la locura como única posesión).
Moffatt dice que estar loco es como estar muerto. Volver después de una larga
internación se parece a sobrevivir al propio funeral. Recuerda que Pichón
Rivière contaba que algunas familias, tras la segregación de uno de los suyos
en un hospicio, vendían su cama, alquilaban su pieza, lo borraban como si no
hubiera estado nunca. Decía que no obstante, a veces, un pariente se hacía
cargo de mantener un vínculo con el internado para apaciguar la culpa de todos.
Explicaba que la desposesión más extrema era quedar fuera de nuestra historia.
Despojados de nuestras querencias.
Abandonados en un paisaje de ausencias.
Recupero otro
testimonio de Zito Lema (1974): “...Les
voy a abrir los ojos, perdonen, que a lo mejor les va a doler: ¿Qué pasaba con
los hogares, o sea humildes, o sea oligarcas? ¿Qué pasaba con el enfermo
mental, que a lo mejor, el padre, el hermano o la hermana, o los núcleos que
ellos trataban, les molestaba tener un hijo loco? ¿Qué pasaba?.. ¡En un acto de
cobardía infame salían a la calle a ver dónde los podían meter. Son tan
atorrantes y tan bajos que ni vergüenza tienen de hacer eso con un familiar! Si
yo fuera presidente argentino ordenaría que: el hijo loco y nervioso sea curado
en su casa”.
2. 7. La
dignidad
Moffatt
entiende que otra amputación dolorosa es la de la dignidad. El internado se
siente una cosa. Algunos se adaptan.
Hacen lo que se espera que hagan: comienzan a comportarse como locos. Como
locos buenos, obedientes, respetuosos de las reglas manicomiales. Dice: “...en el hospicio la gente está más por
pobres que por locos. Allí, la indignidad mayor es la comida apestosa, por los
roles degradados, por el hacinamiento y el abandono. Por eso, resolver
cuestiones de dignidad, es resolver cuestiones de sufrimiento”.
Objeta la
caridad, la beneficencia, la ayuda de las almas
bellas a los enfermitos. Ironiza
sobre programas que ponen a pacientes a hacer ceniceros que, quizás después,
alguien compra como acto de buena
conciencia.
Piensa
dignidad como contacto último de una correspondencia. No ya como razón o
lucidez, sino como continuidad humana. Como reserva emocional de la palabra que
todavía se piensa. Como insistencia que se pone un gorro en la cabeza, se baña,
cuida un pantalón, limpia sus zapatillas, convida por un cigarrillo, recuerda
el nombre de un compañero, calienta una pava para el mate, se ríe de un chiste
o hace amistad con perros, pájaros, hojas caídas del parque.
Dignidad no
como acto ejemplar o heroicidad de abandonados, humillados, degradados.
Dignidad como afirmación (me voy porque no me escuchan, junto monedas para
pagarme la dentadura, espero una visita), como límite orgulloso, como freno al
goce del horror o de la piedad.
2. 8. Los que
están adentro
Moffatt
(1974) desmiente la creencia de que los
que están adentro son personas peligrosas. No encuentra en el hospicio un
mundo terrorífico, ni un espacio seductor. Relata que “la sensación es entrar a un pueblo de linyeras, de gente muy pobre,
muy desesperanzada, aislada entre sí, pero de gente que contesta razonablemente
a una pregunta, que pide fuego o un cigarrillo, que prepara un matecito y no
encontramos al delirante (o por lo menos hay que buscarlo bastante) declamando
un discurso, ni tampoco nadie intenta atacarnos”.
Cuenta (2000)
que Pichon recordaba que aprendió psicopatología con un enfermero español del
hospicio. Decía (imitando el acento): “Vea
doctor, hay tres tipos de locos: el loco, el loco lindo y el loco de mierda”.
Una nosografía práctica sobre psicosis crónicas; tal vez el loco, era el
esquizofrénico; el loco lindo, el
parafrénico, inventor de teorías
extrañas; y el loco de mierda, el epiléptico y el paranoico (o, incluso el maníaco
depresivo en momentos de picos agudos).
Suele
exponerse la anécdota como travesura del maestro, como gracia transgresora,
como humorada antintelectual, como impugnación de clasificaciones del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos
mentales. Creo que la observación, en apariencia simpática, expresa la
lógica doméstica del encierro.
¿Quiénes
serían los locos? ¿Los que no hablan,
se niegan a hacer lo que se les pide, se quedan inmóviles en posiciones
extravagantes, replegados sobre sí mismos, herméticos, retraídos, apáticos,
vergonzosos, indiferentes, aislados, sueñan con los ojos abiertos, repiten
palabras, mascullan ideas incomprensibles, ríen de pronto sin motivo? ¿Y, los locos lindos? ¿Los que cuentan cosas
disparatas e inverosímiles, los que sueltan la imaginación, los que dicen que
son árboles enamorados de la lluvia, los que se creen millonarios y regalan lo
que no tienen, los que atesoran fórmulas para la felicidad humana, los que se
atribuyen invenciones geniales, los nobles y famosos, los hijos de dios, los estabilizados, los de intervalos lúcidos y tranquilos, los que tienen
buen humor? ¿Y, los locos de mierda?
¿Los desconfiados, orgullosos, querellantes, fanáticos, autoritarios, que
imponen sus juicios, exaltados, eufóricos, que sienten desmedida excitación
sexual, insomnes, anoréxicos, incendiarios, que no se pueden controlar, adictos
al alcohol, agresivos, suicidas, peligrosos?
El enfermero de Pichon, con muchos años de hospicio, abre
los ojos al joven recién llegado. Expone criterios de domesticación que rigen las salas. Lo orienta sobre cómo tratar al
encerrado. Como si dijera: de esos no se
preocupe, viven asilados en otro mundo; con éstos no va a tener problema, hacen
caso a la autoridad, son buenos, dóciles y divertidos; pero con aquellos, tiene
que ser duro, si no le hacen la vida imposible.[15]
Moffatt
ofrece una visión diagnóstica (2003): “Los
locos son inofensivos. Si se enojan te amenazan con un tomate radiactivo, hacen
disparates, pero son la gente más inocente y menos peligrosa que hay. (...) Son
cariñosos, gente muy olvidada. Los locos que están adentro del hospicio son los
que se dejaron agarrar, no hacen daño, viven en su mundo. En cambio, los
peligrosos están afuera, son los psicópatas, represores, estafadores y asesinos
de este sistema económico genocida, que no terminan en el hospicio sino en el
poder”.
Alerta sobre los psicópatas (que, según dice, no
tienen cura, no quieren curarse, les va bien, no sufren, hacen sufrir). Dice
del psicópata: “Es como la serpiente con
el pajarito, que lo paraliza y después se lo come”. Introduce una categoría
de moral política confundida con un
término psiquiátrico. Una palabra de uso común en el lenguaje judicial y
penitenciario, que es obsesión de manuales diagnósticos y poco utilizada por
psicoanalistas.[16]
Me parece que
Moffatt trata de despsicologizar el problema. No está pensando en una pulsión anal sádica, ni en el desenfreno del goce fuera de todo pacto
simbólico, ni en el predominio de
lenguaje de la acción, ni en el problema del pasaje al acto, ni en personajes
crueles, manipuladores, insensibles, carentes de culpa, impulsivos, incapaces
de empatía con sus semejantes, como podría surgir de un nuevo lombrosismo. Intenta una distancia sin
alcanzar, todavía, un marco de ética
política.
La imagen de
la serpiente y el pajarito confunde. Mistifica las figuras
de verdugo y víctima. Como si el enfermero de Pichón ahora dijera: “Vea doctor, hay tres tipos de locos y
muchos hijos de puta: están el loco, el loco lindo, el loco de mierda; y están
los violadores, abusadores, corruptos, mafiosos, exitosos de una sociedad
descompuesta”. A estos violentos, Moffatt los llama psicópatas.
Una ética
política de las instituciones necesita no sólo de otros nombres, sino también de una sensibilidad alerta a las sordas
torturas cotidianas del encierro. Recuerdo un comentario de Primo Levi que
extiende la crítica más allá de la evidencia de la barbarie “...los monstruos existen, pero son poco
numerosos para ser decisivos; los que son realmente peligrosos son los hombres
comunes”.
2. 9.
Imposiciones culturales
Moffatt
(1974) denuncia el desconocimiento que muchos profesionales tienen de la
cultura, costumbres o referencias simbólicas de pacientes que vienen de zonas
alejadas o tienen orígenes rurales.
Intenta
pensar los efectos de esa transculturación. La violencia de un grupo social que
impone valores: modos de hablar, palabras técnicas, creencias, formas de
vestir, dietas, horarios, labores cotidianas.
2. 10. La
cura del mate[17]
Moffatt (1974)
destaca la cultura de la mateada. La
pava y el mate son los objetos queridos del encierro. Relata que se cumple un
ritual para tomarlo en grupo: preparar el fuego, buscar el agua, llenar el
mate, agitar la yerba, no dejar hervir el agua. El cebador, antes de comenzar
la rueda, prueba el primer mate. Dice que la mateada produce un sentimiento de
estar juntos. La experiencia social de ser convidado por otro. Sugiere que el
hecho de tomar todos de un mismo objeto agita contactos. La bombilla toca cada
boca como un beso en el que se confunden las salivas. Imagina que los grupos
estables de mateadas arman un
inesperado espacio clínico sin vigilancias. Valora el hablar entre ellos fuera de la mirada de una autoridad. Modos
callados de decir: alguien reclama que lo saltearon, otro toma despacio,
algunos hacen sonar la bombilla. De pronto, comentan sus vidas. Hacen bromas,
juegan con el humor, los cuerpos tienen otra expresión.
Una cura de
los que sorben en sus memorias, succionan recuerdos o se vacían de tristezas.
El fondo del mate como reserva ilusional de que hay algo que puede llenar la
existencia.
2.11. El
tiempo en el hospicio
Dice Moffatt
que en el hospicio (como en las cárceles) el tiempo está detenido: “se tiene la sensación de un enorme y vacío
presente”. Explica que el cigarrillo suele ser imprescindible en un mundo
en dónde la principal tarea es hacer que
el tiempo pase.
La momentánea
interrupción de una eternidad indefinida. La falta de trabajo impide percibir
el transcurrir del día, de la semana, del mes. En los manicomios casi no hay
relojes. No hay almanaques, no se festejan cumpleaños, no se velan a los
muertos. Menciona que, a veces, sólo las comidas indican una discontinuidad.
Escribe
(2003) “Los locos fuman para matar el
tiempo. Le pregunté a un compañero internado: ‘¿Por qué fumás?’. Me dijo: ‘Para
hacer tiempo’. Me pareció exacto”.
Otro relato
recogido por Zito Lema dice: “Lo peor del
hospital son las horas que pasamos sin hacer nada, porque nos obligan a pensar
en nuestros problemas que no tienen arreglo, nos obligan a masticar nuestra
amargura y desesperación”.
2. 12.
Interrogatorios
Moffatt
observa que las comunicaciones entre profesionales y pacientes parecen un
interrogatorio policial: uno que trata de obtener o arrancar información y otro
que se cuida de lo que dice por temor. Un arte de la indagatoria y un arte de
no decir nada o de responder lo que la autoridad quiere escuchar. Entiende que
ocultar información es una forma de resistencia. Internadas e internados saben
que todo lo que dicen puede ser utilizado en su contra.
2. 13.
Terapéuticas
Advierte que
en los encierros la medicación ocupa el lugar que, en otros momentos, tenían el electro-shock, el chaleco, la ducha fría. Recuerda haber escuchado sobre la
conveniencia de obedecer: “no te hagás el
loco que te damos una maquinazo”. [18]
Escribe
Moffatt (1974) que: “Con la difusión de
los psicofármacos, se han podido sustituir parcialmente estos métodos un tanto
desagradables (por lo menos con una imagen demasiado represora), pero si son
medicados en dosis masivas (dosis “de impregnación”) vuelven a tener las mismas
características. Tanto es así que se los llama “chalecos químicos” cuando son
administrados en grandes dosis. También se usa la expresión “planchar” al
paciente porque queda, en estos casos, rígido, a veces con movimientos
involuntarios (parkinsonismo) de las manos y babeándose. Esto produce una
angustia equivalente al chaleco y tiene, para el personal, las mismas ventajas:
el internado está tan atado como un matambre. Aún no usando dosis masivas, “la
pastilla” es el instrumento casi único de terapia y el médico, cada tanto,
cambia un poco la dosis. Para el paciente, la pastilla llega a tener valor de
fetiche protector y termina actuando como placebo, después que se produce el
acostumbramiento metabólico”.
Denuncia que
en los hospicios el principal (si no el único) recurso terapéutico son los
psicofármacos. Advierte que inyecciones y píldoras de colores introducen nuevos
ciclos de violencia. Muchos sienten que los están envenenando. Tienen vivencias
extrañas en el cuerpo. El paciente experimenta sensaciones que le son ajenas.
Su sensibilidad fragmentada o su memoria de escombros, se vive, ahora,
invadida. Algunos sienten espasmos musculares, desinterés, somnolencias, una tranquilidad
escenográfica, rigidez corporal, temblores involuntarios en las manos, ardores
estomacales, sequedad en la boca, náuseas, una visión borrosa, rotación de los
ojos hacia arriba, calambres. Un estado de desorientación. Deambulan perdidos
en sensaciones que se establecen como dominios extranjeros en sus conciencias.
Otro de los
testimonios tomados por Vicente Zito Lema dice: “Hace tres años que estoy internado en este hospital y cada vez tengo
menos ganas de tratar con la gente. Es como si uno se metiera cada vez más en
su caparazón de caracol. Aquí uno se vuelve más indiferente y apático. Creo que
ahora estoy peor que cuando entré pues tengo los mismos problemas que antes,
con la diferencia de que actualmente tengo miedo de salir afuera y enfrentarme
con el mundo. En este lugar, se nos aleja tanto de afuera, que después, si
algún día salimos, no sabemos vivir entre la gente ‘sana’”.
2. 14. El
halopidol criollo[19]
La Peña
Carlos Gardel es leyenda. Moffatt la presenta como modelo de comunidad autogestiva
alternativa. Recuerda (1974, 2003) que se solía utilizar como objeto intermediario algo que considera
irresistible: el choripán. Relata que
al oler el ondulante aroma choricero hasta los
autistas se sentían tentados por ese (in)esperado contacto.
La idea de peña moffattiana aglutina formas
culturales dispersas. Figuras de tradición popular que se mezclan con fuentes
clínicas. La superposición de propuestas y lenguajes. Un trabajo que gusta de
la combinación de iconos religiosos y masivos. La recuperación del fervor y la
devoción popular. Experiencias teatrales que conjugan radioteatro, circo
criollo, mascaradas de carnaval, psicodrama.
Una
instalación que se propone descolocar. La ruptura de lugares fijos entre
terapeutas y pacientes, entre visitantes e internos (no se distingue quien está
adentro y quien está afuera). La peña
como híbrido buscado. El respeto de modos de sociabilidad de los enfermos. Un
procedimiento no codificado, no concluido, no definido.
El espacio
territorial de la peña es, en los
fondos del hospicio, alrededor de un árbol. Se cuelgan decoraciones: un gran
retrato de Carlos Gardel sonriendo, letreros y objetos. Como ex-votos que
sirven para agradecer algo (conservar la salud, evitar un accidente, facilitar
un encuentro). Una especie de altar terapéutico.
La peña es un escenario de actividades simultáneas y
heterogéneas. Algunos tocan la guitarra y recitan versos, otros eligen música
que pasan en un viejo tocadiscos, otros bailan y cantan, cuatro se organizan
para jugar al truco, tres preparan el asado (un elástico de cama sirve de
parrilla), otros conversan en la rueda del mate, algunos miran a los demás,
alguien se pasea sin quedarse en ninguna parte, uno improvisa asientos con
cajones.
En esa
atmósfera que sorprende, se realizan, también, sesiones de teatro, actividades
de alfabetización (cada cual enseña lo
que sabe a los demás), cooperativas de trabajo, contactos familiares.
Moffatt dice (1974) que cada uno elige dónde quiere estar según su estado de
ánimo. En cada cierre cantan en círculo, abrazados: Mi Buenos Aires querido con la voz de Gardel de fondo.[20]
3. La
sensibilidad empática
3. 1. El
mundo desde el otro lado
Una de la
obsesiones de Moffatt es ver el mundo desde el otro lado. Sumirse en lo
desconocido. Estar en un cuerpo ajeno. Una vez se viste de obrero, la gente le
habla de otra manera; un colectivero no le cobra. A los dieciséis años, para un
carnaval, se disfraza con éxito de mujer (“parecía
una alemanita preciosa”), un chico le regala pastillas. Para otro carnaval
se caracteriza de linyera; lo echan de un bar, desconcertado se sienta en el
cordón de la vereda, una señora le da una moneda. Trabajando en el hospicio, al
salir una noche (con una boina hasta las orejas, el bolso cruzado sobre su Perramus viejo, sucio, manchado) los de
la puerta le piden el permiso de salida.[21]
3. 2. Hablar
solo
Moffatt
comienza a hablar en voz alta a los seis años. Alguien le dice: “los que hablan solos están locos”.
Explica (1995, 2003) que con el tiempo supo que los que están locos no pueden
hablar solos porque no tienen al otro
adentro. Hablar con uno mismo es un modo de convalescencia identitaria. En
la locura, el otro que habla adentro
no dialoga, impone pensamientos, pronuncia sentencias, exige que se ejecuten
órdenes. En las psicosis es difícil hacer amistad con la voz interior.
.
3. 3. La
locura
Moffatt no se
sorprende de que algunos se vuelvan locos,
sino de que muchos permanezcan cuerdos.
Dice (2003) que la locura es el fondo de confusión que avizoramos cuando se
desvanece la cordura (la organización simbólica del mundo). La cordura es una
construcción segura de símbolos que trata, sin conseguirlo nunca del todo, de
cubrir esa nada de la que la locura da testimonio. Mientras la cordura es una nada que se cree algo, la locura es algo
que se resiste a disolverse en la nada.
La locura es
una existencia, dice, que permite conjeturar cómo era la mente antes de la mente.[22]
3. 4.
El brote
Moffatt
cree que en el brote, el paciente, se
da cuenta de que no hay nada, de que está vacío, de que lo sólido se desvanece,
de que construimos una identidad artificial. Imagina que en ese instante se
percibe la soledad como condena eterna. Dice (1995): “En la experiencia esquizofrénica uno pierde totalmente la confianza en
esa ilusión de que se puede comunicar con otra conciencia y se da cuenta de que
está solo para siempre. Por eso, los locos tienen fantasías de robo de
pensamientos, de lectura de pensamientos. Vivencias que tienen que ver con
poder superar esa imposibilidad absoluta de comunicarse en forma directa”.
Cautivos
en un tiempo quieto, concluye que algunos se defienden con un delirio[23].
Advierte que eso que llamamos delirio
sólo se diferencia, de otras construcciones que portamos con naturalidad, por
la armadura de rarezas lógicas, por las marcas de dolor, porque la muerte no
desaparece.
Moffatt
repite que las culturas compartidas
ofrecen modos de entretenernos hasta
la muerte. La vida como interludio
entre una nada anterior y una nada futura.
3. 5. Lo que
vivió
Moffatt
piensa las psicosis autorizado por cosas que leyó, por cosas que aprendió, por
cosas que vio, por cosas que compartió con pacientes; pero, sobre todo, piensa
las psicosis apoyado en cosas que sintió en momentos difíciles de su vida[24].
Cuenta (2001)
que una vez estuvo muy mal por una separación que fue terrible. Los espacios
carecían de valor, significado, historia. Cualquier lugar de la ciudad era lo
mismo. Andaba sin referencias. Había perdido el kilómetro cero que le decía si estaba lejos o cerca, adentro o
afuera, atrás o adelante. Se sentía salido del mundo. Todo le daba igual.
Miraba el reloj sin entender la hora. El tiempo no sucedía. No se podía dividir
en recién, en después, en más tarde. El infinito se agolpaba en un instante que
no terminaba.
Escribe: “La eternidad no estaba cortada en pedacitos
para poder aguantarla, no me protegían las horas, los días o los meses que dan
secuencia, que planifican; todo el tiempo estaba ahí, congelado”.[25]
3. 6. El
brote por dentro
Supone que
tuvo una experiencia que le permitió conocer un brote psicótico por dentro. Fue en el Hospital Psiquiátrico de
Nueva York (donde trabajó como residente). Junto con otros profesionales, toma
una droga psicoactiva como el haschish
que se metaboliza en dos horas y que no ofrece riesgos orgánicos.
Dice (2001)
que veía las cosas reflejadas en un espejo esférico, lo que en fotografía se
llama ojo de pescado. Al principio le
daba risa, pero enseguida comenzó a inquietarse. Su voz le venía del techo. Su yo no estaba dentro de sí mismo. Cada
significación se separaba de su objeto. Las cosas lo interpelaban sin sentido.
La llamada realidad le llegaba como mezcla sin organizar. No se parecía a un
sueño ni a una pesadilla. Percibía sin sujeto que percibiera. Más que
percepciones, eran existencias que atravesaban una unidad dispersa. Tenía el
recuerdo difuso, lejano, oscuro, desdibujado, de que alguna vez había existido
como identidad. Quiso volver a esa seguridad. Intentó ir desde una sala hasta
la cocina. Tuvo la espantosa sensación de haber llegado adonde se dirigía antes
de haber partido. Todo ocurría en simultaneidad. Se asustó cuando le hablaban:
reconocía las voces, pero no entendía las caras. Los rostros eran borrones sin
formas. Ansiaba agarrarse de algo nítido.
Al final,
escribe: “...reconocí el rostro de uno de
ellos, sentí un tremendo alivio: ¡Había vuelto!, pues la sensación más
aterradora era que durante el viaje no sabía si podía volver o no, la sensación
era de infinito, de estar para siempre atrapado en ese no-mundo donde no había
adentro-afuera ni ayer-mañana, donde no ocurrían los presentes en sucesión, no
había historicidad, sino que todo era un eterno presente sin sentido. Pienso
que fue una experiencia de muerte, muerte psíquica, estuve dos horas en la
nada, en el vacío existencial”.
Moffatt
parece hacer referencia a la idea de lo
real. Aquello inaccesible, algo que nunca se representa, cosa que resiste la simbolización.
Piensa que los locos dan testimonio de eso
que no se ve, que arrasa con todo cuando irrumpe de golpe.
Una nada que cubro con mi nombre, dirección, número de documento, recuerdos que
colecciono en mis vitrinas, códigos que fundan mi previsibilidad, sistemas a
los que me entrego confiado en repeticiones mínimas, leyes de las que soy
devoto, rutinas en las que desaparezco sabiendo que puedo volver, el hastío de
una existencia sin sobresaltos para pasar la vida; y, también, mis ilusiones de
amor templadas en pactos, contratos, engaños moderados, la esperanza de una
demanda cumplida, el deseo bajo control tras algo que no alcanzo.
Escribe Zizek
(1999)[26]:
“...podemos ver claramente cómo la
fantasía está del lado de la realidad, cómo soporta ‘el sentido de la realidad’
del sujeto: cuando el marco fantasmático se desintegra el sujeto sufre una
‘pérdida de realidad’ y comienza a percibir la realidad como un universo irreal
pesadillesco, sin una base ontológica firme; este universo pesadillesco no es
una mera fantasía sino, por el contrario, es lo que queda de la realidad cuando
ésta pierde su apoyo en la fantasía”.
Lo que Moffatt
llama experiencia de brote, ese
rugido que aterroriza, se parece a la caída, disolución, desmoronamiento, de las fantasías que tienen por función
cubrir el silencio de lo real. La
invención de una intimidad, como diría Moffatt, no chupada por el infinito.
Otra cita de
Zizek[27]
(1989) dice que la fantasía es “un
argumento que llena el espacio vacío de una imposibilidad fundamental, una
pantalla que disimula el vacío”. Moffatt intuye que en el momento de brote queda a la vista la
farsa desnuda. Y que las psicosis mismas son, quizá, revestimientos que vienen
a cobijar el espectáculo desolado de la existencia.[28]
Moffatt
entiende que el enfermo arma una teoría para volver a creer en el mundo, para
imaginar otra vez coherencia en las cosas. Pero que esa teoría se construye
como una idea no compartida, mal pensada y hecha de apuro. Dice (1995): “Un delirio esquizofrénico defiende al
enfermo de la vivencia de vacío que tuvo cuando hizo el brote y tuvo que
reconstruir la realidad. Pero ya eso que se llama delirio es salud, es cordura,
en el sentido en que defiende de la única enfermedad que es el agujero negro”.
3. 7. Dioses
En un
fragmento que se llama Necesidad de
dioses, escribe Moffatt (2003): “El
problema no es si dios o los dioses existen; lo que seguro existe y es
indudable es el gran agujero, la incertidumbre final. No importa si el corcho
es verdad o no, lo que importa es el agujero que el corcho tapa. El gran
agujero final. Yo creo en el agujero, por lo tanto, creo en dios, porque lo
necesito”.
Moffatt se
afirma en que existe un gran agujero,
una incertidumbre final. Llama a ese agujero, vacío o nada[29].
Un desvío: es cierto, en las psicosis, algo de ese hueco habla. Pero se trata de asirlo
a otra cosa, reponerlo en un mundo de palabras. Entonces se dice tengo un agujero en el estómago como imagen de
molestia, dolor, perforación, vacío, acidez. Tal vez un agujero que me hacen las pastillas. O pasé una noche de insomnio
como un largo agujero hasta la
llegada del día. O un compañero que no se levanta porque amanece muerto, caído
en el agujero de los días que se
terminan. O mi palabra como agujero
que nadie escucha. O, también, me hicieron un agujero económico. O tengo una deuda que es como un agujero. O me hiciste un agujero al no cumplir el compromiso que
tenías conmigo. O me hicieron un agujero
en mi abrigo las polillas. O me siento como un colador, lleno de agujeros, no puedo contener nada, pierdo
todo lo que tengo. O me gustaría hacer un agujero
en la pared, un boquete para escapar de esta cárcel. O planeo un agujero para robar un banco. O llenarte
de agujeros, acribillarte a balazos.
O meterme en el agujero, en el
escondite, en el refugio. O el agujero
por el que me violaron. O el agujero
que dejaste en mi corazón. O encontrar a alguien que me abrace en este agujero que me duele tanto. O el agujero que les hicimos el domingo que
ganamos cuatro a cero.
Porque ese agujero del que habla Moffatt (si no se
lo enfunda con la idea de algún dios), llama, convoca, produce, palabras en las
que la vida retorna. Un agujero en donde nada hace relación pide, incluso, adivinar conexiones. Adivinar no como cualidad divina, magia
o visión que traspasa todo límite. Adivinar
como potencia que acierta un significante capaz de decir una cosa otra y otra,
otra.[30]
3. 8. El
lenguaje
Moffatt suele
decir (tal vez sin saber que contraría la proposición de William James que afirma la
palabra perro no muerde) que en las psicosis la palabra perro, muerde. O dice (1995) que de pronto un zapato no es un zapato sino una conexión peligrosa con la tierra cargada de
electricidad maligna. Son afirmaciones discutibles. Quizá sirven para indicar
el animismo que, por momentos, tienen
las palabras y las cosas.
En las
psicosis (aún en deterioros graves) se mantienen algunas equivalencias entre
cosas y palabras. Aunque la palabra pan
no calma el hambre, ni la palabra cigarrillo
sirve para fumar o la palabra yerba
puede ser utilizada para tomar mate; se podría decir que en los hospicios son
pocos los vocablos que sostienen la ilusión de habitabilidad del mundo. Tres de
los más importantes son pan, cigarrillo, yerba. Términos, a veces, remplazados en la pregunta ¿tiene una moneda?
4. Mecánicos y gourmets
4. 1. El
psicoanálisis
Moffatt
discute con psicoanalistas. Dice seguir más allá de donde Freud se detuvo.
Aunque más bien parece extraviarse en lugares comunes. Escribe: (2003) “Usé el pozo que hizo Freud buscando el
secreto del inconsciente, seguí cavando en él, de pronto surgió algo
desconcertante...desapareció también el pozo, quedó nada...vacío, apareció el
vacío”. Opone la idea de nada a
la idea de inconsciente. Piensa inconsciente como algo sustancial, trascendental, cosa contenida. [31]
Por momentos,
Moffatt reproduce un Freud escolar. Como cuando escribe (2003): “Freud eligió desarrollar su teoría a partir
de los órganos sexuales que son concretos y las culpas edípicas. Yo elegí
centrar la teoría en algo tan evanescente como el tiempo y señalar el vacío
existencial como origen de la enfermedad. Es natural que venda más lo de Freud
porque distrae lo más temido, la incertidumbre existencial”. O en otra
parte dice: “El tema actual es enfrentar
la incertidumbre del destino, ya no reprimir o no las fantasías sexuales
incestuosas”. Concluye que mientras el vienés habla de sexo, él habla de
muerte.
Supone que
los psicoanalistas se interesan por el relato voluptuoso, vergonzante, de una
mujer o un hombre que dice en la intimidad una fantasía incestuosa, una
traición pasional, una transgresión de las costumbres. No puede pensar que el
psicoanálisis advierta otra cosa: la telaraña que se teje, la trampa en la que
se ingresa, el montaje de un escenario en el que, a la vez, se es tela, mosca
que se tienta, araña que espera, la mano que, al pasar, deshace todo.
Moffatt
ideologiza el espacio cultural, de principios del siglo XX, de la pequeña
burguesía de Viena y lo contrapone a la gente del gran buenos aires que acude a sanadores.
Creo que
Moffatt no entiende (tal vez porque muchos psicoanalistas que él conoce tampoco
lo perciben) que el psicoanálisis importa menos por los lugares banales de sus
conjuntos explicativos, que por su vocación para seguir el sendero que deja el
deseo tras sus infinitas transformaciones.
Moffatt dice
que el psicoanálisis piensa en personas solas, utiliza códigos fijos, está
volcado hacia el pasado. No importa defender al psicoanálisis; pero, en este
punto, la lectura de Moffatt carece de interés.
4. 2. El
taller mecánico
El rechazo de
Moffatt por el lacanismo es otra descalificación, descuidada, injuriosa,
despojada de crítica. Una especie de resentimiento de clase. Supone que se
trata de un pensamiento que no se preocupa por la gente. Declara no inteligible
ese discurso que, admite, no entiende. Postula la autonomía de no leer a un
autor o no aceptar reglas de un pensamiento que le son extrañas.
Sin embargo,
eso que, con todo derecho, decide ignorar
retorna como ignorancia. Una de las
intuiciones fecundas de Lacan (1956), que las psicosis también pueden pensarse
como malestar en el lenguaje, es degradada por Moffatt. Intervenciones como “las psicosis consisten en un agujero, en
una falta a nivel del significante” (que tal vez escuchó en torpes
repeticiones universitarias), son reducidas a caracterizaciones ridículas. Dice
(1986) burlón: “Del mismo modo, si en vez
de un paciente analizás un texto -o el paciente considerado como texto- se te
escapa la realidad, y la palabra se hace misteriosa. Y el misterio, sin sujetos
reales, no conduce a la libertad. Yo nunca vi suicidarse a un texto o
enfermarse a un significante”.[32]
Creo que esta
ignorancia, sin embargo, expresa una desgarradura de la que es testigo. Una
visión política de cómo se constituyen nuestras tramas culturales, nuestros
emblemas de validación. Una división entre profesionales de elite y
trabajadores de la salud que se mueven en el llano.
Moffatt
resiste ciertas posturas teóricas. Maneras de estar en la clínica que considera
afectadas. Poses para pertenecer a la academia o vicios profesionalistas.
Perfiles de suficiencia pendientes de aprobación. Pensamientos de rodillas que
simulan cuerpos erguidos. Moffatt no advierte que esas adopciones suelen ser, también, defensas. Gestos que nos protegen
de las miserias que nos lastiman en los hospitales. No se puede trabajar en el
horror sin alguna forma de anestesia. No se soporta concurrir todos lo días a
un lugar sintiendo que lo que se hace no sirve para nada.
Las ansias
que abrazan una teoría que promete resolverlo todo son la contracara
desesperada de la impotencia.
El desaliento abraza la muerte. El desánimo
cunde, se propaga, llena el espacio, se extiende como mancha, rumor, malestar.
El desaliento es una sensación confundida: cada vez que advierte la dificultosa
producción de un cambio declara una derrota definitiva. Imagina su límite como
el límite.
El desaliento clínico no es sólo derrota de
una posibilidad, sino el derrumbe de la ilusión de una fortaleza soberana.
Ostenta su claudicación como triunfo de la muerte.
No hay tal
rendirse ante la muerte. La muerte no es contrincante que arrebata la vida. Es
su soporte desamparado. Es: lo otro;
que hace hablar, amar, pensar, escribir. El desaliento es omnipotencia que
abraza la muerte.
El pesimismo
es, como la esperanza clínica, un fantasma apaciguador. Formas de evitación de
las psicosis fuera del amparo armónico de curación que ofrece el ideal médico.
El pesimismo, a pesar de su supuesta contrariedad, es acto de aceptación.
Contra esa
sensación, Moffatt se presenta como mecánico
de barrio. Un tipo que se ensucia, que anda con la camisa manchada de
grasa, que comienza de abajo, que limpia cada pieza del motor con un pincel
mojado en nafta, que trabaja en la calle, a veces en plena lluvia. Un
predicador entre pobres, que opone a la impotencia, la voluntad como sacrificio
heroico. Dice en una entrevista (1986): “En
el caso de la máquina lacaniana, me causa la misma impresión que si, de
repente, los cocineros se convirtieran en mecánicos. Entonces, en el taller
mecánico, en vez de usar pinzas o tenazas ponen crema chantillí en los motores”.
Moffatt ridiculiza a su psicoanalista
como si se tratara de un gourmet
trabajando en una olla popular.
La figura
ilustra, de modo defectuoso, un desencuentro. Una ocurrencia que repite
discusiones de soberanías absolutas.
Moffatt
exagera: mecánicos con las manos lastimadas que trabajan en los hospitales y
gourmets impecables que permaneces intactos. Los que se mezclan con la vida y
los que se exhiben junto a sus artefactos intelectuales. Resta pensar otra cosa
que las psicosis institucionalizadas hacen oír: el problema del límite.
La negativa que
se hace con dolor. Intervención en el borde de un desierto de ideas, de
experiencias. Poder entredicho que
retorna como posibilidad sin garantías. Impoder
clínico que, si no decepciona en pesimismo o alarde de la voluntad, puede
pensarse como clínica institucional o clínica de la institución del límite.
Invención que atraviese el hospital, la depositación, las formas de relación
que se instituyen alrededor de la enfermedad. Clínica como configuración plural
de intervenciones en un horizonte desgarrado, contradictorio, falto de amparo
social, descreído de las palabras.
4. 3.
Historia de una renegación
Transcribo un
texto de Moffatt (2003), se llama La
araña. Dice: “Negar algo es verlo y
no querer verlo. Es como estar en una habitación y ver una araña pollito
peligrosísima que entra por la puerta, si te decís: ‘No vi nada’ a la media
hora la tenés por todos lados. En cambio si la aceptaste y la seguís por dónde
va, sabés que está debajo del tercer almohadón a la izquierda y la podés
controlar. Negar es mal negocio”.
5. ¡Ay,
qué pereza!
5. 1. La
picardía popular
Celebro
algunas ocurrencias de Moffatt. Como cuando frente a los héroes que considera
solitarios y perdedores de nuestra cultura, como Santos Vega, Martín Fierro,
Juan Moreira, reivindica el erotismo
tropical, la fantasía, la picardía de Macunaíma.
O cuando propone, sin considerarlo mucho, mezclar a Martín Fierro con Macunaíma.
Macunaíma es
un personaje de una novela que Mario de Andrade publica en 1928[33].
Recuerdo una película que, con el mismo nombre, estrenó en 1969 Joaquín Pedro
de Andrade. ¿Es una fábula de la sociedad brasileña? ¿De la heterogeneidad
latinoamericana? Macunaíma nace negro en una tribu india. Un día emigra con sus
hermanos hacia la ciudad. En el camino, al pasar bajo una fuente mágica, se
vuelve blanco. Llega a Río de Janeiro en un camión lleno de trabajadores
inmigrados. El conductor pronuncia una sentencia individualista que todavía me
impresiona. Dice algo así: “De aquí en
más, cada uno para sí y Dios contra todos”.
Una vez en la
ciudad, vive diferentes aventuras. Se une a una hermosa joven que integra la
guerrilla urbana. Alterna la lucha armada con el burdel. La selva tropical con
la moderna sociedad industrial. Creo que la muchacha insurrecta, muere, por no
saber manipular una bomba.
Macunaíma
tiende a realizar su interés inmediato. Tiene habilidad para la ganancia fácil.
Siempre consigue que lo mantengan. Disfruta de excesos, extravagancias,
disparates. Recuerdo una frase que pronuncia con frecuencia: “¡Ay, qué pereza!”.
Para
enriquecerse trata de robar un talismán a un capitalista caricaturizado con el
aspecto de un gigante. Macunaíma pasa de una tribu miserable al barrio de la
Bolsa de Río. Deviene indio, negro, blanco, salvaje, habitante de la ciudad,
obrero, explotador. Al fin, cansado de todo, regresa a la selva. Carga en una
carretilla objetos de consumo (un ventilador, una heladera, un televisor).
Luego de llevar una vida ociosa muere devorado por una sirena del río.
5. 2.
Civilización y barbarie
Moffatt
propone un revisionismo clínico que
recuerda el pensamiento de Arturo Jauretche. Recupera (2003) la oposición entre
civilización y barbarie. Se ha
escrito mucho sobre esa proposición inaugural de nuestra literatura y
pensamiento político. Una de las frases del Facundo
(On en tue oint les idées que
Sarmiento transforma en A los hombres se
degüella, a las ideas no), se puede pensar, también, como paradoja del
reconocimiento intelectual.[34]
Moffatt casi no será leído en medios académicos y psicoanalíticos. Muchos,
antes de atender a una idea, se fijan en el collar que cada uno lleva en el
cuello. Moffatt no tiene las marcas esperadas; a veces, anda decapitado;
algunas de sus ideas están de la cabeza;
otras, salen ahogadas, sofocadas, urgidas. No importan como adornos. Son parte
de una experiencia renegada; es
decir, obstinada.
La experiencia renegada tiene forma de una
anécdota pícara y trágica. Las psicosis institucionalizadas siguen ahí. Esa
violencia persiste con toda su fuerza. No se trata de oponerle, ahora, una épica
orillera ni de reivindicar un psicoanálisis ilustrado. Tampoco se propone una
nueva acumulación cultural. Lo que siempre está en juego es discutir el sentido
institucional de una clínica de las psicosis. ¡Ay, qué pereza!
El mail del autor es mpercia@psi.uba.ar
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[1]Moffatt integra el equipo de la Comunidad Terapéutica del Centro Piloto del Hospital Esteves que dirige Wilburn Grimson. La experiencia dura dieciocho meses a partir del primero de julio de 1969.
[2]Perspectiva que se lee en Adorno. Recuerdo cómo concluye Marcuse (1954) El hombre unidimensional: “La teoría crítica de la sociedad no posee conceptos que puedan tender un puente sobre el abismo entre el presente y su futuro: sin sostener ninguna promesa, sin tener ningún éxito, sigue siendo negativa. Así, quiere permanecer leal a aquellos que, sin esperanza, han dado y dan su vida al Gran Rechazo. En los comienzos de la era fascista, Walter Benjamin escribió: Sólo gracias a aquellos sin esperanzas nos es dada la esperanza”.
[3]Pancho Sierra (1813-1891) es el nombre de un curador. Acudían, hasta la estancia El Porvenir, cerca de Pergamino, de todo el país. Tenía condiciones de vidente, manosanta, viejo sabio. Se declaraba espiritista poseedor de mediumnidad curativa. Utilizaba en sus entrevistas terapéuticas agua fresca que extraía de su aljibe. Vestía botas, bombacha, sombrero de ala ancha y poncho. Apoyaba su poder de sugestión en el magnetismo de su voz, la mirada profunda, sus cabellos y barba blanca. Muchos años después, sus seguidores atesoraban medallas, estampitas, estatuillas, que lo representaban.
[4]Hugo Vezzetti (1996) sugiere otra serie de los sesenta: Gino Germani y la relación entre ciencias sociales y psicoanálisis (Fromm y Sullivan), la noción de epistemología convergente en Pichón, la psicología de la conducta de Bleger, la reforma de el Lanús que ubica como comienzo institucional de la salud mental entre nosotros.
[5]Dos curiosidades de esa tensión político cultural: en 1963 Moffatt organiza una instalación fotográfica con imágenes de barrios pobres de las orillas del Riachuelo (Villa Fiorito, Caraza y Diamante). En 1966, Masotta coordina, en el Instituto Di Tella, su instalación de crítica comunicacional, El Helicóptero.
[6]Aunque el libro Goffman, Asylums está fechado en 1961, la primera edición en castellano es de 1970.
La sociología etnográfica de la época se nutre también de la experiencia testimonial de sobrevivientes de los campos de concentración nazis (Primo Levi, Bruno Bettelheim, Víctor Frankl).
[7]Eduardo Pavlovsky (1982) relata que en 1971, junto con Rodrigué, Bauleo y Kesselman, inventan La Casona (un viejo departamento en el barrio de Belgrano), un lugar imaginado como “espacio ideológico de liberación” y como “ilusión de descondicionamiento burgués”. Por ese sitio pasa David Cooper.
[8]Moffatt (1974) anota que Camino se había desempeñado poco antes como médico militar en la Antártida, que los edificios de la Colonia habían sido pabellones de un cuartel, que esa comunidad terapéutica se parecía a una organización militar democrática con momentos de cogobierno con pacientes.
[9]Hugo Vezzetti (1996) destaca parte de esa revuelta política. Los muchos movimientos desencadenados en nuestro medio que pretenden la democracia y la igualdad en los hospitales. Camino, además de su experiencia y la del Esteves cuenta, para la misma época, diez más. Moffatt (1974) sugiere como antecedente la experiencia de Luis Guedes Arroyo en el Hospital “Antonio Roballos” de Paraná. Todas terminaron de un plumazo. Escribe Camino (1985): “Los ámbitos oficiales de aquella época eliminaron esta reforma psiquiátrica naciente que daba nuevas esperanzas a los pacientes y sus familiares”.
[10]Rodrigué (2000) recuerda la Austen Riggs dirigida por Knight, Erikson y Rappaport, en la que trabajó en los sesenta, como una de las primeras comunidades terapéuticas psicoanalíticas en Estados Unidos. El relato está en Biografía de una comunidad terapéutica (1965). Una clínica para cuarenta y dos personas en la que trabajaba más personal que internados. Una sociedad igualitaria en la que el paciente era ciudadano y en la que el médico compartía el gobierno de la institución. Si la psiquiatría tradicional desconfiaba de un antro en el que los enfermos tenían poder, los revolucionarios radicales pedían disolver los manicomios y no reformarlos. Por su parte, Rodrigué advierte que la utopía de socialismo manicomial creía trabajar con la parte sana del yo en las psicosis. Aunque destaca el valor terapéutico de aquella simulación democrática.
[11]Freire es un educador del nordeste brasileño encargado de la alfabetización de adultos en su país hasta el golpe militar de 1964. Durante los años de dictadura, termina el texto en Chile, se edita en 1970,.
[12]Para la época se conocen, en nuestro medio, diferentes experiencias de teatro político. Moffatt (1974) menciona las impulsadas por Norman Briski.
[13]La ideología sacrificial o la cuestión del heroismo dice, también, una de las derivaciones del cristianismo sobre el poder médico. Foucault (1965) cita esta frase de un historiador escrita en 1860: “En nuestros días, la salud a reemplazado a la salvación”.
[14]A propósito de su viaje a Cuba, Moffatt (1995) dice algo que prefiere no mencionar en público: “El hospicio: Me quería morir. El famoso hospicio de La Habana, al que iba con expectativa: Un conductismo del más barato, todos los pacientes simulando. (...) algo oligofrenizante. No son más locos, sino tontos”.
[15]La experiencia con enfermeras y enfermeros de los hospitales Cabred, Esteves y Korn, pone a la vista algo que, en otro contexto, observó Hannah Arendt (1962): la matanza administrativa es tan espantosa como el genocidio. El aislamiento irreflexivo de los que trabajan en manicomios permite convivir con lo peor. Hablan con indiferencia de personas contenidas (atadas con muñequeras a los barrotes de sus camas). No hay tristeza en los relatos. Tampoco dolor, odio o vergüenza. Simplemente cuentan cosas que hacen, observan, escuchan. Presentan hechos de todos los días con insensibilidad, inocencia, banalidad. Angel Fiasché (1982) observa que la falta, en nuestro país, de enfermeros especializados en salud mental, es cubierta por personal improvisado. Personas mal pagas sin formación que, a veces, recurren a formas marginales de compensación salarial (empleo de los pacientes y robos; tráfico de alcohol, yerba , cigarrillos, medicamentos, entre los enfermos).
[16]Puede leerse el concepto con el nombre de personalidad disocial o trastorno antisocial de la personalidad en la última versión del DSM IV. El término psicopatía, ausente en la obra freudiana (tampoco empleado por Lacan), tiene historia en la cultura psicoanalítica inglesa y argentina. Recuerdo un escrito de Winnicott que se llama La tendencia antisocial.
[17]Transcribo un fragmento del poema La cura’ el mate (1994) de Leónidas Lamborghini: ¿Y no conoce usté la cura’el mate?...Don Antonio / me la enseño: él risaba en su mate vacío y el mate / en un santiamén se le volvía Templo...”.
[18]Dice (1995) a propósito del electro-shock: “Es la operación inversa al cana. El cana te picanea en los huevos para que hables, y el psiquiatra te la pone en la cabeza para que no hables”. Zito Lema (1974) había escrito sobre lo mismo: “...son comunes los vejámenes y castigos corporales: aquí el enfermero -aún el médico- reemplaza al guardián, y el electroshock a la picana”. Elida Fernández (2002) en un breve texto denuncia que, como el Estado no puede pagar medicamentos indicados para pacientes internados, se vuelve al electroshock como recurso barato.
[19]Algunas ocurrencias de Moffatt tienen la forma de un grafitti, como ésta que dice que “el choripán es el halopidol criollo”. Fórmulas de impacto inicial, con poca elaboración crítica.
[20]Menciono sólo dos experiencias surgidas más tarde en el mismo Hospital: a fines de 1984, el Frente de Artistas del Borda, en la que participa Alberto Sava; y, en 1991, a partir de los talleres de la Cooperanza, una radio que realizan enfermos: LT 22 La Colifata, propiciada por Alfredo Olivera. Dejo aparte, el proceso de desmanicomialización que se inicia en Río Negro a mitad de los ochenta con la presencia de Hugo Cohen.
[21]Advierto, en este singular modelo empático, una propuesta de participación mimética, el placer por el disfraz y la observación travestida. Los juegos escénicos que propicia, la mascarada antropológica, su particular instalación estético clínica.
[22]Las ocurrencias de Moffatt recuerdan ideas de otros autores. En este caso, Winnicott, Bion, Lacan.
[23]Idea que repite algo que, a propósito del Presidente Schreber, Freud describe así: “Lo que tomamos por una producción mórbida, la formación delirante, es, en realidad, una tentativa de sanar, una reconstrucción”.
[24]Quizá éstas experiencias contribuyen a su mística empática. La creencia de que hay que entender qué es lo que le pasa al otro desde adentro para poder sacarlo. No se comprende mejor algo por haberlo vivido. Ni es posible, como supone Moffatt, volverse baquiano para salir de atolladeros de subjetividad. Se trata de otra cosa: de dar acogida a lo que no entendemos, de ser hospitalarios con lo que ignoramos, de saber no impedir que otro entre y salga por sitios impensados.
[25]La idea de pérdida del kilómetro cero es interesante. Se enriquecería si Moffatt no se privara de una idea que Lacan (1956) sugiere antes: la carretera principal como significante que hace falta en las psicosis.
[26]Zizek, Slavoj (1999). El acoso de las fantasías. Siglo XXI. México.
[27]Zizek, Slavoj (1989). El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI. México, 1992.
[28]Me recuerda la escena en que los personajes de la trilogía de los hermanos Wachowski despiertan para tener la visión horrorosa de que fuera de la Matrix hay un mundo sin calor, sin color, sin sabor, sin naturaleza. Un paisaje en ruinas. Es lo que dice Morfeo a Neo cuando le hace ver el escenario de Chicago sin envoltura de imágenes virtuales: “Bienvenido al desierto de lo real”. Es posible que en momentos de crisis, cada uno se asome al desolado desierto de lo real. Imagino un comentario con el que Moffatt se mofaría de este último párrafo. Diría: “¿Vieron? Al final, soy un lacaniano avant la lettre”.
[29]Recuerdo una observación de Deleuze “Qué curiosa confusión la del vacío con la carencia”. Por momentos, Moffatt se apoya en otra imagen de vacío que toma de una pregunta zen: “¿Cómo es el sonido de un árbol que cae en un bosque donde no hay nadie?”. Una idea de vacío fuera de la mitología del terror. Un vacío que es serenidad de ausencia. Vacío que trastoca la evocación porque es llamado de algo que no tiene representación.
[30]Moffatt observa dos formas de salir del vacío que asimila a una especie de terapéutica espontánea de los pobres: emborracharse y pelearse. Recordamos otra: el retorno de la palabra que se desliza más allá de las cosas para poder hablar.
[31]Cada tanto tiene arrebatos que comparto. Dice (1995): “Por eso Freud no ‘descubrió’ el inconsciente, sino que lo ‘inventó’. Se trataba de explicar lo inexplicable”.
[32]A Moffatt le cabría este diálogo que imagino dibujado por Fontanarrosa: “¿A qué psicoanalista francés sigue usted, Don Alfredo?”. A lo que respondería: “De mejor pregúntele al Mendieta que sabe más sobre la can, porque anduvo revolcao con esa perra...”.
[33]En la novela de Mario de Andrade la historia de Macunaíma es contada por un loro. Una voz que relata una historia sin escritura. Se ha dicho que pone a la vista el problema de la oralidad en las culturas populares latinoamericanas.
[34]Recuerdo un texto de Piglia (1980) sobre la función de esta cita en el Facundo.
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